Las luces del puerto, de José Ángel Ordiz
10º Aniversario de la AEA. Mesa redonda y coloquio: La autoedición de libros. El cambio ha llegado, el futuro está aquí. (18/03/2010)
Un profeta: Tiempos nuevos, tiempos salvajes. Por Tanja Pérez Hunte (08/03/2010).
Itinerario de un delincuente –en principio aparentemente frágil, dada su edad de 18 años, y poco espabilado, pues no sabe leer ni escribir)— que llega a convertirse en un caudillo dentro de prisión, Un profeta es, con sus dos horas y media a las que no les sobra nada, uno de los mejores filmes franceses de los últimos años, quizá de todos los tiempos, pasados y venideros. Pocos cineastas hay en la actualidad que, como Jacques Audiard, depositen tanta confianza en el cine sin por ello darle la espalda a la realidad. Su película propone un enfoque acerca de un determinado estado de las prisiones francesas de hoy, en torno al que Audiard crea un universo estético sobre el que se sustenta un relato de índole mítica: un mortal cualquiera se erige en héroe midiéndose con los dioses.
La función de cine carcelario ofertada es un logro de primerísimo orden, entre tradición corsa e irrupción “beur” (el personaje protagonista, Malik, es un francés de padres magrebíes), barnizando con tonos actuales la sempiterna lucha de clanes y círculos de poder. Dos hombres luchan soterradamente por imponer, bajo la máscara de la impostura, la fuerza de su voluntad y el terror de su ambición. En medio de la violencia contenida y autoridad irascible de César Luciani (Niels Arestrup), el joven Malik (Tahar Rahim) opone una presencia turbadora de falso candor y determinación serena. A lo largo de este incendiario relato de iniciación, conducido con aspereza dentro de la doblez, la artimaña y la fuerza, Malik se construye a sí mismo entre los muros de la cárcel, para controlar mejor los derroteros del destino caudillesco que se arroga. Cuanto más malo se sea en este mundo, cuanto mayor sea la falta, mejor nos irá, parece querer decirnos Audiard, consciente del espejismo que supone, pese a los esfuerzos, la calma pública de nuestra sociedad contemporánea.
Raúl Castañón
10 años. Por el momento que nos quiten lo "bailao", que dentro de otros diez se lo volveremos a cantar al tango, poniéndole más letra a su baile. Y lo que le queda por bailar al susodicho.
Luis Muñiz en Gijón. 4/03/2010
El periodista y poeta Luis Muñiz ofrecerá una lectura de su obra el próximo viernes 5 de marzo, a partir de las 20:00, en los ya habituales Encuentros de Poesía del Antiguo Instituto, en Gijón. El autor será presentado por el también periodista y poeta Juan Carlos Gea. En el acto intervendrá, además, el músico Dani García de la Cuesta. Estos encuentros están coordinados por el poeta Antonio Merayo.
Mujer en la guerra: Sobre Penal de Ocaña, de María Josefa Canellada. Por Manuel Prendes Guardiola (03/03/2010).
Cuando Carmen Martín Gaite se alzó con el premio “Café Gijón” gracias a su primera novela El balneario, dejaba en puertas del premio María Josefa Canellada (1912-1995), asturiana de Infiesto y prestigiosa filóloga desde su tesis pionera sobre El bable de Cabranes (1944) y sus clases en Madrid y Salamanca. A lo largo su vida, la profesora Canellada acumularía más y más clases en diferentes centros, ediciones de autores clásicos y trabajos sobre fonética castellana y lengua asturiana (de cuya Academia pasó a ser miembro en 1981, al igual que su esposo Alonso Zamora Vicente lo fue de la Española): una brillante acreditación como superviviente de la irrepetible Facultad de Letras de la Universidad Central (hoy Complutense) anterior a la guerra civil, donde había sido colaboradora de Pedro Salinas y Tomás Navarro Tomás.
Aquella novela de 1954, Penal de Ocaña, estaba precisamente ambientada en la contienda e incluía algún detalle autobiográfico. Adoptaba la forma del diario de una ficticia compañera de universidad, María Eloína Carrandena, también humanista y de familia asturiana, movilizada como enfermera en la retaguardia del frente de Madrid. Ese mismo “Madrid rojo” y esa misma guerra civil sobre los que por aquellos años sólo se publicaban en España panegíricos de los vencedores o bien vagas y angustiadas reminiscencias. Penal de Ocaña era un relato distinto: el propio título, que podría augurar un relato más del subgénero “de cautiverio”, designa el edificio que la protagonista-narradora ayuda a transformar en hospital de campaña. Ya muchas páginas antes de llegar al penal, ha ido registrando sus impresiones de la capital sitiada en notas donde las fechas no tardan en desvanecerse.
