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Geografías. Entrevista a Marta Sanz. Por Hilario J. Rodríguez (28/02/2010).

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Marta Sanz es una de las escritoras más importantes de su generación, una generación que, en muchos casos, sólo se dedicó a pasar página y crear su propia estética, dejando atrás no sólo la Historia con mayúscula sino también cualquier cuestión que escapase al orden de lo coyuntural. Más allá del onanismo, el rock & roll, la sociología de a pie y los sentimientos en un mundo donde ya no tienen cabida, su obra es una indagación sobre nuestro papel en una realidad cada vez más caprichosa, en la que somos movidos por fuerzas extrañas que nos hacen ser lo que ni siquiera habríamos sospechado que somos.

1. Siempre que pienso en una novela negra, en una buena novela negra, tres veces buena, tres veces negra, pienso en la palabra tejido. Me encantan las arañas.

Urdir una novela negra puede ser fácil o muy difícil. Fácil porque, hablando de telas y puntos del derecho y del revés, el escritor puede ceñirse a un molde convencional, a una manera de concebir la trama y de dibujar los ambientes, en el que el esfuerzo de imaginación y la capacidad para resolver problemas narrativos se minimiza. Muy difícil porque creo que esa manera estereotipada de entender el género no sirve para dar cuenta de un mundo que ya no es el mismo que el de los creadores de la novela enigma o de la novela negra francesa y estadounidense… Reflexionar sobre el mundo en que se vive es a la vez reflexionar sobre los géneros, sobre los esquemas retóricos, que se utilizan para recrear la interpretación de la realidad que se ofrece en el texto. Por eso, uno de los temas principales de esta novela -que yo creo que es a la vez política y metaliteraria- es el discurso de seducción como ejercicio de la violencia, como representación del totalitarismo de las estrategias de mercado que se proyecta en los esquemas retóricos: la tela de araña es posiblemente la mejor metáfora para expresar esa belleza criminal de los discursos de seducción, de la complacencia, de la mosca anestesiada que cada vez se enreda más en la baba depredadora…

 
2. En las novelas negras más ortodoxas se cubren distancia entre puntos distantes, tú fatigas a tu detective subiendo y bajando escaleras. Tu mundo globalizado es un bloque de viviendas, un mundo donde conviven arañas e insectos (por si acaso, las arañas no son insectos).

Tú lo dices muy bien. Para mí, concentrar todas las contradicciones –las de clase, las de raza, las de sexo- en el espacio reducido de la escalera de una comunidad es un modo de representar ese mundo globalizado donde la globalización, lejos de ser una panacea universal, es un modo de agudizar los problemas homogeneizando falsamente el color del mundo. La globalización tiene incluso el efecto perverso de que a todos los lectores nos gusten las mismas cosas y de que ese gusto mayoritario configure demagógicamente el canon. Con la cultura, por la necesidad de vender, estamos haciendo ese “populismo” tan denostado en los medios. ¿Te acuerdas de esa película de Cuerda donde un escritor le decía a un personaje que no le dejaba leer su novela porque “se la estropeaba”? Nos hemos olvidado de que, además de escritores vanidosos, aburridos, plomizos o mesiánicos, también hay lectores que estropean las novelas y que no están dispuestos a empinarse hacia la “supuesta” altura de un texto: creo que todo esto tiene que ver con el mercado y con la globalización que, además, propicia un tipo de novela “descolorida” donde todas las ciudades, todos los individuos y todos los sentimientos terminan pareciéndose… El color es muy importante en Black, black, black y también la idea de que la presión es más intensa cuando se ejerce en superficies tan minúsculas como una escalera de vecindad.
 
