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Gala de la entrega de los XXII Premios de la Crítica de Asturias

El acto reunió este viernes en el Aula Magna del edificio histórico de la Universidad de Oviedo al mundo de las letras. Presidió el evento José Miguel Arias, vicerrector de Gestión Académica. El Principado estuvo representado por Antón García, director general de Acción Cultural y Normalización Llingüística. A su lado, la presidenta de la AEA, Esther López García. En la foto, la presidenta abre el acto.

 

 

 

 

 

Los premiados: Ramón d’Andrés, Sergio Buelga, Pablo Huerga, laura Camafreita y Cristina García

Carmen Nozal

 

El XVII Premio de las Letras de Asturias (2023) fue para Carmen Nozal, que actualmente reside en México.

 

 

En el ensayo en asturiano el premiado fue Ramón d’Andrés con su obra “Una ciencia sin enfotu”

 

 

 

El ensayo en castellano el premió fue para Pablo Huerga con “Vavilov”.

 

 

 

En el teatro en asturiano el premio fue para Sergio Buelga con la Compañía Asturiana de Comedias.

 

 

 

El premio que reconoce el teatro en castellano recayó en Laura Camafreita con su grupo Selena.

 

 

 

En el apartado de la literatura infantil la premiada fue Cristina García.

 

 

 

Por último, hubo un cariñoso recuerdo para el recientemente fallecido Fernando Álvarez Balbuena, socio de la AEA. Se anuncia la creación de un concurso de poesía que llevará su nombre y organizado por la Asociación.

Entrega de los Premios de la Crítica y de las Letras de Asturias

Este 5 de abril la AEA celebra la fiesta de la Literatura con la gala de la entrega de los premios de la Crítica y de las Letras de Asturias. Será a las 6,30 horas en el Aula Magna de la Universidad de Asturias.

 

Día Mundial de la Poesía

La Asociación de Escritores de Asturias celebra por todo lo alto el Día Mundial de la Poesía el 21 de marzo en el Teatro Filarmónica de Oviedo con la participación de 19 poetas, 2 pintoras y un recital musical.

Fallo de los XXII Premios de la Critica y del XVII Premio de las Letras (2023), convocados por la Asociación de Escritores y Escritoras de Asturias (AEA)

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Fallo de los XXII Premios de la Critica y del XVII Premio de las Letras (2023), convocados por la Asociación de Escritores y Escritoras de Asturias (AEA).
Modalidad teatro:
Laura Camafeito

El Jurado del XXII Premio de la Crítica de Asturias 2023, en su modalidad de Teatro en Castellano, compuesto por Dolfo Camilo Díaz, que actuó cono presidente, Natalia Suárez Ríos, Andrés Presumido y Mirta Chamorro Mielke, secretaria, con voz, pero sin voto, acordaron conceder el PREMIO DE LA CRÍTICA DE ASTURIAS, modalidad TEATRO en castellano, a la obra titulada DE DOLORES A LOLA, de la que es autora LAURA CAMAFREITO BEATO.

El Jurado destacó de esta comedia costumbrista la aportación al colectivo femenino sanitario, la presentación de personalidades diferentes en ese mismo trabajo, la capacidad de regeneración de una mujer en su edad madura.

El mismo jurado acordó conceder el XXII PREMIO DE LA CRÍTICA DE ASTURIAS, modalidad TEATRO en asturiano, a la obra titulada ¡MILAGRU!, de la que es autor SERGIO BUELGA CASAS.

Sergio Buelga

El Jurado destacó de esta comedia popular la elección de los personajes en el desarrollo de la acción, la intriga que aparece en el segundo acto y que acompaña al resto de la acción hasta el desenlace final.

Modalidad ensayo en castellano. 

Modalidad ensayo en asturiano. Jurado: Cristóbal Ruitiña, Aurelio González Ovies y Julio Viejo, actuando como secretaria Cristina Álvarez de Cienfuegos, vocal de la Junta Directiva de l’AEA. Premio a la obra titulada “Una ciencia sin enfotu” Editorial TRABE, de la que es autor Ramón de Andrés Díaz-Madariaga.

ACTA PREMIO DE ENSAYO EN LENGUA ASTURIANA

El jurado, formado por los escritores: Cristóbal Ruitiña, Julio Viejo y Aurelio González Ovies, determina, por unanimidad, conceder el premio de Ensayo a la obra Una ciencia sin enfotu de Ramón de Andrés Díaz Madariaga.

