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Los premios Nobel de literatura y los niños, por Juan José Lage Fernández. 13/07/2010.

  

LOS PREMIOS NOBEL DE LITERATURA Y LOS NIÑOS


El Premio Nobel se instituyó en 1901, por decisión de Alfred Nobel (1833– 1896), ingeniero y químico, inventor de la dinamita,  quien legó en su testamento los recursos necesarios para la concesión del premio y desde entonces lo concede, con más o menos fortuna, la Academia Sueca.

Tal vez muchos lectores desconozcan que el reciente Premio Nobel 2008, el francés Jean Marie Gustave Le Clézio (Niza, 1940), tiene escritos dos libros para jóvenes, uno de ellos traducido al castellano en 1986: Viaje al País de los árboles (Ediciones Altea), libro comprometido, ya descatalogado, fábula iniciática sobre el amor a la Naturaleza y los miedos infantiles, con el tema recurrente en su literatura de los viajes, cuyo protagonista es un niño que se aburre y por ello decide viajar al país de los árboles y descubrir sus secretos.


El más representativo  


Para empezar, digamos que el premio Nobel que más dedicó su vocación al tema de la infancia fue sin duda Isaac Bashevis Singer, Premio Nobel en 1978.

El propio autor, en el apéndice titulado ¿Son los niños los mejores críticos literarios, incluido en Cuentos judíos, publicado en la editorial Anaya, justifica el hecho con las siguientes palabras:

 «Los niños son los mejores lectores de auténtica literatura…y siguen siendo lectores independientes que sólo confían en su propio criterio. Nombres y autoridades no significan nada para él.»


Y además, el autor se permite teorizar sobre las reglas básicas que debería tener toda buena historia escrita y pensada para niños: enraizada en el folclore, respondiendo a preguntas eternas, carencia de mensajes, que hablen de lo sobrenatural, escritas con claridad y lógica. Singer (1904–1981) había nacido en Polonia, hijo de un rabino judío, aunque en 1935 emigró a los Estados Unidos y se hizo ciudadano norteamericano.

En su libro Krochmalna nº 10 (Ediciones SM), la  calle donde pasó su infancia en Varsovia, recoge las anécdotas que sucedieron en el hogar, por donde pasaban muchos judíos dada la condición de su padre.

Escribió siempre en yiddish, lengua que utilizaban los judíos que vivían en el gueto de Varsovia —destruido por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial— mezcla de diferentes idiomas y escrito con caracteres hebreos.

Sus libros para niños se definen por tres rasgos peculiares: carácter autobiográfico, enraizados en el folclore popular y con el tono religioso que caracterizaba al autor.

Destacan, por ejemplo: Golem, el coloso de barro (Ed. Noguer) y Cuando Scklemen fue a Varsovia (Ed. Alfaguara).  


De 1909 a 1967

En 1909, la Academia concede el premio a la sueca Selma Ottiliana Louisa  Lagerloff (1858–1940), docente durante varios años, que se convierte en la primera mujer en conseguirlo y también la primera mujer en entrar en la Academia sueca en 1914.

En 1901, el Ministerio sueco de Educación le encarga la redacción de un libro para que los alumnos de las escuelas aprendan tanto la geografía de su país como la historia y las leyendas de una manera amena y divertida.

Surge así El maravilloso viaje del pequeño Nils Holgerson a través de Suecia, titulo original traducido al castellano con diferentes variantes: El maravilloso viaje de Nils Holgerson (Akal, 1983; Anaya, 2008) o El maravilloso viaje del pequeño Nils (Gaviota, 2001).

La historia, que se convirtió en un best-seller, está protagonizada por el niño Nils, que por una mala acción, disminuye hasta los 20 cm y así es como viaja sobre un pato doméstico por toda Suecia, con el noble propósito de proteger a los débiles y a la Naturaleza, para así poder recuperar su estado natural. 

Se trata de un libro, por su retrato del paisaje y las costumbres del pueblo sueco y por su extensión, de difícil lectura para los jóvenes de otras culturas, por lo que como dice Bettina Hurlimann, «será necesaria la ayuda de los adultos para que lo lean en voz alta».

Mezcla de diferentes géneros —fantasía iniciática, viajes— combina hábilmente el humor con las descripciones, la ternura y el lirismo.

Otro libro suyo para jóvenes fue Leyendas de Jesús (Editorial Lumen, 1981), que incluye ocho leyendas tomadas de los evangelios apócrifos.