3. Una muerte no aclarada transforma el mundo por completo.

Yo creo, Hilario, que lo transforma sólo bajo los efectos de la primera impresión: ese instante en el que cabe la credulidad respecto a que nada es lo que parece. La cuestión –y esto enlaza con uno de los temas de mi anterior novela, La lección de anatomía– es que todo acaba siendo lo que parece ser y las muertes violentas son consustanciales a una violencia sistémica y cotidiana. Lo raro sería que no se ejerciera la violencia en un mundo en el que casi cada movimiento es un esfuerzo de dominación. Por eso, Black, black, black es una novela negra y no una novela enigma, ni un cluedo, ni una peripecia a lo Sherlock Holmes: no se trata de resolver un reto intelectual sobre un tablero de juego que podría ser la metáfora de una realidad perfecta, sino de mostrar que el tablero está lleno de arrugas, que la anomalía y el crimen son el resultado de una relación de causa-efecto y que la aplicación de la psicología y la sociología, del análisis de los individuos y de la realidad social con la que interactúan, es útil y reveladora. Se propone otro modelo de investigación frente al de los forenses, elevados a los altares, sobre todo en un género negro televisivo en el que el crimen sólo se entiende como locura, excepción y marca de una patología: un psicópata mata porque está enfermo; sus crímenes no tienen ni pies ni cabeza más allá de la misma lógica de su enajenación, y entonces sólo la asepsia de la prueba sirve para resolver el embrollo criminal. En Black, black, black se marca una severa distancia con ese tipo de planteamientos artísticos, discursivos y, en definitiva, políticos.
 
4. Primero queremos saber quién ha muerto, luego quién ha cometido el crimen y, por último, quién puede aclararnos tantos quiénes.

Desde el punto de vista del lector –que a lo largo de la novela mira por un agujerito, a través de las
mirillas, obteniendo visiones parciales que tiene que reconstruir para participar en la narración…- ésas son algunas de las preguntas básicas que incentivan la lectura. Para mí, la más importante es la última porque sería la que legitima todo el relato y, en ese sentido, la novela es polisémica y pretende reflejar la lucha de poder, la violencia intrínseca a toda narración. No sólo la realidad está atravesada de violencia, también las narraciones, las posiciones de superioridad o inferioridad que adopta el que cuenta y el que recibe el relato. En Black, black, black hay un juego de miradas y de voces que intenta ser la solución retórica de la idea que acabo de plantear: primero, él cuenta y ella recibe; después ella- otra ella- cuenta y él –otro él- recibe; por último, la primera ella cuenta y el primer él, recibe… Y en esa combinación de voces late la pregunta sobre quién lo ha escrito todo. Sobre quién tiene derecho a escribirlo. Como comentábamos antes, Black, black, black está interrogándose permanentemente sobre la realidad, pero también sobre los géneros que nos sirven para contarla y sobre la famosa sentencia de Humpty Dumpty: “Lo importante no es saber lo que las palabras significan. Lo importante es saber quién es el que manda. Eso es todo.”


5. La desconfianza es normal, casi tanto como el racismo y la xenofobia.

El racismo y la xenofobia, que están muy presentes en la novela, intentan abordarse desde una perspectiva que va más allá del buenismo de la corrección política. Se plantean desde una perspectiva de clase, a partir de la cual se entiende mejor por qué vivimos en una sociedad profundamente racista y profundamente xenófoba que necesita hacer campañas publicitarias y programas de educación para la ciudadanía con el objetivo de transmitir valores obvios que no deberían enseñarse ni publicitarse en una sociedad sana.
 
6. Arturo Zarco, el detective, ya cree saber quién es él mismo pero en realidad sólo sabe quién es su ex mujer y los jóvenes que le atraen.
 
 

Arturo Zarco es un personaje en construcción. Como su ex mujer, Paula. Como el muchacho que le atrae. Como Luz. Personajes en proceso de construcción o de pudrición, que conocen su máscara y saben que es muy difícil despegarla del rostro; personajes que tienen la necesidad de contarse, de saber cuál es su papel en la historia y que, a ratos, son capaces de distanciarse de sí mismos produciendo un efecto cómico que, para mí, era fundamental en la novela. Un efecto cómico que no quiere caer en ningún momento en el trazo grueso de la parodia.
 
7. Planteas un mundo lleno de desconfianzas en el que al final todos nos volvemos algo detectives. También sospechosos.
 

Planteo un mundo en el que la realidad se vuelve extraña e inhabitable, profundamente siniestra, no como consecuencia de los poltergeist o de los ectoplasmas, sino como efecto de la injusticia. Y esa perversión termina convirtiendo al débil en depredador, abonando la desconfianza, degradando valores como la solidaridad o la bondad, y enraizándose en lo más profundo para pudrirlo todo. En ese contexto, la reflexión sobre el entorno y sobre lo que uno mismo significa dentro de él, la capacidad para ver la viga en el ojo propio y no la paja en el ajeno, la habilidad para leer por debajo de las frases hechas y el intento de buscar la verdad es lo que define al detective y quizá también al escritor, al lector y al ciudadano.
 
