El lado bueno de las cosas, de David O. Russell. Por José Havel. 27/01/2013.

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Locura de amor

El lado bueno de las cosas, de David O. Russell

Por José Havel

 

Adiós a las armas, adiós a los cristales. Optimista irreductible, Pat Solitano (Bradley Cooper, lejos de su habitual registro de tipo encantador) tira por la ventada cerrada de su habitación el ejemplar de la novela de Hemingway que lee antes de irse a dormir. Le ha indignado el triste desenlace del relato, porque el mundo ya es bastante duro de por sí como para permitirnos no ser positivos o negarles finales felices a las historias. Así se lo hace saber a sus ya acostados padres (Robert De Niro y Jacki Weaver, la macbethiana abuela de Animal Kingdom), atónitos en su dormitorio ante la intempestiva soflama literario-vital: son las cuatro de la madrugada.

Pero más que un carácter estrafalario, Pat padece trastornos bipolares. Ha pasado ocho meses en un psiquiátrico tras perderlo todo: casa, trabajo y pareja. Ahora debe vivir con sus progenitores; aunque anhela reconducir su vida y recuperar a su ex mujer, a quien no puede acercarse a menos de 150 metros según reza la orden judicial solcitada por ella misma. Claro que Pat quiere conseguir sus objetivos sin tomar medicación. Además, contará con la imprevista ayuda de la joven Tiffany (Jennifer Lawrence, reciente Globo de Oro), viuda ninfómano-depresiva tan fuera de órbita como él.

Después del clasicisimo de alta gama de The Fighter (2010), David O. Russell retoma con El lado bueno de las cosas (Silver linings playbook, 2012) la senda de la comedia excéntrica, en la línea indie de Extrañas coincidencias (2004), aquella menospreciada rareza, con reparto estelar, donde unos estrambóticos detectives existenciales investigaban la interconexión causal de las casualidades.

El lado bueno de las cosas descansa casi totalmente sobre el personaje principal, continua fuente de duelos verbales, si bien David O. Russell muestra asimismo interés por su entorno familiar, un poco al modo de The Fighter. De ello se sirve para introducir en el relato dos líneas de fuerza complementarias: una relación paterno-filial desordenada (De Niro está estupendo en la ambigua progresión de su papel de apostador supersticioso) y un romance anticonvencional. La primera de ellas presenta mayor relieve dramático, pues la historia de amor acaba perdiendo fuelle, igual que el filme en su tramo final, un tanto disueltos ambos en la molicie. Sin embargo, que la gestión de los momentos álgidos diste de ser óptima (se antojan excesivas ocho nominaciones a los Oscar), no resta simpatía ni honestidad a esta agridulce comedia romántica, obra de un cineasta aún a la búsqueda de equilibrio en su discurso. 

 

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