LOS NO-HOGARES

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Yeray Morís Vega

Hay algo ritual en el momento en que entras por primera vez en una casa vacía. Las paredes desnudas, la reverberación del sonido, el vacío: todo parece reclamar una intervención necesaria, la tuya. Es ese impulso primitivo de impregnar el entorno de ti mismo, esa necesidad ardiente de inscribir tu presencia, de dejar huella, de domesticar lo inhóspito, lo que se escapa a lo meramente decorativo y te remite a un gesto originario: imprimir las manos en las paredes de la cueva.

Habitar un hogar no es ocupar ni ordenar un espacio, sino constituirlo como extensión de la propia identidad y materia para devenir en él. En ese sentido se juega, en buena medida, la posibilidad doméstica de “estar” para “ser”.

El concepto contemporáneo de hogar parece prometer precisamente eso, un espacio donde tu subjetividad pueda desplegarse con libertad. Sin embargo, esa promesa se ve arrinconada por la proliferación de modelos prefabricados de identidad espacial. El catálogo te ofrece opciones cerradas: estilo nórdico, neominimalista, updated classic, vintage, cottagecore…y la elección, que aparenta ser libre, está ya mediada, bien delimitada, por una gramática estética estandarizada. Así, no creas tu espacio para habitarlo, sino que seleccionas, entre variantes disponibles, una versión ya codificada de ti mismo.

Frente a esta lógica del consumo, conviene recordar que la casa no es un mero contenedor, sino una proyección del sujeto. Como señala González García, la casa “funciona en un nivel simbólico como proyección de la corporalidad y de la psique humana”, al tiempo que remite a distintas maneras de habitar (González García, 2013). Esto implica que el espacio doméstico no debería configurarse como una forma impuesta desde fuera, sino como una construcción que emerge de la experiencia, del cuerpo y de la memoria. Sin embargo, cuando esa dimensión es sustituida por modelos estéticos repetibles, el hogar pierde su espesor significante y se diluye en una superficie intercambiable, modular, prefabricada. De este modo, lo que debería ser un proceso de apropiación íntima del espacio se reduce a una operación de consumo. Ya no habitamos, sino que reproducimos formas de habitar previamente codificadas, una suerte de no-hogar. Un no-hogar no es, entonces, simplemente una casa impersonal, sino un espacio donde la identidad no se produce, se simula artificialmente.

Cabe entonces que te preguntes: ¿eliges realmente cómo habitas, o te limitas a consumir formas de habitar ya legitimadas? Y, más aún, ¿te es posible sustraerte a esa lógica y construir un hogar que no sea la réplica de un imaginario colectivo, sino la sedimentación genuina de tu propia experiencia?

Decididamente, elegiría a mi abuela como decoradora de interiores. En la repisa de arriba, justo encima del teléfono, tiene dispuestas unas muy variadas figuritas de plástico; por el salón hay cuadros que ha pintado mi prima de tres años, juguetes, fotografías, mil cables, otros cuadros que he pintado yo, un reloj de ganchillo, una radio, un televisor enorme, gotelé…Todo está en su sitio. Como señala Marc Augé, un lugar es aquel espacio donde pueden leerse “las identidades individuales y colectivas, las relaciones (…)y la historia que comparten” (Augé, 1998). Úrsula K. Le Guin lo formulaba como una acumulación de vida irreductible a cualquier orden estético: “olores de la cocina”, “rugidos de furia”, “cascadas de lágrimas”, “miles de deshechos”, todo ello atravesado por el tiempo que “ondula las cortinas un momento / todos esos años desde ahora, hacia atrás” (Le Guin, 1988/1991)

Ese “lugar” no responde a una normativa estética externa, sino a una cartografía afectiva. Cada objeto es un nodo de memoria, un resto de vida sedimentada. La aparente saturación no es desorden. Es densidad.

Frente a ello, muchas de las casas contemporáneas, impecables en su ejecución formal, producen una sensación paradójica: la del vacío. No un vacío físico, sino existencial. Como si la homogeneización propia del capitalismo hubiera logrado colonizar y alienar también la intimidad, reduciendo la casa, en apariencia, a una superficie sin fricción, sin exceso, sin conflicto, tersa y pulida.

La perfección, en este contexto, se nos revela como una categoría sospechosa. Una casa de la que se espera sea perfecta es, a menudo, una casa difícil de habitar. Pero si el sujeto que la habita es, por definición, imperfecto, inestable, contradictorio, cambiante, deseoso, ¿por qué exigir al espacio una pulcritud que niega esa condición?

¿Qué tipo de violencia implica vivir en un entorno que no admite la huella de lo vivido?

Tal vez la cuestión no sea cómo alcanzar la perfección doméstica, sino cómo reconciliar el espacio con la imperfección constitutiva de la persona. Una casa habitada, en el sentido pleno del término, no es la que se mantiene impoluta, sino la que tolera, e incluso celebra, la presencia de lo irregular, de lo acumulado, de lo que desborda, de lo que de artista hay en todos los seres humanos. Porque, en última instancia, el valor de un hogar depende de su capacidad para acoger relaciones, memorias y experiencias; es decir, un tejido de densidad vital. Como advierte Augé, un “exceso de sentido puede ser insoportable”, del mismo modo que su ausencia nos aboca a la soledad (Augé, 1998). Habitar, entonces, consiste en encontrar ese equilibrio inestable: un espacio lo suficientemente abierto como para dejarnos ser, y lo suficientemente propio como para reconocernos en él.

En una época que tiende a la estandarización de los modos de vida, a la globalización, recuperar el “fuego del hogar” es un acto de resistencia. Se trata de reintroducir en el espacio doméstico aquello que, como el fuego, no puede ser serializado: la memoria, el afecto, la singularidad. De volver a hacer de la casa no un escaparate, sino un lugar donde el ser, que ni se compra ni se vende, tenga un lugar para estar en la máxima expresión de lo cotidiano de si mismo. No es casual que, en el origen mismo de la arquitectura, el hogar aparezca como núcleo de lo humano, no solo en sentido físico, sino social. Como recoge Saldarriaga a partir de Vitruvio:

“A causa de la invención del fuego, nació al comienzo una reunión (…), un consejo o una confederación, y un lugar donde (…) se reunían, primero que todo por naturaleza, allí contemplaban con magnificencia objetos y artículos. En esa asamblea (…) empezaron a hacer tejidos de hojas, (…) a cavar cuevas, hacían (…) nidos de golondrinas y construcciones de sus aldeas” (Vitruvio Pollione, 1521, citado en Saldarriaga, 2023)

El hogar no es solo una estructura arquitectónica, sino el lugar donde se origina y se reconoce la comunidad. Recuperarlo hoy implica restituir esa dimensión compartida de lo humano que el espacio estandarizado tiende a disolver. Supone reintroducir en lo doméstico aquello que no admite serie ni réplica: la memoria, el afecto, el deseo, la creatividad, que dan forma, finalmente, a un lugar propio.

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