8. De pronto rompes los capítulos, la voz narrativa, la historia…
 

Sí. Y se interrumpen con un diario de enfermedad que quiere ser la metáfora de esa enfermedad de la literatura a la que antes he aludido: la del regodeo en una seducción que el lector no experimenta como ejercicio de violencia o de superioridad por parte del escritor, sino como “deber ser” crónico de una literatura reducida a espectáculo. Una literatura con la que no se dialoga, sino de la que sólo se espera –se exige- el deslumbramiento y los efectos especiales. En el diario que deja en suspenso la trama de Black, black, black es inevitable la referencia a Patricia Highsmith; sin embargo, el diario, además de una interrupción, es un punto de vista nuevo sobre lo que sucede en la novela: está orgánicamente relacionado con el primer black –El detective enamorado- y el tercer black –Encender la luz…-
 
9. Mujeres, hombres, jóvenes, mariposas disecadas, psiquiatras, moros, latinos… Dominados, dominatrix… Arañas, insectos…
 

He intentado trabajar con situaciones y personajes que frecuentan el género negro, porque esta novela es la expresión de mi desconfianza hacia sus estrategias retóricas, pero también es la expresión de mi amor incondicional por él. El título de Black, black, black, una mezcla de contundencia y balbuceo, pretende expresar esa combinación de crítica y homenaje. El amor creo que se refleja en personajes como el detective Arturo Zarco y sus estados alterados de conciencia – ¡se enamora!- que colocan un filtro en su visión de lo real y de lo verdadero; hay amor al género en esa especie de mujer fatal bicéfala que es la combinación de Luz y de su hijo Olmo; con la sordidez y la oscuridad de los interiores he querido recrear las atmósferas de Simenon; hay amor en la constante presencia del cine, en Bogart, Bacall, Simone Signoret, y esa maravillosa película que dirigió Charles Laughton y que se titula La noche del cazador. También está el recuerdo de El coleccionista y posiblemente de muchos otros films que, ahora no soy capaz de recordar explícitamente, pero que forman parte de mi educación sentimental.
 
10. El género negro es profundamente filosófico, todavía persigue verdades aunque sean tristes, ru
tinarias, triviales, feas.

El filósofo francés Alain Badiou habla de la posibilidad de reivindicar un espacio y una utilidad para el ejercicio especulativo de la filosofía en un mundo tan pragmático como el nuestro. Parece que la “grandilocuencia” de la filosofía, de los metarrelatos, ya no tuviera cabida en una realidad donde las matemáticas han invadido el espacio ontológ
ico de la filosofía y la vida cotidiana parece hecha de pequeñas cosas y pequeños logros… Por eso, Badiou le da a la filosofía una proyección emancipatoria y política que a mí me interesa mucho. Badiou, más allá de relativismo también cree que es posible aspirar a encontrar la verdad, como los narradores o los personajes del género negro –no sé si los escritores-. Esa persecución de la verdad y esa vocación política y emancipatoria sintonizan perfectamente con las intenciones de una escritora como Maj Sjöwall, una de las artífices del género negro sueco, que insiste en el valor de la novela negra como herramienta de reflexión y de denuncia, de visibilización, de todo lo feo, lo triste, lo rutinario y lo trivial que mencionas en tu pregunta. Me parece que precisamente uno de los grandes retos de la novela negra es hacer un tratamiento de la realidad que no termine estilizando y convirtiendo en decorado – es decir, en algo estético y tolerable- el horror. Ésa ha sido para mí una preocupación fundamental que me ha llevado a buscar un estilo a veces fotográfico: sobre la fotografía se intensifican ciertos perfiles y se colorean con colores excéntricos ciertas zonas, para sacar a la luz las partes oscuras de la imagen. La intención no es hermosear sino hacer visible lo que está en la foto pero a veces no se quiere ver, contarlo desde otro punto de vista, con otros colores que le concedan un significado nuevo. Para mí, ése es el poder del lenguaje literario: abordar la realidad con un lenguaje que tiene la virtud de descubrirla y ojalá de intervenir en ella; un lenguaje que yo cuido porque me parece un instrumento de indagación que puede servir de contrapeso a las visiones planas, estereotipadas, monolíticas y rutinarias de lo real, que nos llegan cada día desde los medios de comunicación: unas visiones, casi incuestionables, que se van esclerotizando en nuestras conciencias conformando una ideología que ni siquiera percibimos como tal. Es importante arriesgarse a mirar y a hablar desde otro sitio: creo que eso es lo que llevo haciendo desde que escribí mi primera novela. Tal vez, el estilo de Black, black, black podría parecerse un poco a las técnicas pictóricas y fotográficas de Gerard Richter. Me gustaría. 
 