El jurado valora la hondura de su estudio por elevar la lingüística a la altura de otras ciencias que parecen ser superiores, pero lo son tanto como esta apuesta sobre un debate que viene de lejos: las lenguas y los dialectos son carne de un mismo cuerpo y son materia y cuestión clasificatoria de la lingüística científica.  Asimismo, por ser una reflexión rica y compleja de gran profundidad intelectual. Y sin renunciar al rigor expositivo, es un texto llano y asequible tanto desde el punto de vista lingüístico como estilístico, válido para cualquier lector incluso, no especialista en el tema.

Modalidad ensayo en castellano a la obra tituladas “Vavilov en España” Editorial Rema y Vive, de la que es autor Pablo Huerga Melcón”.
Pablo Huerga

El jurado del Premio de  la Crítica, modalidad  en castellano, formado por Fulgencio Argüelles, Julio Viejo y Cristóbal Ruitiña acuerda por mayoría entregar el premio a la obra VAVILOV EN ESPAÑA Una Odisea en busca de la escanda de la que es autor Pablo Huerga Melcón.

El ensayo de Pablo Huerga, supone un trabajo de investigación intenso y con resultados diáfanos. El planteamiento del libro es muy meritorio y posee las virtudes que debe tener un buen ensayo.  Está plagado de curiosidades, referencias interesantes, contraste de informaciones y descripciones valiosas sobre personajes y atmósferas de la época en la que Vavilov viajó a Asturias y a otros lugares de España.

Modalidad Literatura Infantil.
XXII Premio de la Crítica, modalidad Literatura Infantil a la obra tituladas  “Pilgrís”, Velocismo Editorial,autora: Cristina García Marcos, otorgado por unanimidad por el jurado compuesto por Alba Llaneza Pulido, Alfonso Alonso Cuesta, y Aurelio González Ovies,actuando como secretaria con voz pero sin voto, María Esther García López, presidenta de l’AEA.

Cristina García


En Oviedo, a las 18:00 del día 26 de enero del año 2024, reunido el jurado formado por Alba Llaneza Pulido, poeta, y maestra de Educación infantil; Aurelio González Ovies, poeta y profesor de Latín en la Universidad de Oviedo y Alfonso Alonso  Cuesta, maestro de Primaria del Colegio Dolores Medio, y actuando como secretaria con voz pero sin voto, María Esther García López, presidenta de la Asociación d’Escritores d’Asturies.

Tras las deliberaciones y votaciones oportunas, el jurado determina, por unanimidad, conceder el Premio de la Crítica de Asturias, en la modalidad Literatura Infantil, a la obra Pilgrís, de Cristina García Marcos. Velocismo Editorial.

El jurado destaca en esta obra la riqueza de vocabulario, la trama original, atractiva y muy bien entretejida. Un relato accesible a un público entre 10 y 12 años, con unas situaciones, valores y personajes muy acertados para incentivar la imaginación de estas edades. Aparte, en opinión del jurado, constituye un auténtico y necesario guion cinematográfico tanto por su plasticidad, calidad de imágenes, como por la ficción y fantasía que desprende.

XVII Premio de las Letras de Asturias a Carmen Rodríguez Nozal, poeta gijonesa residente en México y socia de la Asociación de Escritores y Escritoras de Asturias.Concedido por unanimidad por el jurado compuesto por la Junta Directiva de l’AEA.
la entrega de Premios tendrá lugar el día 5 de abril, en el Aula Magna de la Universidad de Oviedo, Edificio Histórico.

Puntos de intersección, grabados, esculturas y poemas

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“Puntos de Intersección”de grabados, esculturas y poemas, en el Edificio Histórico de la Universidad de Oviedo. La artista es Sara Sanz y los poetas: Aurelio González Ovies, Carmen Sánchez, María Esther García López y José Luis Argüelles. Asistió a la inauguración Inés López, Directora de Área de Proyección Cultural de Uniovi.

