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Del hombre y el cosmos: El árbol de la vida, de Terrence Malick. Por José Havel. 02/10/2011.

 

Solamente cinco filmes. El árbol de la vida (The Tree of Life, 2011) no es más que la quinta película de Terrence Malick en cerca de cuarenta años. Comenzó su carrera de cineasta con Malas tierras (Badlands, 1973). Esperó cinco años —pocos, tratándose de él— para realizar Días del cielo (Days of Heaven, 1978), la cual, después de un montaje de dos años, fue nominada a cuatro Academy Awards, recibiendo el español Néstor Almendros el Oscar a la Mejor Fotografía. Acto seguido, el director tejano aprovecha la suma de un adelanto proveniente de la Paramount, destinado a su próximo, proyecto para dar la vuelta al mundo antes de desaparecer. Veinte años más tarde regresaría cinematográficamente con La delgada línea roja (The Thin Red Line, 1998) y su reparto multiestelar. Entremedias nació la leyenda Malick, ratificada por sus nuevas obras, tanto por esta polifónica reflexión trascendental con soporte de filme (anti)bélico como por El Nuevo Mundo (The New World, 2005), que se hizo esperar siete años.

Y El árbol de la vida, cuyo estreno se esperaba desde hace dos temporadas, no ha sido la excepción a la regla, ni siquiera en relación al también legendario culto al secreto de Malick: en el momento de rodar en Smithville —suerte de intemporal paraíso perdido a una hora de Austin—, la Texas Film Commission defendió la película ante el gobierno federal sin revelar la identidad del realizador. Los proverbiales secretismo y dilación malickianos han merecido de nuevo la pena, aunque Terrence Malick, el último de los demiurgos eremitas del cine tras la muerte de Stanley Kubrick, parecía que no acabaría de terminar nunca su metafísica ‘odisea’ particular sobre la vida, la muerte, el origen del universo y sus sentidos y misterios.

El núcleo duro de la Palma de Oro del Festival de Cannes 2011 se desenvuelve durante los años 50 en la tejana localidad de Waco —ciudad que pasó a la posteridad en 1993 a raíz de la masacre de los miembros de la secta protestante de los Davidianos—, mostrándonos la cotidianidad de una familia común: un padre autoritario (Brad Pitt, admirable, asimismo coproductor), una madre cariñosa (Jessica Chastain, en su primer gran papel) y tres hijos, uno de los cuales, Jack (Sean Penn), reencontramos en nuestra época, adulto, a la deriva entre los grandes edificios vítreos del liberalismo y de la deshumanizadora cultura del éxito, errante en la realidad de un universo aséptico que en verdad no habita, marcado por la muerte prematura de un hermano, tanto como por la severa educación recibida de su estricto padre.

Hasta ahora Malick había desarrollado su mística panteísta dentro del marco de un género, pero ahora hace de su ambición metafísica el tema mismo del largometraje. El simbólico árbol de la vida bíblico del título es el propio filme. Una viaje narrativo alucinado en torno al paso y las huellas de los seres humanos sobre la Tierra, una elíptica sinfonía poética a tumba abierta, en la que el cineasta —miniaturista y pintor de grandes frescos a la vez— despliega una rara libertad artística mediante su visionario genio formal; si bien su absoluta (y ambiciosa) sinceridad a pecho descubierto, quizá demasiado literal en lo filosófico, amenaza a ratos con volverse en su propia contra. Obligado es reconocer la belleza deslumbrante de su minuciosa puesta en escena, su capacidad casi mágica de corporeizar lo intangible y expresar emociones y fuerzas inefables, sin palabras, sólo a través del poder de la imagen, aliada con los sonidos y la música. Una pieza magnífica, grandiosa, inmensa, intensa, única, hija de la kubrickiana 2001: una odisea del espacio (1968). Trascendencia a veinticuatro imágenes por segundo.

 

 

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