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Fernando Fonseca: el tiempo del escarabajo. Por Javier Lasheras. 15/09/2011.

 Autor entre otras obras de Pabellón de eternos o de la denominada “Trilogía del fracaso” (Palabras de cocaína, Los días de la pereza y La agonía del pez tarado), Fernando Fonseca (Oviedo, 1956) es un autor singular. Cuando se habla con él uno respira confianza y cuando se le escucha se pueden apreciar afirmaciones contundentes que abren racimos de duda intelectual. Un gozo. En su rostro de fumador tiene marcadas las heridas de quien ha leído con provecho. Su mirada, contra lo que pueda pensarse, es oblicua por higiene mental. Nos vemos en el Paseo de Alemania, en el ovetense Campo de San Francisco, a esa hora a la que todavía los padres y los hijos no se han desbocado y piensan que todo lo que pisan y respiran es de su propiedad. Le hemos colgado la grabadora. No se nota. Es mínima, especial para poner bajo el cuello de la camisa. Así podemos caminar mientras charlamos.

 

 

 

¿Hace un pitillo?

 

 

Por supuesto. 

Del fracaso de un joven al fracaso de la madurez para acabar en un cuarto de hora terminal. 

Así es. Se trata del fracaso existencial que cabe en tres novelas. Es el recorrido de mi trilogía del fracaso, desde Palabras de cocaína hasta La agonía de pez tarado, pasando por Los días de la pereza.   

Así que hay que joderse en vida… 

No nos queda otra. Hay que joderse en vida es una muletilla del protagonista de La agonía…  

¿Le apetece contestar a estas preguntas? Lo digo porque ya sabe “que la pereza todo lo puede y la repetición, sin causa, apesta” 

Me apetece y mucho. La pereza se disipa cuando nos llega algo nuevo, cuando no se da la flagrante repetición. Por ejemplo, estoy seguro de que usted no va a preguntarme de qué va mi novela, porque me consta que la ha leído y la ha analizado inteligentemente, por lo cual le estoy muy agradecido. El lector inteligente reanima al texto, le otorga la última y más hermosa palabra.

“La memoria me mantiene vivo como un pez tarado fuera del agua”. Comente, por favor. 

He comprobado, una vez alcanzada cierta edad, que en gran medida dependo de la memoria. La memoria es el centro de gravedad intelectual, en tanto no nos venza el olvido. Es el último asidero que le queda a Virgilio, y da la sensación de que ese hombre vivirá en tanto le quede una pizca de memoria.   

¿Ha leído usted Submundo de Don DeLillo? Lo digo por la basura y los deshechos… 

Sí, es una gran novela dentro de un siglo de enormes novelas. No obstante, la “gran novela norteamericana” —que algunos han querido descubrir en Submundo— está aún por escribir. Me satisface que mi novela le lleve a pensar en esa otra novela de Don DeLillo; si bien, la sociedad norteamericana, sus vicios, sus memorias, sus pobrezas, sus paisajes de trampantojo y lo que hay detrás, incluso sus basuras o sus lujos, todavía es bastante diferente al producto español. Le confieso que Submundo no ha influido en la escritura de La agonía… A propósito de Don DeLillo, he leído no hace mucho un librito suyo titulado Contrapunto que sí me ha dado algunas pistas para un trabajo que tengo entre manos, algo parecido a una novela, aunque de momento yo prefiero definirlo como un ONNI (objeto narrativo no identificado) En ese librito, DeLillo expone de un modo exquisito la soledad del artista, el autismo de algunos creadores dando vueltas sobre sí mismos, en una ejercicio propio de derviches. Para ello elije a Gleen Gould, Thelonius Monk y Thomas Bernhard… En esas páginas se plantean interrogantes que bajo ningún concepto nos pasan desapercibidas, como ésta: “¿qué ocurre cuando la introspección desarrolla una densidad que borra el mundo?” Creo que Virgilio, en La agonía…, intenta darnos alguna respuesta.  

“La memoria es el centro de gravedad intelectual,
en tanto no nos venza el olvido”

¿Usted piensa que con la edad nos volvemos menos educados o más sinceros? 

Lamentablemente la educación y la grosería también son objeto de modas. Verá, hubo un tiempo, no muy lejano, en que la educación era cosa de jóvenes, casi cursis, y la grosería de viejos, que se volvían “viejos verdes” o cascarrabias. Luego aquellos jóvenes se hicieron viejos y la educación pasó a ser patrimonio de la vejez, en tanto que la juventud se acogió al descaro maleducado. Hoy en día, la educación brilla por su ausencia. Por otro lado, la sinceridad se confunde muy a menudo con la insolencia… No sé… Vamos por mal camino, ¿no cree?

¿Cree usted que esta novela es, entre otras muchas cosas, una investigación a través del recuerdo?

Puesto que hablamos de una novela, yo sustituiría la palabra “investigación” por “viaje”. Un viaje, si me permite decirlo así, “hacia dentro”, como si Viaje alrededor de mi cuarto, de Maistre, o Viaje alrededor de mi cráneo, del húngaro Karinthy, se convirtieran en ejemplos de literatura de viajes. Viajar como Huysmans, con las cortinas del coche echadas. O viajar con la ceguera de Borges. Bueno, pues mi novela parece un viaje a través de los recuerdos entremezclados, por más que éstos acaben, como la vida misma, averiados.  

