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Reseñas

El triunfo de la palabra

Reseña de Ingenio lego, de Marcelo Matas. 

Editado por la Diputación de Salamanca, 2016

125 páginas.

 Por David Fueyo

Dice el escritor Eloy Tizón, —quizá uno de los que más ha teorizado sobre el cuento en los últimos años— que todo aquel que no se pliegue dócilmente a los dictados del mercado debe ser consciente de que no va a tenerlo fácil; ha escogido un camino en rampa, áspero, lleno de dificultad y con muchos escollos. Ese es la senda elegida por Marcelo Matas a la hora de llevar a cabo su Ingenio Lego, la del triunfo de la palabra sobre cualquier otra consideración, —mercantil, estilística o simplemente dejándose llevar por las modas— fuera de lo meramente literario.

 Conozco a Marcelo, sé de su sensibilidad con el cuento infantil, de hecho tuve el placer de presentar El niño que se convirtió en coche (Juglar, 2015), un cuento para contar y disfrutar en familia, accesible y a la vez delicado. Lo compartí con niños y comprobé que disfrutaban conmigo; sin embargo he de confesar que no me esperaba la profundidad, complejidad y delicadeza que el mismo autor iba a sugerirme apenas un año después con éste, su Ingenio Lego, aunque durante el tiempo que le conozco puso ante mi diversas pistas de este talento literario en forma de cuento corto en varias antologías en las que participamos ambos, promovidos por la Asociación de Escritores de Asturias (Pravia con todas las letras, Mina de palabras, u Oviedo, libro abierto). Ahora me doy cuenta de que, de un coleccionista de Quijotes como es Marcelo, puedes esperar —literariamente hablando— cualquier ingeniosa aventura escrita.

 Ingenio lego, impecablemente editado por la Diputación de Salamanca, contiene catorce cuentos que van desde el monólogo interior hasta el lenguaje cervantino, del humor al desasosiego, de la prosa poética sin ni un solo punto seguido a la transcripción oral del lenguaje del pueblo, sus chascarrillos y sus muletillas, consiguiendo así la obra ser una polifonía llena de escollos bien superados muy lejos de lo que Tizón busca para el cuento moderno —picante, con cierta acidez, veloz y ligero— pero por encima en calidad y equilibrio de mucho de lo que se publica hoy en día.

Los catorce cuentos sugieren. Creo que ese es “El Piropo” con mayúsculas que puede definir un buen cuento. Desde el impresionante relato que da nombre al volumen, en el cual Marcelo parece tomar la pluma encarnado en un noble que, siguiendo escrupulosamente el tono cervantino, dice que prefiere ser olvidado que reconocido a pesar de conocer a Cervantes e incluso haberle regalado sus propios versos para que este pudiera conformar su prestigio en el futuro, —sencilla y retorcidamente lúcido— hasta el humor de guante blanco presente en Cuento de Navidad, una historia cotidiana que nos lleva un paso más allá en la vida de un soldado.

 Hay lugar para la metaliteratura y el olor a librería de viejo, fonda y paraíso de aquellos que creemos que los libros son un tesoro, máxime si son encontrados entre un montón de saldos amarillentos o, mejor aún,  en un contenedor de basura (Agua de palabras y Gesticulan voces). También para el monólogo, para el cuento torrencial (La casa en el camino de los juegos y el impresionante Al final el silencio, con el que se cierra el volumen), para la luz y la esperanza de dos enamorados unidos en todo menos en dimensión, —él en la real, Clarín, y ella, Ana Ozores, su creación, en la literaria—, y para la oscuridad, la venganza y la crudeza (Por la piel y El peluquero zurdo), historia (Rubén Darío se lava con Heno de Pravia), vida como trayecto (La vaca Jueves) y la muerte que en el fondo es un viaje de ida sin retorno, (El regreso, y vuelvo a citar otra vez Al final el silencio).

 Los catorce cuentos están trabajados con la paciencia y precisión del orfebre. No hay escritura rápida, no hay prisas, no hay estruendo ni alharaca, tampoco extraños artificios ni Deux ex machina. El camino es en rampa áspera, pero sabe a dónde llevarnos: literatura pura y consistente, juego canónico donde no hay un canon preestablecido más allá de poner a funcionar las palabras con una cuidadosa fascinación por el lenguaje. Ingenio Lego no podría ser escrito por alguien que no ama la literatura y la comprende como vehículo de belleza y emoción. No podíamos esperar otra cosa de un coleccionista de Quijotes.  Otro triunfo para la palabra que a buen seguro sabrá saborear el avezado lector.

 

 

 

 

 

 

 

 

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