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Una vieja hospitalidad, por Ramón Ortega. 20/12/2010

 

Una vieja hospitalidad

éAtenea (en la figura de Mentor) convence a Telmaco de viajar en busca de su padre
En la actualidad se ha perdido casi por completo la buena costumbre de acoger a los forasteros. Las sociedades actuales, cada vez más individualistas, no son dadas a abrir las puertas de sus casas fácilmente. De ser posible, nada de “amiguetes”, visitas sorpresa, gorrones y, no se diga, desconocidos aventureros que sólo traigan consigo las noticias de un tipo de vida diferente a la nuestra. "La economía y la inseguridad no están para acoger a cualquiera", dirán aquellos que quieran buscar justificación. Pero esto no siempre fue así, afortunadamente hubo una lejana época en la que los forasteros bienaventurados, o aquellos que llegaban tras algún terrible incidente, eran bien recibidos. Remontémonos unos dos mil ochocientos años atrás para echar un vistazo a una de las aventuras más conocidas de la literatura universal. Tal vez, después de revisarla, coincidamos en ver a la Antigua Grecia como uno de los mejores sitios del mundo recibiendo a los extranjeros.

Hablemos, pues, de los cantos de Homero en La Odisea. A lo largo de esta obra se puede apreciar la cortesía que tenían los naturales de un lugar cuando alguna persona llegaba a su hogar. Al extranjero no se le pedían cuentas de su procedencia y ni siquiera de su nombre. Primero se buscaba que descansara, comiera y bebiera hasta quedar satisfecho. Ya una vez complacido se podía charlar con él para averiguar quién era, de dónde venía y cuáles eran las razones por las que había llegado a esa tierra.

Odisea - HOMERO NSNo sólo con Homero, también con otros autores, estos recibimientos se exponen a través de fórmulas ya establecidas. En La Odisea existen muchos ejemplos del acogimiento de la época hacia los viajeros avenidos a las tierras patrias. Uno de ellos es cuando Telémaco, hijo de Odiseo, intenta acoger a Atenea quien se hace pasar por Mentes, caudillo de los zafios. Cuando Telémaco se encuentra con él, sin titubear, le dice lo siguiente: "Bienvenido, forastero, serás agasajado en mi casa. Luego que hayas probado el banquete, dirás qué precisas".
 
Una vez que los forasteros se alimentaban, pasaban a contar su procedencia y la razón que los llevaba a aquellas tierras; de ser honrosos, se les hacían regalos. Continuando con el mismo ejemplo, después de que Atenea aconseja a Telémaco ir a averiguar si su padre seguía con vida, éste último le pide: "... Quédate ahora por muy deseoso que estés del camino, para que después de bañarte y gozar en tu pecho marches alegre a la nave portando un regalo estimable y hermoso, que será para ti un tesoro de mí, como los que hospedan a sus huéspedes."
 
Cabe especificar que los recibimientos no sólo se hacían entre la aristocracia griega. No se tenía que llegar siempre a un palacio, ni tenían que llevarse ropas finas y llamativas para ser bien acogido. Odiseo llega a Ítaca disfrazado, gracias al poder de Atenea, de un viejo mendigo y es acogido por su siervo, el porquero Eumeo, sin éste saber que era a su amo a quien recibía. Eumeo es pobre y lo único que puede ofrecerle a Odiseo es la carne de los cerdos que cuida para su amo y de los que tiene control; pero aún así no duda en ningún momento en darle la bienvenida: "Pero sígueme, vayamos a mi cabaña, anciano, para que también tú sacies el apetito de comer y beber y me digas de dónde eres y cuántas penas has tenido que sufrir". Una vez que su huésped se encuentra saciado es cuando Eumeo se atreve a preguntarle su procedencia. Al igual que con los recibimientos, esta indagación se hace a través de fórmulas que durante todo el canto se repiten: "Vamos, cuéntame ahora, anciano, tus propias desgracias y dime con verdad para que yo lo sepa: ¿quién y de dónde eres entre los hombres? ¿Dónde se encuentra tu ciudad y tus hombres? ¿Cómo te han traído hasta Ítaca los marineros y quiénes se preciaban de ser? Porque no creo que hayas llegado hasta aquí a pie". 

Estos modelos de recibimiento son habituales en los cerca de quince mil versos que tiene el canto de Homero. Pero ¿por qué eran tan hospitalarios? Si buscamos la explicación en la literatura, la esencia de su cobijo, se debe a tres razones principales. La primera es que muchos son los aventureros que solían recibir las atenciones como huéspedes y que al volver a su casa sentían un compromiso (de honor) el devolver el buen recibimiento que obtuvieron de otros a lo largo de su viaje. Un ejemplo es cuando Néstor increpa  a Eteoneo, porque éste último duda si es menester dar un buen acogimiento al forastero (Telémaco) que acaba de llegar a su tierra, Macedonia: "Antes no eras tan simple, Eteoneo, hijo de Boeto, mas ahora dices sandeces como un niño. También nosotros llegamos aquí los dos, después de comer por mor de la hospitalidad de otros hombres".  Otra de las razones es que era un gran honor recibir a extranjeros; una obra que sería considerada por los dioses: "Todos los huéspedes y mendigos proceden de Zeus, y para ellos una dádiva pequeña es querida". Y por último, porque dentro de la mitología griega, los dioses suelen disfrazarse al bajar del Olimpo en hombres, guerreros, mendigos o niños. Una persona no sabía cuando acogía a un hombre común o a un dios. Era su responsabilidad no ofender ni a uno ni a otro. Pero no sería extraño que se cuidaran especialmente de no tratar mal a una deidad.
 

En la actualidad las cosas son muy diferentes. El principal forastero es el turista o el inmigrante. En el caso del primero, éste paga para ser bien recibido; en correspondencia al dinero que quiera gastar, será la calidad de su acogimiento. El caso del inmigrante es más complicado. Hay excepciones, pero en general no se ve en la inmigración un signo positivo de progreso, sino un fenómeno del que hay que escapar. Sin embargo, todavía existen lugares donde el buen hábito del recibimiento continúa. No sé por qué muchos de estos sitios suelen caracterizarse por su humildad y escasez. En las llamadas sociedades de bienestar las cosas van cambiando. Quizá se ha perdido el honor de los antiguos griegos. Por lo menos, gracias a Homero, quedaron inmortalizadas las buenas costumbres. Espero que conforme evolucione éticamente la humanidad se pueda ver otra vez, en el forastero, al honorable aventurero que nos viene a enseñar cosas que desconocemos o a recordarnos otras que sabíamos, pero ya no teníamos presentes. Con suerte podamos acogerlos y volver a ser bien acogidos.
 
Ramón Ortega es profesor universitario y escritor.


 

 

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