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Un agosto muy ligero (2), por Sussana Rojas. Del 10/08/2009 al 16/08/2009.

Lunes, 10.

 
El síndrome del lunes es de sobra conocido. Así que ahorraré palabras. El Gran Jefe sigue en su sitio, sólo que ahora él y los otros grandes jefes están más tranquilos, babeando por su solaz estival. Por lo demás, el volumen de trabajo va aumentando en proporción directa al número de compañeros de vacaciones. Normal. La gente sigue empeñada en aborregarse junta y descartan reivindicaciones alternativas, tanto laborales como privadas. Así las cosas no resulta extraño que con la crisis que algunos han montado, a los cubanos, por poner un ejemplo, se les empiece a poner una tremenda cara de mosqueo. Será por eso que Beti, cara de muñeca, encantada de conocerse a sí misma y salida como una perra con el trigueño que se ha cepillado en la isla, esté realmente preocupada.
 
Les cuento. Once de la mañana. Nos vamos a tomar el café ella, Angie y yo. Y de repente, entre el bostezo de una y el café descafeinado cortado con sacarina de la otra, Beti nos suelta que a los cubanos les queda menos de tres meses para limpiarse el orto con lo que mejor tengan a mano excepto con papel higiénico.
 
—Pura escatología —le dije yo, quedamente.
—No, no. La crisis —nos aclaró ella.
—Ah —soltó Angie
 
Entonces le preguntamos por su hombre en La Habana, ese mojito de menta y sabrosura, y nos cuenta que ella nunca nos había dicho que estuviera enamorada y ni mucho menos que quisiera quedarse con él toda la vida. Ya. Claro. Y nosotras que nos chupamos el dedo. Lo que pasa es que tener una aventura es muy fácil cuando estás encerrada entre las cuatro paredes de un hotel de salsa, mango y chachachá, sobre todo si la aventura dura un corto invierno o un ardiente mes de verano. Ser amante ya es otra cosa. Es el siguiente paso y entonces el hotel se queda pequeño y uno quiere más: que si una escapada aquí, un café allá o una cenita a la luz de las velas más acá y dime lo maravillosa que soy y lo enamorado que estás de mí. Sucede que una isla está muy bien para una semana, pero si empieza a faltar el jabón y hay que ponerse a buscar la comida, cocinar todos los días y aguantar los ronquidos sine die, entonces va a ser que no
 
—Y ¿qué vas a hacer? —le preguntó Angie con la misma cara de lelo que ponen los hombres cuando acabas de contarles lo que te pasa.
—¿Habéis visto al nuevo becario de la planta de abajo? Qué mono ¿verdad?
 
En fin, las mujeres somos el único animal capaz de ver un hecho y contarlo cien veces de cien maneras distintas en un brevísimo plazo de tiempo. Pero están muy equivocados quienes crean que no sabemos lo que queremos. A ser posible, todo y ahora.
 
 
Martes, 11
 
Cuando me llamó la secretaria del Gran Jefe ya advertí la urgencia en su tono. Y sin embargo, cuando llegué a su despacho nada parecía fuera de lo habitual. Las lógicas preguntas de un aspirante a ejecutivo ahogándose en el charco de las aguas mansas de su ignorancia. Me siento frente a él y le cuento, le explico, le pongo ejemplos y veo cómo su rostro se va constriñendo. Lenta pero tensamente, igual que un arco. De improviso, como un amortiguador que saltara inopinadamente, se levanta y me dice:
 
—Vengo ahora. Tengo que ir al servicio.
 
O sea, que mientras yo pensaba que aquella transformación de su cara en surcos, arrugas y fruncidos respondía a un cierto nivel de esfuerzo, concentración y entendimiento de los inputs y de los outputs, resulta que sólo se trataba de una urgencia, de un apretón de mi jefe. Los hombres son así. Ni se inmutan y muestran descuidados y francos sus más bajas necesidades. Las chicas no tenemos esos problemas o, caso de tenerlos, suceden de siglo en siglo.
 
Casi al final de la mañana me llamó Carma. Me contó que acababa de salir de la pelu. Se había cortado su melena rubia.
 
—Qué fuerte —le digo.
—Ya. Pero estoy desesperada. Necesito un cuerpo que me saque brillo. Estoy cansada de la bayeta de casa. Así que nada mejor que quitarme el polvo de encima y customizar la carrocería.
 
Le digo que a dónde quiere ir de caza un martes en esta luna de Valencia.
 
—Hija, ni que fueses nueva.
 
Me quedé pensando en Nacho. Lo cierto es que me había servido para quitarme lo más gordo y por eso yo estaba así, tan tranquila. Así pues, era muy normal sentir esa urgencia cuando alguien como Carma tenía el pulso de su libido asiduamente por los suelos.
 