En 1922, el premio recae por segunda vez en un español —la primera vez, 1904, se había otorgado de manera compartida a José de Echegaray—: se trata de Jacinto Benavente (1866–1954).

Su especial sensibilidad para el teatro infantil le llevó a crear El teatro de los niños, proyecto en el que colaboran numerosos autores de la época, y también le empujó a crear obras de teatro especialmente pensadas para los niños. 

Así, por ejemplo, surgieron de su pluma piezas como La princesa sin corazón (1907), El nietecito (1910), La novia de la nieve (1934) o principalmente El príncipe que todo lo aprendió de los libros (1909). 

Obras no obstante, que vistas con los ojos de hoy, están llenas de «anacronismos y alusiones forzadas, más asequibles para el espectador adulto que para el infantil» (GARCÍA PADRINO);«con fuertes dosis de sentimentalismo, textos reaccionarios, discriminatorios y anti históricos» (ISABEL TEJERINA).

En 1926, el premio se concede a otra mujer, la italiana Grazia Deledda (1871–1936), autora de una recopilación de cuentos tradicionales para niños, publicada en España con el titulo de Doce cuentos de Cerdeña (Editorial Labor, 1977).

En 1938, de nuevo una mujer es la premiada: Pearl S. Buck (1892–1973). Se había educado en China, donde sus padres eran misioneros y donde ella misma ejerció como misionera y educadora. Quizá fue esa vocación la que hace que sea la premio Nobel, tras Singer, que más libros escribió para niños.

Entre sus libros más conocidos para adultos figuran Viento del este, viento del oeste y La buena tierra, adaptada al cine.

Y para los niños, podemos citar a tres impregnados todos ellos del aroma oriental y del encuentro entre culturas: El dragón mágico (Lumen, 1965), que contiene dos cuentos; Los chinitos de la casa de al lado (Labpr, 1970), que contiene tres cuentos; y El haya (Juventud, 1978), que incluye tres cuentos cobijados bajo tres árboles: el haya, el abeto y el sicomoro.

Tanto en El dragón mágico como en Los niños del búfalo, el otro cuento incluido en el libro, cuentos a partir de los 9 años, los temas son recurrentes: la estructura oral, el encuentro y amistad entre niños de diferentes cultura y la defensa de la condición femenina.

En el año 1949, el premio se lo lleva William Faulkner (1897–1962). Criado en una clásica familia del Sur norteamericano, refleja en su obra el ambiente de estas regiones sureñas y el enfrentamiento con el norte. Trabajó como guionista de cine y se le considera introductor de técnicas narrativas innovadoras. 

Obras suyas significativas son El ruido y la furia, Santuario, Mientras agonizo o El villorrio. 

Para niños a partir de los 9 años, es autor de un libro: El árbol de los deseos (Lumen, 1970; Ediciones B, 1989; Alfaguara, 2008).

Escrito para una niña con motivo de su 8º cumpleaños, el libro es un relato de corte maravilloso, que nos recuerda a Alicia en el país de las maravillas, retratando muy bien el escepticismo de los viejos y la inocencia de los niños, con alusiones antibélicas del tipo «las guerras siempre son igual» o «En mi vida he visto un soldado que ganase algo en la guerra».

En 1954, el premio se lo lleva otro norteamericano. Se trata de Ernest Hemingway (1899 – 1961). Periodista, corresponsal de guerra, conocido por libros como El viejo y el mar, Adiós a las armas, Por quién doblan las campanas o Las verdes colinas de África, nos dejó dos libros para niños.

En El toro fiel (Debate; 1989), con ilustraciones de Arcadio Lobato,fruto de su apasionamiento por la fiesta de los toros, presenta un toro admirado por su bravura y por su fidelidad, que es una de las constantes de su obra («no era pendenciero ni malvado, pero luchar era su obligación»).

Otro libro suyo es El buen león (Debate, 1984), con ilustraciones de Francisco González, de diferente tono, pues presenta un león que no es como los demás y huye de la selva volando para refugiarse en Venecia. «Quizá todos deberíamos ser fieles» es la moraleja final.

Ambos son libros para lectores a partir de los 7 años.

En 1967, el premio recae el un autor de habla hispana. Se trata de Miguel Ángel Asturias (1899–1974), escritor guatemalteco. Autor de libros encuadrados en lo que se llama el realismo mágico —Hombres de maíz, El señor Presidente— es autor de un libro para jóvenes, o mejor, publicado en una colección juvenil.

