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Geografías: Entrevista a Miguel Ángel Muñoz. Por Hilario J. Rodríguez (15/XII/2009).

Miguel Ángel Muñoz escribe, destila y ensaya constantemente. Su obra es difícil de ceñir a un solo género porque para él, como para cualquier escritor que trabaje desde la periferia y no desde el centro, la literatura carece de fronteras.  

-Los libros de cuentos requieren un orden, una arquitectura a veces más complicada que la de la novela.

Soy un autor de cuentos bastante obsesionado con el tema de la ordenación y estructura del libro de cuentos. Quizás la naturaleza más lógica del cuento es la individual: el cuento se vale por sí mismo. Pero si decidimos recopilar esos cuentos en un libro pienso que ese libro ha de tener las mismas exigencias estructurales que una novela. El modo en que se ordenen los cuentos dará el clima, el aroma, las sensaciones que reciba el lector. Hay que reflexionar sobre cuál será el primer cuento que se encontrará el que lea el libro y el ritmo que irá imponiendo a la “narración total” del volumen. ¿Elegir que el libro vaya de más a menos –como es demasiado común en los libros de relatos- o que vaya asentándose poco a poco y que el mejor cuento no necesariamenteesté al comienzo, con lo que conlleva de riesgo para el lector que quizás no llegue hasta allí? En fin, son preguntas que uno se hace, y es uno de los aspectos de la escritura de cuentos que más me atrae.  

 

-Cada cuento, sin embargo, tiene su propia entidad, su vida.

El cuento es el mínimo común denominador, la esencia perfumada, la molécula de la vida del libro de relatos. Lo que ocurre es que el juego de relaciones –y contrarios- que se establece entre un cuento y sus acompañantes en el libro de relatos le otorgan ecos amplificatorios, relaciones, paralelismos, que enriquecen el libro, por supuesto, pero también el cuento. Aunque, cuando el cuento es brillante, vive por sí mismo, más allá de sus hermanos de libro. Todos los amantes del cuento conocen “El nadador” de Cheever pero, ¿cuántos saben en qué libro fue publicado, y a qué otros relatos acompañó en aquel volumen? 

 

-¿A qué renuncia el cuento para no convertirse en novela o en poesía? ¿Y qué gana a cambio de sus renuncias?

No lo veo como renuncias, sino al contrario. El cuento toma prestado de la novela la posibilidad de esbozar personajes, a pesar de la compresión narrativa, el estimulante planteamiento de tramas como si fuesen a contársenos grandes epopeyas a tamaño microscópico, y de la poesía toma la intensidad lírica, la posibilidad de hacer metáforas sin caer en el barroquismo, o de ser seco sin caer en el lenguaje desabrido. Pero más que renunciar a cosas, el cuento es un género muy aprovechadito, que toma de cada cuál para edificar su propuesta. 

 

-Tu orden narrativo es anómalo. Casi siempre comienzas cuando una historia ya está muy avanzada y luego vas filtrando los prolegómenos poco a poco.

Es un estilo que me parece natural y que está muy influido por la escritura cinematográfica. Entrar tarde y salir pronto, como aconsejan los maestros de guiones americanos. Es un método aplicable al cuento, y muy sensato, puesto que el cuento se distingue por su necesidad de síntesis, y lo lógico es comenzarlo cuando casi todo ha pasado ya, cuando sólo nos falte colgar el cuadro en el clavo chejoviano. Esos prolegómenos que comentas funcionan como revelación del misterio que toda historia corta debe contener para ser interesante, pero también como revelación de la circularidad que toda existencia contiene, en la que el pasado mete sus garras en el presente, para complementarlo, aclararlo o devorarlo.  

 

-No te gusta la homogeneidad, prefieres alternar texturas, diferentes géneros, diferentes tonos, formas…

Gran parte de la riqueza del cuento está en su capacidad experimentadora. El cuento se presta de un modo magnífico a jugar con las extensiones, los tonos, los climas, las historias, y sin embargo muchos escritores suelen aspirar a poseer un estilo identificable a partir del cual construir sus cuentos. Yo estoy entre los que optan por otra posibilidad: aspiraría a no poseer estilo, a que cada cuento diera cuenta de su propia metamorfosis, y se acercara a la idea de Montaigne del ensayo, un acercamiento, con sus propios medios, a un tema previo, valiéndose de todas las armas existentes. Eso, por otro lado, es bastante contraproducente para el escritor, porque me temo que desorienta a su lector y lo tiene un poco desubicado. Excepto, claro, a los lectores a los que les gusta ese tipo de escritores de cuentos, que me temo son pocos.  

 

-Para ti, la escritura con el lápiz suele ser menos pesada y laboriosa que la que te espera más tarde con la goma.

Es cierto que tengo una escritura impulsiva y me dejo llevar por la historia que en un momento dado te revolotea y te lleva hacia delante. Pero el momento previo puede ser muy breve o, lo que es más común, muy reflexivo hasta que decido pasar al papel una idea, y el momento posterior, de la corrección, también es largo, cada vez más. En ese sentido cada vez me siento más inseguro, en vez de lo contrario, porque uno aspira a que lo que se transmita sea lo que tenía en la cabeza, aun sabiendo que es algo imposible. Tampoco creo demasiado en esos escritores de cuentos que declaran haber estado escribiendo un cuento durante meses. Cheever escribía sus cuentos en dos días, encerrado sin hablar con nadie, en una especie de trance, que es el otro extremo, pero creo que al cuento le viene bien esa concentración a la hora de escribir, y es lo que lo hace mucho más apetitoso como género que la novela, mucho más tediosa e inabarcable para el autor.  