A las nueve de la noche, mientras en la terraza del Lisboa Carma y yo dábamos cuenta del segundo Absoluto para aligerar el cuerpo y avivar la mente, Fred llegaba tarde junto con Bego, una prima un poco piji pero encantadora. Fred se quedó de piedra en cuanto vio a Carma con su nuevo look. Luego de picotear nos fuimos al Bubble’s. Bailamos y nos reímos. Sabía que al día siguiente iba a estar muerta, pero el trabajo ya podía esperar y resentirse mientras ayudaba a una amiga con su particular apretón. Y ello a pesar de que lamentablemente, en casos de urgencia, las expectativas de las mujeres suelen resultar inversamente proporcionales a sus conquistas inmediatas.
 
Carma estaba con Bego bailando en la pista, esparciendo el rastro múltiple de sus encantos cuando de repente se le acercó Víctor. Fred y yo no dábamos crédito a nuestros ojos. No. No puede ser. Pero sí, era. Víctor.
 
—No. No lo hagas, no lo hagas —clamábamos desde un silencio atónito pero atronador. Es cierto que sólo mental, porque la verdad es que la actitud encantadora, provocadora y aceptadora de Carma nos decía con meridiana claridad:
—Chicas, un apretón es un apretón, aquí y en Sebastopol. Y qué mejor que un ex como Víctor para destrozar mi nuevo look y desempolvar mi armario más íntimo.
 
En fin, está bien recordar que en momentos de urgencia siempre es mejor lo malo conocido a lo malo por conocer. Aunque luego volvamos a quejarnos. ¡Ay!

 

Miércoles, 12
 
¡Ay! Ya sé que, como decía Sabina, nadie se ha muerto por ir sin dormir una vez al currelo, pero es que ayer, cuando sonó el despertador, estaba realmente muerta. Y no es que no durmiera nada de nada, pero el alcohol y mi necesidad de ocho horas reglamentarias de sueño hicieron que no fuera persona durante el resto del día. Esto sólo se hace por una amiga… pensé, hasta que deje de ser una amiga. Of course.
 
Como todo el mundo sabe, una resaca es un agujero negro en el que los recuerdos son difusos, el pensamiento se licúa y el resto de seres humanos son expedientes X sin resolver. Supongo que por eso precisamente, a media mañana me llamó Fred para comentar la jugada de Carma durante la noche anterior con Víctor; seguro que por eso el Gran Jefe me pasó una orden para proyectar una estrategia de recorte de sueldos a los empleados en un 1% para el año próximo, asunto que le correspondería hacer a él; y definitivamente seguro que por eso los astros se conjuntaron para que una lluvia de llamadas y de compañeros acabaran por ponerme la cabeza mucho peor que como la tenía cuando me levanté. En realidad, hace tiempo que desconfío de las casualidades, del destino o de la suerte y la mala suerte, pero cómo llamar si no a ese tipo de albures. Al fin, son palabras que explican casi todo aquello para lo que no tenemos ganas de pararnos a razonar y analizar convenientemente, no vaya a ser que en el camino nos encontremos con esas piedras en el zapato que tanto nos incomodan al andar. La vida es una tela que viene confeccionada de fábrica y luego nosotros nos encargamos, nos dejen o no, de cortarla a nuestra medida. Uf, qué metafísica estoy. Será que no como.
 
Pues eso, que cuando salí del trabajo estaba hambrienta y muerta de sueño. Cerca de casa me paré en el Pinocho’s. Me comí un plato de macarrones a la putanesca y una ración de tiramisú para mi solita. Luego me fui a casa, me puse el camisón azul gris perla, desconecté el móvil y el teléfono y me quedé con el aire acondicionado tirada sobre el sofá, con el TV encendido, más pancha que una odalisca de Fortuny. Después de la tormenta llega la calma. A eso de las 11 de la noche me desperté, todavía con sueño, pero ya muy despejada de aquel agujero negro que ahora había desaparecido por el desagüe de mis órganos vitales. Me levanté, pasé por el baño y me metí en la cama cual gata de angora. Acurrucada, buscando el frufrú de la sábana y el paraíso de los sueños. Y soñé que salía por la noche y me pasaba la noche bailando y llegaba mi ex marido y celebrábamos el reencuentro…  ¡Aaaggghhh, qué pesadilla! Y es que a veces el destino no se cumple en nuestras grandes aventuras cotidianas sino en las pequeñas pesadillas de nuestros sueños más íntimos.Juro por Dios que noches como la de ayer ni una más y a Sabina que le den.

