Del rincón a la esquina, por Juan García Campal. 17/01/2011

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DEL RINCÓN A LA ESQUINA
 
Lleva días, semanas, arrinconado por un relato. Mejor: lleva días, semanas, arrinconado en un relato.
 
También es verdad que solamente a su editor se le podría haber ocurrido pedirle un texto que versara sobre un milagro acaecido –real o inventado, que provocó- en la ruta compostelana; y solamente a él, el publicado, se le podría haber ocurrido responder al reto con un: imaginado, por supuesto, rodeado de humo y seguramente acompañado de sonrisa y caída de ojos al más puro estilo Humphrey Bogart. Quién, si no su editor, y más reuniendo ya la condición de amigo, sabría tocarle mejor los mecanismos del imposible a este descreído y desorientado amigo de la escritura –léase escritor por orden del editor y deseo del amigo- y, más, a esta altura sacrosanta y comercial del año, tan amorosa y fraternal ella.
 
Se decía: ¡Un milagro en el camino!… y tú de autor. Hay que ver, te apuntas a un bombardeo. Y encima, la novela durmiendo el peor de los sueños injustos, el abandono. Se lo decía, pero seguía en sus cavilaciones sobre el viaje y su portento.
 
No era poco ya el retiro en el trato de las gentes, o arrinconamiento, en que vivía nuestro autor, cuando, ya superado el plazo para la ejecutoria del prodigio –no otro fenómeno puede esperarse de su factura nada sobrenatural y, aún menos, divina-, tuvo la primera aparición de san Javier Lasheras (Diego Medrano dixit et ego reitero) convocándolo a estar presente en La esquina de LITERARIAS sin más previo estipendio que unas letras, palabras, frases, texto de un folio y medio aproximadamente.
 
Aún forzó el escéptico escribiente una segunda aparición de su venerado Javier, y más por aquello de cerrar pacto y plazo, que por el que se le podría suponer ver para creer; y esto dicho en su pro, que bien puedo dar fe de que no hubo tiempo ni lugar en su cabeza para la más mínima consideración al respecto de la inocente data de tan virtual prima manifestación.
Fijóse pues el plazo de abono de las letras: a diez días vista; y aún el venerable tornó más excelsa esta segunda aparición, que añadió magnánima y amiga una condición más al trato: lo único que te pido es que lo pases bien escribiéndolo. No se aparecieron tronos, querubines ni serafines; no sonaron arpas, liras, ni violines. Oportunidad perdida, no se le pidan después a este escribiente mejores fes. Si el lugar común dice que la ocasión la pintan calva, nunca los cielos tendrán oportunidad con origen y destino forjados en frentes más despejadas.
 
Y ahora, ya en su mundo real, no virtual, nuestro escribidor conjetura, arrinconado contra el reloj y el espacio en blanco, sobre esquina y rincón, sobre rincón y esquina. Y en este viaje interior siente el gozo de la complementariedad de lo opuesto. Y se admira de cómo, a pesar de ser líneas rectas e inversos ángulos, convexo, cóncavo, los que representan mentalmente rincón y esquina, siente su encaje como la perfecta, armónica, redondez de su quehacer. Porque bien es cierto que tiene tendencia a arrinconarse, que así se ve si se repasa en el propio acto de la escritura, todo dispuesto hacia su rincón, refugio, que lo aísla y defiende del los cotidianos trajines y ruidos de la vecindad; y así también se ve cuando se entrega al más preciado acto de la lectura, arrinconado, hasta las orejas, en el viejo sillón, en el rincón más defensivo y defendido de la casa. Armarse de lectura, leer, allí, es a la vez velar el resto de armas no elegidas para la ocasión. ¿Acaso no es la biblioteca la sala de armas de la razón, de la intelección, del conocimiento?
 
Sí, siempre tiende al rincón nuestro escribiente. Dónde, si no, ubica su puesto de observación cuando sale al encuentro con la vida ajena, a la búsqueda y captura de actitudes, aspectos, usos y comportamientos desconocidos u olvidados que tarde o temprano perfilen a sus personajes; ¿no es así, desde el rincón, como observa y absorbe los lugares? ¿No tiende a arrinconarse en el café?, ¿no lo hace en la plaza?, ¿no transita, en realidad, arrinconado, por el medio de la calle, intentando fotografiar, desde el detalle al panorama, los ambientes en que serán soltados a su propia vida los personajes fruto de tantas aprehensiones? En su vida misma, incluso, ¿no es arrinconado el modo en cómo va, cómo se acerca a la esquina, a las esquinas?
Sí, así es. La esquina, por más que sea lugar habitual y multiplicado, siempre guarda para él un algo de inseguridad, siempre representa una innecesaria exposición al azar. Una posibilidad de rotura del ensimismamiento, de la reflexión, de la íntima voluntad y propósito otorgado a cada momento es doblar cualquier esquina. Un aventurarse a fuerzas ignotas, imprevistas, indeseadas; un arriesgarse a ser absorbido como personaje por cualquier otro creador representa torcer una esquina, que una cosa es recrearse creando aventuras y desventuras y otra muy distinta desear ser objeto sujeto o sujeto objeto de los caprichos artísticos de un otro.
Y esto, hablando escrituradamente del transitar esquinas, que si considera el acto de permanecer ante cualquiera de ellas, ya el sentimiento de desvalimiento crece desmesuradamente. Entonces sí que la conversión en simple objeto expuesto es real y total hasta la angustia. Nada le enerva tanto como tener que permanecer en una esquina. Es como que los ojos todos del mundo, como que todas las miradas, confluyesen en él. Y lo que es peor, no habrá ropaje capaz de aliviarle el frío que siente, vulnerable, indefenso. Cualquier esquina tendrá el poder de hacerle sentir el desnudo más integral y agresivo, el del cuerpo, el del espíritu. Desnudez hasta la transparencia, pérdida de toda esencia. Algo mucho peor que verse publicado, que saberse leído, que saberse ya no osado hasta la escritura, sino insolente hasta la publicación.
 
Y ahora que cae, bien podría haber escrito, brevemente, que el viaje del rincón a la esquina le representa eso, el viaje desde el rincón, desde el acto de la lectura y la escritura, desde el ser, en recogimiento, hasta la publicación y el acto de ser leído por otros, hasta la esquina, el estar, la exposición pública. Y le viene ahora, como para facilitar las cosas, otra de las eternas preguntas del escribidor: ¿en esto de la escritura –literatura, le parece palabra mayor- se podrá ser sin estar?
 
Y creía él que iba a solventar algo con esta peque&ntild
e;a excursión desde el rincón a la esquina. Se dará por contento si a compañeros y lectores este dinacuatro y medio no les parecen casi dos folios de a folio.
 
Juan García Campal es escritor. Su último libro, Textos al aire, apareció en 2010 en la editorial AKRON narrativa.
 
 
 
 
 

 

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