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Memoria aromática del libro. Por Mariano Arias. 19/03/2009

Si por razones diversas que conciernen a cada uno, decidimos, en fugaz aventura acercar a la nariz el libro abierto para olfatear sus hojas manchadas por hileras de signos, descubriremos, con grato placer, no sólo un territorio incógnito sino una vasta geografía en torno a la memoria de antiguas lecturas. Cerrados ya los ojos, respirando microscópicas partículas, reinicio yo uno de esos recorridos entre la informatizada memoria de bibliotecas de pastillas de silicio inodoras e insípidas. Las hojas del libro, por el contrario, tienen sabor y espesor, son amables y táctiles, y también huelen. Huelen, desde luego a tinta, a papel, a materia orgánica (que es decir vida, un escaño más en la existencia de las cosas), a cola, a tela y a tejido, en suma a memoria, ni nostálgica ni entreverada de melancolía, puede creerse, construida al aspirar y expeler en un frenético ejercicio esa memoria, sea la infancia fantástica, la fugaz adolescencia, o aquel instante feliz en el que los olores, aromas y perfumes se alteran según leyes indescifrables; momentos, instantes, susurros del tiempo detenido, o fugaz, por necesidad incierta, como la vida. 
 
Si quisiera relatar esa iniciática búsqueda tras los perfumes de antiguas, que no viejas, lecturas, debería nombrar Imitación de Cristo, de Tomás Kempis, libro denostado hoy, noño o beato, olvidado por la teología, y no sólo por ella, que jamás leí pero que expele tan tierna memoria que se agradece el rapto de anonadamiento olfativo. Kempis fue libro de cabecera antes de saber leer, antes de descubrir el significado preciso de lo que oculta y significa un libro. Herencia de la biblioteca paterna, antes de que, pacientes ellos, mi hermana y mi padre me dictaran, como ejercicio de corrección ortográfica, a Antonio Azorín, antes incluso de que leyera Las tribulaciones de Meterete de J. Monsell, editado a principios de siglo por Sopena, a Julio Verne, a Salgari o a José Mallorquí, que ya eran otros tiempos —otro modo de ver, otro modo de leer, otro modo de conocer—, Kempis fue el encuentro con el libro en bruto, sin pulir ni discernir su sentido para el niño que lo ocultaba entre las sábanas mientras el sueño se apoderaba de los dos. Sin magnificar tan grato recuerdo, al acercar ahora hacia mí el Kempis, ese librito pequeño, de breviario sacerdotal, con prudente pulso para aprehender la brevedad del recóndito recuerdo, redescubro, casi arqueológicamente, sus cubiertas de tela negras cantoneadas las hojas del viejo rojo eclesiástico, rojo sangre del Cristo del Nuevo Testamento. Su tamaño y el negro límpido religioso, provocaban esa atracción, entre fascinante y temerosa, que inspira lo sagrado. Además, cuando en el colegio se referían a los libros sagrados (y el Kempis negro lo era, no me cabía dudar de mi madre) yo entendía que en ellos hallaría esa sabiduría de la conciencia infantil, ya intacta, completa, guía imprescindible de quien deseara no ya ser bueno, o jamás malo, sino amado y no reprendido; era, a mayor gloria literaria, el equivalente de los diccionarios pulga aún por leer: se les puede consultar en momentos apurados o imposibles, cuando el demonio interpretado como pecado o falta, se abrían iluminando la mente, como los recetarios o los esenciarios. Sensación parecida a la experimentada, cuando tenía dieciséis años, con Friedrich Nietzsche y su Así hablaba Zarathustra, el primer libro de filosofía leído y cuya lectura me depararía complejas preguntas que tardarían en hallar respuesta, algunas producto de la mala edición que en los años sesenta hizo Ediciones Ibéricas. Y sin embargo, el aroma de Nietzsche es inseparable de aquel librito blanco, de lomo sucio y ajado, pero cuyo aroma rancio es insustituible por la excelente edición que ya en los años setenta realizara Alianza Editorial.
 
El perfume inmenso de las páginas crujientes del Kempis, cuarteadas por la humedad, como las de Nietzsche, conduce a otros olores y sabores que parecen transmitirse de libro en libro entre juegos y sueños, besos de madre y miedos nocturnos cuando no pesadillas. Su impudente perfume, por no se sabe qué laberíntica remembranza —herramienta común a la materia de la ficción—, remite, amable él, a Meterete, el libro que me introdujo en el torbellino de la fantasía libresca. Desde la mesita de noche, inerte como una cosa entre cosas y a la vez vivo, me seducía con su presencia implacable de tenues colores verdes y naranjas. Con la vecindad de algún que otro juguete, conciliaba el sueño, impedido a veces por las aventuras del gnomo de calzones rojos resonando en la voz de mi abuela, también desde las láminas coloreadas, fantásticas y delirantes reproducidas en sus páginas. Mientras mantenga los ojos cerrados la geografía de lecturas ya será imparable y el aroma me llevará a las pesadillas provocadas por el inteligente gnomo de alas de avispa, entre inquietantes y enormes manzanas, silenciosos castillos y ogros de color verde. Meterete, perfumado de aventura lánguida, me recuerda a noche de invierno inquieta, en ocasiones plácida, pero extraña, de rara soledad; y me conduce, inevitable, a otros territorios, al olor de otros cuentos de pastas duras coloreadas de la colección Sopena, inencontrables ahora para mí, de extraviados olores, vagos personajes que entre aspiración y aspiración alcanzan a los tebeos y llegan, cómo no, al Capitán Trueno, al Pequeño Pantera Negra y al Príncipe Valiente santuarios de olores y derroches de exquisitos perfumes, de intensidad volátil, etérea y subjetiva, enormes en la angosta memoria como lo serían, años después, las ediciones de Espasa Calpe, Losada o Emecé.
 