Se trata de El hombre que lo tenía todo, todo, todo (Siruela, 2001). Fábula lírica, surrealista y barroca,  a partir de 11 años, con cierto tono oral no desprovisto de sentido critico, cuenta la historia del hombre que al respirar dormido, atraía con el aliento todo lo que era de metal.

  

De 1984 a 2008.

 

En 1984 el premio se lo lleva el escritor  nacido en Praga Jaroslav Seifert (1901– 986). Recriminado y discriminado por repudiar el sistema estalinista y unirse a la llamada “primavera de Praga” en 1968, es autor de un libro para niños: La canción del manzano (Ediciones SM, 1985), ilustrado por su compatriota Josef Palecek, a partir de los 9 años.

Se trata de un poema narrativo, muy devaluado, pues con la traducción ha perdido parte de su sonoridad y fuerza original, que recorriendo las cuatro estaciones del año, hace una loa de las excelencias de la Naturaleza y de la vida, e ilustrado con tonos del estilo naif, con imágenes muy detallistas y minuciosas.

En 1989, el premiado es otro español. Se trata de Camilo José Cela Trulock (1916–2002). Retratando niños esperpénticos, obsesionados y maniáticos, se conocen tres libros suyos para niños.

La bandada de palomas (Labor, 1969 y Alfaguara, 1987)  es un relato al estilo de los viejos cuentos populares, no exento de mensaje y escrito con gracia y frescura. Cuenta la historia de la niña Esmeralda, hija de leñador y lavandera, que  es pretendida por el mago–ogro Jamalajá, que la convierte en paloma por no acceder a sus deseos.

Cuando al padre lo nombran alcalde, prohíbe cazar palomas y ordena plantar árboles para que se posen en ellos.

En Vocación de repartidor (Debate, 1985), con acuarelas de Montse Ginesta,   la historia «del séptimo cielo de las vocaciones que no se explican» , cuenta las aventuras del niño Robertito, relimpio y repeinado, cuya mayor ilusión es hacerse amigo de dos niños repartidores de leche y a pesar de los insultos que recibe, insiste y les persigue («es lo que más me gusta»).

En Las orejas del niño Raúl (Debate, 1985 y Fondo de Cultura, 2007), con acuarelas de Roser Capdevila, retrata al joven Raúl, obsesionado por sus orejas y nada ni nadie era capaz de librarlo de tal obsesión. 

En 1998, el premiado es José Saramago (1922), el primero concedido a un autor de lengua  portuguesa. Autor de libros como Ensayo sobre la ceguera, Todos los nombres El hombre duplicado, para niños escribe el cuento titulado La flor más grande del mundo (Alfaguara, 2001). 

El relato —a partir de 7 años— empieza con estas confidencias: «las historias para niños deben escribirse con palabras muy sencillas y además, es necesario tener habilidad para contar de una manera muy clara y muy explicada y una paciencia muy grande». Con óleos  de Joao Caetano,  a modo de collages incluyendo retratos del autor, la historia en estilo directo, habla de un niño que salvó una flor y se convirtió en héroe y finaliza con esta declaración de humildad: «me da mucha pena no saber contar historias para niños».   

Dos preguntas

 

Tras este repaso, cabe hacerse dos preguntas: ¿qué impulsó a estos autores a escribir este tipo de obras «menores»?; ¿sus libros tuvieron éxito en su época, han permanecido en el tiempo, pueden equipararse a su obra para adultos?

La primera cuestión puede contestarse en base a tres argumentaciones: 

  • Respondiendo a decisiones editoriales por la popularidad del autor.

  • Respondiendo a planteamientos familiares o sociales.

  • Respondiendo a planteamientos internos, desde el niño que fueron.

Ya sabemos las explicaciones de Isaac B. Singer y sabemos que W. Faulkner escribió su obra como regalo para una niña en su octavo cumpleaños. José Saramago dijo de la escritura de su libro: "me interesa conocer mi relación con ese niño que fui".

Lagerloff escribió su libro como respuesta a una petición política y poco más podemos decir.

¿Siguen vigentes hoy estas historias? ¿Resistirán las más recientes el paso del tiempo? Si nos atenemos a las reediciones, pocas han permanecido en la memoria colectiva. Quizás la obra de Selma Lagerloff , por tratarse de un manual escolar, ha resistido bien las sucesivas ediciones, o algunas obras de Singer, por tratarse de cuentos de carácter  popular, siempre vigentes.

 

Juan José Lage Fernández es director de la revista Platero                   

 

 

 

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