 Jueves, 13

 
Suenan campanas de alivio en el curro. El Gran Jefe se va de vacaciones. Desconozco si solo o acompañado. Yo, desde luego, no iría con él ni a comer el mejor socarrat de la Albufera. El problema es que ahora la Gran Jefa soy yo. Sí, señoras y señores, me quedo al mando. Y lo peor es que, en el otro ala del edificio, también se queda Menéndez el trucha. Al parecer ya se fue de vacaciones en junio. Prometo contarles cómo van yendo las cosas, aunque mucho me temo que voy a necesitar un intérprete para explicarle que no me utilice como intermediaria en sus asuntos de logística. Pesado es este Menéndez, oigan.
 
—Estos expedientes son los que corren más prisa. Te dejo al mando. Yo me voy de safari fotográfico a Kenia. Ya me cuentas a la vuelta. Por supuesto, llámame para cualquier duda.
 
Ni lo pienses, so mamón, me dije en silencio mientras le mostraba al Gran Jefe mi mayor sonrisa y le ofrecía mis más falsos deseos. Que se lo coman los leones. Aquí no hace ninguna falta y, por supuesto, anda listo si cree que le voy a dar el placer de llamarle para preguntarle nada del trabajo. Antes me corto la mano.
Y es que por lo visto, y según una investigación del Institut Universitari d’Estudis de la Dona, una gran mayoría de hombres piensan que son imprescindibles en sus trabajos. Lamentablemente piensan lo mismo cuando están con sus parejas o en sus casas. Y, además, son contumaces como asnos. Esta última afirmación es fruto de un estudio personal basado en cerca de doscientos hombres con los que he compartido trabajo, casa, amistad, sexo o simplemente un ratito de conversación.
 
Y ante tanta y tan abrumadora información ya vislumbrada por la experiencia, lo mejor que podía hacer era volver a quedar, como todos los jueves, con mis queridas Fred y Carma. Esta vez me retrasé hablando con mi hermana, encantada con París, su Pierre, su glamur, su privilegiada escuela de diseño y sus noches de blanco satén. Por eso piqué algo en casa y luego fui directa al Bubble’s.
 
Carma estaba sentada junto a la barra, con cara de pocos amigos, oyendo a Víctor, su ex. Por su parte, Fred hablaba muy animada con Nacho, el niñito cantante que me beneficié el finde pasado, y con otros dos que me había presentado pero de los que no recordaba su nombre. Ni falta. Así que me acerqué a la barra y le pedí a Bono que me pusiera lo de siempre. Lo cierto es que el Bubble’s estaba poco animado. Era jueves, noche, pero extrañamente no había demasiado ambiente. ¿O tal vez era yo la que no estaba ambientada? ¿Qué me pasaba? ¿Era el cansancio semanal, un agosto más, la envidia que me corroía porque el Gran Jefe se iba a un safari fotográfico? ¿O simplemente era una cuestión hormonal? Ni idea, pero estaba más aburrida y más sola que la una. En estas se acercó Bono y me dijo que una chica, amiga suya, quería hacerme una propuesta. Mi sorpresa fue mayúscula. Giré la cabeza y la vi en el lugar de la barra reservado para los camareros. Era igual que un nenúfar. Bono le hizo un gesto y se acercó. Joven, morena, los ojos verdes o azulados, no sé, y las manos pequeñas como casi todo su cuerpo. No sé bien cómo ocurrió, pero cuando Bono me la presentó, nos dimos sin querer un beso en los labios. Se me hizo extraño. Olía como su nombre: Rocío. Era fotógrafa y buscaba modelos para su próxima exposición. Quería que posara en su estudio. Rocío llevaba las uñas de los pies pintadas de rojo. De repente, creo que fui yo la que enrojeció. ¿Y por qué no?, me dije. Al cabo, si unos se iban de safari fotográfico, qué me impedía a mí ser la leona de un safari urbano. De inmediato una sonrisa de satisfacción y estima se me plantificó en el centro de la cara. El finde prometía.
 
—Bono, por favor, ponme otra. Y tú, cielo, qué tomas.
 

 

Segundo finde.

 
No podía dejar de mirar el rojo de las uñas de sus dedos. No sólo de los pies. También los de sus manos. Sobre todo con cada clic de su cámara.
 
—Sonríe, ríete, échate hacia atrás —clic, clic, clic—, mírame, eres un ángel, mírame, con rabia, con dolor, ¿sabes llorar? —clic, clic, clic—. Pues llora, vamos, vamos. No, no. Así no. Miénteme, miénteme, no me muestres cómo eres. Eso es. Dame tu mentira, vamos, vamos, dámela. Esos ojos, esos ojos. Así, así. Sólo es una pose. Interpreta, así, así, —clic, clic, clic. Eso es, interpreta, sigue, frunce los labios, los ojos, baja la cabeza, así, ahora mírame —clic, clic, clic—, mala, muy mala. Ahí, ahí, aguanta. Vale. Un descanso.
 