 

TEXTO

 Día 10   

Hoy he salvado a unos niños del cazador. En un piso de esta ciudad, el cazador o la madrastra o la bruja tenían encerrados a dos niños muy pequeños para fabricar jabón con su grasa o para matarlos y vender sus órganos a los traficantes. Los alimentaban con engrudos, sobras recocidas y chocolate anestésico. No les importaba que se les picaran los dientes. Los dientes, que perduran a lo largo de los siglos, sólo pueden usarse como cuentas de collar; no sirven para transplantes ni tienen aplicaciones cosméticas. He salvado a dos niños pequeños de que experimentaran con ellos para sintetizar cremas y geles como hacen con las cobayas, con los perros y con los gatos en los laboratorios. He sido mucho más lista que la bruja, la madrastra o el cazador, tres en uno, santísima trinidad, encarnada en una mujer asténica cuyo volumen ocupaba la mitad del volumen de mi cuerpo y parecía un hilo grisáceo de humo.

“¡Toc, toc!”. Llamé a la puerta a la caída de la tarde, cuando la bruja estaba preparando su repugnante puchero para engordar a las criaturas. “¿Quién es?”, me respondió la bruja, desconfiada, porque todos los malos desconfían. Yo respondí: “Soy yo. Tu buena vecina.” Pero la bruja siguió desconfiando porque todos los malos creen que el mundo encierra tanta maldad como ellos. “¿Qué vecina?”. Le respondí bajito para que nadie me oyera: “Luz. Soy Luz.” Ignoraba, la oscura, hasta qué punto era yo la luz que iba a aniquilarla. “¿Y qué quieres?”, sin atender a mi nombre, el cazador, la bruja, la madrastra, quisieron tapar su miedo a las bombillas de cien vatios. “Contarte un secreto”.  

Fragmento de Black, black, black (Anagrama, 2010).

And the Oscar goes to… Por José Havel (28/02/2010).

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“¡Pero si es igual a mi tío Ocar!” exclamó un día de 1931 Margaret Herrick, bibliotecaria de la Academia de Cine y Artes Escénicas de EE. UU., al ver la dorada estatuilla diseñada como premio de la misma por Cedric Gibbons, el reputado director artístico de Metro-Goldwyn-Mayer. Y a la postre ese ha sido el nombre con el que se conoce popularmente al célebre Academy Award: en 1934 Sidney Skolsky lo empleó en su columna periodística para referirse a la galardonada Katharine Hepburn y la Academia, a partir de 1939 de forma oficial.

Desde su primera entrega en el 16 de mayo de 1929 (los principales premiados fueron el filme Alas de William A. Wellman, el director Frank Borzage por El séptimo cielo, y los actores Emil Jannings –El destino de la carne— y Janet Gaynor –El séptimo cielo—), los Oscar procuran dar buena fe del nivel de la producción cinematográfica anual atendiendo a las distintas especialidades en que su industria se divide: producción, dirección, guión, interpretación, música, fotografía, montaje, sonido, etc. Y son los integrantes de cada una de esas áreas especializadas quienes votan en secreto sobre sus propios colegas, a fin de establecer las distintas nominaciones relativas a cada categoría, siendo luego los miembros de la Academia en pleno los que, a partir de los nominados, proclaman los ganadores finales en cada ramo.

