La décima musa de María Jesús Rodríguez Barberá. Por Antonia Álvarez. 17/02/2009

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María Jesús Rodríguez Barberá.

La décima musa
XIV Premio de Poesía Ana de Valle.
Ayuntamiento de Avilés
 
 
La décima musa. Este es el título del espléndido poemario con el que María Jesús Rodríguez Barberá ha ganado el XIV Premio de Poesía Ana de Valle del Ayuntamiento de Avilés.
 
Se abre el libro con una cita de Safo de Lesbos, poeta griega nacida en la isla de Lesbos (Mitilene, Ereso quizá), a fines del VII a. C. Safo, la de trenzas de violeta y dulce sonrisa, como la describe su compatriota Alceo. Por encima de la leyenda, debemos valorar su delicadísima poesía, sentimiento puro, cuya temática se circunscribe al amor y la belleza; amor y belleza tratados con audacia y sinceridad, con dulzura y pasión a partes iguales. Safo está presente en todo el libro, y no sólo en las citas con las que se abren muchos de los poemas y que se integran a la perfección en la andadura conceptual de los versos que siguen.
 
El poemario está escrito en estrofa sáfica de principio a fin: tres endecasílabos sáficos seguidos de un pentasílabo adónico. El acento estrófico va en sílaba par, por lo que el ritmo es yámbico. Fue Antonio Agustín, arzobispo de Tarragona, el primero que empleó en castellano esta forma métrica en un poema de 1540, poema que dio a conocer Menéndez Pelayo; el Brocense empleó esta estrofa en su traducción de la oda “Rectius vives” de Horacio. En el Siglo de Oro cultivaron la estrofa sáfica Baltasar de Alcázar y Esteban Manuel de Villegas, siendo su uso muy común en el Neoclasicismo, desde Luzán a Lista, pasando por Jovellanos, Cadalso, Meléndez Valdés… Recogida la estrofa por los románticos (Zorrilla, Avellaneda), se cultivó poco durante el Modernismo. Estrofas sáficas encontramos en la poesía de Neruda y José Hierro, pero en la actualidad es poco usada, debido, quizá, a la rigurosidad que exige su empleo.
 
María Jesús utiliza la estrofa sáfica con soltura, con maestría, manteniendo el ritmo en todo el poemario sin un solo titubeo. Son los sáficos versos blancos, sin rima, aunque sí se observan asonancias diseminadas y otras estratégicamente dispuestas y buscadas, y que contribuyen a aumentar la musicalidad. Predomina la esticomitia, pero hay también numerosos encabalgamientos suaves, alguno oracional (Tú eras un roble con su fronda verde/ que al ver el llanto que de mí salía) o sirremático (hasta que llegue a convertirme en una / perla preciosa). En cuanto a la frecuencia de las categorías morfológicas, predomina el estilo nominal, fomentado quizá por el pentasílabo adónico, mayoritariamente sin verbo. Efectivamente, hay gran abundancia de sustantivos y adjetivos, unos como epítetos antepuestos (altas cimas, claras mañanas), otros pospuestos (nubes grises, invierno frío). También encontramos abundantes verbos de movimiento (mi sino huirá, llega la noche, vamos unidos), que aligeran la andadura de los poemas. En este sentido señalar también la existencia de alguna elipsis o detractio, que confiere poder sugestivo al texto: Playa en estío (quiero ser) con orillas blancas; / el mar que en calma su canción le acuna. La sincera emoción del amor y la honda tristeza de la ausencia se explicitan por medio exclamaciones que suelen coincidir con el pentasílabo (¡Cuánto te quiero! ¡Tuya es mi vida!), en el que se condensa el sentimiento amoroso expresado con gran rotundidad, en contraste afortunado con la dulzura de la expresión amorosa en la mayoría de los versos. Abundan las interrogaciones retóricas (¿Traerán tus ecos? ¿Dónde te escondes?) y hay alguna enumeración asindética (los mares, los collados, montes…).
 
La temática del poemario es amorosa fundamentalmente, pero aunque el motivo es el amor, hay algún poema que se sustrae a ese leitmotiv, como el titulado “Cauce digno”, la elegía “Duermen serenos…” o el introductorio y los dos poemas a modo de epílogo dedicados a Safo. El yo lírico, la voz de la autora, la de Safo, se complementan, se confunden, se encadenan en una sinfonía difícilmente superable. Y, efectivamente, hay toda una sinfonía del amor, unas etapas en la expresión del sentimiento amoroso que siguen un curso lógico: desde la búsqueda, el deseo de confluencia con el amado (Grito por ti…, Todos mis besos), hasta el más soñado que real encuentro con él y la aseveración plena del amor (¡Cuánto te quiero!), pasando por el arrullo al amado en forma de nana (¡Duérmete, duérmete…), la desesperanza ( …Con el océano), el alejamiento (Con esperanzas…), el cumplido deseo de ser fronda perenne (Mi árbol perenne), la protesta contra el olvido (…Ese letargo), la rotundidad del sentimiento amoroso (Tuya es mi vida), etc.
 
