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Entrevista a Gonzalo Moure, por Javier Lasheras. 04/05/2009.

Moure es un escritor de raza, forjado en el periodismo de investigación y curtido en la experiencia del mundo por el que viaja. Infatigable. Uno de los mejores narradores actuales.  No es extraño que esta entrevista improvisada tenga lugar bajo el signo de un encuentro inesperado a bordo de un tren de alta velocidad en el que conversamos con tranquilidad, con un café en vaso de plástico y la ausencia de esos cigarrillos que suele liar con la turgencia del placer. El tono de su voz es apacible como el de un diplomático portugués y sus manos se juntan tranquilas, reflexivas, sin aspavientos, convencido de que las palabras se bastan por sí mismas. Hace poco que ha regresado de Tinduf y me cuenta de los saharauis, de sus vidas y sus paisajes, de sus sueños y esperanzas, de su realidad y su día a día: arena, estrellas y demasiado silencio desde España.

 
¿Qué es el Bubisher?
Es un bibliobús al que bautizamos con un nombre que ha hecho fortuna: el bubisher es un pajarito pequeño y simpático, que en la tradición beduina saharaui trae las buenas noticias a la jaima. Un bibliobús cargado con un plan lector para entrar en las aulas de las escuelas de los campamentos de refugiados, donde no hay libros de lectura, o muy pocos. La idea es que los niños saharauis lean en el aula y en sus casas, tal como los niños españoles. Para ello hemos contado con la colaboración de la casi totalidad (hay una ausencia muy notable) de las editoriales especializadas. En total, 1500 libros que seguirán incrementándose con cada voluntario. El Bubisher, por las tardes, se convierte en biblioteca abierta para los saharauis de todas las edades. La tercera utilidad del Bubi es que se convierte en cabeza de playa para que quien desee hacer algo por la vida de los saharauis, y en especial por sus niños, puede convertirse en voluntario tantos días como desee, y sin más condición previa que el amor por los niños y por los libros.
 
¿Por qué se embarcó en este proyecto?
Hay veces que son las ideas las que te embarcan. Odio eso de “sería estupendo...” Si sería estupendo, hay que hacerlo. No podemos hacerlo todo, claro, pero esta vez sí lo hemos conseguido. La idea nació en común con los chicos de un colegio gallego que habían leído (y llorado) Palabras de Caramelo. Y el primer impulso lo dieron ellos, compartiendo cada uno 30 céntimos a la semana para el bibliobús. Me dieron un talón de 3.000 euros, al cabo de un año de ahorro paciente. Después de eso, ¿cómo no seguir? Por compromiso con el pueblo saharaui, pero también como una lección de solidaridad para todos los chicos españoles.
 
¿Cómo definiría, o qué comentarios le sugiere, la actual situación política y social en el Sahara?
Pocas palabras hacen falta. Olvido: España, al menos con el Sáhara, ha sido y sigue siendo una mala madre. No otra cosa es la madre que vende a su hijo y después se olvida de su sufrimiento diario. Firmeza: los saharauis han logrado construir en la hammada, en el exilio, un verdadero estado, donde la educación es la base, junto con la sanidad y la solidaridad. Ningún saharaui pasa hambre, aunque la ayuda internacional para su subsistencia es una ayuda mezquina, casi de miseria. Solidaridad: porque ese cerco por hambre es roto por la ayuda humanitaria de miles y miles de españoles. Paciencia: porque la lucha por recuperar su tierra se basa en saber esperar a que la comunidad internacional se convenza de que ellos no cejarán jamás en su espera a que la ONU haga cumplir sus propios mandatos sobre la descolonización y autodeterminación del Sáhara. Pacifismo: porque en los territorios ocupados los saharauis luchan con el arma de las manos desnudas y unidas, frente al terrible aparato militar y represivo de los invasores. Esta palabra, invasores, no la digo yo: la dice la ONU en sus dictámenes.
 