 

¿Podemos pensar, a tenor del último párrafo de la página 155, que el protagonista, Virgilio, es racista y xenófobo?

Déjeme ver ese párrafo… Ah, ¿se refiere usted a la expresión moro?... No, eso no es racismo bajo ningún concepto.

¿Y qué tal el cometa Joyce?

Luminoso, como una epifanía gris.

¿Qué es un escomendrijo?

Es una criatura ruin. ¿Por qué me lo pregunta?...

Me gusta cómo suena.  ¿Y qué significa gallofero?

Es un holgazán, un vagabundo pedigüeño… Pero no irá a pedirme que justifique, fuera de contexto, el empleo de ciertas palabras o palabros. 

“España da muchísimo juego literario
y, sin embargo, apenas le prestamos atención,
salvo en determinadas veleidades históricas”

 

No, no. No se preocupe. Sólo es curiosidad. "...y al final una cocina amarilla llamada España". Le felicito por la comparación. En todo caso, España no sale muy bien parada en su novela... 

Seguramente no. Bernhard dijo que “Austria necesita un imprecador”. Pues bien, considero que España también lo necesita. España da muchísimo juego literario y, sin embargo, apenas le prestamos atención, salvo en determinadas veleidades históricas. Los austríacos lo llaman cagar en el nido, y a poco que se fije lo comprenderá. Ahí tenemos a Handke, Jalinek, Schnitzler, Roth, Wincler…, además de Bernhard. Sin embargo, la España actual, y la actitud de sus escritores, me invita a recuperar aquella frase de Mallarmé: “No hay herencia literaria ahí”.

¿Es capaz de diferenciar entre narrador y novelista o le parece un asunto menor?

Me gusta más el término narrador. Al menos me permite conjeturar con la hermosa metáfora del narrator absconditus. Pero le aseguro que estas cuestiones apenas tienen cabida en mis días de la pereza.  

 

Tire líneas o trazos gruesos, pero comente la siguiente jugada, por favor: poesía, primera persona, monólogo interior, superposición, siglo XXI, estilo con argumento o argumento con estilo…

 

El último punto lo tengo muy claro (vea mis heridas abiertas): Estilo con argumento. Me explico: un estilo superior salva a un mal argumento. Un buen argumento, con mal estilo: caca de la vaca. Acabo de leer una novela de Gadda, claro ejemplo del pastichiaccio. En ella el argumento es muy simple y se disipa constantemente; pero, ay, qué gran novela y, por cierto, que gran labor del traductor, el añorado Juan Ramón Masoliver, el de la revista Camp de l´arpa… La poesía ha abonado un terreno de exquisitez que, entre otros favores, ampara la tesis que le he dado con respecto al estilo y el argumento, ¿o no es la poesía estilo antes que argumento? La primera persona facilita mucho las cosas cuando elegimos una narración apoyada en los impulsos de la subjetividad, y esto me lleva a enlazar con el monólogo interior, que ocupa mucho más espacio narrativo en el siglo XX del que muchos creen o quieren creer. En cuanto al siglo XXI, todavía no existe culturalmente. Somos hijos del XX. Ni siquiera tenemos una generación ya educada en el XXI. No logro intuir lo que este siglo nos deparará.  

 

¿Cuál es el teatro interior de Fernando Fonseca?

 

Un teatrillo de sombras por aclarar, con sus penas y sus pequeñas glorias. Y con sus recuerdos, reales o inventados, como le sucede a Virgilio. Un teatrillo interior y autónomo que aún me distrae, que no es poco. Cumple sus efectos como debiera hacerlo una pastilla contra la arteriosclerosis. O sea, un teatrillo lírico y terapéutico. Permítame recordar la sentencia de Mihura: “El teatro soy yo, con una señora enfrente”.  

 

“Un estilo superior salva a un mal argumento.
Un buen argumento, con mal estilo: caca de la vaca” 

 

¿No tendrá un pensamiento-teoría por ahí a mano que pueda prestar a los escritores recién llegados, eh?

Pues resulta que sí. Un posible argumento para una novela/ensayo, algo distópico. Me he dado cuenta de que si tuviésemos la costumbre de bautizar los períodos de tiempo con el nombre de un animal, como hacen los chinos, sin duda, al siglo XX deberíamos llamarlo “el siglo del escarabajo”. La cultura de tan importante siglo va desde el relevante hecho literario protagonizado por Gregorio Samsa (escarabajo), hasta el no menos relevante fenómeno musical dejado por The Beatles (escarabajos), pasando por el primer hecho llamado a posibilitar eso que llaman “estado de bienestar” (material) representado por el escarabajo de Volkswagen, que hizo del automóvil un bien asequible a las masas. El escarabajo es muy importante en nuestra cultura, ¿no le parece?... Por cierto, el copyright de la ideaes mío.

¿Otro pitillo?

Venga…  

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