Así que pasen cinco años.
La bola negra, de Javier Calvo y Javier Ambrossi
por Guillermo Rico Gallego
«RAFAEL.- Queridos padres y hermanos: he recibido vues-
tra carta con el natural contento que os podéis supo-
ner después de tanto tiempo sin saber de vosotros y
haber leído, además, en la prensa, que habían caído
obuses por la calle donde vivimos. Decidle a Tomás
que me escriba y me cuente lo que hace. Estoy en
Oviedo donde he llegado para integrarme al frente
del Norte, al que he sido destinado. Ya me figuro que
la noticia no os agradará mucho. A mí tampoco por-
que en Madrid me encontraba muy bien. De todas
formas no hay más remedio que ir donde le mandan
a uno. Un abrazo de Rafael. En Oviedo, a doce de ju-
nio de 1937. Rafael Rodríguez Rapún. Teniente de la
9ª Batería Ligera».
Así empieza La piedra oscura, la obra de Alberto Conejero López (Jaén, 1978), publicada en el 2013, con la que el autor consiguió atravesar el tiempo para volver a preguntarnos por la herencia arrastrada de nuestro pasado. Tanto por su valor propio como por el eco de lo que cuenta es esencial tenerlo en cuenta a la hora de hablar de La bola negra, la película que, en los próximos meses, y con todo merecimiento, empezará a acumular premios a un lado y al otro del charco, sin olvidar que ya lo hizo a finales del pasado mayo en Cannes. Conejero escribió su obra, inspirándose libremente en la figura de Rafael Rodríguez Rapún, estudiante de Minas, secretario del teatro universitario La Barraca y compañero de Federico García Lorca en los últimos años de sus vidas. Partiendo del ingreso de Rapún en el Hospital Militar de Santander en 1937, tras haber sido herido en el frente norte unos días antes a causa un ataque aéreo cerca de Bárcena de Pie de Concha, el dramaturgo vilcheño reimaginó lo que podían haber sido los siguientes amaneceres a la fecha de su verdadera muerte en dicho hospital, curiosamente justo un año después del asesinato de Federico. Es en ese emplazamiento en el que aparece Sebastián, un joven soldado del bando franquista que hará de puente humano entre nuestro testimonio y la ficción.
Y sí, quedarse en esa historia, en ese tropiezo indeleble que obliga a cambiar el rumbo de los destinos de Sebastián y Rafael (Guitarricadelafuente y Miguel Bernardeau, salvajes), podría haber sido suficiente, pero Javier Calvo y Javier Ambrossi, conscientes de su aspiración, deciden no pararse ahí, ampliando el espectro al antes y al después. Por un lado, viajaremos a 1932 para seguir a Carlos (interpretado por Milo Quifes), un joven andaluz que es vetado de un exclusivo casino de Granada debido a los rumores sobre su homosexualidad. Por el otro, nos trasladaremos al 2017 para encontrarnos con Alberto (un enorme Carlos González), un joven historiador y dramaturgo frustrado que intenta abrirse camino en el Madrid actual mientras lidia con su madre (gran Lola Dueñas), al mismo tiempo que se da de bruces con las heridas de un intrínseco pasado desconocido.
De esta forma, al igual que Alberto Conejero supo darle identidad autoral a su obra, Javier Calvo y Javier Ambrossi, apoyados en una fotografía, un diseño artístico y un elenco actoral impresionante, precisan su tríptico, otorgándole personalidad, conciencia y una inherente y enérgica autonomía que no necesita inventar nada nuevo para cambiar la óptica. No cabe duda de que ambos cineastas han pasado noches pegados a la obra de Lorca. Juntos, esquivan cada uno de los atisbos de estruendo, haciendo que todas las historias de su película dialoguen entre ellas con una pulsión natural y consecuente. Los relatos que vertebran el conjunto se convierten así en los vasos comunicantes necesarios para dar cobijo a los ejes temáticos: la represión, el deseo, la culpa, la sexualidad, la memoria y esa herencia invisible que todos hemos recibido a través de la boca, los ojos y la tinta de otros. El guion no necesita convertir a sus figuras en representantes de nada para concederle a sus vidas una dimensión identitaria y humana. Es en el interés de sus líneas por los márgenes de los personajes que luchan contra aquello que pretende delimitarlos donde se redefine una ambición cinematográfica profundamente arraigada, siendo tal vez es en esa franqueza, en su propia declaración de ambición desmedida, donde la película puede encontrar sus puntos más débiles y anómalos; sin embargo, los artífices del evento saben incorporarlos al cajón para convertirlos en las conteras de los más desbordantes y que, sin ser perfectos, permanecerán como los más icónicos (Penélope, otra vez y siempre, Glenn Close y un fulgurante Alberto Cortés). Cuestión de saber combinar la visceralidad con una tradición cinematográfica nutrida de clasicismo. No habría impacto sin su conversación con otras obras de ámbitos pluridisciplinares, ni diálogo sin enfrentar las imágenes tanto a nuestra evocación cinéfila como a la forma que tenemos de interpretar lo mostrado en pantalla, pero La bola negra cree profundamente en sus personajes, en sus disonancias y en el corazón del cine y mira qué tontería, pero eso es algo notable y, en este caso, conmovedor.