Pero por mucho que a cada temporada los Oscar midan la temperatura de la industria fílmica, también es verdad que no son (ni lo pretenden) paradigma crítico a la hora de distinguir los mejores trabajos cinematográficos. Los Oscar son ante todo, no lo olvidemos nunca, la gran fiesta que Hollywood se tributa a sí mismo, que para eso se lo curra. Como tal se desarrollan siempre, y como tal hay que tomárselos (lo cual no impide que además, tengan el detalle de reparar –unas veces más, otras menos, según los tiempos— en lo que sucede en el resto del cine mundial). Está claro que para seleccionar las más destacadas labores cinematográficas de cada año, no hay nadie tan adecuado como los propios especialistas en cada departamento; no obstante, su criterio altamente cualificado no les exime de incurrir en flagrantes injusticias al afrontar las votaciones.

Esto último viene a cuento de que, desde la distanciada perspectiva que proporciona el tiempo, no se entiende cómo ciertos filmes y profesionales, pasto ya del olvido, fueron premiados en detrimento de otros muchos que hoy forman parte indiscutible de la historia del séptimo arte. Porque… ¿Qué pasó con Ciudadano Kane, Centauros del desierto, 2001: una odisea del espacio, Fat City, Blade Runner y otros tantos títulos cuya sola mención inducen a la reverencia? ¿Qué sucedió con nombres tan imprescindibles como Alfred Hitchcock, Howard Hawks, Ernst Lubitsch, Orson Welles, Stanley Kubrick…? ¿Qué ocurrió con intérpretes de la talla inconmensurable de Cary Grant, Deborah Kerr, Kirk Douglas, Barbara Stanwyck, James Mason, Thelma Ritter, Claude Rains, Gloria Swanson, Edward G. Robinson, etc., etc., etc.?

Muchos son los descuidos imperdonables que la Academia siempre trata de reparar a través de la concesión de galardones especiales y honoríficos. Una voluntad de compensación que, a veces, hace incurrir a la Academia en otra injusticia añadida: premiar a determinadas figuras del medio atendiendo más a su trayectoria global que al trabajo particular por el que se les nomina ese año, no siempre de superior calidad al de sus otros compañeros nominados. 

Véase la lista completa de nominados de la 82ª edición de los Oscar en la página oficial de The Academy of Motion Picture Arts and Sciences:

http://www.oscars.org/awards/academyawards/82/nominees.html).

Hagan nuestros lectores su propia quiniela y luego juzguen ellos mismos la propiedad de los resultados finales.

Locura, terror y casas solitarias, por Celia Ferrón Paramio. 25/02/2010

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             Las mujeres están locas. Existen frases hechas, tópicos, verdades a medias establecidas como universales y enunciados repetitivos que nos acompañan a lo largo de la existencia sin llegar a cobrar sentido del todo. Así como se dice que las mujeres están chifladas, se repite hasta la saciedad el estigma de que ellos son malos, egoístas, insensibles e incapaces de la menor empatía. Ninguna de las dos cosas es cierta pero a la vez, nunca llega a ser mentira del todo. Son, más bien, interpretaciones erróneas, algo desfiguradas, de síntomas claramente reales.

