
Un grandioso despliegue de emociones humanas y divinas de asombrosa carga épica. Vigente siempre y de gran influencia global desde su creación hasta nuestros días por ser tan inmortal como los dioses humanizados, los hombres y los héroes que protagonizan la epopeya

Durante mucho tiempo se ha considerado esta obra como una epopeya belicista, un reflejo de la época, lo que se demuestra por los sentimientos de dolor, de sufrimiento, por todos los aspectos inhumanos que atraviesan sus páginas.
Sin embargo, no lo es menos que su lectura puede hacerse desde una óptica pacifista, lo que significa, por tanto, una ruptura con todo el pensamiento imperante hasta ese momento. Ello se demuestra no sólo porque la exacerbación de la crueldad de la guerra produce precisamente un rechazo en sí mismo, y, por tanto, origina el efecto contrario, sino porque hay momentos en que esa llamada a la paz resulta evidente.
A modo de ejemplo, puede verse el canto IV, en el que la intervención de los dioses ?Atenea convence al troyano Pándaro para que dispare contra Menelao?, consigue evitar la tregua, pero sobre todo este sentimiento de condena, de la inutilidad de la guerra para solucionar los conflictos, se refleja en el canto XVIII, cuando Aquiles, tras conocer la muerte de su fiel amigo Patroclo, conversa con su madre, Tetis, y le dice estas hermosas palabras:
¡Ojalá la Discordia perezca entre dioses y entre hombres,
y con ellos la Ira que al hombre sensato enloquece,
pues igual en dulzura a las mieles introduce en el pecho
de los hombres, y en ellos se crece lo mismo que el humo!

Se trata de la primera obra cumbre de la literatura universal. En ella podemos asistir como espectadores privilegiados a la representación de los inicios de nuestra civilización occidental. Si Grecia es la cuna de Europa, la Ilíada es la cuna de Grecia. Imprescindible para saber de dónde venimos.
Viajes al fondo del precipicio
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