No hay país para tanto teatro, de Saúl Fernández

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Por Saúl Fernández

Falta país para tanto teatro. Y como falta, lo que queda es el peligro de existir. El teatro profesional en Asturias, en este momento, lo que produce son artistas del hambre, esos que salen en el cuento de Franz Kafka: “El empresario había fijado cuarenta días como el plazo máximo de ayuno, más allá del cual no le permitía ayunar ni siquiera en las capitales de primer orden. Y no dejaba de tener sus buenas razones para ello. Según le había enseñado su experiencia, durante cuarenta días, valiéndose de toda suerte de anuncios que fueran concentrando el interés, podía quizá aguijonearse progresivamente la curiosidad de un pueblo; mas pasado este plazo, el público se negaba a visitarle, disminuía el crédito de que gozaba el artista del hambre”.

Una pena.

El negocio del teatro en España guarda ciertas semejanzas al de la siderurgia en Asturias: una empresa principal y una constelación de auxiliares que proveen de servicios al gran cliente con las condiciones, obviamente, que marca ese gran cliente. Este gran cliente del teatro profesional son las administraciones públicas: ningún empresario privado fuera de Madrid, de Barcelona y de Valencia -mayormente- compra espectáculos para llenar sus teatros porque los teatros fuera de Madrid, de Barcelona y de Valencia son propiedad de ayuntamientos, diputaciones o autonomías.

Lo particular de Asturias es que ese cliente público es, principalmente, municipal. Llama la atención que fueron 48 los concejos que pidieron participar en la convocatoria del primer semestre de este 2023 de lo que hoy se llama “Asturies, Cultura en Rede” y antes se llamó Circuito de Teatro. El Principado es propietario, sí, del teatro de La Laboral, pero ya está. Todos los demás espacios escénicos son de los ayuntamientos -y no todos lo tienen-. Esto es así porque fueron municipios los que salvaron los escenarios cuando a comienzos de los años ochenta llegó el cambio de paradigma: el cierre de los cines de barrio, la clausura de los teatros privados… Sin la administración pública en acción, lo que hubiera terminado habiendo serían pisos.

Esta verdad tan evidente se lleva su contraparte: si el teatro es público, el programador -el que lo tiene que llenar de actividad- también tendrá que serlo. La producción propia de los ayuntamientos asturianos brilla por su ausencia de tal modo que cuando esta se produce, las portadas de los periódicos lo anuncian como un triunfo de Aitana Bonmatí.

Y aquí viene lo de la constelación de empresas proveedoras de servicios artísticos: 76 compañías de teatro, productoras o distribuidoras ofrecen sus espectáculos para ser incluidos en el catálogo semestral de “Asturies, Cultura en Rede”.  El Principado atiende (y abona) las solicitudes que llegan de los municipios, pero lo hace en función de unas prerrogativas que están marcadas en las bases reguladoras, o sea, paga si el 20 por ciento de los espectáculos que se contratan son proyectos de danza o circo; si existe una proporcionalidad en la contratación de espectáculos de gran y pequeño formato. La última condición se refiere a la lengua de la producción: el 20 por ciento de los espectáculos que se contraten tendrán que ser en asturiano o en gallego asturiano.

Como el Principado paga, las cosas se hacen como el Principado decide.

Este pasado 16 de noviembre, ya digo, se reunió la Comisión de Valoración de la convocatoria para la selección de espectáculos de las diferentes disciplinas de artes escénicas realizados o propuestos por compañías profesionales, productoras y distribuidoras asturianas para el primer semestre del año que viene. Los datos son espectaculares: “Han concurrido un total de 73 profesionales o empresas con 258 proyectos, de los que 220 habían sido valorados en una edición anterior”.

No hay país para tanto teatro.

Sería prudente analizar ese campo intransitable de amor profesional por las artes escénicas (cuántas compañías realmente están activas, cuántos de los espectáculos ofertados existen o sólo están planteados en cuatro trazos esperando a que el programador llame por teléfono y señale una fecha). La realidad y el deseo de la realidad no siempre se encaminan por la misma vereda

Así que el teatro profesional en Asturias está al albur de lo que indique el cliente que reclama un espectáculo y ese cliente -el programador- en buena parte de las ocasiones trabaja para que se ocupen las fechas libres de su calendario de actividades con el menor costo posible. Y así los espectáculos infantiles lo petan. Es más fácil vender un cuentacuentos que una versión asturiana de “La tempestad”.

La demanda, como siempre, organiza la oferta de tal modo que muchos de esos 258 espectáculos ofertados (treinta más que en la convocatoria anterior, el nivel de producción asturiano es supersónico) brillan tan poco que los espectadores que los buscan lo tienen difícil para contribuir a su crecimiento. La cordillera Cantábrica, que ya tiene túnel variante, ha servido como muralla de Jon Snow para dar salida a los productos del espectáculo hechos por asturianos y, sin embargo, ha sido un puente de plata (borrosa) para producciones independientes cocinadas en cualquiera de las submesetas castellanas.

