Discurso del Presidente de la AEA.

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DISCURSO leído por Carmelo Fernández Alcalde, Presidente de la AEA, el 8 de octubre de 2009, con motivo de la entrega de los X Premios de la Crítica de Asturias y IV de las Letras de Asturias.


Buenas noches y bienvenidos a todos. A continuación voy a leerles unas palabras que hemos escrito varios escritores de la Junta Directiva con motivo de la entrega y celebración de estos galardones.

Estos Premios de la Crítica de Asturias han llegado hoy a su décima edición y el próximo año, el 5 de julio de 2010, la Asociación de Escritores de Asturias llegará a su décimo aniversario. Sabemos que estos datos sólo son fechas, pero para nosotros son fechas muy significativas y, por tanto, adecuadas para una reflexión pública que contenga siquiera unas palabras de más antes de pronunciar otras, necesarias y respetuosas, que muestren nuestra gratitud.

Queremos recordarles que uno de los objetivos de la Asociación de Escritores de Asturias es la promoción y la difusión de la obras de todos sus socios. Sin embargo, la generosidad de todos los socios escritores y el conocimiento del aforismo hipocrático —ars longa, vita brevis—, han convertido estas distinciones en una realidad visible y prestigiosa no sólo para nosotros, sino también para todos los escritores que viven en Asturias y para aquellos asturianos que residen fuera de nuestra Comunidad. Una realidad que quiere celebrar la escritura y la lectura, desde todos y con todos los escritores, como parte activa y fundamental del arte y del conocimiento, pero también como medio para la construcción y mantenimiento del espíritu crítico de todos los ciudadanos, base del progreso y la libertad de nuestra sociedad.

Es una celebración y es, además, una fiesta. Nuestra fiesta. La fiesta de todos los escritores: de los poetas y los narradores, de los bartlebys y los best sellers, de los alternativos y los clásicos, de los entrometidos y los viscerales, de los compasivos y los descreídos, de los entretenidos y de los hechiceros. Nadie está fuera de la fiesta, por mucho que alguno se empeñe. Y si esto es así es porque desde el inicio de estos Premios, todos han estado invitados a participar.

A lo largo de estos 10 años, los premios han crecido, sus modalidades se han extendido y no hemos querido dejar de dar puntada sin hilo. Es cierto, sin embargo, que en ocasiones nos hemos equivocado pero también lo es que siempre hemos corregido, que a veces nos hemos caído pero siempre nos hemos levantado, y también que hemos padecido el cansancio, el olvido y el desaire, el desasosiego y el fracaso: siempre hemos perseverado en nuestro trabajo.

Ahora bien, como todos ustedes saben, la razón y el insulto son incompatibles. Por eso, para todos y cada uno de quienes han perdido su tiempo en desahogarse con palabras desprevenidas, fruto de sus frustraciones, despechos, envidias o vergüenzas personales, sólo podemos recordarles las palabras justas de nuestro más universal hidalgo, palabras que queremos pronunciar hoy aquí sin enojo, sin fuego ni atropello alguno:

 

 

– ¡Oh bellaco villano, mal mirado, descompuesto, ignorante, infacundo, deslenguado, atrevido, murmurador y maldiciente! ¿Tales palabras has osado decir en mi presencia y en la destas ínclitas señoras, y tales deshonestidades y atrevimientos osaste poner en tu confusa imaginación? ¡Vete de mi presencia, monstruo de naturaleza, depositario de mentiras, almario de embustes, silo de bellaquerías, inventor de maldades, publicador de sandeces, enemigo del decoro que se debe a las reales personas! ¡Vete; no parezcas delante de mí, so pena de mi ira!"

 

 

I, 46. El Quijote.

 

 

Hasta aquí la cita de El Quijote.

