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De mar a mar. Francisco Casavella: episodio efímero. Por José Luis Espina. 06/02/2009

 

Mientras escribo estas líneas están a punto de concederle a Maruja Torres el Premio Nadal 2009. El anterior, Francisco Casavella y sus vampiros, se ha ido antes de tiempo. Ya han pasado unas semanas de su muerte y la estela de su nombre sigue alentando reseñas en los medios.
 
Me enteré de la noticia el 17 de diciembre por la tarde. Por la noche tomaba un tren destino a Madrid y nada más llegar, lo primero que hice fue abastecerme de la prensa del día buscando si las páginas de cultura, cada vez más magras y sucintas, se hacían eco del deceso. No había diario en el que no se le dedicasen unas palabras.
 
Tuve el placer de conocer a Casavella en abril del 2007. Lo invité a participar como ponente en una de las mesas de la jornada VISOR’07 que trataba sobre la Novela Emergente, para la que sugerí el título de "Barcelona paisaje interminable".
 
Cuando confeccionaba los contenidos de la jornada me pareció que hablar de la Barcelona literaria, aunque no sería una novedad, si podía aportarle una nota de interés al encuentro. Se me pasaron por la cabeza varios nombres —algunos, como el de Vázquez Montalbán, imposibles— en cuya obra la ciudad de Barcelona se convertía en geografía inevitable.
 
Ahí estaban entre otros, Juan Marsé, Eduardo Mendoza, Ruiz Zafón, Antonio Rabinad, González Ledesma o Andreu Martín. Diferentes motivos, entre ellos su ya contrastada e incuestionable trayectoria, los hacían por razones obvias, poco propicios para ser incluidos en la categoría de nuevos narradores. Pero Francisco Casavella, aunque ya con obra suficiente como para ver confirmada su calidad literaria, prometía todavía muchas sorpresas.
 
Fuese suerte o intuición, no me equivocaba, pocos meses después ganaba el Premio Nadal con su obra, “Lo que sé de los vampiros”.
 
Hablé con él y no puso objeciones, la única petición fue que en lugar de impartir una charla sobre el tema propuesto, prefería que su intervención tuviese un formato de entrevista. Carlos Villarrubia, amigo y polifacético personaje del mundo cultural, asumió gustoso la responsabilidad de conducir la mesa, y de ellos queda el inestimable documento sonoro en el que Casavella desgrana el papel de Barcelona como escenario literario de su obra.
 
Sólo tras su fallecimiento, y por la lectura de algunas necrológicas publicadas, supe de sus recelos hacia las cuchipandas y cenáculos literarios. Por qué aceptó participar en esta jornada, es algo que desconozco. Tal vez porque se hacía en El Vendrell, territorio menos mediático que las grandes urbes, población cercana a Roda de Bará, lugar donde él acostumbraba a pasar largas temporadas. Quizás porque la invitación no le llegaba de ningún promotor al abrigo de la cultura oficial, sino más bien de un paracaidista recién aterrizado y al margen de parabienes institucionales. No lo sé, pero estuvo con nosotros.
En nuestro intercambio de correos electrónicos me facilitó una sucinta semblanza destacando las obras publicadas y una foto suya en blanco y negro para incorporar a la nota de prensa.
 
Francisco Casavella se desvelaba ya en aquella foto que me remitía. Un retrato en blanco y negro de su rostro, con cierto desdén no inocente y esa pose de eterno niño grande, rematada por una sonrisa de malicia venial.
 
Mi acercamiento al autor fue breve. Lo recogí en su casa de Roda de Bará por la mañana, conversamos con el resto de invitados durante la comida y tras su intervención lo acompañé de vuelta a su casa.
 
En ese conciso encuentro descubrí a una persona cercana y cálida y no encontré más motivo para ese alejamiento de los fastos literarios, que una evidente timidez. No vi rastros del laconismo mencionado en algunas reseñas, solo los rasgos propios de una persona que prefiere el trato en corto antes que la impostura entre multitudes.
 
Al conocer la noticia de su muerte volví a los archivos de aquella jornada celebrada en Vil·la Casals (El Vendrell) el 21 de abril de 2007. Repasé las fotos de su presentación con Carlos Villarrubia y las otras, durante la comida, en compañía de Álvaro Colomer, Ignacio del Valle, Sergi Doria, Sánchez Piñol y Vanessa Montfort. También releí los correos intercambiados y escuché de nuevo la grabación de su intervención, quién sabe si la última o una de las pocas existentes.
 
Efectivamente Francisco Casavella es un autor para ser leído. Preguntarle en público sobre los cómos y porqués de su escritura, era ponerlo en un aprieto en el que se desenvolvía inteligentemente, pero sin la fertilidad de su escritura.
 
Desde la fecha de su fallecimiento he ido encontrando reseñas y artículos periodísticos que tratan sobre su persona y su obra. Leí las de Josep Massot y Llàtzer Moix en La Vanguardia, las de Matías Néspolo, Silvia Taulés y Javier Calvo en El Mundo, la de Luisa Castro en El País y la de Luis Mauri en El Periódico de Cataluña.
 
Fue a través de esta última que conocí la polémica creada por el escritor y cronista Ramón de España tras la publicación de un artículo en ese mismo diario, contenido que Mauri justificaba pero que había provocado la reprobación de varios amigos de Casavella.
 
Joan Riambau, Xavier Antich, Javier Pérez Andujar y Emili Manzano “deploraban la necrológica firmada por Ramón de España”.
 
A pesar de lo poco que conocí a Casavella, sus limitadas apariciones en la prensa literaria, su ausencia de los entornos más mediáticos y sus inexistentes declaraciones polémicas, me hacían difícil pensar que alguien pudiese quererle mal, al menos en lo que a lo literario se refiere.
 
Desde una supuesta amistad y desde un planteamiento paternalista y apocalíptico, Ramón de España nos pone al día de los desmanes de Casavella, causa, según él, del más que premonitorio desenlace.
 
Qué quieren que les diga. Con una prosa más afinada e igualmente inteligible hace referencia a ello Javier Calvo en su escrito “El último salvaje” cuando menciona “sus excesos legendarios”, apostillando “Si alguna vez he conocido a alguien que rozara la épica en materia de comportamiento insano y autodestructivo, ese era Francis”.
 
Sí me resulta chocante esa perplejidad del articulista Ramón de España cuando comenta “Pero algo, nunca sabré exactamente qué, le arrastraba a esos bares en los que podía pasarse la vida (sin, por ello, dejar de cumplir sus compromisos con editores y lectores).”
 
Cerrar bares en solitario no acostumbra ser una forma de entretenimiento, es más bien una consecuencia de la aflicción. No suele tratarse de una impostura literaria en favor de ese malditismo tan socorrido en la creación de tópicos literarios. La sordidez en cualquiera de sus formas, tiene poco fulgor y es un reflejo de la pesadumbre. Y eso, los amigos de verdad, acostumbran a saberlo.

 

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