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Las luces del puerto, de José Ángel Ordiz

 
 
 
José Ángel Ordiz afirma que suele contar lo que a él le cuenta la vida pero no como la vida se lo cuenta.
No le atrae, desde luego, comenzar sus relatos –los relatos de la vida- por el principio: el tiempo no es lineal en esas historias corales suyas que la vida le narra. ¿Para que, menos caníbal que la vida, cronista travieso, los finales no se llamen muerte? Eso afirma.
Afirma que relata desde una perspectiva límite, morbosa, sin el distanciamiento irónico debido. Y que es obsesivo en el sentido de dar voz a quienes no la tienen, cómplice de perdedores, narrador partidista. ¿Por esto último abundan tanto los diálogos en sus relatos –los relatos de la vida- y pretende definir con esos diálogos, a veces sólo con ellos, personalidades y situaciones? Eso afirma.
Esta novela, con la excusa de un crimen y una venganza que origina otro crimen, es buena prueba de lo que afirma: ahí los marineros en tierra, los tullidos, los enfermos, los amantes rotos que bailan una danza equívoca bajo las luces del puerto; más allá de la noche, acaso, un día sin galernas, la bonanza, la sal impura, dulce.

10º Aniversario de la AEA. Mesa redonda y coloquio: La autoedición de libros. El cambio ha llegado, el futuro está aquí. (18/03/2010)

 

Actividades 10º Aniversario de la AEA
 
Mesa redonda y coloquio
 
La autoedición de libros
El cambio ha llegado, el futuro está aquí
 
Jueves, 18 de marzo, 20: 00 horas
 Sala de actos del Colegio de Médicos
(Pl. América 10, 1º piso. Oviedo)
 
 
Intervienen:
 
Ángel Luis Fernández González,
Presidente de la Asociación de Empresarios de Artes Gráficas de Asturias
 
Alberto Fernández,
Distribuidora Asturarco
 
Ángel García Prieto,
Socio de la AEA y autor con experiencia en varios libros de autoedición

 

Un profeta: Tiempos nuevos, tiempos salvajes. Por Tanja Pérez Hunte (08/03/2010).

Itinerario de un delincuente –en principio aparentemente frágil, dada su edad de 18 años, y poco espabilado, pues no sabe leer ni escribir)— que llega a convertirse en un caudillo dentro de prisión, Un profeta es, con sus dos horas y media a las que no les sobra nada, uno de los mejores filmes franceses de los últimos años, quizá de todos los tiempos, pasados y venideros. Pocos cineastas hay en la actualidad que, como Jacques Audiard, depositen tanta confianza en el cine sin por ello darle la espalda a la realidad. Su película propone un enfoque acerca de un determinado estado de las prisiones francesas de hoy, en torno al que Audiard crea un universo estético sobre el que se sustenta un relato de índole mítica: un mortal cualquiera se erige en héroe midiéndose con los dioses.

La función de cine carcelario ofertada es un logro de primerísimo orden, entre tradición corsa e irrupción “beur” (el personaje protagonista, Malik, es un francés de padres magrebíes), barnizando con tonos actuales la sempiterna lucha de clanes y círculos de poder. Dos hombres luchan soterradamente por imponer, bajo la máscara de la impostura, la fuerza de su voluntad y el terror de su ambición. En medio de la violencia contenida y autoridad irascible de César Luciani (Niels Arestrup), el joven Malik (Tahar Rahim) opone una presencia turbadora de falso candor y determinación serena. A lo largo de este incendiario relato de iniciación, conducido con aspereza dentro de la doblez, la artimaña y la fuerza, Malik se construye a sí mismo entre los muros de la cárcel, para controlar mejor los derroteros del destino caudillesco que se arroga. Cuanto más malo se sea en este mundo, cuanto mayor sea la falta, mejor nos irá, parece querer decirnos Audiard, consciente del espejismo que supone, pese a los esfuerzos, la calma pública de nuestra sociedad contemporánea.

 
UN PROFETA (Un prophète). Francia, 2009. Dirección: Jacques Audiard. Guión: Jacques Audiard y Thomas Bidegain; basado en un argumento de Abdel Raouf Dafri y Nicolas Peufaillit. Fotografía: Stéphane Fontaine. Música: Alexandre Desplat. Montaje: Juliette Welfling. Intérpretes: Tahar Rahim (Malik), Niels Arestrup (César Luciani), Adel Bencherif (Ryad), Reda Kateb (Jordi), Hichem Yacoubi (Reyeb), Jean-Philippe Ricci (Vettori), Gilles Cohen, Antoine Basler, Leïla Bekhti, Pierre Leccia, Foued Nassah, Jean-Emmanuel Pagni… Duración: 155 minutos.

