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Malos tiempos para los monstruos, por David Roas. 20/12/2010

Malos tiempos para los monstruos
 
El vampiro anda de capa caída. Películas, series de televisión y novelitas estúpidas se han empeñando en castrarlo, domesticarlo. Aquel monstruo fantástico que metaforizaba nuestro miedo a la muerte y, al mismo tiempo, nuestro deseo de inmortalidad, aquel ser que representaba el principio del placer, la noche, el desorden, se ha convertido en una figura ridícula, banal, incluso cómica sin pretenderlo. Porque han convertido al vampiro en un ser normal, una especie o raza más de las que habitan el mundo. Tan normal como otros seres susceptibles de causarnos terribles daños: serial killers, abogados, programadores de televisión... El vampiro ha dejado de ser un monstruo, un ser más allá de la norma.
Dos ejemplos sangrantes de un proceso que se percibe imparable.
 
 
1. Blade y Buffy, de oficio exterminadores
 
Aquí el asunto central radica en el enfrentamiento entre dos razas o comunidades: vampiros y humanos. Pero dicho enfrentamiento no tiene que ver con la dimensión fantástica (imposible) del vampiro, sino que lo esencial de la trama es la batalla por el poder, por la exterminación de unos u otros. El mismo conflicto que podemos ver en un western (blancos contra indios), en una película sobre ataque extraterrestres, en cualquier película de guerra (yanquis contra nazis, yanquis contra vietnamitas, yanquis contra iraquíes... siempre hay alguien a quien exterminar), o incluso en El planeta de los simios (monos contra humanos)...
Por tanto, ¿qué más da que sean vampiros? Su dimensión monstruosa pierde todo su valor. Y encima en esas historias el ridículo se impone por K.O. al terror.
 
 
2. Crepúsculo o qué bello es ser mormón
 
En este caso, iconográficamente el vampiro se identifica con el arquetipo del enrollado peligrosillo de instituto. Aunque en lugar de llevar chupa de cuero, meterse de todo y conducir una Harley, ahora tienen pinta de tristones paliduchos que han escuchado demasiado a Radiohead.
Aunque lo que hay detrás de esa fachada es peor: un peligroso mormón. Porque los vampiros buenos que protagonizan Crepúsculo (sí, también hay algunos malos) son “vegetarianos” (no toman sangre humana), forman una familia que se quiereúCrepsculo-Bella- mucho y, lo que es peor, no follan si no están casados.
Pongámonos serios (y psicoanalíticos) por un momento: el vampiro es un fantasma de la mente liberado por el Ello, que es el lugar donde habita el deseo de placer y destrucción, el lugar donde las sombras del inconsciente adquieren presencia y muestran lo que el sujeto quiere ocultar. Pero en Crepúsculo todo eso choca con la hipermoral mormona: Edward, el vampiro protagonista, no quiere acostarse con Bella, la humana protagonista, sin que estén casados, porque si lo hacen ella perderá su alma inmortal...
¿Un vampiro preocupado por el alma de un humano? ¿Un vampiro que renuncia a un revolcón? Sólo en la perversa mente de un mormón (o de cualquier fundamentalista religioso) ese argumento puede funcionar. Puro y duro conservadurismo.
De nuevo, lo mismo: ¿qué más da que sean vampiros? Podrían ser una banda de Hell’s Angels y la trama funcionaría igual. Sin olvidar que toda esa sarta de tonterías es terreno abonado para el humor involuntario.
 
En fin, a la vista de estos ejemplos (dejo más en el tintero: Underworld, True Blood y demás engendros) el futuro no parece muy halagüeño para el vampiro. Sometido a ese proceso de domesticación, lo hemos convertido en uno más de nosotros. La peor de las maldiciones…
 
David Roas es escritor y profesor universitario.
                                                                                   
 
 
 
 
 
 
                                                                                     

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