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Viaje al olvido de mis adentros, de Fernando Fonseca. 10/07/2010. De próxima publicación en Una noche de verano.

          

 
 
Viaje al olvido de mis adentros
 
 
                No obstante, me derrito. No era mi intención escribir, pero sin más me he visto escribiendo. En realidad mi deseo no es otro que pulsar mi nervio nocturno una vez asumido el insomnio propio de una noche de verano en Tozeur, donde me parece que vivo ahora. Afectado por un ritmo cardíaco lento, aliviadas mis habituales urgencias urinarias, fresco aún el sinsabor de ese sueño recurrente en el que, no sé por qué extraña razón, termino siempre representando a un hombre, por llamarlo así, de Magritte y, comoquiera que sea, porque a estas horas el resto de la especie humana respeta las oscuras estancias del silencio, como decía, afectado por todo eso y más, considero que mi escritura irremediablemente ha de verse condicionada y manifestarse distinta, obra de otro hombre, por llamarlo así, en un cuadro de Magritte.
            Hace muchos años que no me retiro a escribir por las noches, así que en estos precisos instantes no sabría decir qué elementos pueden caracterizar mi circunstancial escritura nocturna. Bebo un vaso de agua y contemplo desde la ventana la plaza vacía y vagamente adornada con los reverberos, flotando sobre el baldosado, de las humildes farolas y me sobresalto con la ráfaga de luz que dejan los faros de un automóvil al pasar y que barre el techo de mi cuarto (pensé en un faro seguidor, como los del teatro, que me buscaba). Un bulto oscuro y extendido sobre un banco me lleva a pensar que ahí hay un hombre durmiendo al raso que parece protegerse contra el calor de la noche con un capote Truman o tal vez un Macintosh. Pienso que se trata de un mendigo o un pariente que con toda seguridad mañana, a primera hora, habrá desaparecido del mundo sin dejar rastro, llevándose consigo el dichoso capote o el impermeable junto a su adornada infelicidad en el agobio caluroso de esta noche incivil, como si ese hombre, por llamarlo así, fuese yo o un atildado sin rostro de Magritte. En el cielo de la noche no hay pájaros, cuando, como todo el mundo sabe, en Tozeur cada mañana una lluvia de loros saliendo del palmeral nos invita al nuevo día. Yo los veo, lo juro.
            Ahora constato la fragilidad de mis razonamientos y la sospecha abarca cada recoveco de mi pensamiento poroso. El reloj despertador tiene trece horas y calzo las zapatillas al revés: la del pie derecho la llevo en el pie izquierdo y la de éste en el otro pie, escribo con la mano siniestra sobre un papel que se arruga porque escribo dentro del agua que hay dentro de esta pecera que es mi casa, y mis palabras se despegan del papel formando aros que forman burbujas que van a la superficie del agua para explotar. Literaguaaaa… Es así como escribo yo.
            Ahora sí, enciendo el quinqué y a continuación la radio y me siento a la mesa del escritorio, de donde recupero el libro de Nabokov que todavía ayer estimulaba mi predisposición a la escritura. Abro el libro al azar y un pálido fuego salta alegre desde sus páginas en forma de mil mariposas de otros mil colores que vienen a estrellarse contra mi desprevenido rostro. Ahora tengo cabeza de asno como Bottom el tejedor y, al igual que Malone, imagino mi retrato como la fotografía de un burro. Todo lo demás me la sopla.
            Me derrito y me consuela saber que la literatura es metamórfica en sí misma, y quien no entienda esto que deje tranquilos a los demás. Por cierto, en la radio está sonando Capri, c’est fini, canción que me hace evocar a una furibunda mujer que me doblaba la edad y a la que creo haber amado, en la inmensidad beige de una playa del Midi, a la vez que compartíamos un destartalado cigarro de marihuana. Recupero la voz grave de aquella mujer y sus contundentes palabras en francés norteafricano: je ne crois pas que j’y retournerai un jour. Era su forma cruel de despedirse de mí, y me lo decía medio cantando. Finalmente, un tanto airada, me dijo Capri, c’est fini y la perdí para siempre, salvo estos retornos alevosos que mi memoria propicia a veces.
            Escribo a pesar de las alteraciones que me afectan como un mal recóndito. No se me ocurre otra cosa, apenas nada, pero sin embargo sé que estoy escribiendo mientras me derrito y de repente me dispongo a pensar en un futuro lector de estas palabras que ahora mismo salen de mí sin que yo sepa a ciencia cierta qué significado guardan ni porqué motivo salen de mí en estos momentos. Un futuro lector que, sin embargo, está leyendo aquí mismo. Otra cuestión sería preguntarse ¿por qué permito que salgan de mí estas palabras?... ¿Por qué me hago estas preguntas?... Pero las preguntas, cuando se trata de preguntas baldías, es mejor olvidarlas y, en todo caso, delimitarlas. De modo que una tercera opción interrogadora —¿para qué?— muere antes de nacer bajo un violento tachón de inequívoca intencionalidad.
            Escribo a mano y apretando los dientes. Nada se me ocurre porque a estas alturas de la noche y con esta temperatura de agobio no hay cuento posible, no hay ficción, digamos que en lugar de palabras dulces lo que respiro es esta ceniza que seca mi boca de Chandos. No queda imaginación suficiente para ir tirando. No queda tinta y las mariposas han volado a otra esfera, mientras los loros se emborrachan en el palmeral. Todo eso me digo en tanto escribo. Sé que estoy escribiendo aunque al mismo tiempo ignore lo que escribo. ¿Para qué? (tachón)… El reloj despertador tiene nueve horas y un cuarto y en mi habitación canta el tic-tac, tic-tac, tic-tac… de la soledad. Mi intención no es otra que ponerme a prueba y escribir, pero me coarta pensar que a la mañana siguiente —una vez espabilado por la lluvia de loros— habré de leer lo que aquí deje escrito y, lo que es más cruel, juzgarlo con el inevitable riesgo de no reconocerme a mí mismo, y eso mata. Porque esa es mi intención, ponerme a prueba y llegar a conocer mi escritura nocturna, en definitiva, la escritura de un desconocido, cuando ya nadie a mi alrededor articule palabra, cuando nadie hable solo ni comente avatares que únicamente a terceros les conciernen, cuando nadie está o cuando nadie es siendo una mancha humana estrellada en un cuadro de Magritte. O danzarinas de Degas o narcisos de Wilde o paraguas de Satié o la trompeta de Vian o un sombrero de Beuys o la pipa de Simenon o suspiros de España o una multitud en dispersión… Hablo de esos pequeños seres que habitan mi soledad y que ni hablan entre ellos ni lo hacen conmigo, ya fuese mediante señas o mediante intenciones aviesas. Personajes usados en otras historias antiguas, y por lo tanto decentemente olvidados, o listos para las posibles historias que en adelante pueda yo escribir fuera de Tozeur. Hombrecitos que en un cuadro de Magritte harían de lluvia. Hablo igualmente de mí. Insisto, no era mi intención escribir, mas el insomnio en esta caliginosa noche de verano me ha traído hasta aquí y ahora no veo, no oigo, no pienso y ni siquiera deseo otra situación que la de enlazar palabras enlazando frases que enlazan un texto… La literatura, una vez más, me lleva a esto: la autodestrucción. Me he derretido, me soporto y escribo, no obstante.

 

Foto: Inside of Gassendi crater, Esa.

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