 

-Se teoriza demasiado sobre el cuento, como si fuera una ciencia… exacta.

Todos los que escribimos cuentos hemos caído en eso, pero no lo veo un error. Hay un miedo en los escritores a teorizar sobre su arte, y a mí no me parece mal que el autor opine sobre libros, o sobre la literatura en general. En el caso del cuento, quizás lo que lleva a los decálogos, manifiestos y análisis del género es que un buen cuento es algo tan perfecto que quisiéramos acercarlo al mundo de la técnica, de la relojería suiza, y por ello ansiamos hallar algún día el mecanismo científico que nos permita escribir los cuentos que soñamos y que hemos leído en los maestros, aunque sepamos que es una tarea condenada al fracaso, porque conocer todos los mecanismos del cuento no exime de ser incapaces de reproducir lo mágico que el género tiene.  

 

-Tu blog es una consecuencia de tu obra literaria, y tu obra literaria (en la que el cuento es el eje central) es una consecuencia de…

Bueno, hasta ahora he publicado dos libros de cuentos, pero también escribo novela. Lo que sí es indudable es que amo el género del relato desde que leí de niño los cuentos de Kipling o Poe, y de adolescente a Cortázar y Borges, que me ataron para siempre a ese modo de entender la vida en breve. No me imagino no escribiendo cuentos, y ahora que llevo una larga temporada escribiendo novela estoy deseando volver a escribirlos.  

 

-Escribir es escribir por encima de todo, de las limitaciones de tiempo, espacio… Escribir poemas, novelas, relatos, blogs, micro relatos…

Es una bendita maldición. Tocar distintos palos te lleva a ir acumulando textos, y por ello a empezar siempre de nuevo en cierto modo. Como escritor de cuentos tengo dos libros pero como novelista soy un inédito –te digo en primicia que en estas semanas se publicará mi primera novela, “El corazón de los caballos”-, y el saltar de un género a otro hace que siempre tengas textos por publicar. Envidio a esos autores que sólo escriben novela, por ejemplo, y las van escribiendo a un ritmo pausado, organizado, previsto, pero por otro lado me divierto con esos autores que van de un género a otro y de los que a veces encuentras un libro pequeñito que disfrutas como un descubrimiento.  

 

-Un posible proceso de escritura de un cuento podría ser (cuéntanos un cuento sobre el particular)…

¡Qué difícil! Podría recordar aquí cómo escribí un cuento de mi primer libro: “Antón Chéjov, médico”. Lo escribí durante un agosto más caluroso de lo habitual, encerrado en una habitación minúscula, rodeado de libros y sin espacio para desenvolverme. Cada mañana, apenas me levantaba, me encerraba para escribir una página del cuento, que comencé el día uno y acabé el treinta y uno de agosto del dos mil. Nunca he disfrutado tanto de la escritura como durante aquel mes.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                           

 

Jabón de Marsella

 (Miguel Ángel Muñoz)

 
El autobús del lunes a mediodía, y el azar en forma de acompañante de asiento, una mujer, camino de los cincuenta y de su casa, de vuelta del trabajo y al trabajo de vuelta en poco rato, proletaria de lo cotidiano, obrera de sí misma y envuelta, bañada en un penetrante olor a detergente con aroma a jabón de Marsella. No tarda mucho en seducirme ese efluvio a ropa esponjada, en conquistarme con la droga de su adictiva limpieza, en recorrerme con la mano alta de su fragancia imponiéndose a una jornada de once horas, y yo, mirando hacia el lado contrario, la ventanilla, por educación, imagino un lugar aireado donde las sábanas blancas y las toallas de rizo americano o algodón egipcio y la ropa íntima pero discreta de la mujer planean sobre un campo desierto, sujetas a un cordel y empujadas por corrientes de aire encontradas, un sitio imaginario donde las sábanas, al cambiar de dirección, crujen como velas tensadas de un barco antiguo, que nunca visitará Marsella, claro, un barco sin equipaje de jabones, más bien un barco de veinte centímetros por veinte que el abuelo raro e insociable fabricó con cerillas sobrantes, después de dejar el tabaco, y trajo a las niñas, a las hijas de la mujer, como extraño regalo veraniego. La supongo en cada uno de sus rituales imposibles de modificar: la comida de cada día siguiente preparada cada noche antes y guardada en herméticos tupperwares, la limpieza somera de la casa, un barrido y fregoteo rápido, el rato aburrido de tele aburrida antes de irse a la cama donde, según los días, disfruta de la compañía gimoteadora o ronca de su marido, sin olvidar, claro, antes de ese momento cumbre, la esforzada conversación con sus hijas, la sonrisa sincera que parece falsa porque las mandíbulas se le encajan por el cansancio y, lo más importante, preparar la lavadora con la ropa sucia del día: desde la cama oye los traqueteos revolucionados de la máquina un poco vieja y huele el aroma que deja escapar de su interior, un olor espeso y blanco a detergente con jabón de Marsella, utilizado en cantidades industriales, y que, como le ocurrirá durante el resto del largo día siguiente, a la manera de un dulce narcótico sin necesidad de receta, le ayuda, simplemente, a dormir.

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