Raúl Castañón

 
Dice el tango que veinte años no son nada. Por favor, que alguien le diga a él que 10 años pueden ser -son, en este caso- mucho. Decídselo vosotros, que tenéis bien templado el manejo de la palabra y de la pluma creativas.
10 años. Por el momento que nos quiten lo "bailao", que dentro de otros diez se lo volveremos a cantar al tango, poniéndole más letra a su baile. Y lo que le queda por bailar al susodicho.
 
Saludos,
 
Raúl Castañón
 
Foto: autor/internet

Luis Muñiz en Gijón. 4/03/2010

El periodista y poeta Luis Muñiz ofrecerá una lectura de su obra el próximo viernes 5 de marzo, a partir de las 20:00, en los ya habituales Encuentros de Poesía del Antiguo Instituto, en Gijón. El autor será presentado por el también periodista y poeta Juan Carlos Gea. En el acto intervendrá, además, el músico Dani García de la Cuesta. Estos encuentros están coordinados por el poeta Antonio Merayo.

Carmen Borja

Mi enhorabuena por este aniversario, que a buen seguro no será el último. Todo es mejorable, especialmente si todos nos implicamos. Pero la tarea ha sido importante y podéis estar satisfechos del trabajo realizado. Contad con mis mejores deseos.

 

Carmen Borja

 

Foto: del blog El hierro y la seda

Mujer en la guerra: Sobre Penal de Ocaña, de María Josefa Canellada. Por Manuel Prendes Guardiola (03/03/2010).

Cuando Carmen Martín Gaite se alzó con el premio “Café Gijón” gracias a su primera novela El balneario, dejaba en puertas del premio María Josefa Canellada (1912-1995), asturiana de Infiesto y prestigiosa filóloga desde su tesis pionera sobre El bable de Cabranes (1944) y sus clases en Madrid y Salamanca. A lo largo su vida, la profesora Canellada acumularía más y más clases en diferentes centros, ediciones de autores clásicos y trabajos sobre fonética castellana y lengua asturiana (de cuya Academia pasó a ser miembro en 1981, al igual que su esposo Alonso Zamora Vicente lo fue de la Española): una brillante acreditación como superviviente de la irrepetible Facultad de Letras de la Universidad Central (hoy Complutense) anterior a la guerra civil, donde había sido colaboradora de Pedro Salinas y Tomás Navarro Tomás. 

Aquella novela de 1954, Penal de Ocaña, estaba precisamente ambientada en la contienda e incluía algún detalle autobiográfico. Adoptaba la forma del diario de una ficticia compañera de universidad, María Eloína Carrandena, también humanista y de familia asturiana, movilizada como enfermera en la retaguardia del frente de Madrid. Ese mismo “Madrid rojo” y esa misma guerra civil sobre los que por aquellos años sólo se publicaban en España panegíricos de los vencedores o bien vagas y angustiadas reminiscencias. Penal de Ocaña era un relato distinto: el propio título, que podría augurar un relato más del subgénero “de cautiverio”, designa el edificio que la protagonista-narradora ayuda a transformar en hospital de campaña. Ya muchas páginas antes de llegar al penal, ha ido registrando sus impresiones de la capital sitiada en notas donde las fechas no tardan en desvanecerse.

“No tengo calendario, y no sé en qué día vivimos”: la eternidad –atributo divino – no significa tanto una duración incesante como el que la misma noción de tiempo deja de existir. A medida que ésta se va difuminando en el diario, también se desprende la protagonista de las ataduras del reino de este mundo. El sabor de autenticidad de la historia se encuentra no en su carácter de documento o testimonio, sino en el repliegue sobre una realidad menos espectacular, fuera de los frentes de batalla, en el espacio de un hospital al que afluyen los heridos, los enfermos, los desvalidos y los desesperados. Un panorama en el que no hay morbosidad, donde más bien resplandecen detalles de poca importancia desde la perspectiva de la violencia, pero que generan pequeños espacios de sentido en medio del absurdo.

