Tiempo y temporalidades

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Por Virginia López Domínguez

Sin duda, el concepto de tiempo es el más complicado, paradójico y enigmático que pueda haber. Existen muchas teorías sobre el tiempo, pero realmente no sabemos lo que es, aunque nos manejemos constantemente con él. No lo sabe ni la religión, ni la ciencia, ni la filosofía, ni la poesía. Tampoco creo que lo lleguemos a saber nunca con certeza. Eso hace válida hoy la afirmación de San Agustín en el libro XI de sus Confesiones (14, 17). Dice Agustín: “¿Qué es el tiempo?, si nadie me pregunta lo sé; si me preguntan y lo quiero explicar no lo sé”. Tampoco yo podré explicar lo que es el tiempo, pero sí hacer una reseña de cómo se ha intentado comprender a lo largo de la cultura occidental. Por lo pronto, se puede decir que distinguimos dos clases de tiempo: el universal y objetivo de la física, y el tiempo humano, subjetivo, psicológico, que se corresponden con el título de esta conferencia.

El tiempo físico lo medimos, pero no sabemos qué es. Su medida se define con relación al movimiento y su primera definición aparece en la Física (IV, 220 a) de Aristóteles, donde se dice que “El tiempo es el número del movimiento según el antes y el después”. Como veis, es una definición bastante engañosa, porque el tiempo no es un número, aunque se pueda expresar numéricamente; por otra parte, se trata de una definición circular porque nadie puede saber lo que es el antes y el después si no tiene ya cierta conciencia del tiempo. Finalmente, no hay que olvidar que para Aristóteles existe un movimiento perfecto, que es el movimiento circular de los astros, y así, en el mundo sublunar aristotélico se retoma la idea platónica de que “el tiempo es la imagen móvil de la eternidad”, porque el círculo constituye un símbolo de eternidad, ya que puede considerarse como una línea curva cuyos extremos se unen, de modo que con él se representa lo que no tiene ni principio ni final.

Para la física clásica, la física newtoniana, el tiempo es también una magnitud relacionada con el movimiento, que sirve para determinar la duración y el orden de los eventos. Lo definimos a partir de la fórmula de la velocidad, que es espacio partido por tiempo y, por eso, expresamos velocidad, por ejemplo, en km x hora. Pero, en realidad, la física no sabe lo que es ese tiempo, si bien parece considerarlo como una especie de flujo universal que no se puede ver ni tocar y que avanza arrastrando a los acontecimientos sin retroceder jamás, un torrente irreversible (algo así como el río de Heráclito). Para esta teoría el tiempo es objetivo, uniforme, constante y tiene un valor absoluto.

Si avanzamos hasta el siglo XX, en la física de Einstein el tiempo se convierte en un concepto más complejo porque se vincula con él la posición del evento y su estado en movimiento. Así dos observadores que difieran en la posición y la velocidad de su desplazamiento miden el tiempo de un evento de distinta manera. Éste no avanza igual para las dos personas, depende de la velocidad a la que se muevan y del lugar donde se encuentren. Así, el tiempo ha dejado de ser absoluto y universal. Subordinado al sistema de referencia del observador, se ha vuelto relativo. Y por eso, la teoría einsteiniana se conoce con el nombre de relativista. La propiedad que hemos señalado se comprobó en los GPS, que parten de la información satelital y utilizan relojes atómicos (basados en física cuántica, que miden la vibración de los átomos). Dado que los GPS manejan datos de dos cuerpos que están en movimiento, separados por una gran distancia, al medir el tiempo en la Tierra deben realizar una corrección, ajustándose a la teoría de la relatividad.

La idea clave de la física relativista está muy alejada de la percepción, pues considera que el tiempo forma parte de una red, de una única estructura donde se combinan las tres dimensiones espaciales junto con el tiempo, de modo que éste puede dilatarse o contraerse, es decir, curvarse, dependiendo de la velocidad o el campo gravitacional en el que se encuentre. A velocidades muy altas el espacio y el tiempo se mezclan, para que la velocidad de la luz siga siendo la misma. Cuando las velocidades se acercan a la de la luz, el tiempo empieza a transcurrir más lentamente que cuando un objeto está quieto. La posibilidad teórica de este viaje a velocidades superiores a la luz permitió plantearse también sus consecuencias reales, las cuales han sido explotadas sobre todo por la literatura y el cine, mediante la idea del viaje en el tiempo, que, sin embargo, según estas reglas físicas sólo se podría hacer al futuro, nunca hacia el pasado. El ejemplo que suelen usar los físicos para ilustrar esta idea es el de dos gemelos que envejecen a distinta velocidad, cuando uno de ellos realiza un viaje espacial.

