Tal vez el paso crucial en la historia del hombre, alejándolo para siempre de las restantes especies animales, fue el desarrollo de un lenguaje articulado. En aquel lejano pasado están nuestras raíces más profundas. Entre esos primeros seres humanos y nosotros hay una continuidad en el uso de una misma lengua, ininterrumpida, de generación en generación. Nosotros nos entendemos con nuestros padres en una lengua que tenemos por la misma que hablan ellos. Y nuestros padres se entendieron así con los suyos y creyeron igualmente hablar su misma lengua. Y así ha ocurrido generación tras generación, sin solución de continuidad, hasta remontarnos a los orígenes de la Humanidad.
Hoy los seres humanos estamos esparcidos por los cinco continentes y hablamos multitud de lenguas variadas, que no nos permiten entendernos entre nosotros. Y por ello hemos perdido hace mucho tiempo la conciencia de nuestra unidad. Pero ¿no son ya más que excesivas las divisiones entre nosotros? ¿Por qué seguir potenciándolas o desenterrando las que hubo hace siglos? ¿No sería mejor recorrer el camino contrario, es decir, poner los medios para que todos los seres humanos pudiéramos entendernos?
LA FRAGMENTACION DE LA LENGUA COMUN: BABEL
Todavía en el siglo XVI, los estudiosos del lenguaje no habían descubierto el hecho de que las lenguas evolucionan y se alteran con el paso de los siglos, y se escandalizaban, como muchos aún hoy día, de lo que dice la Biblia, que “toda la tierra tenía un solo lenguaje y unas mismas palabras” (Gen. 11, 1). Mucho menos atisbaban aún que esa única lengua se fraccionara a causa de la división previa que había en el corazón de las personas.
LENGUAS INDOEUROPEAS
Con las figuras de Boop y Rask terminó el período de tanteos y elucubraciones sobre el origen de las lenguas de Europa y su parentesco profundo. Gracias a ellos se supo con la seguridad del conocimiento científico que el griego, el latín (y por lo tanto todas las lenguas romances: italiano, francés, español..), todas las lenguas germánicas (gótico, alemán, inglés…), todas las eslavas (ruso, polaco, checo…), en una palabra, prácticamente todas las lenguas de Europa, proceden por evolución en el tiempo de una lengua única hablada en una época prehistórica (el indoeuropeo). Que, por lo tanto, todos sus pueblos fueron una vez el mismo pueblo. Que la actual diversidad de lenguas y pueblos de nuestro continente es un fenómeno relativamente reciente. Y que a ese pueblo común pertenecieron también los antepasados de los indios y los iranios, hermanos de los europeos alejados en el Oriente. Y, como corolario, quedó científicamente demostrado que las lenguas evolucionan y cambian con el paso del tiempo en forma tan natural como inexorable.

NACIONALISMOS
Pocos factores colaboran tanto a crear conciencia de comunidad diferente como el hablar una lengua distinta. Casi todos los nacionalismos tienen como substrato una minoría hablante de una lengua distinta de la que habla la mayoría.
Puede decirse que entre dos poblaciones hablantes de lenguas diferentes existirá con gran probabilidad conciencia de ser dos pueblos diferentes. Y por el contrario, cuando hay una forma homogénea de hablar en una comunidad, no será difícil que se sientan un pueblo único, una sola nación. No hay medida más eficaz para erradicar los nacionalismos que el suprimir las diferencias lingüísticas. Ni forma más eficaz de potenciarlos que el mantenerlas o acentuarlas. Y eso lo saben muy bien todos los políticos, y no sólo los nacionalistas.
Ahora bien, si el nacionalismo es la ideología y el movimiento político que pone a la nación como único referente identitario de la comunidad política, y parte de estos dos principios básicos:
– El principio de la soberanía nacional: la nación es la única base legítima para el estado.
– El principio de nacionalidad: cada nación debe formar su propio estado, y las fronteras del estado deben coincidir con las de la nación.
