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El reino blanco, de Luis Alberto de Cuenca, por Javier Lasheras. 30/09/2010.

El reino blanco.

Luis Alberto de Cuenca.

Visor. Col. Palabra de honor. Madrid, 2010.168 páginas. 20 euros.


JAVIER LASHERAS.

 

Todos los sueños —no así las pesadillas— tienen su puerta de entrada y de suyo una oferta enigmática de manillas que interpelan al visitante y convierten al más acerado intérprete en un morador iniciático. Y como tal, me doy el aviso: en El reino blanco de Luis Alberto de Cuenca (Madrid, 1950), cada poema parece latir como una razón emocionada que sirve de llave para transitar por su universo, ya sea original o revisitado, para adivinar el sentido de algún poema anterior o atisbar algunos versos posteriores, en una suerte de laberinto con múltiples atajos y pasadizos que entretejen también el sentido de la vida.
 
Publicado con oficio en la colección Palabra de honor —dirigida por Luis García Montero y Jesús García Sánchez para la editorial Visor—, El reino blanco reúne 90 poemas bajo diez epígrafes bien distintos en su extensión, comprendiendo desde unas sabrosas y bien humoradas seguidillas hasta el majestuoso, delicado, amargo y tierno…, pero delicioso El cuervo, pasando por esas fantasías sexosensuales de ayer y hoy que son, entre otras, esas Puertas y paisajes en endecasílabos ligeros y elegantes.
 
Es obvio que el autor domina una variada versificación y la ejercita de tal manera que su presencia se me antoja el andamiaje perfecto para que las historias sugeridas y narradas respiren y caminen esbeltas por la pasarela de la lectura, sin que las cinturas ni los tobillos del poema —ni del lector— sufran escorzos ni esguinces agudos. Pero la extensión no debe llevarnos a engaños. Luis Alberto de Cuenca mantiene nexos temáticos más allá de las unidades que componen cada parte, junto con propuestas simbólicas a través del uso de un vocabulario rico y equilibrado, nutritivo, que aporta luz, regocijo y reflexión: una suerte de bocados y tragos con retrogusto a maderas clásicas de verdad y belleza y un fondo de amargura existencial irreparable, producto del noble envejecimiento, en las barricas de la poesía, de la experiencia vital y lectora.
 
Así, la textura culta transita sin el soniquete de una erudición falsa, didáctico y entretenido a un tiempo, ajeno a la deriva presuntuosa o epatante, como una marca de la casa perfeccionada durante años y que al fin ha devenido en una de las señas de identidad de su estilo. No en vano, leer a Luis Alberto de Cuenca es encontrarse con su vasta biblioteca, comprender a ese escritor más ufano de sus lecturas que de su escritura. Tríptico de Foxá o los poemas pertenecientes a Homenajes componen el pináculo de estas afirmaciones, sin que ello suponga ningún obstáculo para disfrutar a lo largo de todo el libro con cada referencia, incluso con las desconocidas, ya sea sólo por el valor de la muestra y la ventana que se abre.
 
Existe también un despliegue alrededor de una querencia fetichista, ya explorada por el autor en obras anteriores. Pero aquí, para mi gusto, llega a simbolizarla a través de poemas de una temperatura similar que terminan por dibujar simbólicamente un doble triángulo sagrado, compuesto el primero por el pubis y el segundo por éste y los tacones: es decir, sexo y sensualidad. Ello puede rastrearse con una lectura transversal de todo el libro, con excepción de las dos primeras partes y la última.
 
Aparece en este libro algo menos visto en su producción poética anterior: la certeza de la muerte, de la caída, la quiebra del cuerpo y su disección, el plomo de la edad y sus lastres: la memoria, el recuerdo y sus ausencias. Esta novedad tiene su relieve en poemas tales como Sueño de mi padre y Descensus ad ínferos sitos en la primera parte, muchos de la serie denominada Hojas de otoño y otros cuantos de los pertenecientes a Recuerdos, como la infantil madurez en Carta a los Reyes Magos o Vieja fotografía con tebeo sin olvidar Juntos y versos sueltos aquí y allá que también ayudan a desvelar el alcance y valor profundo de la desesperanza y la amargura que Luis Alberto de Cuenca ha querido mostrar y compartir con este libro.
 