Finalmente, en 1988 Stephen Hawkings publicó una de las últimas aportaciones al tema del tiempo. Me refiero a su libro Breve historia del tiempo: desde el Big Bang a los agujeros negros. Se trata de una obra de divulgación, muchas de cuyas hipótesis han sido altamente discutidas, porque no se las puede probar de forma empírica, sino que están fundadas en fórmulas matemáticas y en algunas observaciones telescópicas. Su punto de partida para explicar el universo es que en él operan dos fuerzas: la de expansión y la de concentración, modelo ya utilizado por la filosofía de la naturaleza de finales del siglo XVIII, por ejemplo, por Schelling. Básicamente el planteamiento se reduce a tres puntos:

1) Espacio y tiempo son inseparables, cosa que ya vimos en Einstein. El tiempo nace con el Big Bang, es decir, a partir de una explosión colosal, lo cual también ya había sido demostrado a priori por el filósofo Schelling en su obra Sobre el alma del mundo. Y sigue en estado de expansión, según señaló Edwin Hubble. Por tanto, el tiempo tiene una única dirección, que va del centro de la explosión hacia la periferia.

2) El descubrimiento de los agujeros negros, como resultado del colapso de una estrella tras el consumo de su combustible nuclear, reveló que el universo también se contrae y que en el horizonte de sucesos donde la luz es absorbida por el intenso campo gravitacional, el tiempo debería invertir su dirección hacia una implosión final. Nada está comprobado, pero no hay duda de que la creencia en los viajes al pasado se vio fortalecida por esta hipótesis. A su vez, hay que decir que tampoco la idea del tiempo que va al revés es nueva. Apareció en la antigüedad en el marco de una visión pesimista de la historia. En Los trabajos y los días (109-201), cuando Hesíodo explica el mito de las razas que anteceden a la humanidad: la de oro, la de plata y la de bronce, entre las cuales existe una jerarquía de mejor a peor, las concluye con la raza de hierro, que es la de la edad humana, donde el desorden se va instalando poco a poco para terminar desequilibrándose hacia el lado de la injusticia, la desdicha y la muerte. Entonces la existencia involuciona a lo largo de un tiempo envejecido y gastado, en el cual los niños nacerán con las sienes plateadas. Entre ellos no habrá respeto a los mayores, se rebelarán con violencia contra maestros y progenitores, para terminar sucumbiendo a sus propias manos por envidia y desconfianza. Una imagen similar aparece en el Político, uno de los diálogos de Platón, quien cree que la vida política consiste en una degradación paulatina del ideal y concluye por corromperse, presentando un último período en que los niños nacen viejos y van hacia atrás rejuveneciendo. Algo parecido ocurre en la concepción del mundo de Empédocles, que en un comienzo se ordena en la medida en que predomina el amor como motor del cambio hasta que el odio lo sustituye. Al final toda la obra humana y la misma naturaleza retrograda y se descoyunta en partes, órganos y miembros aislados hasta llegar a los cuatro elementos. Obviamente, esta etapa de corrupción y regreso hasta la disolución final se continúa con un renacimiento, porque, como dijimos, el tiempo mítico es cíclico y del caos vuelve a surgir el orden.

3) Como resultado, se puede concluir que para Hawking el universo y el tiempo tienen un principio y un final. A pesar de que rechaza la idea de creación ex nihilo, de creación desde la nada, su concepción se asemeja a la cristiana: existe una burbuja de tiempo, en cuyos bordes éste se diluye en el espacio. Una burbuja, que puede ser parte de un universo más grande, quizás impersonal y eterno. Se asemeja, pues, a la concepción musical del tiempo en San Agustín, quien considera que la historia humana es un torrente que mete ruido entre dos silencios, el de la creación que lo precede y el posterior al juicio final.

Por último, Hawking indica que también hay que atender a la más reciente teoría de cuerdas, que intenta solucionar las contradicciones entre la teoría de la relatividad y la mecánica cuántica. Si hay agujeros de gusano y antimateria, todos los caminos en el universo son posibles, porque el espacio-tiempo ya no tendría 4 dimensiones sino 10 ó 26. Muchas estarían curvadas, como empaquetadas, en un espacio muy pequeño. De aquí surgen otras tantas paradojas que por ahora son material para la ciencia-ficción: el viaje interestelar, el viaje hacia el pasado y el futuro, así como la existencia de mundos alternativos en otras dimensiones de este mismo espacio-tiempo, que vuelven el cosmos mucho más caótico, lo convierten en un mutiverso.