La razón que define el comportamiento de María Eloína es la entrega absoluta a una misión libremente aceptada. Podría haberse puesto a salvo en el extranjero como sus padres o su amiga, pero desde la primera página (“Yo no espero nada. No es hora de esperar sino de hacer”) se cuidará de repetirse su voluntad y su deber, quizá para no darse la oportunidad de olvidarlo: “No puedo cruzarme de brazos ante todo esto que pasa. Tengo que ayudar a alguien, a quien pueda a mis hermanos y a estos que no lo son”. Esta donación conlleva más queuna renuncia a sí misma, a todo cuanto posee. Aquello que no puede dar a los demás es un lastre del que irá deshaciéndose, como ese reloj que desde el comienzo lleva en su “muñeca huesosa”, y que pierde en un día de “todos los desastres juntos”. Cuando yacreía no poder entregar más, es feliz de descubrir que puede donar su sangre a los enfermos. Todo su mundo lo lleva consigo, y desde él logra hacer que nada falte a sus enfermos, o volcarse en secretos detalles de generosidad con sus compañeras, como cuando solicita compartir su turno con la que más antipatía inspira a todos. 

La joven enfermera abandona el antiguo penal cuando en éste irrumpe la mortífera realidad de fuera, no en forma de heridos a los que aliviar antes de que regresen al horror de los frentes, sino de purgas políticas con las que se niega a colaborar. Por otra parte, el lector es consciente a esas alturas de que a la heroína no le queda ya nadade lo que puedadesprenderse: es el momento de desaparecer del mundo y poner fin a su relato.

Late en todo el libro un sentimiento religioso en pugna con el pesimismo existencial que se propagaba por la novela española y europea de la posguerra. Canellada residió en Buenos Aires de 1948 a 1952, y es posible que allí trabara conocimiento con la filosofía existencialista, cuyo núcleo en lengua castellana era por entonces la capital del Plata Sin embargo, la narradora de Penal de Ocaña expresa una vivencia espiritual íntima en la línea de una literatura católica que en la narrativa española, al contrario que en lengua inglesa o francesa, ha tenido poco arraigo. El secular catolicismo social español no parece haber beneficiado precisamente el catolicismo literario, del que no obstante siempre se pueden acabar encontrando ejemplos meritorios, no puramente dogmáticos y formales. Como el caso de cierta poesía española de posguerra, al estilo de la de Leopoldo Panero o Luis Felipe Vivanco, en la que no es difícil encontrar, como en Penal de Ocaña, páramos simbólicos, desnudos y serenos, estancias vacías o corazones que buscan y hasta encuentran la paz en medio de un mundo derruido.

Casi a la manera de Georges Bernanos, un médico heterodoxo manifiesta a la heroína que “El milagro rodea por todas partes”. Ella misma aprende a reconocer lo maravilloso en medio de la angustia cotidiana. Los caramelos que regala a sus enfermos, o con que atiborra el macuto de su hermano “me nacen espontáneamente aquí; yo no los compro ni los busco”. Rescata todos los rasgos de simpatía, nobleza o ternura que encuentra en quienes la rodean. Trata, en definitiva, de poner “cadenas de luz” a “la negra tristeza de sus fondos” que en cualquier momento vuelve
a querer levantarse. De los milagros diarios, no es el menor la belleza
insospechada y repentina, desde lo más toscamente material (el paciente de “rostro tostado como una corteza de pino casi”, que cuando anda sin muletas “anda a saltitos como un gorrión entre cama y cama, como un gorrión que fumara mucho”) hasta rozar el misticismo (“Allá arriba hay calandrias de esas que cantan sin cesar, que se hacen transparentes y azules de tanto cantar, y que ya luego no se ven”). Todo siempre en apuntes veloces, fragmentarios, con vocabulario sencillo hasta casi el desaliño pero que logra imágenes y ritmos internos cercanos al poema en prosa.

El elemento ideológico, esperable en cualquier novela “de la Guerra Civil”, está presente en momentos puntuales. Secretamente, la protagonista se reconoce partidaria del triunfo de los “nacionales”, lo cual ignoro si procede de una honda convicción personal –escasean los argumentos sobre ello– o bien se trata de una concesión de la autora con el fin de facilitar la publicación de la novela. De haber sido por esto último, no bastó: los censores debieron de considerar intolerable esa plácida evocación de la retaguardia enemiga y el retrato amable de tantos jóvenes milicianos (entre ellos, el propio hermano de María Eloína), y hasta 1964, diez años después de su redacción, no abrieron la mano para publicarla, aún con alguna mezquina supresión “documental” sobre el apoyo alemán a Franco.

