Geografías: Últimos cigarrillos. Por Hilario J. Rodríguez (20/06/2010).

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Para un cineasta tan enérgico como Robert Altman, una película implicaba un proceso en el que rodar no era necesariamente más importante que sentarse luego delante de la mesa de montaje o que hacer las mezclas de sonido. A él los guiones nunca llegaron a parecerle fiables, por eso solía pedir a sus actores que improvisasen hasta donde les fuese posible. Tampoco le gustaban las ideas prefijadas en lo concerniente a iluminación o movimientos de cámara. Era un sensualista que necesitaba dejarse inspirar por los lugares donde iba a trabajar. Incluso la planificación secuencial prefería definirla sobre la marcha, sin dar nada por sentado antes de ponerse detrás de la cámara. Le gustaba creer que el cine no consistía en ejecutar ciertas ideas establecidas de antemano, sino más bien en contrastar opiniones y en utilizar el cerebro pero sin descuidar jamás lo que olfato pudiese aportar de repente. Se consideraba más un director de orquesta que un director de cine. Por eso entendía los rodajes como experiencias colectivas, en las que la confluencia de varias fuentes daba pie a una melodía que en muchos casos él ni siquiera había compuesto.

Esa idea del arte como experiencia abierta y colectiva, en la que el público también tiene un importante papel, fue algo que comenzó a prodigarse en el mundo del arte a partir de los años cincuenta, aunque ya antes se podían detectar múltiples ejemplos, como las últimas novelas de James Joyce, ciertas composiciones de Karlheinz Stockhausen, las ideas de Bertold Brecht sobre el teatro, la poesía de Stephane Mallarmé, los cuadros y las esculturas de Marcel Duchamp o el pensamiento de Umberto Eco. Fue este último quien, en los ensayos recogidos en Obra abierta, nos recordó que «la obra de arte es un mensaje fundamentalmente ambiguo, una pluralidad de significados que conviven en un solo significante».

 

El último show (A Praire Home Companion, 2006), por su parte, fue al mismo tiempo el canto de cisne de Robert Altman y una nueva prueba de que los métodos compositivos del cineasta estadounidense tenían mucha relación con el jazz de los años cincuenta en adelante, que es un tipo de música ante todo formalista, basada en la confluencia o en el paralelismo de líneas melódicas a veces distintas entre sí. Como Nashville (ídem, 1975), El juego de Hollywood (The Player, 1990) o Gosford Park (ídem, 2001), El último show es una película coral en la que hay varias historias interconectadas. La diferencia, en este caso, estriba en que a su formalismo jazzístico, que puede resultar un poco frío, Robert Altman le sumó una banda sonora country, que nos recuerda el carácter etnográfico de ese tipo de música. Si el jazz moderno suele hablarnos sobre diferentes instrumentistas con un objetivo común pero con partituras distintas, el country suele hablarnos sobre la experiencia de vivir al compás de la música, tanto quienes la interpretan como quienes la escuchan. Lo que el jazz nos proporciona a nivel estético, el country nos lo proporciona a nivel humano. Y en la confluencia de esas dos concepciones musicales (que por un lado moldean la estructura y por otro unifican dramáticamente a los diferentes personajes) es donde se mueve la última obra de Robert Altman, que puede no ser la más inteligente de su larga y prolífica carrera, pero es, sin duda, una de las más emocionantes y divertidas.

 

La historia gira en torno al cierre de una emisora que hasta entonces había emitido desde un teatro en St. Paul (Minnesota). Aunque al día siguiente la programación desaparecerá, el director del programa principal (interpretado por el escritor y locutor Garrison Keillor, cuyo libro homónimo le sirvió de base para escribir él mismo el guión) actúa como si nada especial estuviese sucediendo. Durante la emisión vemos a los personajes comportarse con una naturalidad muy diferente de la que mostró Emili Manzano cuando su programa Saló de lectura fue retirado del canal BTV y él afirmó que aquello era un signo inequívoco de la decadencia de Barcelona. Robert Altman, en ese sentido, pudo ser culpable de muchas cosas a lo largo de su vida menos de megalomanía y tremendismo. Y El último show demuestra por enésima vez lo anterior. Ninguno de sus personajes cobra demasiada importancia y tampoco hay un hilo narrativo con una resonancia demasiado grande. Se trata de una película de atmósfera elegíaca, en la que el mundo de la música −donde la fama y el dinero parecen tener siempre el protagonismo absoluto− aparece como un espacio perfecto para fomentar el espíritu de comunidad.

