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Aquel primer Terenci Moix: Crónicas italianas. Por J. de Oxendain (04/07/2010).

Aseguraba Johann Wolfgang von Goethe, en la fecunda prosa de su Viaje a Italia (1828), que quien ha visto Roma lo ha visto todo. Y, como no podía ser de otra manera, fue en la llamada Ciudad Eterna donde otro autor de estupendas páginas viajeras vislumbró al menos parte de ese Todo también conocido como lo Absoluto: no fue sino Roma el primer lugar en proporcionar a Terenci Moix diana existencial para dirigir ese dardo sediento de plenitud que era su vida. Porque allí, en atinadas palabras de Ana María Moix, Terenci “descubre el arte, la cultura y la historia como patria espiritual. Una patria reconocida, desde entonces, como única posible para su sensibilidad y sosiego, a la que ya perteneció para siempre y a la que nunca renunció”. Puede decirse, con razón, y no sólo son cosas de Goethe (¿por qué serán tan suscribibles los clásicos?) afirmar que empieza una nueva vida cuando vemos con nuestros propios ojos el conjunto de la inmarcesible urbe fundada por Rómulo y Remo. Y fue asimismo la capital de Italia, país en que pasó Moix los más dichosos años de su efervescente biografía, la que felizmente propició la existencia de Crónicas italianas (1971; Seix Barral, 2004).

A mitad de camino entre la lúcida crónica viajera y una ferviente declaración de amor tanto hacia una ciudad inefable como hacia una nación de belleza sin parangón, estas por fortuna ahora rescatadas Crónicas italianas, originariamente publicadas en 1971, pertenecen a la mejor época de Terenci Moix. Es decir, manan de los años previos al éxito mediático de los premios (obtuvo el Planeta en 1986 con No digas que fue un sueño), los best sellers (verbigracia, El sueño de Alejandría,1988), la cinefilia de bombo y platillo, y la egiptología fetichista; fluyen de las mismas fechas que vieron surgir La torre de los vicios capitales (1968), Olas sobre una roca desierta (1969, Premio Josep Pla de Narrativa Catalana), El día que murió Marilyn (1970), Terenci del Nilo o viaje sentimental a Egipto (1971), Mundo macho (1971)... O lo que es lo mismo, Crónicas italianas son fruto de esos años de producción literaria que la celebridad solapó de alguna manera. Por eso, en un prólogo de perspicacia difícilmente superable por cualquier otra reseña, la ya antes citada Ana María Moix tiene a bien “advertir al lector de que, en estas páginas, se encontrará con la personalidad de otro Terenci, un Terenci más oculto y más secreto, aunque, eso sí, tan apasionado como el que ya conoce. Porque la pasión era una de las notas esenciales de su manera de ser, de pensar, de sentir, de vivir y de manifestarse.”

Crónicas italianas es mucho más que un hermoso libro transido de despierta plasticidad. En él no sólo podemos seguir cerciorándonos de que Roma, y por extensión Italia, “no ha perdido nunca esta vivísima facultad de ser de todos. Aquí no hay mixtificación turística que valga: es tierra de los Flavios y del Papado, del Pasquino y del Caravaggio, del romántico y el barroco, superpuestos todos en un lienzo gigantesco cuyos colores parecen tener, además, una voz”. Crónicas italianas constituye, al mismo tiempo, todo un punto de inflexión dentro de la obra de Terenci Moix, ya que éste llegó a la Ciudad Eterna a finales de los sesenta con “ciertos humos de enfant terrible” de las letras catalanas y volvió de ella habiendo hallado el tan deseado sendero para acceder a su íntimo sueño de ser un humanista. Sí, en un principio, “Italia era, simplemente, una promesa de enriquecimiento cultural”, y Terenci “ignoraba, todavía, que detrás de ello se encontraba el camino hacia la búsqueda… de un desesperado neohumanismo”.

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