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Kafka al buen tuntún, por Fernando Fonseca. 19/04/2010

                                                       
                                                                 Seguid danzando, cerdos, ¿qué tengo yo que ver con ello?
                                                                                                      (Kafka: Diarios 27 de Mayo de 1914) 
  

Es una lástima. Nos estamos cargando la figura indispensable de Kafka, su aureola misteriosa y minoritaria. Hoy todo el mundo habla de K. como de un adorno, no más. Acabo de leer un texto de D. F. Wallace —ese postmoderno a la americana (no debe de haber otros)— en el que este autor sostiene la inequívoca presencia del humor en la obra de Kafka, sin aproximarse tan siquiera a una mínima demostración seria que ampare su osada tesis. Lugar glorioso en el que Wallace pretende ver incluso chistes sin llegar a compartirlos con nosotros. No hay quien lo entienda. A lo mejor no hay quien entienda el sentido del humor de ciertos intelectuales norteamericanos. ¿O será que no hay norteamericano capaz de entender a Kafka? ¿O la postmodernidad era eso?…
Lo que más me ha impresionado cuando visité Praga ha sido el aparente olvido que la ciudad y sus gentes profesaban hacia su más insigne y universal escritor. Por muchísimo menos, a este lado de Europa, levantamos estatuas, inventamos inverosímiles alegorías, se recrean guías gastronómicas, se componen pasodobles, se organizan congresos de dudosa espiritualidad y cosas por el estilo. Finalmente se va de copaset tout le reste est littérature.
 
A lo mejor no hay quien entienda el sentido
del humor de ciertos intelectuales norteamericanos.
 
Ya no es que yo llegara a Praga con la asumida intención de olvidarme de K. por huir del consabido souvenir  —como así era—, es que lo más sorprendente fue advertir que nadie allí parecía querer hablarme de él. Como si no existiera Kafka; o, empleando su propia dialéctica, como si en verdad anduviera por allí, importante y desapercibido como un ángel con el disfraz de la melancolía o un artista hambriento y desamparado. Prefiero pensar que las cosas son así a tener que especular con la idea de que los praguenses le han dado la espalda a Kafka, o se avergüenzan de él, o le temen… Demasiada especulación para un visitante entregado a Praga como era yo.
 
Lo que más me ha impresionado cuando visité Praga ha sido
el aparente olvido hacia su más insigne y universal escritor.
 
Un amigo, checo y traductor, rehuyó igualmente a hablarme de Kafka y yo se lo agradecí, pues no me gustan los enviados, sea del color que sea su sotana, que vienen para hablarme de mis dioses, porque me los estropean, coño. No, no me agradan los predicadores.
En cambio, mi amigo checo me habló de un tal Adan Acesnof, escritor coetáneo, creo que de Kazajistán, o de casa Dios, que, curiosamente, había publicado un libro cuyo título, traducido por mi amigo, era La pereza de los días. Mi amigo y yo, tomándonos la consabida Pilsen en el Café de la Casa Cubista, a la sombra de una Virgen Negra, buscamos jubilosamente posibles coincidencias, más allá del título, con mi novela Los días de la pereza. Pero cuando de veras se nos detuvo el pulso a mi amigo y a mí fue al descubrir que leído en el espejo, es decir, a la inversa, el nombre de aquel raro escritor, que por no ser ni siquiera se encuentra en Google, no era otro que FONSECA NADA (Adan Acesnof) Busco con ahínco, aunque en vano, a mi contraego en Google, pregunto a los amigos más enterados y escudriño en cuanta información pueda llegarme acerca de los escritores de Kazajistán, o de casa Dios, pero siempre, al final, Fonseca es Nada y Nada es Acesnof porque lleva el mundo al revés de su Nada Fonseca existencia… Todo ello en una Praga nihilista, conmigo duplicado, y por no hablar de Kafka.
Entonces, hacía yo una parada diaria en el Café Pepe Nero sin percatarme de que en ese mismo edificio —Parízská, 36—, en el último piso, había vivido Kafka. Lo descubrí meses después en Oviedo y supe entonces que, tal que un Golem, Kafka se encuentra en cada rincón de Praga, pero nunca se le vislumbra del todo. Más que una sombra es un eco. Recuerdo una mínima sala (unos veinte metros cuadrados) al lado de San Nicolás, sin visitantes, con algún póster y un previsible y poco invitador video en funcionamiento dedicado al escritor y su ciudad, lo que creo haber colegido a partir de la desganada mirada que, de reojo, le eché al televisor desde la puerta. En el local sólo había un hombre, su cuidador, que me pareció huraño y mal anfitrión, porque me dedicó una mirada de innecesaria desconfianza, invitándome con ella, precisamente, a irme. Era una especie ridícula de Museo Kafka. (Hoy sé que algo más digno o más pretencioso, también más mundano y ecléctico, se abre en la zona turística de la Isla de Kampa) Finalmente, me fui de Praga encantado, a la vez que sorprendido, por la elegante indiferencia demostrada por los praguenses hacia su escritor más universal. Sin embargo, fuera de Praga, y en estos últimos años, el viaje a kafkilandia nos envuelve a todos y amenaza con destruir el buen recuerdo y reconocimiento que sin duda se merece Kafka.
 
Fonseca es Nada y Nada es Acesnof porque lleva
el mundo al revés de su Nada Fonseca existencia…
 
Se publican biografías, docudramas, salen nuevas fotografías, análisis inverosímiles, incluso se titulan libros con su nombre que luego nada tienen que ver con él y se espolvorea, hasta la vulgarización más indecorosa, su obra al amparo de un nuevo adjetivo odioso por demás. Me refiero a todo aquello que es presentado sencillamente como “kafkiano”. Situaciones kafkianas. Todo un mundo, como digo, próximo al concepto delirante del Parque Temático: Ka(f)kilandia (oh, F, mi higiénica F), donde podremos adquirir un sombrero bombín, un retrato amarilleado de Felice o de Milena, un padre omnisciente y grande, un amigo traidoramente benefactor, las huellas inexorables de una enfermedad sanguinolenta y espiritual, las enaguas de la Eduardova, un curso avanzado de yiddish, un ovillo de hilo con forma de estrella y, por supuesto, la joya de la corona: un escarabajo pisapapeles con las letras GS pintadas en su brillante caparazón… Kafka al buen tuntún.
 
Fernando Fonseca es escritor

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