Pero no se vayan, amigos, aún hay más: esa desacralización que es Leer en voz alta, el fino humor ya demostrado en su quehacer pasado y aquí limado y sublimado en sus Caprichos, El alma de las cosas, un poco a la manera de George Perec, la contundencia en Elogio de la poesía, la dureza tras La maltratada… ¿Hay algo que no me guste? Claro, pero a estas alturas sólo revelaría desapegos subjetivos que en nada empañan el resultado final de la obra. Si acaso, para otros muchos lectores, seguramente lo acrecentarían.
 
No sería aconsejable ultimar estos párrafos sin hacer otra llamada. Se trata de la última parte titulada Paseo vespertino. En ella, como si se tratase de la llegada de un clásico a la puerta de nuestro despacho oscuro, el autor nos ofrece ese instante que no tiene luz ni esperanza, que es origen y final y que en El reino blanco ocupa un lugar destacado por ese último temblor que provocan esos versos en nuestro cerebro y en nuestro desolado corazón.
 
Por tanto, un sinfín de recursos estilísticos y formales al servicio de unos ejes temáticos que se imprimen como una marca de agua en cada página y dejan cada uno de los poemas listo para ser reescrito por la tinta de la mirada de cada lector. Bien pensado y para los tiempos que corren, todo un lujo este reino que nos ofrece Luis Alberto de Cuenca.
 
No debe extrañar al lector que el madrileño recuerde en el prólogo la deuda con Marcel Schwob. La admiración ya partió antes de Jorge Luis Borges. Dicen que su Historia universal de la infamia cuenta con alguna que otra influencia del francés. Y, claro está, el propio Luis Alberto de Cuenca no se entendería a sí mismo sin el autor bonaerense.
 
Pongamos ya fin a este reseña: para el poeta y para Luis Alberto de Cuenca no hay mejor sueño que esa Cadena perpetua que consiste en la belleza de cada momento transformado en eternidad: la que propicia un instante de sexo o un suspiro contra el tiempo y el olvido, la que otorga un susurro voraz o el jadeo después de la poesía, ya sea su materia la vida vivida o la imaginaria. Estamos, en todo caso, ante otra manilla enigmática y honda que abre una obra no sólo para leer como un libro más de poesía, destinado a unos pocos venturosos, sino también como un libro para amantes ingenuos de la literatura: desde uno y otro lado puede cada cual encontrarse muy cercano a la certidumbre moral y artística de la estancia que ya ocupa de Cuenca en la poesía española. Así resultará más entretenido aunque no del todo fácil: el autor sabe —y los lectores también— que para acceder a los sueños hay que luchar: “Sólo entra aquí quien lucha por entrar.”. Al cabo, como dijera Whistler, el arte sucede. Después, que cada uno le ponga el nombre que quiera: Guiomar, Zenobia, Monelle…, Alicia tal vez.
 
Cuanto sé de mí
 
A casi todos, incluida tú,
con tal que no seamos unos desaprensivos,
nos ha ocurrido alguna vez
lo que a doña Mencía, el personaje
de Calderón: que hemos amado mucho
y hemos perdido mucho,
pero no la vergüenza
(que es lo último que se debe perder).
Eso quiere decir que el amor de otro tiempo
es pertinaz, como lo fuera antaño
la sequía, y que es duro renunciar al dolor
sereno que conlleva su memoria,
porque en ese dolor vencemos a la muerte,
aunque sea un poquito nada más,
y nos curtimos, y nos sale un rictus
de tristeza en la boca que nos hace más sabios
y nos pone más guapos (todavía).
Y eso quiere decir que el amor de ahora mismo
no está, se ha extraviado por ahí
sin dejar rastro, y no hay quien le dé caza
—ni tú, ni yo, ni la Brigada
de Investigación Criminal—,
lo que no debe suponer,
en modo alguno, la renuncia
al matrimonio y a su noble yugo,
porque junto al amor hay otras cosas
que merecen la pena en esta vida:
el honor, por ejemplo, y no os riáis.
De modo que la cita, repartida en dos versos,
“Tuve amor y tengo honor;
esto es cuanto sé de mí”
(y perdonad el cambio al octosílabo),
sigue vigente hoy en todas partes.
Para eso están los clásicos:
para aceptar la casa sin ventanas
en que vivimos, por inhabitable
que nos parezca, y para descubrirnos
qué pasa en nuestra alma, qué se cuece
en nuestro desolado corazón.
 
 
Luis Alberto de Cuenca.

 

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