Violeta Varela

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Una de las grandes virtudes de la literatura es que puede llegar a contener lo más bello que la humanidad ha construido, los valores más intangibles, las virtudes más inalcanzables. Decía Robert Ardrey que, teniendo en cuenta la evolución humana, lo que era sorprendente en el hombre no era el grado de perversidad en el que se movía cotidianamente, esa terrible banalidad del mal que señalara Arendt, sino esos escasos momentos en los que la mezquindad, el cinismo, el horror y la maldad se desvanecían ante la hermosura de un pensamiento, de un poema o de un acto de generosidad, amor, amistad, bondad o lealtad, aunque sea efímero. Estoy de acuerdo. Éste es, concluyendo, uno de los grandes valores de la literatura, que nos enseña, entre otras cosas, lo mejor de los hombres, pero éste es, también, su gran inconveniente, casi una maldición: si te crees todo eso corres el terrible riesgo de que tu vida se encuentre llena de traiciones, decepciones y puñaladas, aunque, de verdad se lo digo, las lecciones de Homero pesan mucho y, al igual que la muerte se vuelve un mal menor ante la intensidad de una existencia finita, la maldad se torna algo insignificante frente a la posibilidad de disfrutar, aunque sea en momentos muy concretos, la experiencia indescriptible de ver tomar cuerpo a lo más noble la ficción. He aquí uno de los placeres que la desconfianza, el miedo y la hipocresía cercenan.

La literatura, desde su más temprano amanecer con el gran poeta griego ya aludido, no ha dejado nunca de enseñarnos el valor incalculable de una mortalidad sin esperanza, de una vida que puede alcanzar tales cotas de hermosura que hace que el mundo de los dioses pierda todo atractivo, de una piedad que no debe descuidarse nunca -ni en las más duras condiciones-, de la posibilidad de que en el mayor de los horrores podamos crecernos y actuar con la máxima nobleza, del amor como algo que puede desbancar, incluso, al unamuniano ansia de inmortalidad (inmortalidad en carne y hueso), de la vergüenza como eje articulador de una vida buena y del respeto que debemos a todo aquel que padece o debe perder. Amar la literatura, conocerla, estudiarla, ejercerla, supone amarnos, conocernos, estudiarnos y ejercitarnos a nosotros mismos, poniéndonos por encima de los mismísimos dioses. Nunca podremos agradecer lo bastante que haya instituciones, como esta Asociación, que fomenten este hermoso acercamiento a la vida. Quisiera expresar mi más sincero agradecimiento, por último, en el aniversario de esta revista en la que me siento como en casa, a sus principales responsables: Javier Lasheras y José Havel. Por su paciencia infinita, por su dedicación, por dejarnos los textos y artículos tan preciosos, por llevar a cabo una revista en la que podemos decir lo que pensamos sin someternos a dictaduras como las de los gremios o lo políticamente correcto, por su buen hacer y mejor escribir, y, sobre todo, por trabajar tantísimo para que todos podamos cada día ver nuestras palabras difundirse a través de la red. Concluyendo, gracias, muchísimas, a toda la Asociación por aunar esfuerzos en la promoción de la literatura, esa maravilla en la que los valores y las Ideas se hacen carne, aunque sea ficticia.

 

Violeta Varela

Foto: de la autora.


 

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