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Reseña de PARAÍSO GRAVE, novela de Guillermo Rico Gallego

por Armando Murias Ibias

Entre la utopía y la distopía existe un lugar inestable, huidizo, donde se ubica la narrativa de Paraíso grave. Es un espacio onírico en el que únicamente el lector puede acertar a ubicar, a poner los límites entre un pasado que ya nadie recuerda y un futuro que deslumbra con solo mirarlo. En el medio quedan fragmentos narrativos, ráfagas grabadas en episodios cinematográficos o en secuencias teatrales.

Una chica asiática caminaba por una ciudad mirando escaparates de las pastelerías hasta que los bombones se convertían en disparos. Cayó al suelo como un dibujo animado. ¿Bang! Pastelito, natilla y carrusel de noticias: Canal 83. Cable 12” (pág. 56)

¿Y qué espacio pisan los protagonistas? Cabalgan con diferentes armaduras (dadaísta, futurista, surrealista) sobre el alazán de la ausencia y el silencio en el que el tiempo es el que aprieta las bridas para que galope con más brío o con la lentitud de bueyes viejos:

El tiempo es un concepto abstracto. Sopa de ajo y pollo” (pág. 115)

¿Qué podemos esperar de Paraíso grave? El fragmentarismo literario convierte la novela en una aventura interactiva para el lector, que tiene que recomponer la historia para cumplir la premisa que el francés Roland Barthes sentenció en el ensayo La muerte del autor: el lector es el agente que debe reconstruir el texto y actualizarlo a sus gustos y con su cultura.

Hay una fotografía ideal en el momento y todo lo que he dejado atrás parece pertenecer a otra vida, una en la que yo era otra persona, en otro lugar” (pág. 90)

Se determina que la cinta compone un registro deliberadamente fragmentario, aunque consistente en su ambición: transferir a imágenes, mediante repeticiones y anomalías provocadas, un estado mental paranoide” (pág. 206)

Paraíso grave nos transmite una sensación de incertidumbre en la que la realidad se contamina de sueño, en la que el texto adquiere una dimensión de videomontaje donde la narración es un experimento profundamente sugerente.

Guillermo Rico Gallego ya empezó a construir con sus dos obras anteriores (Todas estas lágrimas, 2017, y Casa, 2020) una narrativa deslumbrante donde emergen el miedo, la culpa y la huella del trauma que dibujan una cartografía literaria muy personal.

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