Con todo, que nadie piense que somos complacientes con nuestro trabajo, pues somos escritores. Es cierto que unos con más o menos talento que otros y otros con mejor o peor fortuna que unos. Pero ni la diosa ni la aptitud han servido para quedarnos transidos u arrobados con los elogios. Aunque, para ser francos, confesaremos que siempre tenemos muy en cuenta cada aprobación o realce y que lo guardamos como si se tratase del más preciado combustible, energía invisible que alimenta nuestra feroz y cotidiana ración de vanidad. Sobre todo en esos días en que las palabras, esas perras negras como las llamaba Julio Cortázar, son vagas y hay que convocarlas para poner orden y concierto en la espesura de nuestro pensamiento. En cualquier caso y situación, sepan ustedes que siempre agradecemos con ajustada alegría y con mucho pudor los aplausos sinceros. Pero al elogio, como todo el mundo sabe, le sienta muy bien un poquito de exigencia. Y es ésta la que cada día sacamos de nuestros bolsillos cuando trabajamos en la Asociación de Escritores de Asturias. Un trabajo interesado, por supuesto, que procura defender nuestro oficio o profesión, así como facilitar la difusión y promoción de sus obras por todos los medios a nuestro alcance. Medios bien exiguos, todo sea dicho de paso, pues no parece que la escritura y la literatura sean actualmente una necesidad estética ni un referente ético para nuestros gobernantes, ahogados en la piedra laboral y económica. Y tampoco para quienes gestionan aquellas instituciones que tienen encomendadas, siquiera moralmente, funciones de apoyo y colaboración en este ámbito. Pero nosotros somos escritores y no vamos a comer, en ningún caso, de la mano de ningún príncipe. Si algo sabemos es que nuestra fuerza reside en extender nuestras manos abiertas para propiciar el diálogo y en saber cerrarlas para mantener intacta nuestra independencia cuando escribimos. Si los responsables de las políticas culturales quieren apoyar en algo o apoyar en nada, es sólo cuestión reservada a la estimación de su empresa y a la tribulación de sus timoneles. Nosotros, en tanto que ciudadanos y escritores sólo podemos entregarnos a nuestro trabajo y afrontar como mejor sabemos el contrato principal que nos ocupa y que no es otro que el que nos vincula con la tradición, con nuestra lengua y con nuestros lectores. Por supuesto, nada de ello es óbice para que nuestra Asociación opine y proponga sobre todo aquello que en materia de política cultural atañe a nuestra industria y arte, así como en el destino y distribución del erario.

Por último, acostumbrados al clímax liberador de la palabra fin y sabiendo que el
buen uso de la paciencia y la confianza será tenido por todos ustedes por una alta virtud, ha llegado el momento de recordar y agradecer el buen hacer de Eva Carballo, Javier Lasheras, Juan Carlos García Villa, Jaime Herrero y Helios Pandiella, porque ellos fueron quienes desde la iniciativa privada supieron, hace ahora 10 años, llenar el hueco del descuido y crear el Premio Apolo de Novela, origen de estos premios, que generosamente después cedieron a la Asociación de Escritores de Asturias.

Queremos agradecer el magnífico y desprendido trabajo de las más de cien personas, entre escritores, profesores, críticos, libreros y periodistas, que durante estos años han participado como miembros de los diversos jurados.

No nos vamos a olvidar, por supuesto, de la siempre bien recibida aportación de nuestros patrocinadores y en especial de Cajastur y la Consejería de Cultura y Turismo, así como de la lealtad y profesionalidad de Algama, nuestro centro neurálgico de gestión, ni de la fraternal atención de los periodistas y del espacio que los medios de comunicación de Asturias nos dispensan cada año.

Y por último, deseamos felicitar personalmente a todos los escritores participantes en estas diez ediciones, con especial cariño y recuerdo a los galardonados con el Premio de las Letras de Asturias: Gonzalo Suárez, Ángel González, Marta Portal, Luis Fernández Roces y quien hoy nos acompaña, José María Martínez Cachero. Todos ellos han contribuido a hacer de estos premios una súbita aportación a la reciente historia de la literatura actual en Asturias. Todos han tenido su recompensa. Quienes han ganado porque sus obras han sido destacadas por los jurados y han tenido el eco y la difusión debidos en los medios de comunicación y quienes no porque sin su participación esta república se hubiese quedado seca de ríos y huérfana de avenidas.

Ahora les invitamos a todos a que compartan un vaso de vino con todos nosotros y en nombre de todos los socios de la Asociación de Escritores de Asturias también deseamos invitarles a que, tal y como reclamaba Sancho Panza a sus paisanos, abran los ojos y abran los brazos «a su hijo don Quijote, que si viene vencido de los brazos ajenos, viene vencedor de sí mismo, que según él me ha dicho, es el mayor vencimiento que desearse pueda». Y es cierto, hay que vencerse, aunque no sea tan fácil como parece. Pues no basta con decírselo a uno mismo. Hay que demostrarlo, convencernos sin remedio de que en este vencimiento, y en su oscuridad, sólo nos salva el amor a nuestros semejantes, el amor a la música, a la literatura, a la pintura, al cine, a toda la cultura. Esa que nos da un poco de luz para alumbrar nuestra fatalidad. Por eso creemos que debemos escribir y leer, con el fin de compartir con otro ser humano esas luces contra la muerte.

Muchas gracias por su inestimable atención y hasta el año que viene. Gracias.

 

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