Como usted mismo dice, "Vida para dar y disfrutar". Por favor, denos algo de la vida en Tinduf, aunque en este caso no sea para disfrutar...
La vida en los campamentos de Tinduf es pura contradicción. Es terrible, pero al mismo tiempo está llena de eso: de vida para dar y disfrutar. Hace dos días estuve en un buen colegio de Jerez de la Frontera con un niño saharaui, Hamma, enfermo y aquejado de raquitismo. Impresionado y feliz por lo que está viviendo en una buena casa jerezana. Pero dijo ante sus compañeros, que le adoran: quiero volver a casa. ¿Por qué? Se encogió de hombros: porque allí están mi familia y mis amigos.  Tendemos a creer que la felicidad se basa en “lo nuestro”: tener cosas. Allí no tienen cosas: tienen familia, amigos, solidaridad y verdadero cariño, el tradicional cariño de la hospitalidad beduina. Falta de todo, es verdad, y todo les debemos. Pero ellos nos enseñan mucho más de lo que nosotros les damos.
 
¿Cree usted en el escritor comprometido con la sociedad a través de sus obras, en el escritor comprometido con la sociedad a secas o simplemente no cree en el escritor comprometido con la sociedad?
Creo que cada cual debe hacer lo que considera que tiene que hacer. No hay fórmulas, ni mucho menos obligaciones. Y el compromiso es con la literatura: con la libertad de creación, con la verdad y la belleza. Lo demás es enormemente personal. Hay buena o mala literatura, y ni el compromiso ni la actitud personal convierten a la literatura en mejor. Al final, eso es lo único importante: que lo escrito sea bueno, mediocre, o malo.
 
Su página web www.gonzalomouretrenor.es tiene como fondo un paraje desértico. ¿Podría relacionar las palabras arena, estrella o silencio con alguna de sus obras?
Arena y estrellas con Palabras de Caramelo y El beso del Sáhara.  Silencio con la quietud paradójica de El movimiento continuo, o visto como parte de la música con El síndrome de Mozart.
 
Volviendo al Bubisher, ¿en la era de las mentiras y verdades de los videojuegos, de las catedrales culturales y de tanto ruido editorial, tendría algún sentido un Bubi alternativo por las calles de los pueblos y ciudades españolas?
Esta sociedad tiene un problema de digestión, y también de digestión cultural o pseudocultural. Un Bubi tiene sentido en el Sáhara, o allá donde un libro es un lujo casi inalcanzable. En España, apenas quedan rincones en los que suceda algo así. Tuvo su sentido en las décadas anteriores a los 90, ahora ya muy poco. Los Bubi están ahora en las bibliotecas públicas, en las escuelas en las que maestros luchadores y ejemplares luchan cada día por una literatura liberadora, y no de consumo.
 
Cuéntenos tres acciones básicas que cualquiera pueda hacer por el Bubi.
La más hermosa: embarcarse en él. Tres días, una semana, dos meses: lo que cada uno quiera y pueda. Sin más requisitos que amar a los niños y a los libros. La segunda, involucrar a chicos y chicas que quieran aprender a compartir: financiando una semana de funcionamiento del Bubi con 100 euros, o mucho más modestamente, comprando los libros que aún nos hacen falta para completar su dotación. Estamos pensando ya en poner a rodar un Bubisher II, y para eso va a hacer falta mucha mano, mucho hombro, mucho entusiasmo.
(Para más información visitar www.bubisher.com ;
Número de cuenta Ibercaja: 2085 2256 60 0330134786, concepto: Bubisher).
 
Una pregunta caprichosa, ¿cuánto le queda del periodista que fue en su vida y en su escritura?
Casi todo, salvo la obligación de informar para el bajo vientre o para la risa idiota y el sensacionalismo. Procuro que mis libros nazcan de la vida, de la emoción por lo que encuentro aquí o lejos, y que por tanto contengan noticias de otras maneras de vivir, de ser, de pensar. Respeto la fantasía o el artificio, pero prefiero la literatura con barro de la calle, con lágrimas o risas verdaderas.
 
Y para terminar o ir terminando, ¿sería capaz de contarnos el cuento más breve que ha oído a algún saharaui en el desierto?
Me lo contó Jamida, un combatiente convertido en médico: “Soñé que iba a beber a la fuente de Farsía en la fiesta del Id el Khebir. Faltaban siete días. Esa mañana hubo una batalla terrible, y un compañero cayó herido en campo abierto. Me levanté entre las balas, sin encogerme siquiera, porque aquella era una mañana de vida, no de muerte. Me eché el cuerpo del compañero herido y regresé con él a la trinchera. Cuando examiné mi guerrera encontré dos agujeros, pero ni siquiera me habían hecho un rasguño. El día de la fiesta de Id el Khebir el capitán me mandó ir a Farsia. Bebí en su fuente.”

 

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