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La estrella de madera, de Marcel Schwob. Por Alfonso López Alfonso (06/12/2009).

 
Marcel Schwob,
La estrella de madera,
Sequitur, Madrid, 2009.
Introducción y traducción de Luis González Platón.
 
 

Refinamiento

Se suele decir que todos los caminos llevan a Roma. Luis González Platón habla en la introducción a estos cuentos de cómo en Roma, la película de Adolfo Aristarain, oyó por primera vez el nombre del escritor francés Marcel Schwob (1867-1905) cuando el personaje de Juan Diego Botto entra en una de las librerías de la calle Corrientes, allá en Buenos Aires. Todos los caminos llevan a Roma –o quizá no-, pero a partir de aquel día Schwob le abrió a su ahora traductor algún camino nuevo. La vida, desde luego, es una red cuyas nervaduras acaban por conectarlo casi todo, así que aunque González Platón no descubrió a Schwob gracias a Jorge Luis Borges, sí hay en ese descubrimiento una conexión argentina.

Joven erudito, soldado, viajero, enfermo crónico y cadáver prematuro, el autor de El libro de Monelle y las Vidas imaginarias parece eternamente condenado a las minorías, y este puñado de prosas que salen en una editorial con un catálogo muy escogido no hace más que confirmar esa tendencia.

Abre el conjunto “La estrella de madera”, al parecer inédito hasta ahora en castellano, donde se relata la conmovedora historia de Alain, niño criado por su abuela entre las carboneras del bosque. Un día Alain descubre el brillo de las estrellas y decide partir hacia el llano en busca de alguna que poder encender. Hay aquí, como en las buenas historias de carretera, búsqueda y aprendizaje, todo descrito con los detalles justos y la precisión que emana de los sabios. El resto de los cuentos proceden de Corazón doble y al final del libro hay una pequeña muestra de los mimos de Schwob, pequeños cuadros con los que homenajeaba al poeta griego Herodas.

“No le pregunten al mar por qué los ojos de una mujer de ojos negros son tan extraños”, decía Jack Kerouac en Los subterráneos. Extrañas y a la vez cercanas, llenas de voces familiares –de Ovidio a Edgar Allan Poe-, le parecen al lector historias tan distintas como las de “El tren 081” o “La siega sabina”, “El hombre gordo” o “Béatrice”, capaces de hundirlo con la misma intensidad ya en el terror que un maquinista siente al encontrar el cadáver de su hermano, ya en la sobria sensualidad, reconstruida con exactitud y lirismo, de los trabajos del campo entre los antiguos sabinos; ya riéndose un poco de los médicos, ya adentrándose en la destructiva atracción entre Eros y Tánatos. Lo que hay en la escritura de Marcel Schwob es alta cultura y mucho talento. Como comprenderán, con semejantes materias primas no es difícil que de ella brote un inimitable refinamiento en el decir.

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