“No tengo calendario, y no sé en qué día vivimos”: la eternidad –atributo divino – no significa tanto una duración incesante como el que la misma noción de tiempo deja de existir. A medida que ésta se va difuminando en el diario, también se desprende la protagonista de las ataduras del reino de este mundo. El sabor de autenticidad de la historia se encuentra no en su carácter de documento o testimonio, sino en el repliegue sobre una realidad menos espectacular, fuera de los frentes de batalla, en el espacio de un hospital al que afluyen
los heridos, los enfermos, los desvalidos y los desesperados. Un panorama en el que no hay morbosidad, donde más bien resplandecen detalles de poca importancia desde la perspectiva de la violencia, pero que generan pequeños espacios de sentido en medio del absurdo.
La razón que define el comportamiento de María Eloína es la entrega absoluta a una misión libremente aceptada. Podría haberse puesto a salvo en el extranjero como sus padres o su amiga, pero desde la primera página (“Yo no espero nada. No es hora de esperar sino de hacer”) se cuidará de repetirse su voluntad y su deber, quizá para no darse la oportunidad de olvidarlo: “No puedo cruzarme de brazos ante todo esto que pasa. Tengo que ayudar a alguien, a quien pueda a mis hermanos y a estos que no lo son”. Esta donación conlleva más queuna renuncia a sí misma, a todo cuanto posee. Aquello que no puede dar a los demás es un lastre del que irá deshaciéndose, como ese reloj que desde el comienzo lleva en su “muñeca huesosa”, y que pierde en un día de “todos los desastres juntos”. Cuando yacreía no poder entregar más, es feliz de descubrir que puede donar su sangre a los enfermos. Todo su mundo lo lleva consigo, y desde él logra hacer que nada falte a sus enfermos, o volcarse en secretos detalles de generosidad con sus compañeras, como cuando solicita compartir su turno con la que más antipatía inspira a todos.
La joven enfermera abandona el antiguo penal cuando en éste irrumpe la mortífera realidad de fuera, no en forma de heridos a los que aliviar antes de que regresen al horror de los frentes, sino de purgas políticas con las que se niega a colaborar. Por otra parte, el lector es consciente a esas alturas de que a la heroína no le queda ya nadade lo que puedadesprenderse: es el momento de desaparecer del mundo y poner fin a su relato.
Late en todo el libro un sentimiento religioso en pugna con el pesimismo existencial que se propagaba por la novela española y europea de la posguerra. Canellada residió en Buenos Aires de 1948 a 1952, y es posible que allí trabara conocimiento con la filosofía existencialista, cuyo núcleo en lengua castellana era por entonces la capital del Plata Sin embargo, la narradora de Penal de Ocaña expresa una vivencia espiritual íntima en la línea de una literatura católica que en la narrativa española, al contrario que en lengua inglesa o francesa, ha tenido poco arraigo. El secular catolicismo social español no parece haber beneficiado precisamente el catolicismo literario, del que no obstante siempre se pueden acabar encontrando ejemplos meritorios, no puramente dogmáticos y formales. Como el caso de cierta poesía española de posguerra, al estilo de la de Leopoldo Panero o Luis Felipe Vivanco, en la que no es difícil encontrar, como en Penal de Ocaña, páramos simbólicos, desnudos y serenos, estancias vacías o corazones que buscan y hasta encuentran la paz en medio de un mundo derruido.
Casi a la manera de Georges Bernanos, un médico heterodoxo manifiesta a la heroína que “El milagro rodea por todas partes”. Ella misma aprende a reconocer lo maravilloso en medio de la angustia cotidiana. Los caramelos que regala a sus enfermos, o con que atiborra el macuto de su hermano “me nacen espontáneamente aquí; yo no los compro ni los busco”. Rescata todos los rasgos de simpatía, nobleza o ternura que encuentra en quienes la rodean. Trata, en definitiva, de poner “cadenas de luz” a “la negra tristeza de sus fondos” que en cualquier momento vuelve
a querer levantarse. De los milagros diarios, no es el menor la belleza
insospechada y repentina, desde lo más toscamente material (el paciente de “rostro tostado como una corteza de pino casi”, que cuando anda sin muletas “anda a saltitos como un gorrión entre cama y cama, como un gorrión que fumara mucho”) hasta rozar el misticismo (“Allá arriba hay calandrias de esas que cantan sin cesar, que se hacen transparentes y azules de tanto cantar, y que ya luego no se ven”). Todo siempre en apuntes veloces, fragmentarios, con vocabulario sencillo hasta casi el desaliño pero que logra imágenes y ritmos internos cercanos al poema en prosa.