E, insisto, eso es una lástima.

El futuro debería comenzar a andar con una toma de conciencia del cliente único del teatro privado: elevar su demanda. El teatro profesional asturiano es capaz de componer espectáculos de doble salto mortal y tirabuzón (lo ha hecho muchas veces). La idea es que esta sea la segunda toma de conciencia. Las dos partes principales así, aliadas, tienen que llevar el público a los espacios escénicos. El trabajo que queda es largo y tan frondoso como una selva en Indochina. Vuelvo otra vez al “Artista del hambre”: “Podía ayunar cuanto quisiera, y así lo hacía. Pero nada podía ya salvarle; la gente pasaba por su lado sin verle. ¿Y si intentara explicarle a alguien el arte del ayuno? A quien no lo siente, no es posible hacérselo comprender”. Ya digo: hace falta mucho más país del que tenemos para que el teatro deje de ser un arte del hambre.

El autor con otros ponentes

Ponencia leída en Las XXIII Jornadas Literarias de Pravia, noviembre del 2023, con el título EL TEATRO EN ASTURIAS

HUELLAS DE AMOR. Reseña

Autora: María Esther García López

Título: EROSione, traducción al italiano de Emilio Coco

 

Por Aurelio González Ovies

Con borrador y con lápiz me propongo no suprimir nada, ni comas, ni puntos, ni metáfora alguna, en esta entrega… Ni los arcos esbeltos de melancolía, ni el tinte decadente con el que se marchita el color de los días. Tan solo los espacios amargos y el contagio del miedo o de la indiferencia. Esther entreabre sueños, alumbra complicidad; es una poeta del mundo y todos sus paisajes, del árbol y sus raíces, de la edad y sus aldeas abandonadas. Una artesana de la palabra, una indagadora del lenguaje que averigua, en este volumen se podrá comprobar, cómo funcionan los sentidos, cómo se mueve el amor, cuánto usurpan sus esporas. Hasta dónde se aventuran sus vilanos leves como la fragilidad de nuestra estancia aquí.

Difícil de apilar en el corazón [de cualquier humano] tanta emoción y tanta intensidad:

 

En cada uno de sus libros hubo una búsqueda de expresión -tanta como lluvia y acordeones y bruma y lágrimas y socavones y estrellas- cada vez más íntegra, y en esta antología nos ofrece una colección de composiciones en las que se poetizan, desde la cercanía y con admirable destreza, el caudal de lo desconocido, la intimidad y los desvelos, la penumbra y la soledad que ya no aúlla tan agria como en otras ocasiones, por más que aún brama. Nos regala un conjunto de poemas en los que todos estos emblemas, el claror y lo fugaz, el adiós o la expectativa, el dolor y sus aposentos, el vendaval y la calma, variables constantes en su obra, se convierten en símbolos plurivalentes, en ventanales desde los que, de manera muy cercana y sincera, avizoramos lo que nos hizo ser lo que somos y aquello que no nos satisfizo y cristalizó en nuestro parasiempre.

 

Es una compilación preciosa y precisa, clásica y hodierna, fresca y reveladora. Muchas de sus piezas destacan por su fuerza carnal y seductora, otras por su proverbial brevedad, cortedad en el decir que nos conduce a las fronteras y a la ortografía de lo místico y su olor a crepúsculo; y todas, en general y en opinión de quien redacta estas líneas, porque son fruto de un oficio austero y garante de una letra, la de García López, que se erige en poesía de desahogo, implicada en una realidad interior (un interior muy esther.ior) que sobrepasa los límites del yo. Reinventa el idioma y reflexiona, a la par que genera belleza y conciencia; nos transmite la explosión del silencio que Ángel Valente hubiera enramado en sus estrofas.

 

Complicado detener esta cantidad de nubes -padres, hermanos, tactos, higueras, susurros- y de retratos sobre el horizonte de la inocencia y sus mapas de madreselva y brisa. Angustioso perderlos de vista igual que se escapaban, cielo arriba, las cometas de la infancia.