Sin embargo, el documento de Penal de Ocaña no era –ni es, para quienes aún lo puedan encontrar en alguna librería de viejo o biblioteca– ideológico, sino puramente espiritual, sentimental, intelectual, que todo se confunde. Por encima de colores y banderas, sufrimiento y amor son universales; por encima de otras valoraciones generales priman el dolor y la protesta por la tragedia personal y colectiva (“La única y evidente verdad es que a nosotras solas se nos hace pagar la guerra. Con carne y sangre nuestra, con pedazos de vida nuestra, se pagan todas la guerras del mundo”). Quizá por ello María Eloína no debía sobrevivir a la guerra: con el vengativo mundo de la posguerra habría sido incompatible el alma que declara “Los míos son todos, los vencidos, estos pobres campesinos y pastores que dan su vida –¡la maravilla sin nombre de una vida humana!”. En parecidos escenarios, un joven irlandés compuso unos versos tan desoladores que debieron modificarse para servir como himno a sus compañeros de las Brigadas Internacionales: “Hay un valle en España llamado Jarama:/ es un lugar que todos conocemos muy bien / porque en él arruinamos nuestra juventud / y nuestra edad madura en gran parte también”. Por esas vidas, por todas, pierde también su juventud y vida entera la protagonista de Penal de Ocaña.

 

Historias de San Valentín. Por Celia Ferrón Paramio. 3/03/2010

  

Robert Altman se hizo maestro en un género que probablemente él inventara e incluso pusiera nombre con una película: Vidas Cruzadas. Historias paralelas de gente que aparentemente no tienen nada en común (y que muchas veces lo que les une no es más que un fino hilo como la vecindad o un encuentro casual por la calle) y que se van desarrollando y finalizando de un modo entretenido, al ir pasando de una historia a otra aleatoriamente.

 
Estas películas se irían haciendo más temáticas. Al no poder alcanzar la grandeza de las vidas que nos ofrecía Altman, que repetiría este modelo en El juego de Hollywood, directores posteriores acotaron el argumento hablando del amor. La irregular Jugando con el corazón daría paso a una más que notable Love Actually, que circunscribía las peripecias a historias del sentimiento amoroso dándole una visión más amplia: amor fraternal, amor sexual, amor de los comienzos, etcétera.
 
Historias de San Valentín va más allá en la acotación: todas las aventuras son de amor; todas se desarrollan en el día de San Valentín. Así, hay poca maniobra para salirse de eso: está todo demasiado supeditado a que ocurra (y se solucione) en un día, y a que el sentimiento sea “pasional! Con tales limitaciones, habría que incidir en la originalidad, la profundidad de sentimientos o en una resolución inteligente. Pero el director se limita a reunir un buen plantel de actores para llamamiento en taquilla, sin siquiera acertar en la elección de sus papeles.
 
Así, asistimos a un montón de episodios que nos suenan e incluso se parecen entre ellos (la historia de Ashton Kutcher y Jennifer Garner es idéntica entre sí, y desgraciadamente la que ocupa la mayor parte del metraje, a pesar de que el espectador sepa desde el minuto 1 cómo va acabar), o que copian descaradamente a otras películas: el niño enamorado al que le falta la madre (Love Actually); la chica que trabaja como operadora en una línea telefónica erótica sin que lo sepan los demás (Vidas cruzadas); el anciano matrimonio que confiesa una antigua infidelidad (Jugando con el corazón). Historias de San Valentín, además, no se plantea ningún drama ni nada que no salga bien. Todo se soluciona de un modo satisfactorio y se castiga a quien se lo merece.
 
Aún así, tiene elementos notables. Aunque es de lamentar el desperdicio que se hace de Topher Grace, el mejor actor joven de la última década, admito que las dos narraciones de amor adolescente, además de cómicas, captan certeramente el encanto de esa época. El personaje de Jessica Biel, con ese despacho absurdamente atestado de máquinas de gimnasio y desordenado hasta la saciedad, consigue arrancar alguna sonrisa. Y se agradece la sorpresa final en la historia de Julia Roberts y Bradley Cooper, que da un broche perfecto para una película agradable que sólo intenta levantar el ánimo.
 
Título Original: Valentine’s Day. Dirección: Gary Marshall. Guión: Catherine Fugate, Abby Kohn, Marc Silverstein. Música: John Debney. Fotografía: Charles Minsky. Reparto: Ashton Kutcher, Jennifer Garner, Jessica Biel, Thoper Grace, Julia Roberts, Jamie Foxx, Anne Hathaway, Shirley MacLanie, Jessica Alba, Bradley Cooper, Emma Roberts, Patrick Dempsey, Queen Latifah, Eric Dane, Héctor Elizondo, George López, Taylor Swift, Taylor Lautner, Bryce Robinson, Carter Jenkins, Kathy Bates.

