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El ser querido, de Rodrigo Sorogoyen (2026)

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Ojos dentro de miradas

por Guillermo Rico Gallego

Partimos de una emoción y de dos verdades. La primera está en la pantalla: dos personas que se atisban de lado y hablan, a veces, de todo aquello que no atreven a decirse. La segunda está detrás de ella: la perspectiva de un director decidido a analizarlos desde todos los ángulos posibles. En mitad de esa pulsión, Javier Bardem y Victoria Luengo, en estado descomunal, son los encargados de llevarse buena parte del peso de la película, apoyándose en la contención, el gesto y la permanencia del brillo de sus pupilas. Pero ya que la propuesta va de miradas, no podemos olvidarnos de los ojos de quien observa. El espectador en mitad del vínculo. Escuchar con introspección o levantar las cejas para traducir todo aquello que sucede alrededor. Quizás sea ahí donde nos acerquemos de forma acertada a El ser querido. Un espacio que inevitablemente convive entre lo que nos cuentan los desplazamientos de sus personajes y la manera en la que su director decide mostrarlo.

Sorogoyen filma con una ambición formal evidente. Juega con las composiciones, transforma colores, abre y cierra encuadres, introduce filtros, modifica texturas y convierte determinados movimientos de cámara en declaraciones de intenciones. Hay una voluntad explícita de hacer visible el cine dentro de la película y, también, de recordarnos constantemente que detrás de cada imagen hay una decisión tomada. Nada en contra, por supuesto. Los cuadros sin firma suelen acabar en contenedores de vidrio. Sin embargo, es justo ese lugar en el que la duda aparece. Cuando esa elección deja de iluminar lo que se cuenta y empieza a competir contra ello, la filigrana se vuelve exhibición y la puesta en escena corre el riesgo de convertirse en protagonista involuntaria.

Hay instantes en los que esa pulsión formal encuentra exactamente la plenitud de lo que busca. El comienzo es uno de ellos. Quince minutos milimétricos que bien podrían estudiarse en cualquier clase de cine o interpretación. Pero, por encima del todo, la escena en la que el protagonista descubre por primera vez la banda sonora de su propia película mientras observa cómo su hija se mueve por la zona de desayunos del hotel. Ahí aparece el Sorogoyen que parece capaz de convertir una situación cotidiana en una revelación cinematográfica. La música, el movimiento, la distancia entre los cuerpos y la mirada del padre construyen un momento de una precisión extraordinaria. Es cine en estado puro. Una escena memorable, montada al ritmo de una banda sonora que parece recordarnos todas las cosas que el director quiere que recordemos en ese momento. Sin embargo, hay también otras secuencias que llegan a rozar una torpeza difícil de defender (véase la escena de la canción en el coche, recordándonos ese esperpento llamado Los años nuevos). La brecha real entre la cámara y la mirada. La distancia, a veces pequeña y otras considerable, entre la emoción que persigue y el dispositivo que utiliza para alcanzarla. Cuando coinciden, la película vuela. Cuando no, uno tiene la sensación de estar asistiendo a una demostración de recursos, a un catálogo de posibilidades formales que busca desesperadamente una historia a la que adherirse. El error maldito de la redención que justifica el viaje.

Y eso es lo que hace que la película resulte tan estimulante como irregular. Sorogoyen parece debatirse entre dos impulsos: el de contar una historia sobre un vínculo roto y el de demostrar cuánto cine puede caber dentro de esa historia. En ocasiones, se abrazan. Otras veces, ni siquiera se reconocen. Hay demasiada distancia entre sus hallazgos y sus excesos como para hablar de una obra plenamente redonda, pero sería injusto quedarse únicamente con sus tropiezos cuando delante de nosotros se presenta un estímulo cinematográfico tan evidente, dos interpretaciones extraordinarias y varias escenas que se quedan en la memoria por razones mucho más nobles que el simple virtuosismo. Esa es la verdadera conexión que la película consigue: la del director que quiere enseñar lo que sabe hacer y la del espectador que trata de dejarse llevar por lo que le están contando. La del padre en busca del perdón y la de una hija al que ya no le queda ninguno.

Una película partida en dos. No deja de ser curioso.

 

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