De esos dos axiomas (locura para ellas, insensibilidad para él) puede extraerse una solución más diplomática: la mujer es complicada y el hombre no tanto. De la diferencia entre uno y otro sexo parte una incomprensión que llega, en ambos casos, a considerar a la hembra como más susceptible de locura. No en vano los entendidos comentan que una mujer cae en depresión (que es una especie de demencia) con más facilidad que el hombre. Aunque quizás sea la situación de ésta (más encerrada, con menos posibilidades, con más peligros, más miedos) lo que la lleve a la tristeza, no una cualidad intrínseca influida por las hormonas.
¿Y cuántas veces es esta locura real? Camille Claudel vivió 30 años en un sanatorio psiquiátrico sin que tengamos constancia de que poseyera ninguna enajenación. TS Elliot encerró en un manicomio a Viv, su esposa, por tener ataques que coincidían con su menstruación (aunque no la sacó de allí al tener la menopausia y desaparecer estos ataques, que venían a ser, más o menos, opiniones propias disidentes de las del escritor); y en la novela Revolutionary Road asistimos a la amenaza del marido de declarar a su mujer loca cuando ésta le habla de su deseo de abortar. Si efectivamente el concepto de locura era, en estos casos, establecido por un hombre, todo síntoma que se diferenciara de él pudiera ser interpretado como tal.
La literatura se sirve de la realidad. No es tanto un reflejo de ella sino que la observa para conseguir sus propósitos. Así, sin darse cuenta, sin intentar establecer teorías o Portrait of Henry James 1913.jpgconfeccionar teoremas, sí intenta hacer sus historias creíbles y empáticas para conmover o llegar al espectador. Los autores, sin darse cuenta, sin querer pertenecer a uno u otro grupo, acaban teniendo recursos parecidos, pues todos son limitados, para contarnos una historia.
Así, para confeccionar fantasmas, para crear terror, asistiremos siempre a elementos comunes. Oscuridad, noche (más facilidad de oír ruidos); casas antiguas semiabandonadas en medio de ninguna parte (dificultad para escapar o enfrentarse al peligro con grandes recursos); soledad (víctima desprotegida); mujeres protagonistas.
Desde que Henry James, con Otra vuelta de tuerca, creara la figura de la institutriz, única en toda la historia que ve el mal y los fantasmas, hemos asistidos a innumerables ejemplos de mujeres protagonistas en historias de terror con doble lectura. Mientras en la novela de James a la institutriz los otros protagonistas la creen y no ponen en duda su cordura (aunque sí será el lector el que la ponga en entredicho), en otros relatos van más allá y dejan caer que el motivo del miedo quizás exista sólo en la cabeza de la mujer. En Miriam, de Truman Capote, no llega a quedar claro si la niña diabólica sólo la ve la pobre señora Miller o realmente es un diablillo que se aprovecha de la frágil condición de la viuda. Faulkner creó a la señorita Emily, también en un caserón y también sola, aunque fue algo más convencional y cayó en el tópico del horror de la mujer a quedarse soltera para explicar su alienación. Otras obras de terror gótico como Clytie o El papel de pared amarillo van más allá y declaran culpable o al menos instigador de la locura al marido, al hombre, que pone a la mujer en una situación desesperada hasta que ésta pierde de verdad el control de su mente. Claro que estas dos obras fueron escritas por mujeres. Pero todas, para crear terror, utilizan la figura femenina y solitaria que, para escapar del nivel de reclusión, cede a alguna forma de enajenación mental.
Locura y terror, fantasmas y mujer íntimamente relacionados.
Así pues, la figura de la mujer aterrada que ha de luchar no sólo con fantasmas o la encarnación del mal, sino contra el mundo que no la cree cuando ella les advierte del peligro, es algo típico en la cinematografía de terror. Si en La semilla del diablo Mia Farrow es víctima de un complot encabezado por el marido, y en eso reside gran parte del miedo (en la concepción de que el enemigo está en casa), en obras más recientes los esposos adolecen de una falta de comprensión terrible. En El Orfanato, el padre no parece excesivamente interesado en saber qué le ocurrió realmente a la criatura, y prefiere intercambiar miradas cómplices con la psicóloga antes que brindar apoyo a su mujer, que se convierte, además de mártir del entorno, en posible desequilibrada. Uno de los puntales de la película se sustenta en la susceptibilidad del espectador a dar por hecho que todo transcurre en la imaginación de ella.
En la más actual La huérfana, es la niña la que se dedica a instigar a una familia desestructurada que viven en un chalet enorme apartado en el campo. La madre adoptiva aquí no es la única que advierte la amenaza, puesto que los hijos son conscientes también, pero los tres son demasiado frágiles, poco valorados por la sociedad para que sus opiniones sean tenidas en cuenta. Asistimos a un marido exageradamente en la inopia pero a la vez con una actitud creíble que se repite muchas veces en la vida real: prefiere creer a cualquier extraño antes que a su mujer, y además aprovecha este tipo de deslices para continuar tratándola con una actitud condescendiente con la que la encierra cada vez más.
Quizás sea eso lo realmente creíble. La mujer, más acostumbrada a luchas solitarias, a sentirse parte de una minoría, a no apostar nunca al caballo ganador, puede encarnar mejor el personaje de luchadora frente al mundo, de víctima pero también de verdugo, pues en la complejidad de su mente, en los entresijos de su razón, estriba su secreto.