Rocío me había citado el viernes al atardecer, en una casa con azotea. El amarillo asfixiante de la tarde fue flameándose hasta alcanzar aquellos rojos de Tiziano y luego, con los últimos rayos, mudarse a esa paleta de melocotón maduro, con los azules altos y metálicos profundizando hacia la oscuridad estelar, hasta aparecer, entre el incendio del horizonte y el cenit del cielo, los azures, lavandas y violetas.
Durante la sesión estábamos tan concentradas que parecíamos profesionales. Y sin embargo, no pude quitarme esa sensación de tan pronto estar junto a la persona más responsable sobre la faz de la tierra como de repente ante una joven atolondrada. Bajamos a su casa, me acercó una cerveza helada. Puso un CD de Russian Red. Era de pocas, muy pocas palabras. Me miraba y dejaba de hacerlo. Esquiva, juguetona, marcaba unos pases de baile, leve, empinaba la botella, desafiante… Se hacía tarde. Me fui.
 
El sábado a primera hora, ¡a las siete!, nos paseamos por la ciudad. Era esa hora en la que el azul de la mañana es tan limpio que parece blanco. Y era esa hora en la que una está hecha una muñeca de trapo, con la cara de galleta y los ojos a la altura de las tetas. Pero era la hora que precisamente buscaba Rocío. Reconozco que mi plena disposición durante la tarde anterior ahora se había transformado en una incómoda vergüenza. No me apetecía que alguien conocido pudiera reconocerme, posando por aquellas calles estrechas y clandestinas donde es difícil ver alguna vez la luz del sol directamente sobre el asfalto. Pero me puse el disfraz e interpreté mi papel de mujer urbana, liberal y dinámica tal y como Rocío me había solicitado. Luego, cuatro horas después, guardó su cámara y me dijo que, por su parte, ya había terminado. Era pronto, pero el sol ya apretaba y nos fuimos al centro a refrescarnos. A diferencia de la tarde anterior y del tiempo que duró la sesión matinal, ahora Rocío no sólo parecía dispuesta a hablar, sino que, además, apuntaba hacia conversaciones que me interesaban sobremanera: música, viajes, arte, moda y cotilleos muy variados. Más tarde nos sentamos en una terraza y la invité a comer. Las tres cervezas del aperitivo ya me habían hecho efecto y las distancias entre su rostro y el mío ya sólo era una cuestión ajena a nuestra voluntad. Al fin, nos ofrecimos un par de besos furtivos: nuevos, excitantes y jugosos. Lo malo fue que en cuanto alcé la vista allí estaba el rostro y la frente austera de Menéndez, el trucha, saludándome con una sonrisa que no me anunciaba nada bueno. Y es que no estamos todavía preparados para abandonarnos sin miedo a las buenaventuras y placeres que nos ofrece la vida urbana actual. Su presencia me fastidió. Pero había que superar el momento y disfrutar.
Volvimos a su casa. Qué placer adentrarnos en el frescor de la penumbra, descalzarnos para sentir el frío del mármol y dejarnos caer sobre el sofá.
 
—Si quieres, puedo hacer fotos desnuda —dijo como si me estuviera ofreciendo un café. Me quedé perpleja, tal vez algo noqueada, pero sólo un instante. —Bueno —se explicó—, no te ofendas, pero todas acabáis queriendo tener fotos desnudas. Así que no serías la primera.
 
La hubiera abofeteado o le hubiera emborronado todo su russian red de los labios por la cara, pero me ganó su franqueza y aquellas uñas rojas, pequeñas como botones. Pensé que era una de las más hermosas provocaciones que me habían hecho desde hacía mucho tiempo. Así que me alcancé hasta ella y la morreé en esa boca de gajos lascivos. Pasó lo que me apeteció que pasara. Luego, abandonadas entre la pereza y la lujuria, le dije:
 
—Ahora ya puedes hacerme esas fotos.
 
Sonrió. Cogió su Pentax y comenzó a disparar. Esta vez no hizo falta que me indicase nada. Ya sabía yo muy bien las poses y los gestos que debía poner.
Por fortuna, reconozco enseguida la sabiduría de quienes no quieren adentrarse en futuros imposibles y se despiden con el recuerdo de un presente tierno, divertido e imborrable. Tal vez tan imborrable como las fotos que Rocío prometió enviarme a la dirección que dejé junto a su barra de labios.
 

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