Manolo Abad: “Vivimos en una sociedad del silencio”. Por Lauren García. Fotos de Pablo Lorenzana.

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La pluma impenitente de Manolo Abad exprime de forma insolente a los personajes que crea, los moldea a golpe de hacerlos creíbles en medio de los incesantes maltratos de la vida. Su último libro Viajes al fondo del precipicio (Turbulencias, 2012) contiene buena dosis de acción, noches enconadas donde se apura la última copa como un sueño marchito y seres dolidos, sobre los que el escritor asturiano arroja pertinentes gotas de realidad cristalina y carne herida. Viajes al fondo del precipicio, segundo libro de Manolo Abad tras Vasos sucios en la madrugada (Septem, 2008), sonsaca los vicios y penurias de una sociedad que se tambalea como un borracho a pie de barra; su autor sabe que quizás todas las artes puedan resumirse en una.

—Muchas de las tramas de su nuevo libro se refieren al poder y sus círculos concéntricos, ¿por qué se centra tanto en este aspecto? 
 
En cada uno de los libros de relatos parto de una serie de ideas-base que van impregnando a cada uno de los cuentos. En Viajes al fondo del precipicio una de esos, bien podríamos llamarlos, cimientos era la venganza, la reacción ante la injusticia. La sociedad actual avanza hacia una separación cada vez más radical entre ricos y pobres, con una clase media ahogada, desaparecida. Ese desequilibrio acentúa los abusos y ahí se encuentra un caldo de cultivo ideal para alguno de mis relatos, con un poder servil a los intereses de los pudientes… Un aspecto que nutre la serie negra desde siempre y que también se presenta en este segundo libro de relatos mío pero desde una perspectiva no ya de un género negro puro, como sucedía en Vasos sucios en la madrugada sino más desde algo que podríamos denominar realismo negro. 

—También está muy presente la noche con el alcohol y todas sus tentaciones…  

Sí que hay algunos relatos donde la noche es el escenario, pero, bueno, hay otros donde no aparece para nada: "Friday, I´m in love", "La cruz de San Pancracio", "Sueño de papel", "La culpa"…  
 
—Le agrada poner a sus personajes en complicaciones, ¿las vidas ejemplares no tienen cabida en su literatura?

Tanto como que me agrade… (Risas). No creo en las vidas ejemplares, siempre hay alguna zona oscura dentro de nosotros. Que tire la primera piedra quien no la tenga. Pero sí que, llevando a muchos de mis personajes a situaciones límite, podemos conocer algunas reacciones a las que todos estamos expuestos. La sociedad actual tiene un alto componente de hipocresía, de simulación, probablemente por una perversa utilización que los medios de comunicación hacen de muchas vidas privadas realmente repugnante. Vivimos en una "sociedad del silencio", como cantaban Lagartija Nick en aquella canción (la letra decía "La sociedad del silencio vuelve a enmudecer"), una sociedad despiadada en esos silencios de conveniencia, hipócritas. Una sociedad más pendiente del qué dirán o de la apariencia que de la esencia del ser, de vidas ejemplares que no son más que mentiras para ejemplificar y justificar el modo en que ejercitan su poder los más pudientes.  

—¿Le cuesta menos escribir sobre mundos que conoce bien como la literatura y el periodismo?

No te creas. Dice mi buen amigo Ignacio del Valle que le cuesta trabajo escribir sobre la actualidad porque le cuesta distanciarse. En mi caso, también existe la dificultad de esa cercanía. Sin embargo, lo que sí sucede es que las historias ambientadas en esos mundillos sí que surgen con mayor facilidad. A partir de la génesis de cada una de esas historias es cuando comienzan los problemas (risas) para tratar de conseguir la distancia.   

—Como ya evidenciaba en su anterior libro Vasos sucios en la madrugada, ¿tiene una deuda manifiesta con la literatura y el cine negro?

Sí, claro. En mis años más inciertos y confusos de estudiante universitario me volqué en la lectura. Me pasaba jornadas enteras "pirando" en la Biblioteca Pérez de Ayala de Oviedo, empapándome de literatura y, en especial, de serie negra. Lo del cine negro viene de mi formación francófona, muchos años de estudiante en la Alianza Francesa de Oviedo. Su director, Lucien Cugnac, era un fanático del polar y organizaba ciclos en versión original en el salón de actos. Y también se veían muchos clásicos de la serie negra americana y francesa en el segundo canal de TVE. Hoy es verdaderamente complicado acceder a este tipo de cine. Una pena.  

—¿Es un riesgo publicar en una  editorial nueva e independiente como Turbulencias?

Es evidente que hay una parte de riesgo clara al ser uno mismo quien lleva las riendas de todo el proceso. En mi caso, me ha ayudado la experiencia de seis años al frente de la revista cultural Interferencias. Tiene una parte de riesgo, pero, por otro lado, al estar tan cerca de todo el proceso de edición y distribución, las satisfacciones son mayores, aunque haya que redoblar esfuerzos. Y, lo mejor de todo, es que uno sabe exactamente lo que vende y, casi, casi, a quien llega. Puedes destinar los ejemplares que quieras a promoción y no tener que estar a expensas de que los tipos de la editorial hagan o no su trabajo. Es algo que está sucediendo en el mundo de la música y que, poco a poco, va dándose en el literario. Eso sí: hay que estar dispuesto a trabajar muy duro por tu obra.  

—Con la perspectiva de haber colaborado muchos años en numerosos medios de comunicación, ¿qué le sobra y de qué adolece la cultura asturiana actual?

Le sobran charlatanes y aprovechados. Falta una proyección exterior y un afianzamiento de puertas adentro, perder e
sos complejines y llegar al público asturiano (o que cada uno encuentre su espacio dentro de ese público). Por último, capillitas, zancadillas y puñaladas traperas también me sobran, aunque, me temo, que son inevitables.
 

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