La literatura es una cosa extraña, por Luisgé Martín. 1/06/2010

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De vez en cuando, con una cierta constancia, hay personas que me preguntan por qué no trato de hacerme rico con la literatura antes de seguir escribiendo por capricho. Son siempre lectores que han leído con gusto alguno de mis libros y que aprecian mis capacidades literarias. “Es indudable que tú tienes talento, que sabes construir una historia”, me dicen con generosidad. “Podrías escribir una novela de las que están de moda, usando los ingredientes que sean necesarios —un poco de sexo, un poco de ambientación histórica, un poco de intriga—, y forrarte. Luego, con el riñón bien cubierto, con la cuenta corriente saneada, ya tendrías tiempo de escribir las cosas que te gustan”. Hace poco, en una cena con amigos escritores, puse sobre el mantel estos comentarios, y resultó que todos los habían escuchado alguna vez de boca de algún lector entusiasta. A todos les habían animado a hacerse ricos con la literatura.
 
"Si tienes el talento para escribir La montaña mágica,
¿cómo no vas a poder escribir El Código Da Vinci?"
 
 
Esa idílica incitación parte de dos creencias equivocadas que son bastante comunes entre quienes contemplan la creación literaria con distancia. Se piensa, en primer lugar, que alguien que es capaz de escribir una obra ambiciosa, ‘de calidad’ —y las de mis colegas y las mías se lo debieron de parecer a las personas que nos azuzaban—, es capaz también de escribir un best seller. Si tienes el talento para escribir La montaña mágica, ¿cómo no vas a poder escribir El Código Da Vinci? La literatura, según este parecer, es como el bachillerato: los autores comerciales y facilones cursan primero, los autores ambiciosos y sesudos cursan segundo, y los genios, por fin, cursan tercero o están graduados. Y un alumno de segundo o de tercero, como se sabe, puede aprobar las materias de primero sin demasiado esfuerzo.
 
"A mí me sería más fácil escribir
La montaña mágica que El Código Da Vinci."
 
La realidad es bastante distinta. Un best seller no puede escribirlo cualquiera. No basta con mezclar los ingredientes y agitar, como en el gazpacho. Recuerdo que hace años había muchas personas —todavía quedan algunas— que al ver un Miró decían: “Esto lo hace mi niña de tres años todos los días en el colegio”. Con los best sellers pasa igual: muchos creen que no hace falta ningún tipo de habilidad o de talento singular. Sin embargo, es terriblemente difícil construirlos. No quiero decir que debamos admirar a Dan Brown o a Stephanie Meyer: también es terriblemente difícil, por ejemplo, hacer el pino puente o imitar el piar de la codorniz y no por eso quienes lo hacen merecen nuestro fervor. Yo creo que la Humanidad sería más pura si no se hubieran escrito algunos best sellers. De otros, en cambio, tengo una excelente opinión: quizá no me han dejado huella pero me han entretenido con mucho provecho. Unos y otros, en todo caso, son libros especiales, únicos, que exigen una habilidad particular y el empleo de unas armas literarias que no todos tienen. A mí me sería más fácil escribir La montaña mágica —si me permiten la soberbia, aunque se trata de una novela a la que no le tengo mucho aprecio— que El Código Da Vinci.
 
"Un best seller no puede escribirlo cualquiera."
 
 
La otra razón por la que ni mis colegas ni yo queremos forrarnos escribiendo un best seller es más substancial. Tiene que ver con la forma de entender la literatura. Y con la forma de entender el trabajo. Y tal vez con la forma de entender la vida. Para mí escribir siempre ha sido una necesidad esencial. Lo hago para comprender el universo, para comunicarme con los demás, para tratar de convertir en belleza o en arte los materiales de derribo y los basurales que tengo alrededor, para curar alguna enfermedad del alma y, con humildad, para cambiar el mundo. Trabajar, en cambio, nunca ha sido para mí una necesidad, sino una obligación. Trabajo para pagar la hipoteca, para ir a restaurantes, para viajar, para comprar libros y para darme algunos caprichos de otro tipo. Siempre me he ganado la vida —bastante bien— trabajando en editoriales. Voy a la oficina unas mil quinientas o mil seiscientas horas al año, despacho asuntos, resuelvo problemas y, a cambio, recibo un determinado sueldo. Si me dijeran que dedicara esas mil seiscientas horas a escribir una novela que estuviera ambientada en la Edad Media, con un asesino psicópata que trata de esconder una reliquia y que viola ritualmente a las mujeres a las que mata, y que en pago me darían un sueldo idéntico al que gano en la editorial, diría rotundamente que no. Antes que nada porque me aburriría mortalmente escribiendo libros que no me interesan. Me aburriría mucho más que elaborando informes o celebrando reuniones con traductores o diseñando planes editoriales. Mucha gente cree que a los escritores nos divierte escribir, sea lo que sea lo que escribamos, pero eso sería tanto como pensar que a alguien le divierte siempre el sexo, sea quien sea con quien se acueste. Escribir algo en lo que no estoy implicado, que no me interesa, que me resulta ajeno por completo, es para mí quizá la tarea más desagradable y fastidiosa de todas. Como en el sexo, hay pocos términos medios: o disfrutas si te gusta tu compañero de cama o vomitas si te repele.
 
 
"Escribir algo en lo que no estoy implicado, que no me interesa,
que me resulta ajeno por completo, es para mí

la tarea más desagradable y fastidiosa de todas.
"
 
 
Si alguien —algún arcángel con mandato divino y certificación irrevocable— se apareciera ante mí garantizándome que mi trabajo literario de mil seiscientas horas, o de tres mil doscientas, se va a convertir en La catedral del mar o en La sombra del viento, en términos pecuniarios, no dudaría en sobreponerme a mi aburrimiento e incluso en acudir a un taller literario para aprender técnicas de composición comerciales. Pero ésa es la tercera de las razones por la que ni mis colegas ni yo escribimos un libro para forrarnos: porque nadie nos garantiza que lo consigamos. Incluso tenemos el temor de que el resultado se venda peor que nuestras montañas mágicas particulares.
La literatura, sin duda, es una cosa extraña.
 
Luisgé Martín es escritor.
 

Fotos: La sonrisa de una lágrima, de Joan Miró. 1973. Fundación Joan Miró.
Luisgé Martín
Portada de Las manos cortadas, de Luisgé Martín. Ed. Alfaguara. 2009.

Foto: reunión de amigos: entre otros, Rafael Reig y Luisgé Martín.

 

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