Vayamos ahora a la temporalidad. En Occidente, la idea de un tiempo subjetivo apareció por primera vez en la poesía lírica a partir del siglo VI a.C., con autores como Safo, Alceo y Anacreonte. Estos poetas abandonaron el ideal heroico propio de los relatos míticos y épicos, donde convergen las gestas de todo un pueblo, en los que se ensalza y se justifica un proyecto comunitario, para cantar a la vida cotidiana y personal. A diferencia de los escritores anteriores, firmaron sus obras, haciéndose responsables de lo que decían en ellas. Transmitían, pues, los valores del individuo y plasmaron las emociones, como la ternura, el amor o la tristeza, pero también la belleza de lo efímero, el goce del cuerpo y los sentidos o el disfrute de la juventud. Su valoración de lo sensible les imponía una experiencia que no cuadraba con el tiempo mítico, con esa renovación periódica y regular del universo, que corresponde a un cosmos sagrado. Por eso, se hicieron capaces de captar una temporalidad propiamente humana, que huye sin retorno, un flujo móvil, cambiante e irreversible, por el que el individuo se ve arrastrado hacia la fatalidad final que orienta todo el recorrido: la muerte y el olvido. Como dice Borges, la poesía surgió para conjurar el olvido. Es la celebración misma del instante, el deseo de disfrutar el momento presente y retenerlo a través de la palabra. En la lírica antigua encontramos los primeros lamentos sobre la muerte, porque entregar la vida a la comunidad, como se hacía antes, carecía ya de sentido. De ahí los versos de Safo:

“Morir es un mal, así lo juzgan los dioses, / porque de otro modo morirían”

Sin embargo, esta clase de discurso desapareció rápidamente de la cultura griega y se impusieron los planteamientos de la filosofía que, desde Parménides, despreció lo pasajero y cambiante para centrar el conocimiento verdadero en la eternidad del ser. Pero esto cambió con el cristianismo, en la medida en que valoró la vida temporal, la vida en la Tierra, no tanto como una caída en la corrupción sino como una oportunidad para la salvación, como una ocasión para actuar y alcanzar la eternidad tras la muerte. Entonces la concepción del tiempo lineal reapareció. Y el iniciador de esta tradición fue San Agustín.

Él comprendió que el tiempo no puede medirse por algo externo, por el movimiento de los cuerpos. Lo que medimos es la resonancia que causan en la conciencia las cosas pasajeras. Se trata de una temporalidad subjetiva, de orden psicológico, no espacial y siempre presente. Al medir el tiempo, sólo nos atenemos a algo presente, porque la conciencia es pura presencia y ante ella, como si se tratara de un testigo, se realiza el constante tránsito del futuro hacia el pasado. En ese preciso instante están contenidos todos los momentos, siempre referidos a distintos actos de la conciencia: el presente aparece cuando prestamos atención o efectuamos una intuición, el futuro, cuando hay espera o expectación, y el pasado cuando desplegamos el recuerdo, es decir que, a medida que el ser consciente aumenta su experiencia, alarga su memoria y abrevia su expectación. Se trata, pues, de un presente distendido, que apunta a las otras dimensiones temporales, las cuales convergen en la mente de Dios formando una síntesis perfecta, en un instante que lo contiene todo y es la eternidad. Como si fuera un cantor inefable, Dios desarrolla vocalmente los momentos en esa partitura, que es la historia de la humanidad y en la que cada vida singular constituye un realizarse y a la vez un consumirse, una carrera hacia la muerte, literalmente, un cursus ad mortem o un sein zum Tode, como afirmaría Heidegger más tarde. Dice Agustín en sus Enarraciones sobre los Salmos 38, 7:

“Cuando los hijos son pequeños, los acaricias. Todo el mundo acaricia a los niños. Pero ¿se quedan siempre así? Al contrario, deseas que crezcan, que se hagan hombres. Pero fíjate, cuando llega una edad, la otra muere. Al llegar la adolescencia, muere la infancia; al llegar la juventud, muere la adolescencia; al llegar la edad madura, muere la juventud; al llegar la vejez, muere la edad madura; y al llegar la muerte, muere toda edad. No puedes desear que llegue una edad sin que otra muera. Porque lo temporal no es. ¿Piensas que los hijos te nacen para vivir contigo en la tierra? Nacen para echarte fuera y tomar tu lugar… Los hijos al nacer vienen a decir a sus padres: Ea, ya podéis ir pensando en marcharos, nos toca a nosotros ahora representar nuestro papel, porque toda la vida humana es comedia”.