Me aseguran, pero no lo afirmo yo, aún cauto cuando uno se interna en las lecturas privadas, que los libros de nuestro tiempo no huelen (es el tiempo el que impregna la memoria del aroma, pienso): el cartoné, el folio, el papel guarro, el cuché, en cualquiera de sus gramajes apenas ofrecen unas pocas gotas de perfume cual Jean Baptiste Grenouille en busca del sentido imposible de su existencia frente al Otro al percibir la ausencia de perfume y aroma en su cuerpo hecho carne y nacido de mujer. El aroma hace existir, esa es la certidumbre primaria; quien lo percibe y siente existirá para los demás. Tal vez sea el tiempo, podría afirmar, el que retuerce hábilmente los discontinuos caminos de cada lector para permitirle hallar las palabras y olores de las antiguas lecturas. Me atrevería a decir, además, que no hay memoria para entrever la ambigüedad del pasado, hay —¿cómo si no podríamos hablar siquiera de infancia y adolescencia en los libros?—, hay, sí, una ambigüedad discreta, variable, del tiempo regresando y progresando disuelto entre las páginas nunca releídas con el mismo ánimo, siempre distintas en la adversidad de los años: el viejísimo y para mí prehistórico libro de Lecturas graduadas con el que me iniciaron en los secretos de la literatura castellana, con grabados de firme pulso y antologías de poetas y dramaturgos, tiene no sólo olor sino sabor a José de Espronceda, a Jorge Manrique, a Gonzalo de Berceo, o a José Zorrilla. También las páginas del Castilla del Antonio Azorín rezuman olor seco, profundo, inhalado en los lamparones amarillentos y cremosos, en las hojas de ternura esponjosa, plegadas las resmas sin corte en la edición de los años veinte de Rafael Caro Raggio (Azorín debe ser leído así, sin apremio). Como el Hombre invisible, de H.G. Wells en la vieja edición argentina de Acme Agency y su áspero y enjuto papel, que contrasta con la sensualidad de Rubén Darío en Cantos de vida y esperanza, editado por Espasa Calpe en 1932 en papel satinado, sin amorfos puntitos negros, y la leve huella de los tipos impresos en su superficie como un imposible braille de carne tibia. Sin olvidar, por supuesto la primera incursión en los horrores de la guerra, ahora de la mano olorosa, pálida, también violenta, de Los Grandes Episodios de la Historia en la edición de Iberia de 1929 que incluía Tempestades de Acero, de Ernest Junger en la primera edición española herencia de mi padre. Entremezclados con los pardos y profundos aromas del papel satinado grabados con fotografías de la sangrienta guerra de trincheras de la batalla de Verdún convivía el profundo y rocoso vigor oloroso del color blanco humedecido de sus páginas. Indeleble, real, inasible para mi adolescente conciencia, Tempestades de Acero rasgó como una cuña de acero mi capacidad de imaginación y horror.
 
Pero en este paseo por la vida orgánica y estética de los libros heredados de la familia de mi padre o mi hermana, camino por supuesto mutable, cambiante, desde luego subjetivo, quedan para el esenciario personal el tenue y raro olor, tratable, angosto de La Náusea de Jean-Paul Sartre (y la biblioteca filosófica de la editorial Losada), o El extranjero de Albert Camus, de páginas ajadas, cuarteadas y encoladas como un mil hojas. Olores que cohabitan, en pacífica y digna armonía, con el sentido olfativo adquirido durante las horas de convivencia con todos ellos. Abro, al fin, la Ética de Benito de Spinoza, en la famosa e impecable edición de Perlado de 1940 (la que editó La Crítica de la Razón Práctica de Inmanuel Kant), que reúne todos los ingredientes para un buen catador-lector y coleccionista de perfumes. Su papel Cremun Widerf hace adictos: “reúne científicamente las propiedades que permiten largas lecturas sin fatiga”, reza la contraportada. Poseen ambos libros la ebriedad de sensaciones insólitas: una pequeña y sublime joya. Cremoso, viejo y entregado, la Ética me acompaña todavía con su olor inseparable de la lluviosa tarde en que lo rescaté del viejo sueño de la antigua y empolvada estantería de la “Librería Santa Teresa”.
 
Podemos pensar, así me lo confirman, sobre el modo en que ciertos olores vuelven. Como si el tiempo creyera en el destino humano, en la mágica hora de la lectura de signos, creando adicción tan fuerte que se integran en el sentido de la lectura. Es posible. Sin embargo, el olor del papel contemporáneo me parece inaprensible, anónimo, sin historia (que es la dadora de vejez y experiencia, vigor y ánimo). Parece acaso esperar desde la estantería metálica, creo yo, que algún lector le reanime, acuñe personalidad en sus páginas de signos, le disponga para impregnarle o insuflarle cual dios bíblico savia y olor mágico, tratable, único, remoto por destino, el cual, con seguridad, le dará la marca de su existencia al término de su azaroso viaje por el tiempo. El mismo tiempo que otro anónimo lector asimilará un día cuando relea, ebrio de aromas al rozar con su carne el cuerpo entregado, ese libro ya distinto entonces.

 

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