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La dantesca estética de la violencia, por José María Ruilópez. 24/10/2011

La dantesca estética de la violencia

Lo acabamos de ver en las últimas imágenes de Muamar el Gadafi agonizante. Esa muestra del final ensangrentado donde la realidad se confunde con la ficción, y donde el miedo se vislumbra en las miradas convulsas de los últimos instantes. Y lo vimos hace unos años con el ahorcamiento de Sadam Husein, el derrocado presidente de Irak, otro gesto barbado ante el lazo impronunciable de la muerte colgando ante sus ojos vidriosos  por el terror irresuelto. Lo venimos viendo desde hace muchos años con los muertos provocados por ETA. Esa variada presentación maligna de las víctimas en diferentes posturas, lugares, momentos y circunstancias que nos ofrecía la televisión cada cierto tiempo,  siempre sin aviso  para  prepararnos ante el colapso emocional que nos provocaba ese instante de muerte asaltando los telediarios de cada día a cualquier hora.

   Los vimos desde hace mucho, cuando todavía éramos adolescentes, el asesinato de John Fitzgerald Kennedy, con la sangre saltando de su cabeza malherida,  luego el asesinato del asesino loco, Lee Harvey  Oswald, en aquella escena ante los policías  medio vaqueros todavía, con sombrero tejano, absortos de incredulidad e incompetencia, en el año 1963, tiroteado  por un pistolero al estilo años veinte en la guerra de las bandas comandadas por  Al Capone. Poco después vimos la estética abatida de  Robert Kennedy, enlazado sobre el suelo a un reguero de sangre en el hall de un hotel. Porque la estética de la muerte violenta no entiende de hombres justos ni  de dictadores.
     Todo ese resultado de muertes sociales  provocadas por emociones encontradas, debidas a pensamientos diferentes,  a locuras imprevistas, a desmanes mentales incontrolables, fabrican  luego esas estéticas que la televisión nos trae a los postres. Y no está todavía  aquí el final de este mundo de sangre televisada, porque la realidad de hoy se encuentra  incubando más  imágenes parecidas. Porque hay, especialmente, en los políticos absolutistas un aferramiento a los poderes usurpados a la libertad, que acaban llevándolos hacia las pantallas de las televisiones mundiales a lomos de su propia sangre en revoltijo. Tal vez sin darse cuenta, o tal vez sí, porque la mente es obcecada y esquizofrénica,  algunos dictadores del momento están  asfaltando el camino hacia su agonía pública. Hubo algunos otros que por prudencia,  miedo o por las secuelas propias de la edad se han ido sin colaborar en su fin  precipitado y lleno de tormento. 
     Mientras se produzcan  dictadores a expensas de su entorno interesado y comercial, estos finales acaban llegando más tarde o más temprano. Pero nunca llegan solos. Llegan luego de un largo tránsito sobre alfombras urdidas con cadáveres de sus propios conciudadanos, de aquellos que no han querido beber del mismo vaso de la intransigencia,  de aquellos que no han querido  compartir mantel para ingerir los mismos abusos, para degustar la amarguraza, disimulada con el paternalismo, de la injusticia; con la opresión y el terror arracimado alrededor de policías  que concitan en su uniforme toda la reprensión  por mandato,  calle a calle, puerta a puerta.
   No se han terminado los abusos ni se han acabado los desmanes en nuestro entorno de la patria global, pero se irán extinguiendo   poco a poco.  Lástima que muchos de ellos,  que se habían forjado en el salvamento de todos nosotros por mandato divino, —casi nada— o se erigieron en directores generales ciudadanos, rompiendo la batuta de la libertad ante los ojos atónitos de sus pueblos, se han quedado en sus camas alegremente, es un decir, agonizando. Y otros que todavía pueden disfrutar, —¿es posible?— de su vejez entre agasajos interesados fuera de los sillones del poder. Con el final de ETA, y la caída de algunos dictadores se está allanando el camino para que las pantallas sean más livianas cada tarde.
 
José María Ruilópez es escritor

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