Entrevista a Ramón Buenaventura. Por Javier Lasheras. 4/03/2010

RB: ni objetivo ni racional

Tánger es mío y no pienso compartirlo con nadie

Lo mejor de los escritores es leer sus obras. Lo peor, sin duda, conocerlos. Pero siempre hay excepciones y tiempo ha ya que Ramón Buenaventura (Tánger, 1940) es de los escasísimos autores con los que todavía se puede mantener una conversación normal. Con normal quiero decir que cuando hablan no se les rompen las hechuras, mantienen su ego a dieta (iba a decir a raya) y son capaces de dialogar y entender a la primera lo que les dices sin recurrir a imposturas. Amén de una paciencia infinita. ¡Cuántas veces le habrán preguntado, más o menos, sobre los mismos asuntos!
Sé de personas que le recordarán por su poesía (Cantata Soleá, Tres movimientos o Eres), por sus traducciones (Arthur Rimbaud, Wallace Stevens, Philipp Roth o Don DeLillo), por sus novelas (El año que viene en Tánger, El último negro…) o por sus cuadernos o librillos de bitácora. Incluso es probable que algunas le recuerden por otras artes y artesanías más variadas y elogiables. En mi caso, si lo tengo presente es porque me proporcionó a un precio irrisorio unas cuantas buenas tardes de diversión y conocimiento con uno de esos libros que he logrado mantener en mi reducida biblioteca alejado de las manos de amigos cleptómanos y otra gente incivil y maleducada. Pongamos, además, que se trata de un creador del lenguaje, presidente melancólico, cónsul perplejo o virrey sentimental de Tánger y que por algún suceso no es dueño y señor de un lugar en el que a una edad joven (por poco escribo tierna edad) le robaron el tiempo y lo que es peor, el espacio. A cambio, los dioses lo ungieron con el don de la literatura y una vida para disfrutarla.
 
A estas alturas de su madurez, ¿es bueno decantarse por algo o todavía el hambre puede con todo?
 
Bueno, todo es literatura, ¿no? Hay incluso palos que no he tocado, como el teatro (escribí tres obras antes de los veinte años, pura imitación de Jean-Paul Sartre, me temo, pero afortunadamente se me han perdido). Hambre, en cambio, no me queda. Difícil será que vuelva a escribir nada. 
 
A qué se parece más su poesía ¿a la poesía Rimbaud o a la poesía Baudelaire?
 
Ni idea. Si traduje a Rimbaud, habrá sido por algún motivo, pero yo soy mucho menos gestero que él, y nunca se me ocurriría sentarme a la belleza en las rodillas para encontrarla fea e insultarla: un desperdicio… Como poeta me encuentro más cerca de los grandes anglosajones del siglo XX que de los grandes franceses del XIX, pero tampoco puedo olvidarme, así, por las buenas, de Isidore Ducasse o Stéphane Mallarmé. Uno va cambiando de ascua a que arrimar la sardina, con los años. Y mantiene fidelidades inamovibles: Píndaro, Catulo, Horacio, Virgilio, Lope, por mencionar los primeros que se me vienen a la cabeza.
 
Cuando leí El año que viene en Tánger, pensé que estaba ante una literatura que aspiraba a mostrar otras posibilidades y una ambición. Supongo que fue el libro que más alegrías (seguramente también alguna tristeza) le aportó como autor. Doce años después de su publicación, Non sine gloria…
 
No estoy seguro. Las grandes alegrías, para mí, consisten siempre en contactos humanos. No es que me traiga sin cuidado lo que diga un crítico o lo que me comunique un lector a quien no conozco de nada ni voy a conocer, pero tampoco me vuelve loco de alegría una observación positiva. El año que viene en Tánger las tuvo hasta la exageración, qué duda cabe, y las fui coleccionando, y las conservo aquí. Me gustaron, me siguen gustando todas las cosas buenas que se han dicho de mis libros, y me ofenden profundamente las malas (muy poquitas, por fortuna; y por desgracia, porque solo de ellas se aprende). No soy objetivo ni racional, nunca lo he sido, nunca lo seré. Pero, insisto, mis verdaderas alegrías proceden siempre de las personas.
 
Y por dónde anda ahora León Aulaga… [Protagonista de El año que viene en Tánger]
  
No sé. Cumplirá setenta años en julio.
 
Si sus alegrías se las han proporcionado las personas, ¿qué, en particular, le han proporcionado las mujeres y su universo?
 
