La diligencia de John Ford o la modernidad de los clásicos. Por José Havel (05/11/2010).

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¡Qué cosecha la del aquel año! En 1939 se realizaron Caballero sin espada, de Frank Capra; Ninotchka, de Ernst Lubitsch; Sólo los ángeles tienen alas, de Howard Hawks; La regla del juego, de Jean Renoir; Lo que el viento se llevó y El mago de Oz, de Victor Fleming; Cumbres borrascosas, de William Wyler; Beau Geste, de William A. Wellman; Gunga Din, de George Stevens; Los violentos años veinte, de Raoul Walsh, Unión Pacífico, de Cecil B. De Mille… Y, cómo olvidarlo, el western por excelencia, La diligencia, de John Ford.

A finales de los años treinta, en una época en que casi ninguna primera figura realizaba ya westerns —el propio Ford no había filmado ninguno desde 1926—, el cineasta de Maine descubre, en el Collier’s magazine,el relato de Ernest B. Haycox titulado Diligencia para Lordsburg, armazón argumental sobre el que Dudley Nichols construiría el guión de La diligencia (Stagecoach). Aunque la historia de Haycox no estaba muy bien desarrollada, Ford estima que sus personajes son altamente interesantes y se hace con los derechos. Por tratarse de una película del Oeste (éstas habían quedado prácticamente relegadas a la serie B), John Ford no encuentra compradores para el proyecto, hasta que gracias al interés de Walter Wanger, de la United Artists, puede finalmente comenzar el rodaje en Monument Valley, lugar al que retornaría en numerosas ocasiones hasta convertirlo en un paraje mítico. El largometraje no sólo obtendría un clamoroso éxito, provocando el renacimiento de los filmes del Oeste y lanzando definitivamente al estrellato a John Wayne, en adelante paradigma del westernman, sino que también supondría un antes y un después en la trayectoria cinematográfica de Ford, el género del western y el discurso fílmico.

Con anterioridad a La diligencia, John Ford había dirigido ya alrededor de noventa y dos películas, aproximadamente sesenta y siete mudas y veinticinco sonoras. Pero, aunque producciones como La patrulla perdida (1934) o El delator (1935) le aportan prestigio internacional, será sobre todo a partir de La diligencia (1939) cuando mayoritariamente se empieza a pensar en Ford como autor (es decir, a considerarlo como un director con un universo artístico propio), marcando dicho filme un enérgico punto de inflexión en su carrera, pues ésta generará desde entonces obras maestras de manera casi ininterrumpida.

Al igual que en muchas de sus otras narraciones, John Ford aboca, combinando la amplitud de los espacios abiertos del Far West con la rigurosa unidad espacial del carruaje, a un pequeño grupo de individuos a una peligrosa situación límite: nueve personas se ven obligadas a adentrarse en territorio indio —ámbito donde, relevantemente, se superará la convención/barrera social—, durante el alzamiento de Gerónimo, en su necesario camino a Lordsburg. Semejante coyuntura le permite abordar, mientras de paso critica furibundamente la hipocresía e intolerancia sociales, uno de sus temas mayores: el conocimiento y la aceptación del Otro. Como en toda película de itinerario que se precie de tal —el trayecto físico comporta otro moral—, los integrantes del microcosmos norteamericano encerrado en la diligencia no solamente se irán mostrando tal como son en realidad a causa de las trágicas circunstancias, sino que además adquirirán consciencia de sí mismos, redescubriendo simultáneamente el verdadero significado del concepto de sociedad.

A efectos genéricos, La diligencia se caracteriza por su función de obra-puente, puesto que asimila los aspectos aprovechables de la tradición westeriana anterior y asimismo sienta las bases del western del futuro. Del esquemático western primitivo el relato de Ford conserva algunos toscos interiores y ciertos elementos iconográficos (sombreros, grandes pistolas); pero también retoma del mismo personajes arquetípicos para trascenderlos mediante la dotación de una densidad psicológica desconocida hasta entonces dentro del género, ya que esos personajes son sometidos a complejizadoras tensiones internas que hacen de ellos seres configurados por una situación mediatizante, y no meros soportes estereotipados de una idea. Igualmente son rasgos de modernidad las tomas filmadas desde el techo de la diligencia, el acertado uso del off visual, la inteligente utilización de la elipsis o la excelente ejecución de la secuencia del ataque apache al carricoche.

Por otra parte, debe señalarse que, con La diligencia, Ford se salta las rígidas normas de la ortodoxia academicista cuando sus necesidades expresivas así lo requieren. En este sentido, vulnera sin problema alguno la ley del cambio de eje (durante el ataque indio a la diligencia, se producen hasta trece saltos de eje violentando los raccords de dirección y acción) o bien no contempla la preceptiva gama de grises buscando una fotografía de fuertes contrastes. De idéntico modo, es necesario hacer hincapié —tal como últimamente vienen observando con acierto los estudiosos más sagaces— en que el filme de Ford es el legítimo depositario de una serie de avances equivocadamente asignados a Ciudadano Kane (Orson Welles, 1940): la profundidad de campo obtenida a través del trabajo con objetivos de gran angular, así como el recurso a un menor número de fuentes lumínicas artificiales merced a la utilización de emulsiones de una mayor sensibilidad; todo lo cual permitió la composición, con fines dramáticos, abundando en las iluminaciones laterales, de planos contrapicados que mostraban inusualmente los techos de los decorados (recuérdese que en la industria hollywoodiense se iluminaba desde arriba).

Setenta y un años después de su estreno, un 2 de marzo de 1939, La diligencia, western que recuperó, reactivó y elevó a la categoría de Arte el género al que se adscribe, se nos aparece hoy, a pesar de ciertos resabios del western primitivo, como una obra plenamente imbuida de la intemporal modernidad de la que, tan elegantemente, siempre han hecho gala los maestros del cine clásico americano. 

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