 

El Gatopardo, de G.T. di Lampedusa, por Miguel Rojo. 25/02/2010

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Vuelve El Gatopardo. En realidad, la obra póstuma de Giuseppe Tomasi di Lampedusa , como todos los libros “inmensos”, nunca se ha ido. Ya forma parte de nuestra forma de entender el mundo. Pero esta nueva y cuidada edición de Edhasa sirve de excusa para volver a leerlo o para envidiar a aquellos que van a gozar por primera vez de la novela y del sofocante mundo del príncipe Salina; un príncipe al que resulta muy difícil no ponerle la cara de Burt Lancaster por culpa de la inolvidable película de Visconti, donde actuaba junto a un jovencísimo Alain Delon y una Claudia Cardinalle que, sin restarle meritos a sus ojazos, con sus muecas y morritos no deja de parecerse a una actriz del porno barato.

 

En el prefacio del libro, Gioacchino Lanza Tomasi, sobrino e hijo adoptivo de Lampedusa, nos cuenta los avatares del texto antes de su publicación. No corrían buenos tiempos para una novela como El Gatopardo, centrada  en la decadente historia de una familia aristocrática siciliana de finales del S XIX; el propio Lampedusa define  su novela en una carta dirigida al barón Enrico Merlo: “Me parece que tiene cierto interés porque muestra a un noble siciliano en un momento de crisis…, cuál es su reacción y cómo se va acentuando la decadencia de la familia hasta su desintegración casi total; pero todo eso visto desde dentro, con una cierta identificación del autor, pero sin ningún rencor”.
 
Como decía, el ambiente cultural italiano del momento, dominado por una literatura centrada en los problemas sociales de un país apenas salido de la posguerra (ahí están los Sciascia o Pavese…), hizo que las editoriales más importantes, Mondadori y Einaudi, rechazaran aquella anacrónica novela. Un año después de la muerte de Lampedusa apareció la obra publicada a cargo de Basan; aunque enseguida se puso en tela de juicio, dadas las discrepancias que había entre el texto impreso y el manuscrito dejado por el propio autor.
 
La edición que ahora comentamos se anuncia como la definitiva. Quizás para los especialistas en la obra del siciliano, estos añadidos puedan resultar de gran interés, pero para el común de los lectores, la nueva revisión poco o nade suma a la bondad de lo ya conocido. Podríamos decir que en el libro no es necesario cambiar nada para que todo siga igual de genial, contradiciendo la archifamosa sentencia de Tancredi, el sobrino del príncipe Salina, cuando haciendo gala de un notable cinismo y de su conocimiento de lo humano, le asegura a su tío, temeroso por la llegada de Garibaldi y un nuevo orden a Sicilia y luego a toda Italia, que era necesario cambiarlo todo para que todo siguiera igual.
 
El Gatopardo, aceptada al poco de publicarse como un clásico de la literatura del s XX, nos cuenta, no por repetido menos dramático, la sustitución de clases en el poder. La mirada sabia del Príncipe Salina entiende –y acepta resignado- este cambio como la obligada renovación de los actores principales de esta comedia que es la vida: “Nosotros hemos sido los Gatopardo, los leones; quienes ocupen nuestro lugar serán los pequeños chacales, las hienas; y todos, Gatopardos, chacales, y ovejas, seguiremos creyéndonos la sal de la tierra”.
 
La esmerada traducción de Ricardo Pochtar, poeta y residente en Xixòn (creo que su trabajo serviría de maravilla a la nueva campaña del Principado “Hecho en Asturias”), cumple a la perfección con el estigma de los traductores: mejor cuanto menos se note su trabajo. Leyéndola, se tiene la sensación de estar escuchando al príncipe Salina decirnos con su voz profunda, en perfecto castellano, mientras observa las agostadas tierras sicilianas alrededor de su palacio de Donnafugata: “¿Qué, el amor? Si, el amor. Si claro, el amor. Un año de llamas y pasión y treinta de cenizas”.
 
