Mentiras de viajeros, por Óscar Calavia. 1/05/2012

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Mentiras de viajeros.
 
 
La literatura de viajes es, dicen, un género minoritario; y sin embargo no sería demasiado audaz decir que toda otra literatura procede de ella. La Odisea cuenta un viaje, o un conjunto de viajes. El Libro del Éxodo también. El Quijote transcurre por los caminos, y la Divina Comedia no es una comedia, sino un periplo por el más allá. El Viaje al Oeste, el equivalente chino de ambos, es, ni que decir tiene, otro viaje, y qué decir de Sindbad. El historiador Carlo Ginzburg sugirió, en un libro famoso, que el relato del viaje al mundo de los muertos es la semilla de toda narrativa humana o de la propia capacidad humana de contar.
 

La distinción sería irrevocable si los libros de viajes 

 no mintiesen. Pero lo hacen, y eso abre una brecha 

en ese muro que debería separar sus viajes reales

 de los viajes ficticios.
 
Pero alguien podría decir que literatura de viajes es otra cosa: algo así como lo que inventaron Hecateo, Marco Polo o Mandeville, lo que desarrollaron los innumerables exploradores y conquistadores de las Indias, La Condamine, Concolorcorvo,  Humboldt, Potocki, Goethe, Stevenson, Burton… Es una lista interminable de viajeros que contaron viajes de verdad, viajes hechos con móviles comerciales, políticos, científicos, o todo ello a la vez; o viajes hechos casi con el sólo propósito de escribirlos después.
La distinción sería irrevocable si los libros de viajes no mintiesen. Pero lo hacen, y eso abre una brecha en ese muro que debería separar sus viajes reales de los viajes ficticios. No es que dude de la honestidad de La Condamine, de Humboldt, o de muchos otros: basta que la mentira la haga el lector. Muchos relatos de viajeros españoles —como el que hizo Gaspar de Carvajal del primer tránsito español Amazonas abajo— han sido tenidos por mentirosos hasta que la arqueología reciente los ha reivindicado: en medio de aquella selva supuestamente virgen había, sí, naciones populosas, ciudades ante las que los bergantines tardaban días en pasar, flotas de centenares de canoas. Muchas otras veces los viajeros fantaseaban con impudicia ante su público, y lo hacían porque lo que más vale en un viaje real es todo aquello que lo lleva a las rayas de la ficción. Es difícil saber cuánto de experiencia directa o de rumores o de pura invención hay en los relatos de Marco Polo, organizados por un escribidor profesional; y los viajes muy reales de Vespucio se enriquecieron en sus crónicas con un coro de maravillas tomadas quizás de los viejos libros de Plinio. Un prejuicio castizo tiende a expurgar de la literatura en castellano todo aquello que suene a exceso de imaginación, pero ahí está el Viaje del Mundo, de Pedro Ordóñez de Ceballos, publicado en 1614, traducido entonces a varias lenguas y olvidado después, con el relato de sus amores con la emperatriz de la Cochinchina o de su combate con una negra cimarrona gigantesca; los contemporáneos lo leían con admiración y una punta de escepticismo. Hans Staden, por el contrario, soportó largamente la incredulidad de los lectores ante su sobrio relato sobre los Tupinambá, de los que fue prisionero y por muy poco no fue comida; ya él mismo se empeñaba en señalar que otros relatos independientes del suyo confirmaban sus noticias. Hay una larga época en que las admoniciones del escritor viajero a su lector, potencialmente incrédulo, se tornan casi una convención: «sé que mucho de lo que te cuento te resultará increíble, pero mi narración es punto a punto fiel a la verdad». Y al viajero no le hace falta imaginación para mentir, a veces basta con que acepte sin recelos lo que le mienten durante su viaje: los viajeros occidentales, en sus relatos, han llenado el planeta de caníbales que no habían visto pero de los que habían oído; y de ciudades sumergidas, y de islas flotantes que aparecen y desaparecen.
 
Hay una larga época en que las admoniciones del escritor viajero a su lector, potencialmente incrédulo, se tornan casi una convención: «sé que mucho de lo que te cuento te resultará increíble, pero mi narración es punto a punto fiel a la verdad».
 
De hecho, la condición mentirosa de los viajeros fue una de las inspiraciones de una literatura de viajes explícitamente ficticia. Jonathan Swift, cuando escribió sus Viajes de Gulliver, probablemente pensaba en George Psalmanazar, el mistificador más famoso de la historia inglesa, que se hizo pasar por formosano (era probablemente francés), endilgó al público culto un tratado sobre las costumbres de Formosa e incluso dio clases en Oxford sobre su lengua (que él había inventado de cabo a rabo).  Cuando fue por fin descubierto no dudó en intentar un nuevo best-seller contando esta vez su verdadera (¿?) historia.

De hecho, la condición mentirosa de los viajeros fue

  una de las inspiraciones de una literatura
 de viajes explícitamente ficticia.
 
