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Una vida para las letras, por Carmen Ruiz-Tilve. 6/04/2011

Una vida para las letras
 
Dolores Medio fue una persona feliz. No todo el mundo puede ver cumplida su fuerte vocación, pues fuerte vocación literaria fue la que hizo a Dolores colgar los hábitos propios del magisterio y lanzarse a la aventura madrileña, que no era poca aventura la de lanzarse a Madrid, animada por un pequeño premio literario, el «Concha Espina», impulsada por su imperiosa necesidad de abandonar el Oviedo de posguerra que, en sus palabras, la asfixiaba.
Dolores, que nació en Oviedo en los nevados días previos a la Navidad de 1911, estudió Magisterio, que era la carrera propia de las chicas de su edad y condición. Y fue una buena maestra, entusiasta de la renovación pedagógica, aunque cuesta imaginarla para toda la vida en las aulas, mujer inquieta.
Dolores que nació en Oviedo de la misma forma que nació escritora, y ambos elementos se aunaron felizmente en su primera novela, Nosotros, los Rivero, la que dará el premio «Nadal» a la «maestrita del Norte», en fábula periodística de Cenicienta muy del gusto de la época. El valor del «Nadal» hay que verlo desde la luz de aquellos años, y así resulta, con diferencia, el premio más importante de España, por encima de lo puramente literario. Y así, ya consagrada, Dolores se dedicó a escribir novelas, cuentos, memorias, biografías e incluso una guía de Asturias que en no poca medida es reflejo directo de su literatura creativa.
Junto con su labor literaria, en sentido estricto, desempeñó desde muy pronto una variopinta tarea periodística, desde su consultorio sentimental, de gran éxito, en el que se firmaba como Amaranta, hasta las crónicas de todo tipo que la hacían nutrir, prácticamente sola, el suplemento semanal del periódico «Madrid», «Domingo». Tanto el consultorio como el mismo suplemento fueron en gran medida precursores de un tipo de periodismo que mucho más tarde apareció como novedoso.
No sabemos que hubiera sido de la Dolores escritora de haberse quedado en Asturias, compaginando su profesión de maestra con su impulso irrefrenable hacia la escritura. Posiblemente hubiera quedado olvidada, ahogada su intención por los vates locales que dan sistemáticamente la espalda a lo propio, siempre con aquello de «Santa María la Más lejos».
No sabemos que hubiera sido de la Dolores escritora sin el «Nadal», quizá replegada a sus cuarteles de invierno ovetenses, en la calle Magdalena, tras la lucha madrileña en la batalla de las letras, llena de soldados anónimos. Sabemos que es historia, constatada por los datos, cuál fue su vida real, cincuenta años en Madrid, con vacas gordas y vacas flacas. Las gordas, de muy grande popularidad, y las flacas de olvido, cuando tras el batacazo, literal, del diario «Madrid», no se le cayeron los anillos, que nunca los llevó, por alquilar parte de su estupendo piso en Bretón de los Herreros, su Chamberí de siempre, y convertirse en patrona de ese viejo oficio de economía sumergida del que tanto supieron muchas mujeres españolas.
Dolores escribió y publicó mucho, quizá demasiado. Su impulsivo carácter y la necesidad de seguir en la brecha la hicieron bajar la guardia y sacar a luz escritos que muy bien deberían haber seguido en las carpetas azules. A pesar de ello, su aportación literaria es muy importante y única en la Asturias de su tiempo. Pero Dolores Medio fue, es y será mucho más que una escritora; ha sido una persona excepcional, no de una pieza, sino compuesta de las muchas piezas que forman un puzle difícil de entender y componer. Y ella, como los viejos emigrantes de los que forma parte, quiso volver a las raíces y así, aunque no ligera de equipaje, que una vida larga da para acumular mucho libro, volvió a Oviedo a morir, aunque ella, vital por excelencia, hacía de esto mucho más una frase que un deseo.
En la apretada biografía de Dolores también hubo espacio para el mecenazgo, ya que desde los primeros tiempos de la tímida fama había soñado con hacer a su costa una fundación cultural, para ayudar a autores noveles, para socorrer a escritores ancianos, para regalar libros, para editar una revista cultural, para todo lo que supusiera apoyar a la cultura. Y con esta primera idea, su hermana Teresa y ella se embarcaron en una empresa quimérica, con todos sus cuartos, toda su ilusión y todo su tiempo, que no en vano desde entonces, de forma casi exacta, Dolores dejó de escribir.
El caso de generosidad de la Fundación Dolores Medio no se da, o al menos yo no sé de otro. Darlo todo, patrimonio mobiliario e inmobiliario, en vida, no es habitual, cuando menos.
Dolores Medio merece permanecer entre nosotros con la custodia de su memoria y su Fundación, traducida en algo que eche aquí raíces, como ella misma. Ella, desde el paraíso de las letras, nos lo agradecerá.
 
Carmen Ruiz-Tilve Arias es escritora, cronista oficial de Oviedo y profesora de la Universidad de Oviedo.

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