A la sombre de los hermosos libros en flor, Francisca Aguirre. 4/10/2010.

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 A la sombra de los hermosos libros en flor

 
            Entre las muchas cosas que el tiempo nos va arrebatando hay algunas que desde un punto de vista estrictamente personal, como es mi caso, me resultan francamente dolorosas. Sin duda yo podría hacer una lista que sería casi interminable, pero como todo viene regido por algún tipo de ley, en este caso, el espacio de un folio, para que nadie abuse y todos tengan derecho a disponer de un folio donde poder desarrollar sus pocas o muchas emociones, yo he elegido el tema de los libros. Y lo he elegido porque dentro del panorama de cosas de las que habremos de prescindir antes o después, para la persona que les habla, es decir: para una mujer a la que enseñaron muy pronto que había que prescindir de casi todo, sin embargo, una de las pocas cosas que la ayudaron a aceptar esa condición y no convertirse en un ser lleno de odio, lleno de ira, y dispuesto para la venganza, fueron los libros. Los libros fueron ese tablón que misteriosamente encuentran los náufragos, fueron esa tabla de salvación que en tiempo de espanto me ayudó a cruzar una frontera que me permitía llegar a muy distintos lugares, todos ellos maravillosos. Decía Rilke que lo único que abriga es la intemperie. Pues cuando lo que te abriga es la intemperie, un libro se convierte en el camino hacia la tierra prometida, hacia el país de la abundancia, hacia el territorio en donde todo lo que sucede es el resultado de la aventura de vivir. A lo largo de mi vida siempre me han acompañado, como si fueran ángeles guardianes, las páginas de muchos libros. Cuando se me negaba todo yo sabía que dentro de un libro había un camino que conducía a lugares maravillosos, a historias más tristes que la mía. Un libro era un talismán, un libro era un mundo, un mundo distinto. Dentro de un libro se podía viajar a las estrellas o ir al centro de la tierra. No puedo concebir mi vida sin libros. ¿Cómo habría sido yo sin los libros? Pertenezco a esa especie afortunada que ha tenido por amigos a muchos libros, libros para consolarme, libros para inquietarme, libros para hacerme más libre, más compañera, más comprensiva. En definitiva: más humana. Toda mi vida está relacionada con los libros. Las páginas de un libro siempre me han abrigado, siempre me han conducido a la patria de las emociones, el territorio de la aventura, al planeta del conocimiento. Un poema de Antonio Machado me iluminaba como un rayo de sol. Un verso de Vallejo me devolvía a la inocencia. Un soneto de Miguel Hernández me ayudaba a cruzar el Valle de las Tinieblas. Desde que leí a Lewis Carroll me convertí en Alicia en el país de las maravillas. Aunque afuera todo estuviera mal yo sabía que si entraba en un libro siempre salía a un sitio maravilloso, un sitio donde se podía vivir y soñar. Un sitio donde desaparecían las pesadillas. Es decir: un objeto en papel, a veces viejo, a veces nuevo, pero en el que se podían hacer anotaciones, doblar una hojita, una especie de fetiche que nos acompañaba y al que volvíamos cuando lo necesitábamos. Quiero mucho a Eduardo Aute y me gustaría terminar esta reflexión diciéndole que tiene razón: «Todo está en los libros». Confío en que las generaciones futuras tengan también a su lado un libro que los ayude a vivir. Existen ya muy pocos milagros, pero uno de esos pocos es un libro, un maravilloso y extraordinario libro. Gracias le sean dadas.
 
Francisca Aguirre es poeta. Su último libro, Historia de una anatomía, ha obtenido el Premio Internacional Miguel Hernández. Publicado por Hiperión, 2010.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

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