Lo temporal no es -declara Agustín-, porque lo perecedero sólo representa un modo de ser imperfecto que necesita el tiempo como una oportunidad para poder mejorar o completarse. Pero, además, hemos visto que las dimensiones temporales no sólo están ligadas a actos de la conciencia, sino que implican sentimientos, y eso hace que la duración de los momentos varíe, de modo que el devenir temporal se cualifica al compás de las emociones. Es evidente que la expectación parece distender el tiempo hasta volverlo interminable. También ocurre que -como dijo Pascal en sus Pensamientos– en el aburrimiento el tiempo se alarga, mientras que, en la diversión, se acorta, dependiendo de la cantidad de incidencias registradas por la conciencia: cuanto mayor es su número, más rápido pasa el tiempo.

Finalmente, hay que señalar que la aportación definitiva en el campo de la temporalidad la realizó Kant, al mostrar que el tiempo es subjetivo, pero no individual. Más bien es idéntico en todos los individuos porque constituye una condición de posibilidad para captar el mundo sensible, esto es, una estructura de la percepción común a todos los seres humanos. Espacio y tiempo no existen fuera de nosotros, sino que son formas puras de la sensibilidad, filtros pasivos que reciben los datos de los sentidos y permiten ordenarlos, para que después sean procesados, sintetizados activamente, por los conceptos. El espacio es la forma de la sensibilidad externa y el tiempo organiza la interna, pero, dado que todos los datos que recibimos a través de los sentidos externos, así como los sentimientos, necesariamente se convierten en contenidos de la conciencia, el tiempo es la forma de la sensibilidad general, de modo que no hay mundo sin tiempo y todo lo que existe necesariamente se sitúa en sus coordenadas. Esto no quita que, si existiesen sujetos con órganos sensoriales diferentes a los nuestros o si pudiésemos alcanzar estados alterados de conciencia, podríamos captar en el entorno otras dimensiones espaciales o temporales.

Por otro lado, es importante hacer notar que Kant coloca el tiempo en el centro del proceso de conocimiento, porque la síntesis entre intuiciones sensibles y conceptos la hace la imaginación a través del esquema, que consiste en una temporalización de las categorías. Por ejemplo, la imaginación trascendental convierte el principio lógico de fundamento y consecuencia en la ley física de causa y efecto, donde la primera siempre es anterior al segundo. Pero, además, el tiempo se encuentra no sólo en el corazón del conocimiento sino del individuo todo. Según mostraron los idealistas inmediatamente posteriores a Kant, es en la imaginación donde se forma el tiempo gracias a esa oscilación que pende entre el Yo y el mundo, entre los conceptos y las sensaciones, y donde cada vaivén de la energía representa un instante. Dado que la imaginación es el instrumento con el que construimos todo lo que hacemos y vivimos: desde el conocimiento y los proyectos prácticos hasta las obras de arte, el tiempo pasa a ontologizarse y a convertirse en el artífice de nuestras vidas, donde ser es hacerse, aunque a la vez sea un deshacerse continuo, un constante reinventarse que responde al carácter fugaz de ese mismo ser. Y de este modo, porque no hay nada fijo o estable, nuestra libertad es radical, hasta el punto del desamparo. Así lo señalaron muchos filósofos posteriores a Kant, tanto Fichte o Schelling, como Heidegger y los existencialistas. Dicho en palabras de Borges de su poema El reloj de arena:

“Todo lo arrastra y pierde este incansable
Hilo sutil de arena numerosa.
No he de salvarme yo, fortuita cosa
De tiempo, que es materia deleznable”.

O en este otro poema, también del mismo autor, titulado El tiempo de Borges:

“El tiempo es la sustancia de la que estoy hecho. El tiempo es un río que me lleva, pero yo soy el río; es un tigre que me devora, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego”.

