En la muerte de Cintio Vitier, por José María Ruilópez. 19/10/09

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Con el fallecimiento de Cintio Vitier el pasado 1 de octubre desaparece uno de los intelectuales más profundos del siglo pasado en Cuba.  Nacido en Cayo Hueso, Florida, en 1921, era hijo del filósofo Medardo Vitier. Se inició en los estudios en Matanzas y en La Habana se graduó en Derecho Civil. Desde muy joven se sintió inclinado hacia la literatura, especialmente hacia la poesía.

Uno de los acontecimientos culturales que marcaron su vida creativa fue la visita del poeta español Juan Ramón Jiménez a La Habana en 1936. Éste dio una conferencia en la ciudad y Cintio asistió a la misma. Allí conoció a la que sería su esposa. “Yo la miraba de lejos, porque los dos éramos admiradores de Juan Ramón. Ella llevaba una gorra que no estaba de moda entonces. Allí iniciamos nuestra amistad y en la Universidad nos hicimos novios”. Ella es Fina García Marruz poetisa y ensayista sobre Martín, de gran relieve, su viuda.  Así me lo contó Cintio Vitier en su casa de El Vedado,  en La Habana, en 2002, donde fui recibido  con gran deferencia por su parte, pocos días después de recibir el Premio Juan Rulfo en México.
 
Juan Ramón Jiménez sería el prologuista de su primer libro: Poemas, al que seguiría Vísperas, Testimonios, La Fecha al pie y Nupcias.  Creció literariamente alrededor de la revista Orígenes, que dirigía Lezama Lima. En ella participaban diez creadores de diversos ámbitos: como el poeta Eliseo Diego o Justo Rodríguez Feo. Se reunían en la calle Calzada, en la casa del genial músico avilesino Julián Orbón, tío del concertista de guitarra Armando Orbón, residente en Gijón. 
 
Sus novelas destacadas son De Peña Pobre (1978), Los papeles de Jacinto Finalé (1984) y Rajando la leña está (1986). Como investigador, publicó en 1952 Cincuenta años de poesía cubana y Temas martianos en 1961. Le fue concedido el Premio Nacional de Literatura en 1988, la Orden de José Martí —entregada por el Consejo de Estado— y el título de Oficial de Artes y Letras de Francia. Asimismo, fue doctor Honoris Causa de la Universidad de La Habana, de Las Villas y de Soka en Japón y también se le concedió el Diploma de la Universidad de Turín.   
 
Con Cintio Vitier no sólo se va una autoridad literaria de Cuba sino también el patriarca de una saga de creadores en diversos campos. Sus hijos Sergio y José María Vitier son músicos. José María es un compositor de prestigio internacional.  Escribió la banda sonora de la conocida película Fresa y Chocolate de Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío. Su nieto José Adrián, hijo de José María, es poeta, pintor —expuso en México el otoño pasado—, traductor y director de la revista literaria La Isla Infinita.  La hermana de José Adrián, Laura Vitier, es poetisa también.  El sobrino de Cintio, Eliseo Alberto, hijo del poeta Eliseo Diego y de Bella Esther García Marruz, es un escritor de prestigio, ahora residente en México.  Y la hermana de éste, Josefina, es escritora, y el otro hermano, Constante, dibujante. El mismo Cintio Vitier estuvo a punto de acabar la carrera de violín, que estudió en el Conservatorio Orbón. Y con frecuencia tocaba el piano con su suegra una de sus piezas preferidas: la Sonata Preciosa de César Frank, según me contó su viuda Fina García Marruz.
 
Cintio Vitier, si como escritor y ensayista ha merecido alto reconocimiento sin discusión posible, en algunos ámbitos políticos y culturales nunca fue bien recibido debida su implicación con el régimen de Castro. Hombre muy religioso, ha querido conciliar cristianismo con marxismo.  Ricardo Alarcón, Presidente de la Asamblea Nacional Cubana le llamaba Apóstol del Apóstol. El Apóstol era el apodo de José Martí.  Para entender la trayectoria vital de Cintio Vitier hay que separar al creador indiscutible del creyente y soporte cultural del régimen de Castro. En los últimos años, cuando yo lo conocí, vivía una ancianidad llena de recuerdos, viejas vivencias, llamativas peripecias culturales y sentido del humor. Pero un poco alejado de la realidad cubana que palpita bajo la casa en que vivía dignamente pero casi con humildad para su estatus intelectual.
   
Escribí entonces, después de mi encuentro con él: 
«De su semblante sobrio, su apostura educada y su verbo sereno afloran sus convicciones religiosas, su convencimiento político y su amor por Fina.  Esto último lo corroboro cuando se colocan para una foto y, desde los sillones que ocupan, se cogen de la mano como dos adolescentes.»
 
Ferviente seguidor del músico asturiano Julián Orbón, le dedicó este poema en su muerte:
 

Nada sé, ni sabré,

de tu muerte, Julián.

Si eras la vida ausente,

la que nos fue quitada,

¿quién lo creerá?  

 

 

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