Nunca me he entendido muy bien con los hombres; pero conste que no creo en el «universo» de las mujeres, porque no hay universos, sino personas, cada una hija de su padre y de su madre. He tenido la suerte de conocer mujeres estupendas, de esos seres humanos que ayudan a vivir y lo encajan a uno en el mundo; pero también he conocido cretinas de las que solo levantan las ganas de bajarse en marcha del planeta, por no compartirlo con ellas. Muchas menos de las segundas que de las primeras. En cuanto a los hombres… Hay buenos chicos, también, claro, cómo no, supongo. 
 
"Juan Benet dijo una vez que escribíamos
como quien compra en el supermercado"
 
Perdóneme que insista: doce años después de la publicación de El año que viene en Tánger, qué sensación recuerda de entonces y qué le queda ahora de todo ese proyecto macro literario? No me refiero a las críticas ni a los lectores. Me refiero a usted.
 
No me ha llegado el momento de recordar. Estos doce años han pasado muy de prisa, acelerados por otros muchos proyectos, dimes, diretes, ocupaciones, ocios. No he tenido tiempo de pararme a analizar una parte concreta —El año que viene en Tánger— de mi quehacer… El proyecto, en su conjunto, sigue ahí, y soy consciente de que necesita, por lo menos, un cierre, pero no me consta que vaya a tenerlo. Qué más da. A quién va a importarle.
 
He querido entender que, después de su pu
blicación, los poetas actuales, por decirlo con sobriedad, más bien le producen un bah a secas. ¿Concretamos?
 
No, no concretamos. Usted se refiere a una entrada reciente de mi Librillo. Remitamos a ella directamente. Lo único que puedo añadir ahora es que la poesía no está, desde luego, entre las variantes artísticas que me pide el cuerpo; y menos la actual. 
 
"Estamos en mitad de un cataclismo cultural
y no tenemos ni idea de cómo será el futuro"
 
 
Ya desde Cantata Soleá se le vieron a usted los bajos. ¿De dónde le viene esta querencia a la cita?
 
¿Qué bajos? En cuanto a las citas de otros autores claveteadas en el texto, aquí y allá, son un sistema como otro cualquiera de crear un ambiente de tribu, de grupo, de referencias, o de periódico mural. Nada consciente, desde luego. También podría afirmarse que la propensión a la cita es muy característica de los escritores que nacimos en la década de los cuarenta, los llamados —cuando poetas— novísimos. Juan Benet dijo una vez que escribíamos como quien compra en el supermercado, agarrando todo lo que podíamos de las diversas estanterías. De todas formas, conviene tener en cuenta el riesgo que siempre implica la utilización de material ajeno: hay libros enteros cuyas únicas muestras de calidad son las citas; y el lector lo nota; y se ríe (quiero imaginar).
 
Me comentan que su relación con blogger.com es especialmente fructífera…
 
Están rotas desde hace meses. Ahora tengo el Librillo en WordPress. Me entretienen las ganas de escribir y me ayuda a no cumplir con ellas. 
 
Así, a bote pronto, si le pregunto por el significado de deslicia usted me responde que…
 
Que usted y yo ya hemos hablado del asunto, en directo, la última vez que nos vimos, en Gijón, hace ya años… «Deslicia» es una errata que cometí por «delicia» y que decidí dejar en el texto, porque me significaba ‘deslizarse dentro de algo con delicia’. Una sensación más bien masculina. 
 
¿Qué le excita más: la ortotipografía o unas ostras con champán?
 
Suelo evitar el término «ortotipografía»; prefiero «costumbre tipográfica», mucho más modesto. Hoy rigen unas normas, ayer rigieron otras, mañana no tendremos más remedio que cambiar las ahora existentes, que plantean serios problemas en internet. Es cierto, no obstante, que todos los profesionales de la escritura tendrán que conocer bien la costumbre tipográfica, porque cada vez habrá menos intervención de técnicos en la elaboración de un libro. El autor tendrá que entregar su obra bien bocetada y bien compuesta, sin faltas de ortografía ni gramaticales. Supongo que los procesadores de texto, a no mucho tardar, se ocuparán aceptablemente del asunto.
 
"hay libros enteros cuyas únicas
muestras de calidad son las citas"
 
Unos versos: "Ahora sólo aman… / Los que claman que el orden injusto es mejor / que el desorden / justiciero." Corríjame, pero me suena a Goehte…
 
Bueno, claro, aludo a una frase que en mi manual de Derecho Civil I se atribuía a Goethe: «Prefiero la muerte de un inocente a tener que soportar el desorden». Parece ser, sin embargo, que don Johann Wolfgang nunca dijo semejante atrocidad, tan propia de cualquier gobernador de Texas, pongamos por caso… Pero no podemos ignorar que en el mundo, en nuestra propia cultura, hay más o menos una mitad de la población que piensa así (en otras culturas, la proporción puede fácilmente alcanzar el 90%, incluso el 100%).
 
