Esas ficciones (4), por José Ángel Ordiz

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Ahora que todos somos personas y personajes, Woody, ya sé de dónde vengo y a dónde quiero llegar. Vengo de la memoria y quiero llegar al recuerdo.

            -A ti te hubiera gustado nacer en el futuro por si se inventa la inmortalidad.

            -No, por simple curiosidad.

            -A mí no me la pegas.

            -Ni tú a mí. Pretendes que te entretenga porque no puedes moverte de ahí y te han cegado los gamberros.

Hoy no tengo hambre ni sueño. Tampoco nieva hoy. Es cierto, sí: son muy buenas casi todas las narraciones y las películas donde nieva mucho o hay mucha nieve por las calles o por los montes: nieva en El resplandor, nieva en Pelle el conquistador, nieva en Dersu Uzala –en la novela de Arséniev y en la película de Akira Kurosawa: ¡No disparen, soy gente!-; en Dos viejos gruñones incluso, en este último filme los sucesores de Stan Laurel y Oliver Hardy, ya viejos Jack Lemmon y Walter Matthau pero sin embargo lozana, reconocible, envidiable, esa amistad que ni una dama en disputa será capaz de quebrar.

Hola, dama, saluda el gigante a La princesa prometida, donde el protagonista masculino sustituye el Te quiero con que ama a la protagonista femenina con un apocado Como desees (se quejará luego; hay que ser más explícito, hombre, y que salga el sol por donde quiera, ¡Me cago en el misterio!).

Continúo con la nieve después de la nueva dispersión anterior. Con la nieve y con el frío, con el mucho frío que abriga a ficciones tan reales como El pianista de Roman Polanski (el director perseguido por el pasado, como si no tuviéramos todos -y todas- trapos sucios por ahí, principalmente los perseguidores de oficio) y del flaco Adrien Brody, que a mí me recuerda un poco a Benjamín Prado, el escritor, en cuanto al físico se refiere.

            -Hombre, con unas cuantas copas encima…

            -Coño, House, tú por aquí.

            -¿No estabas enfermo?

            -Desde hace años, y ya voy para viejo, así que te llamaron tarde.

O a ficciones tan hilarantes como El baile de los vampiros, del Polanski también (qué atractivas resultan, al parecer, las mujeres hermosas con cara de niña, y las bellas niñas con rostro de mujer; cómo pierden a los hombres; tendría que hablarnos sobre el tema algún experto; ¿Te sirvo yo?, ¡Ay, qué susto!, ¿Qué temes, Clarice, José Ángel?).

En El silencio de los corderos no nieva mucho, ni hace mucho, mucho frío, pero qué escalofríos provoca Hannibal Lecter, la madre que lo parió. Aunque el psiquiatra caníbal se debe a la pluma del novelista Thomas Harris, que le dio vida secundaria en el relato El dragón rojo, luego protagonismo principal en El silencio de los inocentes (corderos) y más tarde en Hannibal y en Hannibal: el origen del mal. Imágenes y voz se las pusieron Jonathan Demme y el genial multiusos Anthony Hopkins (cuyo apellido tiendo a confundir con el de Anthony Perkins, el de la Psicosis de Hitchcock). Psiquiatra caníbal no conozco a ninguno, pero sí conozco a un par de psiquiatras pirados.

            -¿Sus nombres, Clarice, José Ángel?

            -Quítate para allá, demonio.

            -Quid pro quo, Clarice, José Ángel, no lo olvides nunca.

Puedo confesar que tampoco los extravíos por las profundidades oceánicas o espaciales fueron el principio de mis ficciones vividas, Woody.

            -Cuenta, cuenta, que tienes razón y ya nadie, casi nadie, se detiene junto a mí al pasar por esta calle peatonal.

-Fueron las aventuras ilustradas de Roberto Alcázar y Pedrín, creo recordar.

            -O sea, que casi empiezas por el final este conjunto de palabras que llegan de la memoria y pretenden el recuerdo.

            -Tanto como por el final…

            -Me suena ese quid pro quo de antes, me suena a…

            -¿A qué, Woody?

            -A las críticas amigas o enemigas, pocas veces imparciales, de los expertos oficiales en ficciones y realidades, condicionados por la amistad o la enemistad, por la política, por la religión o el ateísmo, por la pasta…

            -Ya… El caso es que vuelvo a tener hambre y sueño.

            -Qué calamidad.

-¿Seguimos mañana?

-Lo malo de mañana es que a lo peor no existe.

-Ahí te quedas, liante.

El cine en tres dimensiones… Y entonces me acuerdo de las ficciones teatrales, y veo, en el Jovellanos gijonés, a un sinvergüenza –Pepe Rubio- al que pretende enseñar Alfonso Paso. Sin las gafas que se precisan para ver Avatar, el anuncio del mañana (si existe); nada del otro mundo En tierra hostil, el presente oscarizado, si la comparamos con El submarino (por el manejo de la cámara), con Platoon o con Apocalipse Now¡El horror…!- (en lo tocante a las hazañas bélicas, que nos devuelven una y otra vez a nuestra condición de homínidos irrecuperables a pesar de esas ficciones –realidades- que nos narra la existencia y que nosotros, a veces, recreamos).

Ahora el alimento y la cama -soñar, siempre soñar-, después bien veremos, insiste el ciego que nunca me abandona (y no me refiero a Woody Allen).

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