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Las botellas del señor Klein de Óscar Calavia. Por Javier Lasheras. 05/03/2009

Óscar Calavia
Las botellas del señor Klein.
Lengua de Trapo. Madrid, 2008.
XXXI Premio Internacional de Novela Tigre Juan de Oviedo.
 
Vayamos al grano. ¿Podríamos definir Las botellas del señor Klein como una novela? Y si no fuese tal, ¿sería un dato importante para el lector? ¿No será mejor afirmar que se trata de la fragmentación de una novela o de un relato con añadidos literarios o, sin más miramiento, de un mero argumento cruzado por otros argumentos junto con varios artículos más o menos literarios, más o menos convenientes, y otros adjuntos narrativos? Y, más allá, ¿cabe preguntarnos qué demonios es una botella de Klein o para ser más exacto, qué es una superficie de Klein? O tal vez ¿sería más pertinente preguntarnos qué es una Banda de Moebius o un cubo de Rubik?
 
Para responder a tantos interrogantes asumiré un primer riesgo: Las botellas del señor Klein no es una novela. ¿Por qué? Porque si excusamos la presencia de aquellas partes narrativas que no pertenecen al hilo principal del argumento, la novela se queda stricto sensu en un relato principal escoltado, si se quiere, por otros relatos menores. Da igual la nota explicativa del índice, el diagrama ulterior que nos brinda el autor, da igual su estimable fragmentación o su notable apuesta por la desconstrucción en tanto estrategia de creación y con permiso de Derrida, Heidegger y el propio autor: sencillamente no da más de sí. Por supuesto puedo asumir otro riesgo aún mayor, pero lo dejaré para el final.
Con todo, no haré que esto me haga olvidar que estoy hablando de una obra que supone la inmejorable carta de presentación de un escritor que a estas alturas ya tiene en las librerías una segunda obra: la novela titulada La única margen del río.
 
Las botellas del señor Klein es una obra que se compone de una colección de 59 fragmentos narrativos. Muchos de ellos no tienen una relación directa entre sí y otros pueden relacionarse siempre y cuando el ojo del lector esté atento y luego desee llevar a cabo esa conexión. Aunque desconozco cuál ha sido el origen y si ha sido buscado de forma consciente, aquí está uno de los aciertos de Calavia: esa estudiada indefinición entre los fragmentos que cose con un hilo casi transparente de excelente calidad. Y da igual que para lograrlo utilice un variado arsenal de registros —la entrevista, el interrogatorio, la metáfora, la paradoja o el cuento, entre otros—, o que alterne la primera o la tercera persona como punto de vista, ni tampoco que la perspectiva sea temporal o espacial, interior o exterior al argumento, a la trama, a los temas que toca o trastoca e incluso a la galería de personajes. Da igual porque, con excepción de aquellos lectores impermeables a este tipo de textos —que los habrá—, a quienes terminen su lectura les quedará el poso gratificante de una historia en la que el tan buscado bosón de Higgs, más conocido como la partícula divina, les rondará una y otra vez en forma de literatura. Y ello sucederá, me atrevo a decir, a pesar de que el lector esté poco avezado a estos derroteros narrativos.
 
Pero, además —y no es acierto menor el que voy a explicar dado su nivel de dificultad y las obras que se enfangan en la misma senda—, otra aportación notable de Óscar Calavia es la que se deriva de la propia concepción del texto: sus fragmentos o unidades funcionan la mayoría de las veces como textos independientes de forma tal que cada lector podrá entablar la relación que más desee con los asuntos tratados en cada página: el peligro del azar, el tatuaje como lenguaje, el miedo al extranjero, el sexo como placer para sibaritas, el arte como tortura, humillación o dignidad, la percepción de las escalas y de los celos, las contradicciones y certezas en las relaciones amorosas, sexuales y pornográficas, el sentido de la felicidad, el objeto, el deseo y la mirada, el canibalismo, los sueños y sus pesadillas, la oscuridad y una gavilla más de lustrosos asuntos con los que dialogar si se tercia. Y todo ello sin descalabrar la apariencia del conjunto, como si se tratase de aplicar metales variados, unos sobre otros. En conclusión, algunas de estas unidades bien podrían ser esa columna literaria con la que, cada mañana, se despachan un café cientos de ciudadanos cabreados para, tras su lectura, seguir cabreados y luego, a lo largo del día o de la semana, rescatar como tema de conversación bajo cualquier pretexto. Claro está que en mi humilde entender nada de ello es óbice para resaltar como sobresalientes algunas de sus piezas. Por ejemplo, todas las escritas entre la página 7 y la 39 y, además, las tituladas Siempre hambrienta, Fin de un noviazgo a la antigua, El Dermomante, Microscopia, Libertad, Confesión de la mujer objeto, El cuerpo en el diablo, Ese ruido tan triste, Anticlímax (muy recomendable para escritores), El Evangelio fragmentario, Genio en la botella II o los titulados Moralidad particular I y Moralidad particular II. Y cómo no el sabroso y contundente Melificación.
 