Un clásico de la literatura, ya lo dije.                                                    

 

 

 

 

 

Antonio Ventura

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Sí, leer los libros para poder después leer la vida. Cuanto más alejados del origen —algo inevitable en este mundo cada vez más injusto e hipócrita—, sólo a través de la palabra podremos volver a encontrarnos con nosotros mismos, reconciliarnos con nuestros fantasmas, y no volver a repetir la historia, Y de todas las palabras, las que construyen la ficción literaria serán las que nos seguirán planteando enigmas, algo casi tan valioso como el pan y la ternura.
 
Antonio Ventura.
 
Foto: A.V.

Santiago Bertault

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10 años peleando y dando de qué hablar.
Porque en el fondo siempre habeis sabido dónde queremos estar.
 
 
Santiago Bertault

Presentación Las manos cortadas

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Luisgé Martín presenta en Asturias su última novela,


Las manos cortadas


Agora21 tiene el placer de invitarle a la presentación en Asturias del libro Las manos cortadas (Alfaguara), de Luisgé Martín. Una novela diferente
y original sobre el Chile inmediatamente anterior y posterior a Allende, que pone al descubierto las claves de la historia chilena.

El acto estará presentado por el presidente de la Asociación de Libreros de Oviedo, Luis Martín.
Fecha: Viernes, 26 de febrero / Hora: 19:30 horas.
Lugar: Gran Hotel Regente. C/Jovellanos, 31. Oviedo

Colabora: LibrOviedo

Patrocina: Cadena Hotelera Asturiana. Gran Hotel Regente

La cinta blanca: De aquellos barros, aquellos lodos. Por J. de Oxendain (19/02/2010).

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A los 68 años Michael Haneke tiene una aureola de cineasta exigente, cerebral, pesimista, irónico, amante de controlar hasta el menor detalle de sus filmes. Hijo de un realizador protestante, Fritz Haneke, y de una actriz católica, Beatrix von Degenschild, este alemán crecido en Austria se dio a conocer por sus análisis fríamente virulentos de la violencia, como Funny Games (1997), que describía el exterminio de una familia por dos adolescentes sádicos.

Palma de Oro del último Festival de Cannes, La cinta blanca es una obra tan sobresaliente como desasosegante, nítida y cortante como un filo, opaca y densa como la niebla. «Un film riguroso sobre los peligros del rigor», declaró el mismo Haneke. Se trata de la descripción, poderosa, de una comunidad campesina alemana cuasi feudal en vísperas de la I Guerra Mundial, marcada por la austeridad moral luterana, donde todo es culpa y castigo. El blanco y negro protestante de sus imágenes, con texturas que perfilan el conflicto moral de la película, corre vecino al mundo de Bergman, de Dreyer, pero a través de la mirada glacial, quirúrgica, de Haneke.

Bajo el orden férreo, bajo la educación rígida, la cámara –un escalpelo auténtico en manos del cineasta austrogermano— opera a la búsqueda de las turbiedades ocultas, los abusos de poder, las neurosis, las hipocresías. Y como contrapartida, las maquinaciones extrañas de los niños, los súbitos y misteriosos estallidos de violencia. Con una gran economía de medios, una fotografía majestuosa y una banda sonora minimalista donde la voz narradora del maestro protagonista –ya anciano— remueve el tiempo, Haneke observa clínicamente las colisiones de la inocencia y el mal. Estamos ante una obra poco esperanzadora, quizá misántropa, aunque su crónica de la crueldad es saludablemente lúcida, extrapolable a la especie humana entera más allá de los demonios interiores alemanes que acabaron desembocando en el nazismo.

 
 
LA CINTA BLANCA (Das weisse band). Alemania/ Austria/ Francia/ Italia, 2009. Dirección y guión: Michael Haneke. Fotografía: Christian Berger. Montaje: Monika Willi. Diseño de producción: Christoph Kanter. Intérpretes: Leonie Benesch, Josef Bierbichler, Rainer Bock, Christian Friedel, Burghart Klaussner, Steffi Kühnert, Ursina Lardi, Susanne Lothar, Gabriela-Maria Schmeide, Ulrich Tukur … Duración: 137 minutos.

Jorge Ordaz

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Un año. Diez años. ¿Mucho tiempo? ¿Poco tiempo?
Pero, ¿qué es el tiempo?
Tal vez, como dijo Giorgio Manganelli, una vía por la que transitan los significados.
Enhorabuena y adelante.

Jorge Ordaz