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Experiencia poesía, por Eva Vaz. 13/12/2010

 

Experiencia poesía
 
  
 
Pocos escritores pueden dedicarse exclusivamente a la literatura. Y si hablamos de poetas, el número se queda en anécdota. Pero hay muchos que, ajenos a la enseñanza reglada, nos dedicamos a ofrecer talleres donde enseñar lo que en ellos algún día aprendimos, manteniendo el entusiasmo y la pasión por la poesía. Claro, sin derecho al paro, a una baja por enfermedad, sin sueldo fijo a fin de mes, sin pagas extras; pero a gusto con la profesión. Me entusiasma transmitir eso que a mí me da la vida. Y no importa que seamos profepoetas de provincias o profepoetas de capital. Enseño lo que amo, “vendo” mi propio entusiasmo. Quince años dedicándome, entre otras muchas cosas y siempre relacionadas, a enseñar literatura y creación literaria a todo tipo de colectivos: niños, mujeres de infinitos perfiles, jóvenes, mayores, presos... Incluso impartí creación literaria en una asociación de afectados por el parkinson y otra, a mayores analfabetos (creo que fueron los que más aprendieron sin saber escribir sus nombres). Estas personas disfrutaron de la literatura... esos extraños códigos.
 
Vale, sí: cuando la crisis entra por la puerta, la poesía salta por la ventana. Pero la poesía puede ser necesaria y útil en estos “malos tiempos para la lírica”.
 
No voy a entrar en el sempiterno debate de qué es lo “útil” según qué perspectivas filosóficas lo definan. Útil es un término demasiado ligado al utilitarismo, a la eficacia, al poder. Mejor decir que la poesía es necesaria.
 
Igual que la realidad existe porque existen palabras para nombrarla, la poesía es fundamental para denominar de una forma estética al mundo externo e interno. Ahí está su necesidad, su utilidad, su poder.
Mi experiencia profesional me ha desvelado una nueva forma de comprender la utilidad y necesidad de la poesía.
 
Y confieso que al principio me faltó confianza en la poesía como herramienta. Que alguna vez pensé que la literatura jamás podría ser placer, terapia, pan y agua. Sí, alguna vez pensé que la prosa de los calendarios devasta toda lírica posible. No pude imaginar el alcance y las consecuencias de introducir poesía en las vidas de otros hombres y en la mía propia, no supe medir la dinamita sin pólvora de las palabras, el poder, incluso, que ostenta la poesía, porque es más poderosa que toda la industria farmacológica, más poderosa que cualquier discurso electoral, más necesaria que cualquier titular, más fulminante que un narcótico. Hay palabras como balas sin sangre. Palabras como piedras y palabras como besos. Palabras que vacunan. Palabras que salvan.
 
Confieso que cuando empecé a impartir clases de creación literaria y a utilizar la poesía como recurso para activar la creatividad oxidada por la cotidianeidad descubrí el tremendo poder de la poesía. Los alumnos que se ensuciaron y se limpiaron con las palabras, los alumnos que nombraron el mundo y su mundo, entendiéndolo mejor gracias a la poesía propia y ajena me han devuelto la confianza en el verbo.
 
La poesía causó hermosos estragos en la vida de los que nos acercamos a ella. Introdujo esperanza y entusiasmo, placer y comprensión en nuestras vidas sucedáneas, vidas que no ofrecían más que su escasa circunstancia, un respirar famélico, un movimiento indolente hacia ningún sitio: la poesía también hace más leve este viaje inconsciente e involuntario hacia la muerte.
 
La poesía entró en la vida de estas personas para hacérsela más comprensible, para enseñarles a transformarla. He vivido la expectación del niño en ese bendito juego de letras que es para ellos la poesía. He sentido la excitación de los jóvenes al nombrar su extraño y vertiginoso código emocional. Con las mujeres viví la liberación que entraña la maravillosa terapia de domesticar el verbo. He visto como los mayores guardaban todo su pasado en una minúscula cajita de palabras, porque en el viaje deben ir “ligeros de equipaje”...
 
He visto cómo mis alumnos y yo, como alumna constante, gracias a la poesía, hemos entendido este mundo inextricable y hemos intentado cambiar a palabras lo que no queremos en él. Hemos sido más libres, hemos reivindicado otro presente. Hemos habitado otros poetas, otros mundos. Hemos sembrado versos en nuestras familias y hemos comido el pan de nuestra creación. Hemos rezado al diccionario y nos hemos confesado ante el folio en blanco. Hemos luchado sin violencia: hemos reivindicado el mejor de los mundos posibles que no, que no era el que nos decía Leibniz.
 
La poesía no cambia el mundo pero sí cambia “nuestro mundo”. Y ése es el comienzo de todo comienzo. El principio de todo...
 
Eva Vaz es poeta.
 
 
 
 

 

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