De otro lado, parece que en algunos textos Óscar Calavia ha tirado de estilo para subsanar deficiencias en su resolución o en la propia dinámica ficcional de esta superficie narrativa. Sería el caso de El desaparecido o La víctima o, en términos generales, algunos párrafos que se presentan como un conjunto léxico y sintáctico muy bien empastado, pero que transmiten opacidad. Sin embargo y como quiera que estas afirmaciones no pasan de pareceres, avanzaré que Calavia domina tanto la descripción como el diálogo, la cualidad venosa de la frase corta como la arterial de la larga, el uso del humor como la filigrana instructiva, la paradoja o la anécdota. Y si tiramos de la cuerda del estilo veremos habitar detrás de sus textos las sombras refulgentes del Balzac de La obra maestra desconocida, del Poe de La carta robada, del Cortázar de Casa tomada o del Onetti de El infierno tan temido y, cómo no, del mexicano Juan José Arreola. Estas convocatorias no significan que el autor del libro las haya tenido presente y ni siquiera que las haya leído, sino, todavía mejor, que quien suscribe las ha visto y considerado. Y es que nada mejor para un lector que ver y repasar a muchos autores leyendo a otro.
 
Finalmente, quiero felicitar a Óscar Calavia. Creo que ha sido un gran acierto el haber partido de la idea matemática de una sola superficie y mezclarla con el relato sagrado de los isleños de Hau-Roa. No creo que anden muy desprevenidas la matemáticas ni tampoco excesivamente perdidas las botellas.
 
Así que, por todo lo antedicho, excusaré la presencia en estos párrafos de aquello que no ha suscitado mi interés en esta primera obra narrativa de Calavia. Primero porque se trata de un escritor novel y para quien suscribe ese ya es un dato muy representativo del respeto que me merece, tanto en lo que atañe a su propuesta como en el riesgo del editor; segundo porque me parece impropio de un lector del siglo XXI realizar valoraciones a la contra en estos menesteres y, tercero, porque resulta de una impúdica y grosera descortesía afearle el texto a un escritor que ha logrado el Premio Internacional de Novela Tigre Juan de Oviedo, excelentemente dotado con 40.000 euros.
 
Y como lo prometido es deuda, asumiré un riesgo mayor: definitivamente Las botellas del señor Klein es una novela: extraña, fría y dura, juguetona y provocadora, deforme y poliédrica y, añádanle todo lo que ustedes quieran, pero novela al cabo. Es cierto que pasaría mucho mejor por una novela comme il faut si el autor hubiese concebido la narración de forma más conveniente al gusto tradicional. Ya saben: presentación, nudo y desenlace. Pero quizás también lo es que de esta manera no hubiese ganado el Premio. Quién sabe. No olvidemos que el jurado sí consideró que era una novela. O tal vez no y pasó por alto ese nimio detalle. Al fin y al cabo, a comienzos del siglo XXI qué más da si un texto es o no una novela: ser o no ser, no es ésa ni aquí la cuestión. Y además y para finalizar, quién soy yo para decir lo que es y lo que no es, sobre todo hablando de novela. Para eso ya están los editores de la laica república de las letras, amén de escritores cagasentencias elevados motu proprio a la categoría de genios. Olvidan al maestro: ser genio es elegirse genio y acertar, Cortázar dixit. Y hablando de genios ¿les gustaría saber cuántos hay en Las botellas del señor Klein? No se demoren o se quedarán sin historia.

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