Ese tiempo del que estamos hechos y que se encuentra imbricado en todas nuestras acciones ya no puede ser matemáticamente medido, porque no corresponde al mundo físico de los fenómenos, sino a un ámbito intelectual -nouménico, diría Kant- que tiene que ver con la construcción del sentido y el valor que otorgamos a los hechos, al trascender su interés teórico y ocuparnos sólo de su repercusión en la vida. Ese tiempo no puede ser una progresión homogénea de instantes dispuestos como puntos sucesivos en una línea continua. Corresponde más bien a una vivencia interna continua y cualitativa, que depende de la intensidad con la que se vive cada situación, a la que Henri Bergson llamó durée. La duración no es un conjunto de instantes yuxtapuestos sino un movimiento indivisible, donde cada momento surge del anterior y, a su vez, contiene a todos los precedentes, abriéndose a multitud de líneas posibles de acción, donde se sitúan las diferentes alternativas de los instantes posteriores. Para comprender este tiempo vital, Bergson recoge la metáfora de la musicalidad del tiempo que ya vimos aparecer en San Agustín. La duración es como una melodía sin cortes ni repeticiones, porque cada nota desemboca en otra y, aunque se reitere, adquiere su peculiaridad al formar parte de esa red que une a las notas anteriores y posteriores, que en definitiva son las que le dan sentido. Sin duda, esto refleja perfectamente la unidad de la vida consciente -que es la que ahora nos interesa- en su constante toma de decisiones, permitiendo establecer una dirección temporal distinta según el tipo de acción que se realice. En un proyecto práctico el tiempo avanza desde el pasado hacia el futuro y en cada punto de su progreso se abren caminos en diversas direcciones que permiten reformular su significado y alcance. En una narración, en cambio, el sentido se construye desde el futuro hacia el pasado, porque cada escena que contamos adquiere una interpretación distinta según el final, por ejemplo, si éste es feliz o trágico. Lo mismo se puede decir del discurso histórico, pues ante un acontecimiento no podemos saber su alcance y su verdadero significado hasta que no se compruebe su repercusión, y esto sólo se puede hacer desde una perspectiva futura. Por esto, algunos filósofos de la historia llamaron a esta clase de discurso “retrodicción”, en oposición a la predicción, que caracteriza a la ciencia. En Historia como sistema, Ortega y Gasset considera que dicho procedimiento es un argumentar hacia atrás, de ahí que denomine razón a posteriori al pensamiento que elabora la narración histórica. Y pone el ejemplo de la frase “Guillermo partió hacia la Guerra de los Treinta años”, que sólo puede ser verdadera cuando la contienda haya terminado y pueda apreciarse lo que duró. La razón histórica en Ortega no es sino razón vital planteada no individualmente sino de forma colectiva. Precisamente, es esa maleabilidad del tiempo vital lo que ayuda a replantearse el sentido del pasado y vencer su carácter inmodificable. En ese sentido, recordemos al Sartre de El ser y la nada. En oposición a Heidegger, quien considera que el pasado no se puede cambiar y, por tanto, condiciona la vida posterior, Sartre sostiene que en cada momento somos libres para reformular el sentido del pasado de acuerdo con el plan futuro que pretendamos realizar. Lo que es un obstáculo para concretar un determinado proyecto, puede convertirse en una ventaja en función de otra perspectiva. De esta manera, cada época tiene que hacer su replanteamiento del pasado y rescatar del olvido lo que justifica el actuar colectivo de su época. Precisamente, es el carácter paradójico del tiempo lo que lo permite.

Según cuenta Aristóteles en el libro IV de la Física (13, 222b 17), el pitagórico Parón al oír pronunciar en Olimpia el elogio del tiempo, en el cual se aprende y se recuerda, replicó que era justamente en el tiempo donde se engendra el olvido, por lo cual proclamó al tiempo rey de la ignorancia. Esta ambigüedad del tiempo, que nos habita y nos constituye, vuelve relativas también a las cosas y a los acontecimientos mundanos. Así, el olvido tiene su lado positivo. Como dijo Borges en una famosa entrevista, el olvido es la única venganza y el único perdón, porque permite romper el vínculo emocional con aquello que lastima y relegarlo a la indiferencia y a la ineficacia de lo efímero. En conclusión, todo lo que rodea al tiempo abre a la dualidad y a la duda, quizás porque ontológicamente pueda pensarse que el tiempo es el síntoma del desgarramiento y dispersión de una unidad previa, pero, igual que las otras teorías, tampoco ésta puede probarse y nos deja sumidos en la perplejidad y el desconcierto del comienzo.

Conferencia pronunciada en Pravia, en el marco de las XXVI Jornadas Literarias “Qué tiempo el tiempo”, organizadas por la Asociación de Escritores y Escritoras de Asturias, 17 de octubre de 2026.

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