En una palabra, si el fin del nacionalismo es la separación y la independencia, ¿que pintan los partidos nacionalistas en esta nación cuya constitución consagra que la soberanía nacional reside en el pueblo español?
Y lo que es peor aún, ¿qué hacen los dos grandes partidos de ámbito nacional (PSOE, PP) potenciando el uso de otras lenguas si eso es lo que más fortalece los nacionalismos?
A todas luces, hemos caído en una profunda contradicción y las cosas tienen consecuencias, no se puede mirar para otro lado, antes o después, está situación acabará "rompiéndose" por alguna parte. Una vez que el proceso nacionalista está en marcha, es muy difícil pararlo. Como dice un refrán australiano: "si le das galletas a un ratón… luego querrá un vaso de leche". Aquí, en realidad, el ratón es el político, y claro que el proceso se puede parar, sólo es necesario que sus votantes comprendan que él se lleva las galletas y el vaso de leche y ellos los problemas y las dificultades.
( Métodos de los nacionalistas (y sus cómplices PP-PSOE) para imponer la lengua: obligar a usarla a estudiantes y profesores de su comunidad; multar a los comercios que rotulan en castellano; intimidar… Ver un ejemplo de intimidación en el siguiente enlace http://www.nacionespanola.org/esp.php?articulo1599 )


Para detener lo fugaz, dice también Llamazares, hay que tener claro que el azar es lo único que permanece. Cierto. Bien cierto, y como constante que es en nuestras vidas, será el caprichoso azar el que se encargue de rescatar esos momentos que alojamos en la memoria y a los que damos un tratamiento especial a pesar de que nos producen cierta… no sé, como tristura. La melancolía, ese recuerdo de una emoción que quizá nunca sentimos, esa apropiación azarosa de alguna instantánea que en su momento creímos ver pasar sin darle mayor importancia para recuperarla después medio ahogados por un vuelco del corazón, se parece unas veces a los cuadros de Hopper, a algunas películas de Win Wenders, al cine de Jim Jarmusch, de Wong Kar-Wai, de Isabel Coixet, o a las novelas de Julio Llamazares y la prosa de Xuan Bello, pero otras veces se parece a las cosas más extrañas, se parece a los árboles en flor, cualquier primavera, o a las motas de polvo que flotan en una habitación y se dejan ver debido a los rayos de sol que pasan tamizados por los agujeros de una contraventana en una vieja casa de pueblo; se parece a los cuentos de Poe, a Las ratas, de Miguel Delibes, a Mazurca para dos muertos, de Cela; a una canción de Antonio Molina, a otra de Tino Casal o a una rumba de Melendi; se parece a las manos de Audrey Hepburn o al puro que fumaba George Peppard en la furgoneta, con todo el Equipo A. Se parece a las cosas más raras.
La melancolía es siempre una película vivida, es la primera colaboración entre cine y literatura porque, producida por los sentidos –el olor de un desván, el sabor de las cerezas o la tersura de una mesa de madera pueden desatarla- acude siempre a nosotros en imágenes; en imágenes que tratamos de explicarnos con palabras –supongo que bastante a menudo sin conseguirlo-. Nuestros momentos melancólicos son cortometrajes con guión y realización propios. Son nuestros, los producimos y, sin embargo, en buena medida se nos escapan porque también pertenecen al azar. La melancolía somos nosotros y el mundo como representación, como anhelo disfuncional entre lo vivido y lo por vivir; somos nosotros en un punto equidistante entre los que fuimos y los que seremos, y también entre los que nunca fuimos y los que nunca seremos. La melancolía es una cosa muy rara que se produce porque somos capaces de retener inconscientemente lo fugaz y proyectarlo hacia delante para darle algún día alcance; un día que ya no somos los que éramos, ese día en que llega una imagen no sabemos de dónde y nos hace ponernos tontorrones, quizá significando algo completamente distinto a lo que significó para nosotros aquel otro día del pasado en que siendo otros logramos retenerla. 