Desde el punto de vista estilístico, quizá lo que más llama la atención son los hipérbatos no violentos que aparecen con relativa frecuencia: “No escucharé, de las sirenas, cantos.” “Tu alma, quisiera me mostraras hoy”, “Que me arrebates mi vestido, quiero;”. Hay que señalar la bella concatenación o anadiplosis del poema “Juntos tú y yo”, que se mantiene a lo largo de todos los versos; es a la vez un desiderátum u optación (Quiero que vuelvan otra vez tus labios;) y una exhortación al amado para que rompa la reja y haga posible el anhelo que se manifiesta sin ambages en el último pentasílabo: Juntos, tú y yo. Y el quiasmo, espléndida figura de dicción, o mejor de construcción, que está presente en versos tales como “Rojo es mi fuego y mi esperanza es verde”.
 
La dulzura en la expresión del sentimiento se apoya también en la música, una música que nos seduce desde los primeros versos. A esta musicalidad contribuyen no sólo el ritmo acentual del que está dotado la estrofa sáfica, sino también los recursos estilísticos sabiamente utilizados: aliteraciones (Vi que las nubes con la brisa huían, Tú eras un roble con la fronda verde, Iza tus velas que las hinche el viento.), anáforas (Triste iba el río / Triste y errante), paralelismos (Muchos arroyos se secaron prestos. / Muchos ensueños se quedaron rotos.), las asonancias diseminadas, a veces muy próximas.
 
En el plano semántico hay que destacar la gran riqueza metafórica; abundan las metáforas impuras, fácilmente reducibles (Era yo un río…), de genitivo (estrellas de oro), sinestésicas (dulces canciones) etc. Y en este aspecto señalar el poema que lleva por título “…Con el océano”, en el que se puede apreciar, a mi entender, un bello símbolo disémico: es el mar de Jorge Manrique, el topos del río que va a dar a la mar; es el morir del río, el morir del hombre, sí, pero se trata de un poema que también puede interpretarse como el desamor, la desilusión,
el truncamiento de toda esperanza de querer y ser querido. Digo esto porque hay otra composición, “Tuya es mi vida”, que nos presenta el amor como caminante hacia la mar: es la lágrima de la amada que el amado convierte en vida propia al trocarla en perla cuando llega a la orilla, acogiéndola en sus entrañas (Él es la ostra que en la orilla espera / llegue una perla que mis ojos viertan). Hay además que mencionar las personificaciones (muere la tarde) y también, en el orden de las figuras patéticas, al igual que las exclamaciones e interrogaciones retóricas citadas, señalar el poema “Nuevos senderos”, en el que se apostrofa a la muerte, metaforizada en guadaña: Vete, guadaña, porque están aún verdes…
 
Y cómo no recordar al Garcilaso de la Vega de la Égloga I al leer muchos de los versos del poemario. También aquí está presente la naturaleza: la naturaleza como confidente y testigo (Vi que las nubes con la brisa huían / cuando tu boca pronunció mi nombre), la naturaleza solidaria con el sentimiento amoroso (De nubes grises se cubrieron presto / cielos y mares y lloraron juntos, / viendo a mi alma que esperaba inerme…); en este sentido hay un verso que nos recuerda a la “blanda Filomena” garcilasiana: Gritan las aves, a la vez conmigo: / ¡cuánto te quiero! Se trata de dos actitudes sentimentales que se estructuran según el esquema de la Bucólica VIII de Virgilio. Hay que recordar la influencia que en las Églogas tienen el neoplatonismo, Petrarca y la tradición bucólica grecolatina, y también que la naturaleza es, en Garcilaso, el tema central de su poesía, junto con el amor.
 
Y la naturaleza, repito, está muy presente también en los versos de María Jesús, y no sólo en las dos manifestaciones anteriormente citadas, sino de una forma aún más profunda: una identificación total del yo lírico con elementos de la naturaleza: “cuando mis hojas a buscar se fueron / ramas perennes.”, “Soy una playa con su mar ausente”, “era yo un río con su cauce errante;” etc. Hay en la Égloga I de Garcilaso vehemencia y emoción, al igual que en los versos del poemario que nos ocupa, pero en ambos se imponen la elegante sobriedad expresiva, la musicalidad, el dolorido sentir expresado con gran delicadeza… Finalmente señalar las frecuentes alusiones mitológicas y la bella y variada gama de colores que, bien como sustantivos, bien como adjetivos, se despliega en todo el poemario.
 
Emoción, musicalidad, perfecto dominio de la métrica, maestría en el uso del lenguaje, sinceridad de sentimientos nos dan estos versos de María Jesús, versos que llegan con suavidad al corazón y que la acreditan como gran poeta.

 

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