¿Hasta dónde llegaba en su momento la diferencia entre las narraciones de Swift, de Psalmanazar y de Marco Polo? No tan lejos como ahora. Los viajeros mentían y algunos lectores dudaban, pero es difícil decir quién dudaba, de qué dudaba, por qué. Lo que en estas líneas llamamos mentira es, en realidad, algo que se mueve suelto entre el fraude, la creencia y la conjetura. Los criterios de verdad han cambiado mucho, y han cambiado también —lo que no es lo mismo— los criterios de verosimilitud.  Y eso no se debe sólo a tinieblas medievales que entorpeciesen otrora el juicio; junto a ellas había también una línea de duda que hemos perdido. Hoy en día tenemos, por ejemplo, una noción cerrada de lo que físicamente puede ser un ser humano, pero hasta hace poco más de un par de siglos esa noción estaba en abierto. Nada parecía impedir que se encontrasen en algún lugar suficientemente lejano humanos con el rostro en el pecho, con cola o cabeza de perro. Por un tiempo los orangutanes del remoto Borneo fueron contabilizados como una tribu más, especialmente primitiva. Chozas de paja con tejados de oro, árboles con pájaros en lugar de hojas, ¿por qué no? Desde entonces, la verosimilitud se ha ido encerrando en amplios catálogos, creemos saber con bastante aproximación qué es y no es posible dentro de la diversidad del planeta, y la verdad se ha sometido a una comprobación bien regulada. En los tiempos de Ceballos o incluso en los de Psalmanazar no había ese control de los hechos, y sí, por el contrario, lo había de las doctrinas. Algún que otro viajero tuvo problemas con la Inquisición no por las mentiras que pudiese estar contando, sino por las interpretaciones que podían surgir de sus noticias, verdaderas o no. 
 

Hubo una larga época en la historia de la literatura de viajes 

 en que narraciones ficticias o veraces compartían 

una misma función, que no era la de testimoniar la verdad,

 sino la de roturar lo impensable.
 
Así que hubo una larga época en la historia de la literatura de viajes en que narraciones ficticias o veraces compartían una misma función, que no era la de testimoniar la verdad, sino la de roturar lo impensable. Cada noticia sobre el ancho mundo permitía ver con otros ojos el rincón en que se vivía, y que posiblemente no fuese el ombligo del planeta como se había supuesto hasta entonces. Permitía ver, por ejemplo, que había civilizaciones lejanas muy poderosas que sin embargo nunca habían oído hablar del dios de la Biblia. Para eso no suponía mucha diferencia que esas noticias fuesen auténticas o inventadas de principio a fin: eran en esencia nuevas posibilidades abiertas.
Desde el siglo XIX en adelante, las dos variantes de la literatura de viajes se fueron separando. Los viajes fantásticos fueron conformando un género propio y desembocaron en la ciencia ficción, que pocas veces deja de ser una reflexión sobre nuestro propio mundo. Los viajes reales se hicieron por su parte realistas, y cada vez más la facilidad de viajar y de documentar al instante lo que pasa en cualquier rincón del planeta (todo él encerrado en una especie de Casa del Gran Hermano) hace más improbable que un viajero se arriesgue a inventar. Otra cosa es que por ello la literatura de viajes se haya vuelto más verdadera. En algunos sentidos lo que ha ocurrido es todo lo contrario. 
 
El viajero relata creencias absurdas, o costumbres despóticas, o miserias, o lujos exorbitantes, o barbaries, o bellezas sorprendentes, y nos hace olvidar las propias.
 
El nuevo tipo de mistificación responde al nombre de exotismo, una noción que convendría ampliar. En su versión más simple el exotismo es una especie de corona de laureles extraordinarios con los que el viajero se adorna: «mirad, yo estuve allí, en aquel lugar casi impracticable, rodeado de bárbaros con costumbres absurdas, era verdad pero parecía un sueño». El mundo es ahora más homogéneo y hemos aprendido a desconfiar de los tartarines, de modo que ese exotismo sencillo está un poco pasado de moda. Los viajeros suelen vacunarse contra él señalando latas de Coca-Cola en lo alto del Himalaya o teléfonos móviles en plena selva. Pero aún así el exotismo sobrevive en una versión más sobria: es un dispositivo capaz de cegar, de hacer que, expuestos a una visión lejana y deslumbrante (por su belleza o por su horror) los ojos del lector queden incapacitados para ver de cerca, y piensen que el mundo es absurdo sólo allá a lo lejos. Los viajeros antiguos no conocían el exotismo, por eso sus noticias extraordinarias eran capaces de inquietar o escandalizar: los indios de un país distante podían ser miembros de una tribu perdida de Israel o antiguos cántabros, en cualquier caso eran tataranietos de Adán y descendientes de alguno de los hijos de Noé, primos lejanos cuyos pecados podían afectarnos. Podía haber miedo a lo desconocido o lo incomprensible, pero no esa sonrisa ante las rarezas de los otros, tolerables pero banales. El exotismo es un régimen de excepción que solo es posible cuando se ha consolidado una saludable distancia entre esos bárbaros y nosotros, entre sus dolencias hereditarias y las nuestras, es el espectáculo de algo que por definición nos es extraño. 
 

