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Con Javier Lasheras

Hablamos con Javier Lasheras, a propósito de su libro de poemas EL CIELO DESNUDO, que ya va por la segunda edición

 El cielo desnudo. ¿Debería estar vestido?

Como ya he dicho en otras ocasiones, este libro habla de un tiempo pasado sin ajustar ninguna cuenta, del presente —con una clara intención crítica— y de algo que suele transcurrir al margen de esos tiempos: el amor y el eros. En ese tiempo presente me acerco, entre otros asuntos, a la moral de los poderosos, la calumnia permanente, la decepción con los partidos políticos -¡ojo, no con la política!-, o la justicia. Y también me pongo en la piel de los desahuciados, los inmigrantes o las mujeres maltratadas. En definitiva, repaso una sociedad, y un sistema, que se parece a un muro recio de hormigón pero cada más agrietado. Por lo demás, yo nunca he visto un cielo vestido y, en cualquier caso, corresponde al lector soberano mirar y decidir si estos poemas y cada uno de sus cielos están bien o mal así desnudos o, por el contrario, deberían estar vestidos. Pero sea cual sea el veredicto, no está de más recordar a León Felipe cuando se preguntaba por la estrella remota y la rosa deshecha. Yo espero que al lector le quede la emoción del brillo y el aroma.

El amor y el paso del tiempo son dos conceptos presentes en tu libro, son dos ideas universales en el tiempo y en el espacio. ¿De qué fuentes bebes y qué aguas detestas?
Pues para ser breve y no mentar una lista interminable de autores, le diré que para escribir de esos temas -al igual que de tantos otros- he agitado mis conocimientos y mi experiencia con los autores de la tradición española y la de los clásicos. A la mezcla le he puesto un punto de autores vivos y otro de autores extranjeros más o menos contemporáneos. Para finalizar, siempre le pongo a estos temas mi sello personal -mi vida, mi mirada y mis propias palabras- así como unas gotas de un elixir secreto que me transmitió el poeta Martín Huarte, el cual heredó la fórmula de su padre Horacio Martín y éste, a su vez de Abel Martín, poeta y filósofo de quien, le recuerdo, Juan de Mairena fue alumno aventajado. Por lo demás, hablando de estas artes, jamás he detestado nada ni a nadie. Me gustarán más o menos, pero detestar es un verbo que no conjugo en estas lides. Sé bien que hay soldados y generales. O, si lo prefiere de otra manera, como dijo Julio Cortázar, «uno puede elegirse genio cuantas veces quiera; lo difícil es acertar». Y yo añadiría que lo difícil también es demostrarlo.

 
En los poemas queda un poso de cierto pesimismo con el amor (el amor era una quimera, pág. 24) y con el paso del tiempo (Fue hermoso vivir aquel tiempo / y ahora triste verlo todo en el aire. Pág. 13). ¿Queda hueco para el optimismo?
Esa es una forma algo peculiar, y tal vez restrictiva, de leer el libro. En cuanto al primer ejemplo que usted pone, se trata de una imagen de juventud, por cuanto uno está en una fase iniciática, mirando, tentando, nombrando todo lo que va encontrándose en el camino, pero en este libro el amor triunfa y se convierte en uno de los hilos conductores que junto a los demás temas del libro contribuye a ese carácter de celebración de la vida, con mayúsculas y con minúsculas. Y en cuanto al segundo ejemplo, aunque soy consciente de que la vida se va estrechando, busco, encuentro y disfruto con lo esencial. En este sentido el libro está moteado, afilado, con versos que hablan sobre el ineludible paso del tiempo. Y así uno acaba comprendiendo varias cosas. Por ejemplo: que ya nada es o sucede en vano, que es buena esta vida, que la vejez va a estar llena de posibilidades y no habrá Estado que lo soporte ni estado físico que lo aguante. Y, al igual que en la vida uno se va deshaciendo de lo superfluo, también la poesía se hace más ligera y exacta y, tal vez, más humana. Ya lo digo en unos versos: «Lo que yo quiero ahora, en esta edad / antes del frío y la ceniza, es la orgía / constante, el vino ligero, el beso / ya encontrado, leve y largo, girando / en contra de la aguja del tiempo.» Con estos mimbres, como usted comprenderá, sería un desagradecido, un irresponsable y un quejica si antepusiera el sentido nihilista que pueda desprenderse del fin de la vida con el optimismo contenido que rezuma esta inmensa fortuna que es estar vivo, disfrutar y celebrar la vida y vivir para contarlo. Uno puede tener motivos para estar enfadado o mostrarse pesimista a lo largo de su existencia, pero tomada en su conjunto, estar descontento con la vida es no haber entendido nada.

En el poema «Para vivir» escribes sobre la soledad, a la que hay que violar sin contemplaciones. ¿Es necesario?
Bueno, esa es una de las posibilidades que se apuntan. El poema también dice que a la soledad puedes cuidarla, acariciarla o tocarle los pechos. Pero lo más importante, lo necesario, es conocer que en el cómputo individual de la vida, en esa carrera contra nosotros mismos, estamos abocados a fracasar, a la manera de Beckett cuando en Rumbo a peor decía «Lo intentaste. Fracasaste. Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor.» Y es conveniente aprender bien la lección porque de lo contrario, el engaño está garantizado. Al fin, de eso va este poema, de aprender a vivir y saber que «sólo los falsarios regalan rosas sin espinas», tal y como reza el último verso. Con todo, a pesar de que al final solo hay fracaso, en tanto en cuanto desaparecemos, el ser humano ha desplegado un sinfín de tácticas y estrategias que han servido y seguirán sirviendo de resistencia para continuar a pesar de todo. Beckett lo decía mejor con otra frase: «Debes seguir, no puedo seguir, seguiré». Así que fracasamos individualmente porque, entre otras cosas, morimos, pero la vida es una fortuna: aprovecharla contribuye al éxito de todos y pincharnos con las espinas de la rosa hace que aprendamos a mirarla, cogerla y apreciarla. El fracaso nos hace seguir, avanzar, amar más y, al fin, quién sabe, tal vez vencer.
 
                                                                                                                               Armando Murias Ibias

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