Geografías. Locuras sin fundamento. Por Hilario J. Rodríguez. 24/04/2009.

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Cada época produce sus héroes y sus monstruos, y los artistas suelen situarse en la intersección entre ambos. Ahora vivimos un momento de domesticación cultural, en el que los cantantes y los escritores aceptan el incierto papel de intelectuales o de showman que les adjudican el mercado y las sociedades interesadas en canalizar su discurso. Los herederos del romanticismo han ido desapareciendo poco a poco y con ellos han comenzado a disiparse las ambiciones que animaron la filosofía de Friedrich Nietzsche, la obra literaria de James Joyce o el cine de Dziga Vertov. Ya no quedan quienes de verdad quieran poner en entredicho las reglas y los valores establecidos. Todo lo más aparece de cuando en cuando algún gamberro que nos hace soñar, como Michel Houellebecq o Quentin Tarantino; incluso los raros y los extravagantes, como Tim Burton, han acabado convirtiéndose en gente normal.  Por eso prestamos tanta atención a los enfermos y a los locos si nos proponen algo, aunque en principio pueda parecer el trabajo de un niño. Su visión, que suele ser anárquica e irreverente, nos descoloca durante unos instantes, cuestionando nuestra comodidad liberal y burguesa.

Crumb (1994, Terry Zwigoff), American Splendor (ídem, 2003, Shari Springer Berman y Robert Pulcini) y El Diablo y Daniel Johnston (The Devil and Daniel Johnston, 2005, Jeff Feuerzeig) tratan sobre los problemas que entraña la identidad personal, especialmente cuando en ella se mezclan el talento y la locura, las actitudes obsesivas y la desnudez emocional, la degradación y el aplauso mayoritario, el fundamentalismo cristiano y el capitalismo, la enfermedad y la fama, el poder y el miedo… Sus imágenes, más que indagar en la personalidad de Roger Crumb, Harvey Pekar y Daniel Johnston, fijan su atención en el espejo deformante que a veces pueden ser los medios de comunicación (más que nada las televisiones y las emisoras de radio), donde nadie es lo que parece. Ni siquiera el cine es un medio lo suficientemente amplio como para ofrecer un retrato fiable de un ser humano. Resulta necesario explorar desde todos los ángulos posibles, hacer ejercicios de sampling. En El Diablo y Daniel Johnston, por ejemplo, se utilizan cintas de casete, diapositivas, dibujos, recursos propios de los videoclips, escenificaciones teatrales, técnicas de animación… Además, el montaje mezcla antiguas películas en súper 8, rodadas en los años ochenta, y tomas realizadas recientemente.  De ese modo, el antiguo diario fílmico de Daniel Johnston, mientras vivió los mejores momentos de su breve esplendor artístico, se imposta al trabajo del director Jeff Feuerzeig en la actualidad, después de que el compositor y dibujante haya atravesado más de diez años en diferentes sanatorios psiquiátricos. Algo así permite que lo objetivo y lo subjetivo coexistan a lo largo de la película, ofreciendo un retrato tan real como ficticio del personaje principal, a quien nunca llegamos a conocer ni comprender por completo. Sin embargo, no es preciso apreciar la música o los dibujos de Daniel Johnston para sentir interés hacia él, gracias al enorme cúmulo de procedimientos utilizados, que ponen de relieve lo difícil que es describir a un ser humano y lo fácil que es caricaturizarlo si nos conformamos con una sola perspectiva.

Hace años Privilege (1967, Peter Watkins) y One Plus One/Sympathy for the Devil (1968, Jean-Luc Godard) relacionaban el mundo de la música con la revolución. Sus protagonistas,  más que cantantes, parecían seres mefistofélicos capaces de pactar con el mismísimo Satanás y arrastrar a las masas en cualquier dirección. Las canciones para ellos eran casi conjuros, consignas políticas que convertían al público en un ejército potencial. La película de Jeff Feuerzeig, en ese sentido, muestra un paisaje bien diferente, en el que el personaje principal ha perdido el favor del Diablo y se ha convertido en su víctima. Daniel Johnston, que en principio se benefició de las cualidades terapéuticas de la música,  finalmente aparece como un ser desvalido que, con más de cuarenta años, depende todavía de los cuidados de sus padres y de los medicamentos antidepresivos. No es fácil saber cuándo se torcieron las cosas en su vida de forma irreversible, y El Diablo y Daniel Johnston tampoco intenta imponer una sola hipótesis. Cabe en lo posible que su timidez y su aislamiento tuvieran algo de culpa, junto a sus difíciles relaciones con su madre, su continua ansiedad por conquistar el éxito, una frustrada relación amorosa con una compañera de universidad, las drogas, el alcohol… Pero también es preciso tener en cuenta que comenzó a ganar notoriedad al mismo tiempo que la música grunge  estaba en su apogeo y que su caída en desgracia casi coincidió con el suicidio de Kurt Cobain.

Daniel Johnston responde, en cierto modo, a las credenciales de muchos artistas estadounidenses: narcisista, asocial y ambiguo. En él no sólo se confunden nociones como realidad y ficción, sino también tranquilidad y violencia. Todo en él es ambivalente. Incluso su música y sus dibujos pueden ser apreciados o denostados con igual facilidad. Aunque la suya es una historia menos melodramática que la que Jonathan Caouette cuenta sobre sí mismo en Tarnation (ídem, 2003), al final acaba siendo más desgarradora, porque el arte no sirve para redimirle de su triste condición.

 

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