Se puede escoger entre tópicos de primera, segunda o tercera generación pero el autor debe siempre hacer lo que

 pueda para parecer, cómo decirlo, viajado.
O sea, erosionado por ese mismo tipo de roce que hace lisas
a las piedras cuando han rodado mucho.
 
El exotismo en el occidente ha sido, así, un modo de esconder el occidente. El viajero relata creencias absurdas, o costumbres despóticas, o miserias, o lujos exorbitantes, o barbaries, o bellezas sorprendentes, y nos hace olvidar las propias. A veces puede hacerlo con espíritu de censor: estos pueblos, dirá, no llegarán a alcanzar una vida digna hasta que sepan apreciar la economía de mercado, o los principios de la higiene, o la igualdad de la mujer, o la separación entre religión y política. Es, por poner un ejemplo ilustre, el caso de los libros de viaje de V.S. Naipaul. Otras veces eso mismo puede adquirir un matiz solidario, o de denuncia de la responsabilidad que el occidente tiene en esas agruras tan poco occidentales. O, en fin, puede revestirse de un aprecio estético: es atroz, pero es sublime de un modo que nosotros no podremos ya conocer; o es cutre pero es auténtico de un modo que ya no alcanzamos. En todos los casos, el resultado casi inevitable —quizás involuntario— es que el lector agradezca a los cielos por no haber nacido allí, o por vivir aquí. Donde todo lo peor no ocurre y donde quizás haya que resignarse a una existencia más o menos gris: no es, a fin de cuentas, un precio excesivo.
Recuerdo —es un buen ejemplo, porque es un excelente libro de viajes, bien escrito y perspicaz— el relato de Érico Verissimo, un novelista brasileño, sobre el viaje que hizo a México cuando trabajaba en la embajada de su país en Washington. Después de muchos capítulos llenos de descripciones sugerentes, anécdotas inolvidables y a veces macabras, Verissimo acaba el relato con un recuerdo amoroso del Brasil, ese país en un buen medio camino entre la turbia visceralidad o la violencia mexicana y la gélida eficiencia de los Estados Unidos. Pero ¿de qué Brasil estaba hablando? ¿y de qué Estados Unidos? No sé si Verissimo escribió algo sobre los Estados Unidos, pero en lo que él mismo escribió sobre el Brasil estaba lejos de ofrecer ese cuadro equilibrado y conforme.
 
Para que en la literatura de viajes cupiese ese tipo de verdad
que va más allá de la verosimilitud, sería necesario quizás que recuperase algo de su capacidad de asombro.
 
Esas anteojeras o ese tributo a los tópicos son quizás requisitos obligados de los viajes, donde siempre llega ese momento en que, por muchos placeres que el viaje haya ofrecido, se echan de menos los gustos y olores conocidos del hogar, incluso sus molestias. Pero en el relato de ese mismo viaje, donde se seleccionan libremente los recuerdos, hay más arbitrio. Los viajeros suelen usarlo para honrar el espíritu de los tiempos.
Los libros de viajes de hace siglos —con mentiras o sin ellas— inquietaban al Occidente; sugerían que había estados más poderosos, o modos de vivir más felices, o que Dios no era Dios en todas partes, o que en tal lugar las conchas son más apreciadas que el oro: «¿por qué?». Los de ahora, en general, lo aquietan: «es lo que hay». China es un mastodonte tramposo que está ganando el juego, pero es ese mismo juego el que nosotros inventamos. La Amazonia es un paraíso amenazado por una devastación que antes o después nos pasará cuenta también a nosotros, o es una tierra de enormes promesas. EEUU es una potencia absurda con un pie en el espacio y otro en un fanatismo telúrico. Se puede escoger entre tópicos de primera, segunda o tercera generación pero el autor debe siempre hacer lo que pueda para parecer, cómo decirlo, viajado. O sea, erosionado por ese mismo tipo de roce que hace lisas a las piedras cuando han rodado mucho.
Para que en la literatura de viajes cupiese ese tipo de verdad que va más allá de la verosimilitud, sería necesario quizás que recuperase algo de su capacidad de asombro, convencida de que si vale la pena aventurarse por este mundo es sólo a condición de verlo, todo el y no sólo una parte, como un otro mundo.
 
Óscar Calavia Sáez es autor de Amazonia-China. Dos viajes de vuelta National Geographic -RBA, 2012 (VII Premio Eurostars de Narrativa de Viajes), así como de Las botellas del señor Klein, 2008 (XXXI Premio Tigre Juan) y Ojos cortados, 2010, ambas publicadas por Lengua de Trapo, y La única margen del río, Algaida, 2008.
 
 
 

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