Las hermanas Johnson (Lilly Tomlin y Meryl Streep), el dúo formado por Dusty y Lefty (Woody Harrelson y John C. Reilly) y el cantante Chuck Akers (L. Q. Jones) importan por la visión de conjunto que proporcionan, más que por sus historias individuales, de las cuales casi no sabemos nada. Todos ellos, y el resto de los personajes, sirven para componer un retrato colectivo de quienes dan forma a la cultura regional en un mundo cada vez más globalizado y menos abierto a lo que las pequeñas comunidades tienen que decir. Unos y otros mantienen un sentido de pequeña colonia artística. Han visto cómo sus oportunidades se agotaban, cómo ante las decisiones trascendentales no supieron elegir bien, cómo su talento para cantar era escaso y ellos mismos tenían que bromear al respecto… El suyo no es un universo rutilante y lleno glamur, es más bien un universo íntimo y bastante humilde, que Robert Altman realza gracias a la excelente fotografía de Edward Lachman y a mantener casi toda la acción en interiores.

 Una de las cosas que más se echa en falta en El último show son los espectadores a quienes van dirigidos los chistes, las canciones y los comentarios. A
lrededor de los personajes, sin embargo, también hay zonas de sombra, relacionadas con lo que algún día fueron y con lo que algún día serán, porque en torno a todos se cierne la incertidumbre. Pero mientras que Robert Altman en otras películas anteriores nos mostró universos tan concretos como el de la moda, la danza, Hollywood, Los Ángeles, un pequeño pueblo de Misisipi o una casa en mitad de la
campiña inglesa, para que viésemos su caos interno y la falta de cohesión entre quienes los habitaban; en El último show estableció una extraña comunión entre los cantantes, G. K. (Garrison Keillor), Guy Noir (Kevin Kline) y la attrezzista (Maya Rudolph). Sólo Axeman (Tommy Lee Jones), el representante de la corporación tejana que ha comprado el antiguo teatro para construir en él un parking, parece estar aparte, observando el espectáculo desde una sala insonorizada. Y quizás también el ángel que interpreta Virginia Madsen, que acaba convirtiéndose en una femme fatale.

En contra de lo que sugiere muchas veces la radio, con emisoras dedicadas enteramente a la nostalgia (como Kiss FM) o con programas que repiten los mismos esquemas sin parar (como sucede con los 40 principales), El último show rechaza cualquier tipo de victimismo y acepta que «pronto en la radio ya no habrá más que gente gritándole a los oyentes y la única música que podrá oírse será en los ordenadores». ¿Se referían Garrison Keillor y Robert Altman a que cada vez quedan personas menos que quieren escuchar y más que quieren hablar? ¿O tal vez a que la voz humana está comenzando a convertirse en la verdadera música de ciertas emisoras de radio?

 

 Los chats en Internet, el Messenger, los blogs donde opinan los lectores, los talk shows o los programas de televisión interactivos comienzan a dar cuenta de un desplazamiento de la música, que ya no es lo que congrega a la gente en torno a la radio porque ahora se vive de una manera física que requiere más movimiento y grandes espacios (como discotecas o locales de concierto). No es extraño, por consiguiente, que el tono de esta película de Robert Altman sea mortuorio, como el de Voces distantes (Distant Voices, Still Lives, 1989, Terence Davies), y no nostálgico, como el de Días de radio (Radio Days, 1987, Woody Allen). 

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