El elemento ideológico, esperable en cualquier novela “de la Guerra Civil”, está presente en momentos puntuales. Secretamente, la protagonista se reconoce partidaria del triunfo de los “nacionales”, lo cual ignoro si procede de una honda convicción personal –escasean los argumentos sobre ello– o bien se trata de una concesión de la autora con el fin de facilitar la publicación de la novela. De haber sido por esto último, no bastó: los censores debieron de considerar intolerable esa plácida evocación de la retaguardia enemiga y el retrato amable de tantos jóvenes milicianos (entre ellos, el propio hermano de María Eloína), y hasta 1964, diez años después de su redacción, no abrieron la mano para publicarla, aún con alguna mezquina supresión “documental” sobre el apoyo alemán a Franco.
Sin embargo, el documento de Penal de Ocaña no era –ni es, para quienes aún lo puedan encontrar en alguna librería de viejo o biblioteca– ideológico, sino puramente espiritual, sentimental, intelectual, que todo se confunde. Por encima de colores y banderas, sufrimiento y amor son universales; por encima de otras valoraciones generales priman el dolor y la protesta por la tragedia personal y colectiva (“La única y evidente verdad es que a nosotras solas se nos hace pagar la guerra. Con carne y sangre nuestra, con pedazos de vida nuestra, se pagan todas la guerras del mundo”). Quizá por ello María Eloína no debía sobrevivir a la guerra: con el vengativo mundo de la posguerra habría sido incompatible el alma que declara “Los míos son todos, los vencidos, estos pobres campesinos y pastores que dan su vida –¡la maravilla sin nombre de una vida humana!”. En parecidos escenarios, un joven irlandés compuso unos versos tan desoladores que debieron modificarse para servir como himno a sus compañeros de las Brigadas Internacionales: “Hay un valle en España llamado Jarama:/ es un lugar que todos conocemos muy bien / porque en él arruinamos nuestra juventud / y nuestra edad madura en gran parte también”. Por esas vidas, por todas, pierde también su juventud y vida entera la protagonista de Penal de Ocaña.
Historias de San Valentín. Por Celia Ferrón Paramio. 3/03/2010
Robert Altman se hizo maestro en un género que probablemente él inventara e incluso pusiera nombre con una película: Vidas Cruzadas. Historias paralelas de gente que aparentemente no tienen nada en común (y que muchas veces lo que les une no es más que un fino hilo como la vecindad o un encuentro casual por la calle) y que se van desarrollando y finalizando de un modo entretenido, al ir pasando de una historia a otra aleatoriamente.
Entrevista a Ramón Buenaventura. Por Javier Lasheras. 4/03/2010
RB: ni objetivo ni racional
Tánger es mío y no pienso compartirlo con nadie
Cuando leí El año que viene en Tánger, pensé que estaba ante una literatura que aspiraba a mostrar otras posibilidades y una ambición. Supongo que fue el libro que más alegrías (seguramente también alguna tristeza) le aportó como autor. Doce años después de su publicación, Non sine gloria…blicación, los poetas actuales, por decirlo con sobriedad, más bien le producen un bah a secas. ¿Concretamos?

Iba a plantearle que en El último negro aparecen unos cuantos jugosos asuntos -sobre el mundo literario y editorial entre otros- de los que hablar durante un buen cuarto de hora de cada uno de ellos, por lo menos. Pero no seré tan ambicioso. Me conformaré, si le apetece, con que me dé su opinión sobre la situación de la literatura in extenso con respecto al mercado editorial.
;a sido un error, de que las cosas volverían a su cauce, de que alguna vez terminaría el rock and roll y volvería el tango sempiterno. Hoy nos consta que no controlamos nada y, por consiguiente, no podemos educar a nuestros hijos.
Pues lo dicho. Si alguien sabe…