"Ricardo Menéndez Salmón es un escritor
con mucha profundidad y mucho alcance"
 
¿Lee algo de la narrativa actual? ¿Qué le parecen las propuestas de autores como Agustín Fernández Mallo o Ricardo Menéndez Salmón?
 
No creo que tengan mucho que ver entre sí, pero tampoco puedo estar seguro, porque de Fernández Mallo no he leído nada (algo tendrá el agua cuando la bendicen, sin embargo). A Ricardo Menéndez Salmón, que tuvo la amabilidad de presentar El último negro en Oviedo, lo vengo siguiendo desde entonces, desde hace cinco años y creo que es un escritor con mucha profundidad y mucho alcance, muy bueno en el manejo del idioma y, desde luego, muy lanzado ya hacia un futuro magnífico. Con él solo tengo un problema: los temas que a él le interesan no me interesan demasiado a mí. Lo leo con placer literario, lo cual ya es un éxito suyo, pero no por lo que me cuenta, sino por cómo me lo cuenta. El mérito, repito, es suyo; el fallo es mío.
 
Iba a plantearle que en El último negro aparecen unos cuantos jugosos asuntos -sobre el mundo literario y editorial e
ntre otros- de los que hablar durante un buen cuarto de hora de cada uno de ellos, por lo menos. Pero no seré tan ambicioso. Me conformaré, si le apetece, con que me dé su opinión sobre la situación de la literatura in extenso con respecto al mercado editorial.
 
Remito al mejor artículo que he leído hasta ahora sobre el tema: The New York Review of BooksPublishing: The Revolutionary Future, by Jason Epstein. Hágaselo traducir quien no lea inglés… Digamos sólo que muy pocas obras literarias tienen unas expectativas de ventas suficientes para ser incluidas en los planes de las grandes editoriales. 
 
Que yo sepa usted es uno de los primeros autores españoles en utilizar internet, en escribir sobre el medio y en opinar sobre el mismo. Conocida su opinión (citada más arriba en el artículo al que usted alude) sobre la poesía en internet ¿qué significa para el novelista y que consecuencias cree que puede tener?
 
Los ordenadores añaden comodidad al proceso de escritura: resulta más fácil corregir, localizar fragmentos que se desea cambiar o repasar, incluso detectar errores, etc. También, desde luego, resulta enormemente más fácil investigar. En este último aspecto es donde encontramos la verdadera revolución de internet: nunca en la historia de la humanidad habíamos dispuesto de tantos datos tan fácil y rápidamente localizables. Pero, claro, en el ámbito de la narrativa la investigación no suele ser el recurso más indispensable, salvo si estamos escribiendo una novela especial.
El cambio principal no estará, pues, en la creación de la novela, sino en su edición, promoción y venta. Es de prever que dentro de muy poco se generalice la autoedición y la oferta de libros sin soporte físico adquiera proporciones cósmicas. Las editoriales tendrán entonces que ocuparse de lo de siempre, es decir de seleccionar textos y ofrecérselos a sus lectores potenciales, poniéndolos también a disposición de los críticos, que habrán de convertirse en un auténtico enjambre (de gente que, para colmo, trabajará seguramente sin remuneración: lectores que se enamoran de los libros y quieren contagiar a otros lectores). En fin, tampoco vale la pena insistir mucho en la predicción, porque la pura verdad es que los profetas de internet no han dado jamás una en el clavo. No voy a ser yo el primero. 
 
Cambiando de tercio, ¿a quién ha traducido más a gusto?, ¿a los autores que le han sugerido o a quienes le han gustado? Y entre éstos últimos, con qué autores se queda y por qué.
 
Las editoriales no sugieren: encargan. Uno, al principio, muy al principio, a lo mejor hace dos o tres traducciones por mero gusto, por entusiasmo ; pero en seguida viene la profesionalización, y se traduce lo que se puede, lo que piden las editoriales, cuyos responsables no son idiotas, por lo general, y suelen buscar afinidades entre la obra y quien vaya a traducirla. 
 
"he olvidado libros que me parecieron prodigiosos en su
momento, recuerdo libros que nunca me importaron nada"
 
Perdóneme si resulto muy tópico pero, ¿usted estaría entre los escritores a quienes los lectores le importan o sencillamente es un asunto que se la trae al pairo?
 
