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Geografías. Vías de extinción (un encuentro con Claude Lanzmann). Por Hilario J. Rodríguez. 18/03/2009

Mientras el tren que me lleva de Guadalajara a Madrid oscila levemente sobre las vías, los viajeros del vagón me hablan sin decir una sola palabra. Van camino del trabajo; yo voy a ver a Claude Lanzmann. «Soy Claude Lanzmann, francés, judío, director de cine y tengo 78 años; también soy infeliz, viejo, un superviviente y estoy cansado», me aclarará luego él mismo, cuando hagamos las presentaciones en el Instituto Francés. La identidad de una persona cabe a veces en una frase, en una simple expresión, aunque nadie sepa descifrarla. Por eso al ver a Claude Lanzmann más tarde me sucederá lo mismo que me sucede viendo los rostros anónimos de los otros pasajeros del tren: sé cuál es el destino de todos ellos, pero no sé si también yo voy hacia allí, no sé siquiera qué ocurre en ese lugar adonde vamos. ¿Qué nos sucede a todos cuando salimos de nuestras casas?
 
Antes de hablar con el cineasta francés me han prevenido sobre su poca paciencia, sobre sus repentinos estallidos de ira, sobre la posibilidad de que me insulte o de que desdeñe mis preguntas. «No tengo nada que decir. ¿Ha visto usted mis películas? Si no es así, hágalo; son cuanto tengo que decir», me dice él sin que hayamos comenzado aún la entrevista. «A los dieciocho años luché al lado de la Resistencia. Pude haber muerto, pude haber sido deportado, pude haber sido enviado al Velódromo de Invierno para que más tarde un tren me llevase a un campo de exterminio... Me pudieron pasar muchas cosas y, sin embargo, sigo vivo, estoy aquí, con usted, hablando en medio de un gran silencio. Todo esto para mí es una enorme responsabilidad. Los rostros de los muertos me acompañan desde aquel momento de mi vida, me han acompañado siempre, hasta en sueños; son mis compañeros más fieles. Ellos son Shoah; incluso yo soy Shoah». Un centro gravitatorio sobre el cual gira el universo de muchas personas.
 
«Shoah» no sólo es una palabra hebrea que significa destrucción, es también una de las películas más radicales que se hayan hecho jamás. En su caso, es radical en su desnudez, en su renuncia a documentar el Holocausto Judío con imágenes de archivo, a querer hacerlo partiendo de cero, desde la invisibilidad absoluta. Al fin y al cabo, no se trata de un acontecimiento histórico, porque está fuera del tiempo, como la propia película. Es presente, pasado y futuro. Quienes le hablan a la cámara están vivos y muertos a la vez; sus voces dicen y callan. «Empecé a trabajar en Shoah en 1974. Hubo mil productores a lo largo del proyecto, porque nadie tuvo la paciencia suficiente como para estar a mi lado los once años que me llevó filmar todo». Once años de entrevistas con verdugos y víctimas. «Fueron en realidad once años escuchando voces, registrándolas». Las imágenes, además de recorrer las estaciones de Treblinka, Auschwitz o Sobibor, recogen el testimonio de quienes fabricaron las piezas del enorme engranaje de muerte y destrucción, además del testimonio de quienes lo sufrieron. «No hay manera de saber que sucedió en los campos de exterminio, pese a la información y pese a los testigos que todavía viven. En realidad, nadie sabe nada acerca del Holocausto. Nadie. Nadie sabe qué sucedía en el interior de las cámaras de gas. Jamás aparecieron pruebas al respecto; no ha quedado filmación alguna». Eso me recuerda el párrafo inicial del libro Los hundidos y los salvados, de Primo Levi, donde el escritor italiano transcribe lo que le decían los soldados de las SS a los prisioneros: «De cualquier manera que termine esta guerra, la guerra contra vosotros la hemos ganado; ninguno de vosotros quedará para contarlo, pero incluso si alguno lograra escapar el mundo no lo creería. Tal vez haya sospechas, discusiones, investigaciones de los historiadores, pero no podrá haber ninguna certidumbre, porque con vosotros serán destruidas las pruebas».
 
La entrevista se interrumpe en ocasiones. Claude Lanzmann aprovecha entonces para huir con la mirada hacia un adelfa que hay en una esquina de la sala. Alguien como él, que sabe leer el lenguaje secreto de las plantas, sabe que la hierba y las flores crecen también allí donde en otro momento corrió la sangre. Ésa es, de hecho, la gran lección de Shoah, una película que enseña a ver la tragedia oculta bajo la serenidad de los campos, en el extravío de los paisajes, en las miradas perdidas en la distancia... «Sólo quería que las voces de algunas personas le devolviesen su peso y su gravedad al silencio. La intención de casi toda mi obra es la de hacernos recapacitar sobre la serenidad del presente. Casi me parece una llamada de atención para que sepamos cuánto nos arriesgamos a perder si algún día descuidamos la guardia y olvidamos el verdadero sentido de las cosas».
 
Hay quien dice que Claude Lanzmann inventó Shoah como Newton inventó la teoría de la gravitación universal. En total, eran cerca de cuatrocientas horas de filmación, que se quedaron en las nueve horas de metraje de la película. No obstante, el resto no se ha perdido. De ahí salió hace poco Sobibor, 14 de octubre de 1943, 16 horas (2001), que es algo así como un epílogo donde se habla acerca de la única insurrección judía que hubo en un campo de exterminio. «Va a ser la primera vez que se exhiba en España. Una vez más la vida es aplastada. Una vez más el tema que me interesaba es la radicalidad de la muerte y la radicalidad del exterminio. Y por encima de todo me interesaba afirmar la vida, aunque sea a costa de todo el horror y toda la destrucción».
 
Claude Lanzmann es francés, judío, director de cine y tiene 78 años. Dirigió Shoah, una película capaz de crear aquello que no conocieron ni siquiera las víctimas. «Los prisioneros no sabían adónde llegaban cuando los sacaban de los trenes y después los conducían a través de un campo de exterminio, hasta las cámaras de gas. No sabían cuál iba a ser su suerte, cómo morirían un poco más tarde». Todos ellos, en su ignorancia, pueblan las imágenes de Shoah. Y todos nosotros. Entiendo esto último en el mismo tren que antes me trajo a Madrid, de vuelta ahora a Guadalajara. Veo los rostros de la gente y sé que, como yo, muchos de ellos regresan a sus hogares, otros se quedarán en el camino. La vida, me consta, siempre ha sido eso: un viaje en tren. También el cine.

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