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La gran huella de Albert Camus, por Javier Lasheras. 4/I/10

       Tres años después de que le fuera concedido el Premio Nobel (1957), un accidente de coche ocurrido el día 4 de enero de 1960 sesgó la carrera literaria del autor francés. Con el fin de recordar la actualidad de su literatura les invitamos a leer los últimos párrafos de tres de sus obras principales. El extranjero (1942) es una descripción lúcida de la carencia de valores y de la nostalgia de una coherencia moral. La peste (1947) se configura como la crónica novelada de una tragedia que incide en la investigación moral de los hechos. Y, por último, La caída (1956), en donde Camus refleja al hombre contemporáneo condenado a vivir bajo el absurdo y obligado a sufrir la presencia pertinaz de una realidad hostil.
       Su obra literaria y filosófica ocupa un lugar de honor en la cultura y el arte de todos los tiempos. Con sus novelas, dramas y ensayos se convirtió en un referente moral e intelectual para una Europa desgarrada por el nazismo y la guerra fría.
 
De El extranjero (1942)
 
Me ahogaba gritando todo esto. Pero ya me quitaban al capellán de entre las manos y los guardianes me amenazaban. Sin embargo, él los calmó y me miró en silencio. Tenía los ojos llenos de lágrimas. Se volvió y desapareció.
En cuanto salió, recuperé la calma. Me sentía agotado y me arrojé sobre el camastro. Creo que dormí porque me desperté con las estrellas sobre el rostro. Los ruidos del campo subían hasta mí. Olores a noche, a tierra y a sal me refrescaban las sienes. La maravillosa paz de este verano adormecido penetraba en mí como una marea. En ese momento y en el límite de la noche, aullaron las sirenas. Anunciaban partidas hacia un mundo que ahora me era para siempre diferente. Por primera vez desde hacía mucho tiempo pensé en mamá. Me pareció que comprendía por qué, al final de su vida, había tenido un «novio», por qué había jugado a comenzar otra vez. Allá, allá también, en torno de ese asilo en el que las vidas se extinguían, la noche era como una tregua melancólica. Tan cerca de la muerte, mamá debía de sentirse allí liberada y pronta para revivir todo. Nadie, nadie tenía derecho de llorar por ella. Y yo también me sentía pronto a revivir todo. Como si esta tremenda cólera me hubiese purgado del mal, vaciado de esperanza, delante de esta noche cargada de presagios y de estrellas, me abría por primera vez a la tierna indiferencia del mundo. Al encontrarlo tan semejante a mí, tan fraternal, en fin, comprendía que había sido feliz y que lo era todavía. Para que todo sea consumado, para que me sienta menos solo, me quedaba esperar que el día de mi ejecución haya muchos espectadores y que me reciban con gritos de odio.
 
De La peste (1947)
 
Pero sabía que, sin embargo, esta crónica no puede ser el relato de la victoria definitiva. No puede ser más que el testimonio de lo que fue necesario hacer y que sin duda debería seguir haciendo contra el terror y su arma infatigable, a pesar de sus desgarramientos personales, todos los hombres que, no pudiendo ser santos, se niegan a admitir las plagas y se esfuerzan, no obstante, en ser médicos.
Oyendo los gritos de alegría que subían de la ciudad, Rieux tenía presente que esta alegría está siempre amenazada. Pues él sabía que esta muchedumbre dichosa ignoraba lo que se puede leer en los libros, que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, que puede permanecer durante decenios dormido en los muebles, en la ropa, que espera pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las maletas, en los pañuelos y los papeles, y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa.
 
De La caída (1956)
 
Bueno, bueno, me quedo tranquilo, no se preocupe. Además, no se fíe demasiado de mi enternecimiento, ni de mis delirios. Los controlo. Por ejemplo, ahora que usted va a hablarme de sí mismo, voy a saber si he alcanzado uno de los objetivos de mi apasionante confesión. En efecto, siempre espero que mi interlocutor sea un policía y que vaya a detenerme por el robo de Los jueces íntegros. Por lo demás nadie puede detenerme, ¿no es cierto? Pero lo referente a ese robo cae bajo el dominio de la ley y lo he arreglado todo para convertirme en cómplice; oculto ese cuadro y lo muestro a quien quiere verlo. Por lo tanto, usted podría detenerme y ése sería un buen comienzo. Quizá se ocuparan después de lo restante; por ejemplo sería decapitado, y ya no tendría miedo a morir y estaría salvado. Usted alzaría mi cabeza todavía fresca por encima del pueblo reunido para que se reconozcan en ella y que de nuevo, ejemplar, yo les domine. Todo se habría consumado, y yo habría concluido, en un santiamén, mi carrera de falso profeta que predica en el desierto y se niega a marcharse.
Pero por supuesto usted no es policía, sería demasiado sencillo. ¿Cómo? ¡Ah! Lo sospechaba, créame. El extraño afecto que sentía por usted tenía pues un sentido. ¡Usted ejerce en París la hermosa profesión de abogado! Ya sabía yo que éramos de la misma raza. ¿No es cierto que todos nos parecemos, hablando sin tregua a nadie en particular, confrontados siempre a las mismas cuestiones aunque conozcamos las respuestas por adelantado? Entonces, se lo ruego, cuéntemo lo que le sucedió una noche los muelles del Sena y cómo logró no arriesgar nunca su vida. Pronuncie usted mismo las palabras que desde hace años no han dejado de resonar en mis noches, y que al fin yo diré por boca suya: «¡Oh muchacha! ¡Arrójate otra vez al agua para que yo disponga de una segunda oportunidad de salvarnos a ambos!». Una segunda oportunidad, ¿eh? ¡Qué imprudencia! Suponga, querido colega, que le tomo la palabra. Habría que pasar a los hechos. ¡Brrr…! ¡Qué fría debe estar el agua! Pero tranquilicémonos. ES demasiado tarde, siempre será demasiado tarde. ¡Afortunadamente!
 
 
 

 

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