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Un Jovellanos emotivo, por José María Ruilópez. 7/11/2011

UN  JOVELLANOS  EMOTIVO
 
El pasado 22 de Octubre  la compañía Odisea Teatro  representó  en el Teatro Riera de Villaviciosa la obra titulada Jovellanos, la pasión oculta, en una versión de Ana Cristina Tolivar Alas, basada en la obra de José R. Carracido, Jovellanos Ensayo dramático histórico, de 1893,  con  dirección  del mierense  Andrés Presumido.
   La obra responde a una síntesis del texto original con lo que  lleva de dificultad, pero con la ventaja de que Jovellanos es un personaje conocido y muy próximo a todo lo asturiano, siendo de agradecer esta adaptación, llevada a cabo con una ejecución muy digna,  una puesta en escena apropiada y luciendo un vestuario  perfectamente acorde con la época en que se desarrollaba la historia.    
 
La aparición de Jovellanos en escena,
interpretado por el  actor Eusebio Tuya,
 es un  momento en que la pieza
cobra su verdadera identidad.
 
    La trama muestra algunos de los momentos que más calaron en la trayectoria personal y política del eminente  gijonés.  Las envidias, las conspiraciones, los intereses, eran causas  comunes en los palacios y en los entresijos de la política, que se manifiestan a través del Marqués de Campo  Sagrado,  interpretado por David R. Bascarán, del Conde de Luarca,  llevado a la escena por Javier del Rey,  o la Duquesa de Numancia, representada por Puri Sedano.
    La aparición de Jovellanos en escena, interpretado por el  actor Eusebio Tuya,  es un  momento en que la pieza cobra su verdadera identidad. Rodeado de aduladores y detractores, Jovellanos tiene que defenderse, doblegarse, e, incluso, someterse a tanto despilfarro de anormalidades políticas de la época, donde unas monarquías atrofiadas, sin un rumbo definido y en manos de validos interesados, no sabían valorar a sus verdaderos prohombres, y se dejaban llevar por los rumores y las rencillas. El papel de Jovellanos,  interpretado por un Eusebio Tuya de indudable parecido físico con el prócer gijonés, dio a la obra un significado especial. Sus movimientos pausados, la endeblez  de su fisonomía,  la argumentación invalidada por el acoso circundante de que era objeto, convertían al Melchor de Jovellanos–Eusebio Tuya en un hombre con apariencia atormentada, defensor de la decencia, pero consciente  de su fracaso en un ambiente hostil  en lo intelectual, y, a la postre,  también en lo físico.  Alternando tiempos de éxito político con  el nombramiento  de Ministro de Gracia y Justicia,  con otros de abandono y  confinación en el castillo mallorquín de Bellver por orden de Godoy, papel este encarnado por Álvaro Solano.   
 
La escena se muestra en una ambientación
de ensueño, tamizada por los delirios de un
Jovellanos moribundo, en una interpretación
muy fecunda de Eusebio Tuya.
 
 
     Entre las paredes de Bellver sigue viendo a escondidas a su amor contenido, Enarda, papel que representa con mucha delicadeza Beatriz Arrieta. Una mujer que ya había estado con él en sus momentos mejores, pero que no lo abandona  en éstos tan opresivos en el aislamiento, y que en la obra se presenta como una reencarnación de todos los sentimientos  amorosos del  político. Jovellanos siente  una pasión llena de disimulo hacia esta mujer, que será uno más de sus amores platónicos, y que se había afincado en sus emociones juveniles, trascendiendo hasta su madurez, pues la supuesta Enarda,  muere en 1775, cuando Jovellanos tenía solo 31 años.   No en vano este le escribió un soneto revelador de esta premisa, que dice  en el primer cuarteto: “Quiero que mi pasión, ¡oh Enarda!, sea, / menos de ti, de todos ignorada; / que ande en silencio y sombras embozada, / y ningún necio mofador la vea”.  
    Un tiempo de reclusión balear que Jovellanos emplea en la lectura, su refugio ante la obligada  inactividad a que es sometido, aunque bien asistido por  su  fiel  Dominica, personaje interpretado por Carmen de Cangas,  que lo atiende y hasta mima, además de prestarle  dinero. Un posado del actor presentando al Jovellanos del cuadro de Goya, mano en la mejilla, libro semiabierto sobre la rodilla, y una cierta introspección en la mirada,  detiene el  tiempo unos segundos. 
    La irrupción del Sargento que lo guarda en el castillo, interpretado por  Alejandro Villa, cantando a pleno pulmón “El vito” dio una nota folklórica y de distensión  a la tensión emocional de la trama. Las convulsiones políticas con el Motín de Aranjuez dan nuevas esperanzas a Jovellanos, y le llega la libertad tras siete años de aislamiento. Regresa a Asturias, y, tras diversos avatares viajeros, recala en Puerto de Vega después de una dura  peripecia marítima.  
   El último cuadro de la obra presenta a un Jovellanos enfermo y recostado en una cama. Le rodea Enarda  y algunos  amigos.  La escena se muestra en una ambientación de ensueño, tamizada por los delirios de un Jovellanos moribundo, en una interpretación muy fecunda de Eusebio Tuya. Una música enaltece el instante doliente. Cuando Jovellanos espira,  un personaje en penumbra, interpretado por la propia Ana Cristina Tolivar,  desfila ante el cadáver,  entonando un  aria lírica de rica ejecución, que da un dramatismo muy vivo y pulcro  al desenlace. 
     Tanto la dirección esencia de Andrés Presumido, los personajes citados, o Don José, interpretado por Ovidio Parades, La Duquesa de Numancia, por Puri Sedano, como la selección musical de Irina Palazhchenko y demás colaboradores, amén de algún fallo técnico,  consiguieron  un trabajo teatral muy respetable, donde se notaba el entusiasmo y el regusto por el  mundo del escenario.
 

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