 

Deambula la autora entre el ser y la nada, entre la rosa y la decrepitud, peregrina entre el antes y el ahora, unas veces con luz, algunas a ciegas, pero siempre, memoria adelante, con el empeño del ser que ama o el que fue feliz, añoranza que se repite a modo rasguño lírico y ámbito entrañable –nido en invierno– al que no existe retorno posible, mas al que volvería a

 

compartir miradas cómplices,

saborear cariño,

en aquella mesa sin mantel,

en aquella mesa apolillada,

donde todo sabe a gloria.

 

Hay pinceladas de impotencia y desconcierto tras un amor sin ley, tras un amante que no llega, que no se alcanza; y de resignación también, ante recuerdos -sustancia del amor- que causan tristeza y obstan el presente y hurgan en nuestras heridas. Hay amor y anhelo con toda su gran variedad de manifestaciones y sentimientos, con todos sus reveses y caprichos. Hay trazos horacianos sobre la existencia y sus ciclos inexorables, lánguidos guiños hacia el tiempo que pasa, sobre el invierno que acecha o la noche definitiva que nos aguarda. Hay nostalgia y apego a los lugares y a las pequeñas cosas y a los grandes nombres propios, los de su sangre. Hay deseos y expectativas. Hay ausencia, inevitables ausencias incurables. Hay pasión y carnalidad. Ternura y ensoñación. Hay idealización e interrogantes -¿me esperas?, ¿cuándo?, ¿cuánto?, ¿por qué?…-; y contradicción, como a lo largo de los años. Y sensualidad y vacío y certezas inamovibles:

 

y te aseguro, amor mío,

que

te quiero sin preguntas,

te quiero sin respuestas.

Así,

sin más.

Sin más,

así,

te quiero.

 

Y en todo cuanto enuncia hay una respuesta de sus vivencias, sus afanes, sus sombras y sus asombros, sus secretos y sus debilidades. Por ello, como en los más clásicos, de principio a fin, enmascarado o evidente, serpentea un yo reflejado en múltiples, despliegue que aporta al libro universalidad y objetivismo, grito y rebelión, levedad y hondura.

 

Cruel y extraño aceptar que ese yo se desdibuja a medida que perdemos la voz que nos habló en los orígenes, humilde y franca, como miga de pan, como harina de amor; los brazos que nos abrazaron, los ojos que nos alumbraron como lunas crecientes.

 

En cualquier caso, poema a poema, Esther García canta a la libertad y a la permanencia, rememora la creación, agradece la tierra, expone una evolución existencial sinónima del proceso poético y sus arduos desdoblamientos. Desprende melancolía por la vida y acaricia las incertidumbres de la muerte. Y hay, pese al silencio sus paréntesis y al olvido y sus brumosas extensiones, muy poca decepción y desengaño, escasos indicios de fracaso, pocos instantes frustrados. Hay música y acordeones y algarabía y rondas. Hay, ante todo, esperanza, mucha esperanza más allá del aquí, más allá de(l) todo, al norte de lo desconocido:

 

… Te esperaré allí,

en el lugar inmenso,

donde todo es luz,

donde no cuenta el tiempo.

Te esperaré, sí,

sin obstáculos, sin miedos…

 

 

Porque quien escribe confía en la palabra e intuye que la poesía es fuente de amor. Y el amor, manantial de poesía. Poesía y amor, azules, como el mar o la eternidad. Urgentemente azules como las infinitas probabilidades de cada acaecer, de cada condicional que nos limita y jamás descifraremos, de cada si que nos mantiene en vilo, con la ilusión inédita y el sueño de soñar que sueña un sueño, con el brillo de la juventud que no quisiéramos dejar atrás: si tú fueras luz…, si tú fueras silencio…, si tú fueras viento…, si tú fueras invierno…, si tú fueras sol…, si tú fueras… ¡Y si fuera…!

 

Gozoso es el adentrarse en estas páginas de sublime erotismo, de arte sublime y sublimación de los besos y los delirios.

