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Réquiem por una biblioteca, por José Luis Piquero. 1/09/2011

 RÉQUIEM POR UNA BIBLIOTECA
 
            He regalado mi biblioteca. Se parece mucho a sacrificar a tu mascota cuando ha enfermado gravemente. Duele infinito pero no puedes hacer otra cosa. Mi biblioteca estaba gravemente enferma y tuve que sacrificarla.
            La biblioteca de uno constituye su biografía de lector, que a veces puede rastrearse hasta la infancia. En la mía aún figuraban muchos libros que me regalaron siendo niño. Después los libros que yo mismo empecé a comprar, los que otros amigos escritores me enviaban, los que llegaron por los puros azares de la vida literaria, los que robé (que levante la mano el que nunca haya robado un libro). Y aunque también he leído mucho en bibliotecas públicas y en libros prestados que luego volvían a sus dueños, todo lo que ha constituído básicamente mi formación lectora estaba en esas páginas, miles de páginas, millones de páginas, que constituían mi biblioteca, que acabo de regalar y que ahora, dispersa, es de otros.
Una biblioteca propia es como un reino privado. Uno la ordena primorosamente, aquí la poesía, aquí el ensayo, aquí los mastodónticos catálogos de arte. En tardes ociosas, recorremos con la vista los lomos multicolores, tratando de averiguar qué nos pide el cuerpo en ese momento, qué vamos a releer, si ya será hora de atacar tal novela que nos habíamos reservado para más adelante. Los cambiamos de sitio; ahora por orden alfabético, ahora como Dios nos da a entender. Y sentimos el orgullo del pequeño propietario, como quien posee una finca, un coche potente, lo último en ordenadores. Sólo que esos miles de libros son mucho más que meros objetos funcionales. Son la historia de tu espíritu, los pasos de tu educación, las vivencias en las que se ha formado tu caracter y hasta tu forma de escribir. Un mundo de imaginación y de sueños.
Entre sus páginas aparecen fotos viejas, cartas ya con la letra desvaída, marcalibros de todo tipo, billetes de autobuses y aviones, entradas de cine. A veces encontramos frases subrayadas que una vez nos dijeron mucho y a lo mejor hoy no nos dicen nada, piquitos doblados que llaman la atención sobre algún pasaje especialmente significativo. Y es que el lector deja en sus libros señales y recuerdos, se apropia de ellos de un modo que va más allá de la posesión física, los convierte en un relato fragmentario de su propia vida: aquel viaje, aquella película, aquel amigo. La biblioteca retrata a su dueño, cuenta su historia. “Extensiones de la memoria”, llamó Borges a los libros.
            Cuando puse en alquiler mi piso de Oviedo, tuve que empaquetar mis libros en cajas de cartón y depositarlos en un sótano sombrío, en la casa que había sido de mis abuelos. La humedad empezó desde el principio a hacer estragos y cuando, a los dos años, abrí algunas cajas para ver cómo estaban, me di cuenta de que todo aquello se iba a estropear. Los libros ya olían a moho. ¿Qué hacer? En mi casa del sur no tenía sitio y, aunque lo tuviera, ¿cómo llevarme todas aquellas cajas repletas?
            Cargué tres en el coche. Luego busqué dos maletas grandes y las llené hasta los topes. Era el límite de lo que podía rescatar. Escoger era una tortura. ¿Por qué La familia de León Roch y no Lo prohibido? ¿Me gustó más este libro de Marzal que aquel de Vilas? ¿Me llevo los dos? Hombre, Lovecraft, si lo tengo casi todo... Ah, este me lo regaló Juan, está dedicado... Aquel me pareció muy malo: fuera... Y esa antología... Pero son dos tomos gordos, no puede ser...
            Finalmente me resigné a las tres cajas, las dos maletas y algunas bolsas. El resto había que dejarlo. Llamé a amigos, acudieron. Algunos se lanzaban sobre las cajas con verdadera voracidad, con legítima codicia que yo comprendía mejor que nadie. Se anunciaban unos a otros con gozosas exclamaciones, como alegres invitados a una bacanal, las cosas que iban descubriendo. Yo me mordía los labios, reprimiendo mi afán de rescatar más títulos. Varios maleteros de coches fueron convenientemente llenados. Los restos de la batalla se los llevó un librero de viejo. Adiós. Buena suerte.
            Me queda el consuelo de que mis libros tendrán ahora una nueva vida. Los comprarán lectores que los apreciarán como se debe. Los que se quedaron mis amigos van a las mejores manos: los han adoptado padres amorosos que sufren esa misma enfermedad maravillosa que yo sufro y que no es enfermedad sino fértil chifladura: imaginar historias, concebir otras vidas, fantasear sin tasa, reir y llorar con las palabras.
            Y, naturalmente, tengo otra biblioteca: la que voy construyendo en el sur. En ella no está toda mi historia pero está mi historia. Un lector, allá donde le lleve la vida empieza otra vez a juntar libros, a levantar una nueva biblioteca propia, pequeña o grande. Somos como abejas que no podemos parar de producir miel.
Hermosa compulsión, reino de abundancia, La Biblioteca.
 
José Luis Piquero es escritor.
 

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