El lector es coautor y cómplice del escritor. Siempre me han parecido falsos quienes afirman que solo escriben para sí mismos. Yo, desde luego, escribo para los demás, para que sepan de mí, para saber yo de ellos, en la reacción. La diferencia quizá pueda estar en mi modestia congénita: sé que no puedo escribir para las masas; me conformo con unos cuantos miles de lectores, con suerte. Estos lectores me importan muchísimo, desde luego. Los otros, los hoi polói, muy poco. 
 
Y como lector, ¿con qué libros se ha quedado tras tantos años de lectura?
 
No soy relector, rara vez vuelvo a leer un libro; rarísima vez; de manera que no me quedo con casi nada. Poesía, quizá, la más clásica: puedo haber leído seis o siete veces la Iliada y la Odisea, poemas de los grandes griegos, el Libro de Gilgamesh, los grandes romanos, algún poeta dorado de los nuestros.
  
¿De qué libros no le gustaría olvidarse nunca?
 
La memoria no es voluntaria: he olvidado libros que me parecieron prodigiosos en su momento, recuerdo libros que nunca me importaron nada. A veces, solo queda el título. Acabo de leer un trabajo sobre Emma Bovary y he descubierto que casi todos los detalles de Madame Bovary que se me han quedado prendidos son erróneos. No un poco erróneos: totalmente erróneos. ¿De dónde me había sacado que el señor Bovary es farmacéutico, por ejemplo?
 
"vivimos en una nueva época necesitada
de genios que la definan y encaminen"
 
Permítame la provocación, si es que llego a tal: en la actualidad la novela no tiene nada que decir para explicar el presente. Quizá ya sólo pueda hacerlo la poesía…
 
Ninguno tenemos nada que decir para explicar el presente, ni por novela ni por poema; ninguno sabemos de qué va el presente. No creo que haya habido en la historia una acumulación de padres y abuelos tan incapaces como los que ahora somos. Estamos en mitad de un cataclismo cultural y no tenemos ni idea de cómo será el futuro. Mi padre estaba totalmente convencido de que el futuro sería como él me lo explicaba, como él quería que fuese para que su educación me valiera de algo. Se equivocó por completo, claro, pero nunca lo supo. Murió convencido de que todo hab&iacute
;a sido un error, de que las cosas volverían a su cauce, de que alguna vez terminaría el rock and roll y volvería el tango sempiterno. Hoy nos consta que no controlamos nada y, por consiguiente, no podemos educar a nuestros hijos.
 
¿Qué valor le da al sexo en su obra?
 
El que tiene en la vida: casi siempre muchísimo, a ratos, ninguno. 
 
Las utopías se fueron al carajo, el nihilismo ha derivado en una suerte de cinismo y las ideologías políticas al uso son las caras de una misma moneda. ¿Le apetece continuar o prefiere dedicar sus esfuerzos a otras encomiendas?
 
Mire usté, don Javier, yo ya no estoy en edad de hacer esfuerzos. Llevamos un par de decenios adentrándonos en una nueva época verdaderamente necesitada de genios que la definan y encaminen. Yo soy un antepasado, nada más.  
 
¿Usted cree que un escritor puede estar en una asociación de escritores y, a mayor abundancia, cree que puede existir un escritor que sea presidente de escritores?
 
Hombre, no se trata de lo que yo crea o deje de creer: hay escritores en las asociaciones de escritores, normalmente presididas por uno de ellos. Yo soy socio de la Asociación de Escritores Españoles y pago mi cuota todos los años, aunque jamás me presentaría a las elecciones de la junta directiva. Lo que pasa es que escribir es una actividad más solitaria aún que la masturbación y no se presta absolutamente nada a la actuación en grupo. Pero siempre viene bien que alguien se ocupe de plantar cara a los problemas de la profesión, como tal profesión, nunca como arte.
 
Y para terminar, déjeme plantearle lo que tal vez debí haber hecho al principio: ¿Si le pregunto por qué escribe me remite a Freud, me deja un antiguo mapa de Tánger o me manda al cuerno?
 
Le contesto que he dejado de escribir y que Freud inclina pero no obliga y que Tánger es mío y no pienso compartirlo con nadie si no es en clave literaria… Eso sí: ando en busca de un buen plano del Tánger internacional, con los nombres antiguos de las calles, etc. Tengo uno, pero resulta casi ilegible. O sea que si alguien sabe cómo conseguirlo…
 

Pues lo dicho. Si alguien sabe…