 

 

 

Aurelio González Ovies

 

 

 

 

 

VIAJANDO EN TREN POR NAVIDAD. Texto de José Fernández Chimeno

 

 

«Existen extraños lugares, así como existen extraños cerebros, extrañas regiones del espíritu; lugares elevados y miserables. En la periferia de las grandes ciudades, donde las farolas se hacen más escasas y los gendarmes van en parejas […] En estos lugares está el fin, el hielo, la fuerza, la nada…» (En casa del profeta / Thomas Mann)

 

Aquel viaje, en la víspera de Navidad, supuso el comienzo de muchas cosas extrañas, y de una doble vida, tan descabellada, que hoy Martin se pregunta si todo aquello no habría sido un sueño. Lo siguiente que recuerda, después de ser vestido por su madre con ropas de domingo (los mejores zapatos, jersey y pantalones, abrigo de paño y una bonita visera de charol), es que se encontraba en la sala de venta de billetes de la Estación del Norte de Astorga, cuando el alba despuntaba. Por la Avenida de la Estación “flotaba un ancho banco de niebla”, que porfiaba por penetrar en el interior…, y salir por la puerta de acceso al andén central, ensombreciendo la máquina de vapor y los vagones de madera. Entre uno y otro extremo se hallaba ese espacio diáfano, reservado para los viajeros de arribo y embarque; alguno de los cuales dormitaba en la anexa sala de espera. Además de la cola de viajeros impacientes, a la espera de que se abriera la ventanilla para la venta de billetes y asomara el rostro soñoliento del expendedor de billetes, nada sorprendente sucedía a los ojos de un joven muchacho…, hasta que, a un lado de la puerta con arco de medio punto, que da acceso al andén, descubrió la luz atrayente de un quiosco de prensa. Acostumbrado como estaba Martín a pasear la vista en los escaparates y, en ocasiones, a pegar la cara al cristal de las librerías de Astorga, buscando las últimas novedades en libros infantiles y tebeos, aquello resultó todo un hallazgo. Se acercó ensimismado para observar tan insólito tesoro, y hubiera estado así toda una eternidad, si no fuera porque se escuchó decir a través de la megafonía: “Pasajeros al tren”.

Su padre le cogió por la solapa y le dijo: “Vamos, está a punto de salir”.

Él no sabía muy bien a donde se dirigían, aunque su madre se lo había dicho el día anterior: “Vas a acompañar a papa en el tren, hasta Villafranca del Bierzo. Allí os espera una tía de tu padre, soltera y muy anciana, que está acogida en el asilo y que, antes de entregaros lo poco que tiene, desea despedirse del único familiar que le queda. También le ha pedido querer conocerte”. Al instante, «isócrono, maquinal, el tren corría insensible a las inquietudes de los dos viajeros» (La esfinge maragata / Concha Espina)

Durante el viaje, debió de quedarse dormido en más de una ocasión. Otras tantas, aburrido, salió al pasillo, para ver de pie el paisaje verde y umbroso, moteado por grandes manchas blancas. Había nevado la noche anterior en el altozano de Brañuelas, la puerta de entrada al Bierzo. De vez en cuando, cualquier viajero, ávido de echar un cigarrillo, bajada la ventanilla y un aire gélido, cargado de olor a humo negro salido de la locomotora del tren, entraba por la abertura. Era el momento de volver al asiento.

El regreso supuso para su padre una cartera con objetos de valor y, para él, un consejo, del cual nunca podría liberarse: «el tesoro está dentro de ti». No sabía muy bien lo que había querido decir aquella mujer de mirada dulce y bondadosa –encarnaba con naturalidad el espíritu de la navidad-, a la que creía haberle caído en gracia; hasta que al anunciarse la llegada a la estación de Astorga, algo debió de venirle a las mientes, pues, ante el asombro de su padre, Martín saltó del asiento del compartimento asignado, salió al pasillo del vagón de tercera clase y echó a correr hacia la puerta. Pero esto ocurriría más tarde.

Antes él era un niño feliz. Era un niño feliz en la ciudad del chocolate. ¡No hay muchas que tengan más fábricas de chocolate que librerías! Persuadido del carácter proteico de la literatura, estaba decidido a cambiar lo que en un “mundo feliz” sería el arma más poderosa (chocolate o juguete) por otra todavía mayor: la palabra. Con la propina del domingo…, y algún dinero que siempre aparecía de improviso entre semana, surgía el dilema de elegir entre un dulce-juguete o ahorrar para un nuevo libro. Cuando tenía lo suficiente, resuelto ya el dilema, corría a la librería Cervantes o El Progreso, luego de vaciar su hucha.

