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Locura, terror y casas solitarias, por Celia Ferrón Paramio. 25/02/2010

             Las mujeres están locas. Existen frases hechas, tópicos, verdades a medias establecidas como universales y enunciados repetitivos que nos acompañan a lo largo de la existencia sin llegar a cobrar sentido del todo. Así como se dice que las mujeres están chifladas, se repite hasta la saciedad el estigma de que ellos son malos, egoístas, insensibles e incapaces de la menor empatírevolutionary-road-movie-postera. Ninguna de las dos cosas es cierta pero a la vez, nunca llega a ser mentira del todo. Son, más bien, interpretaciones erróneas, algo desfiguradas, de síntomas claramente reales.

De esos dos axiomas (locura para ellas, insensibilidad para él) puede extraerse una solución más diplomática: la mujer es complicada y el hombre no tanto. De la diferencia entre uno y otro sexo parte una incomprensión que llega, en ambos casos, a considerar a la hembra como más susceptible de locura. No en vano los entendidos comentan que una mujer cae en depresión (que es una especie de demencia) con más facilidad que el hombre. Aunque quizás sea la situación de ésta (más encerrada, con menos posibilidades, con más peligros, más miedos) lo que la lleve a la tristeza, no una cualidad intrínseca influida por las hormonas.
¿Y cuántas veces es esta locura real? Camille Claudel vivió 30 años en un sanatorio psiquiátrico sin que tengamos constancia de que poseyera ninguna enajenación. TS Elliot encerró en un manicomio a Viv, su esposa, por tener ataques que coincidían con su menstruación (aunque no la sacó de allí al tener la menopausia y desaparecer estos ataques, que venían a ser, más o menos, opiniones propias disidentes de las del escritor); y en la novela Revolutionary Road asistimos a la amenaza del marido de declarar a su mujer loca cuando ésta le habla de su deseo de abortar. Si efectivamente el concepto de locura era, en estos casos, establecido por un hombre, todo síntoma que se diferenciara de él pudiera ser interpretado como tal.
La literatura se sirve de la realidad. No es tanto un reflejo de ella sino que la observa para conseguir sus propósitos. Así, sin darse cuenta, sin intentar establecer teorías o Portrait of Henry James 1913.jpgconfeccionar teoremas, sí intenta hacer sus historias creíbles y empáticas para conmover o llegar al espectador. Los autores, sin darse cuenta, sin querer pertenecer a uno u otro grupo, acaban teniendo recursos parecidos, pues todos son limitados, para contarnos una historia.
Así, para confeccionar fantasmas, para crear terror, asistiremos siempre a elementos comunes. Oscuridad, noche (más facilidad de oír ruidos); casas antiguas semiabandonadas en medio de ninguna parte (dificultad para escapar o enfrentarse al peligro con grandes recursos); soledad (víctima desprotegida); mujeres protagonistas.
Desde que Henry James, con Otra vuelta de tuerca, creara la figura de la institutriz, única en toda la historia que ve el mal y los fantasmas, hemos asistidos a innumerables ejemplos de mujeres protagonistas en historias de terror con doble lectura. Mientras en la novela de James a la institutriz los otros protagonistas la creen y no ponen en duda su cordura (aunque sí será el lector el que la ponga en entredicho), en otros relatos van más allá y dejan caer que el motivo del miedo quizás exista sólo en la cabeza de la mujer. En Miriam, de Truman Capote, no llega a quedar claro si la niña diabólica sólo la ve la pobre señora Miller o realmente es un diablillo que se aprovecha de la frágil condición de la viuda. Faulkner creó a la señorita Emily, también en un caserón y también sola, aunque fue algo más convencional y cayó en el tópico del horror de la mujer a quedarse soltera para explicar su alienación. Otras obras de terror gótico como Clytie o El papel de pared amarillo van más allá y declaran culpable o al menos instigador de la locura al marido, al hombre, que pone a la mujer en una situación desesperada hasta que ésta pierde de verdad el control de su mente. Claro que estas dos obras fueron escritas por mujeres. Pero todas, para crear terror, utilizan la figura femenina y solitaria que, para escapar del nivel de reclusión, cede a alguna forma de enajenación mental.
Locura y terror, fantasmas y mujer íntimamente relacionados.
Así pues, la figura de la mujer aterrada que ha de luchar no sólo con fantasmas o la encarnación del mal, sino contra el mundo que no la cree cuando ella les advierte del peligro, es algo típico en la cinematografía de terror. Si en La semilla del diablo Mia Farrow es víctima de un complot encabezado por el marido, y en eso reside gran parte del miedo (en la concepción de que el enemigo está en casa), en obras más recientes los esposos adolecen de una falta de comprensión terrible. En El Orfanato, el padre no parece excesivamente interesado en saber qué le ocurrió realmente a la criatura, y prefiere intercambiar miradas cómplices con la psicóloga antes que brindar apoyo a su mujer, que se convierte, además de mártir del entorno, en posible desequilibrada. Uno de los puntales de la película se sustenta en la susceptibilidad del espectador a dar por hecho que todo transcurre en la imaginación de ella.
En la más actual La huérfana, es la niña la que se dedica a instigar a una familia desestructurada que viven en un chalet enorme apartado en el campo. La madre adoptiva aquí no es la única que advierte la amenaza, puesto que los hijos son conscientes también, pero los tres son demasiado frágiles, poco valorados por la sociedad para que sus opiniones sean tenidas en cuenta. Asistimos a un marido exageradamente en la inopia pero a la vez con una actitud creíble que se repite muchas veces en la vida real: prefiere creer a cualquier extraño antes que a su mujer, y además aprovecha este tipo de deslices para continuar tratándola con una actitud condescendiente con la que la encierra cada vez más.
Quizás sea eso lo realmente creíble. La mujer, más acostumbrada a luchas solitarias, a sentirse parte de una minoría, a no apostar nunca al caballo ganador, puede encarnar mejor el personaje de luchadora frente al mundo, de víctima pero también de verdugo, pues en la complejidad de su mente, en los entresijos de su razón, estriba su secreto.

 

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