En ellas había un crisol donde crepitaba desde el humor trágico al drama humorístico, desde la novela histórica a la poesía, desde los clásicos teatrales y los no menos filosóficos…, todas obras de escritores laureados y, en definitiva, maestros del oficio literario que han dejado «la agonía y sudor de un espíritu humano para hacer algo que no estaba aquí antes…» (William Faulkner) Para aquellos de su edad, los Clásicos Juveniles de Bruguera eran los libros-tebeo más demandados. Recordaba algunos títulos con especial devoción, entre otros muchos: La isla del tesoro (R. L. Stevenson), Robinson Crusoe (Daniel Defoe), Moby Dick (Herman Melville), Los tres mosqueteros (Alejandro Dumas), Ivanhoe (Walter Scott), Aventuras de Tom Sawyer (Mark Twain), Oliver Twist o Cuentos de Navidad (Charles Dickens).

Aun así, no era el único de los jóvenes adolescentes que gastaban su dinero en aventuras escritas en páginas de papel. Ya fuera invierno severo o calima veraniega, la mayoría de los niños astorganos no faltaban a la cita semanal con sus sueños, prestos a identificarse con Jim Hawkins, David Copperfield o Tom Sawyer. ¡Todos estaban allí, para deleite suyo y formación cultural de sus mentes receptivas! Y, ahora, volvemos al momento en el que el tren arribó a la estación de Astorga. Retrocedemos al instante en que Martín “salió al pasillo del vagón de tercera clase y echó a correr hacia la puerta”.

Sin esperar a que su padre pudiera detenerle, saltó al andén y buscó raudo el quiosco de la estación. Enseguida, puso sus ojos en las obras literarias que estaban expuestas a la venta: La caída de la casa Usher (con el primer detective de ficción, Auguste Dupin, creado por Edgar Allan Poe), Escándalo en Bohemia (primera de Las Aventuras de Sherlock Holmes, el detective privado inglés creado por Arthur Conan Doyle; junto al doctor Watson, que vive cerca de la estación de tren de Paddington), Asesinato en el Orient Express (con Hércules Poirot, el pequeño detective belga creado por Ágata Christie, en 1934), y El hombre que miraba pasar los trenes (con Jules Maigret, el comisario de ficticio de la policía judicial francesa, creado por Georges Simenon, en 1938). ¡Todas obras de misterio e intriga!

Faltaban aun muchos días para la llegada de los Reyes Magos, pero él tenía in mente cual sería uno de sus regalos. La saga de adquisiciones seguiría a lo largo del tiempo con obras emblemáticas, como El espía que surgió del frio (escrita por el británico John le Carré, y publicada en 1963) y El nombre de la rosa (de Humberto Eco, publicada en 1980), dentro del género literario de la novela negra histórica, que no parece tener fin. Y aquí es donde quiero llegar, pues la mayoría de los jóvenes de su edad, en Astorga, y tal vez en muchas localidades con estación de tren, se tenían que conformar con lo primero (que ya es bastante para un adolescente), quizá por miedo a explorar la periferia de las grandes ciudades.

Ese era su secreto y esa era la razón por la que él acabaría escribiendo novelas. No tiene más mérito que otros, pues: «Si he logrado ver más lejos ha sido porque he subido a hombros de gigantes». Frase atribuida a Isaac Newton. Ahora, pasados los años, cada vez que se encuentra en una estación de ferrocarril, cuando se acerca la Navidad y «flota un ancho banco de niebla», busca el lugar donde está la librería. Ese espacio mágico donde Martín sigue encontrando los mismo libros de misterio e intriga de su juventud y, también, donde sigue encontrando a los mismos jóvenes que merodean a su alrededor, como sabuesos intrigados por ese hueso al que no saben por dónde hincarle el diente, pero en los que se ve anidar, en sus ojos, la curiosidad. La cualidad esencial que les llevará a perder la “feliz ingenuidad” de su edad, y les adentrará en un mundo sutil y terrorífico, donde «está el fin, el hielo, la fuerza, la nada…»

 

Poemario ANDANCIU/ANDANCIA de María Esther García López

CUANDO EL AMOR PALPITA

Por Aurelio González Ovies

Imagina tú: andancia de deseos, andancia de luz, andancia de liberación. Porque, tanto entonces como ahora, estamos en un continuo enredo de preguntas. Nos asaltan las dudas, la oscuridad, las sombras. Sobre manera, en la época de tinieblas en la que Esther -juego con los títulos de alguna de sus composiciones- crea estos poemas tan testimoniales, grabados nel cuadernu d’un tiempu / enlllenu de borrones, tachadures, y pallabres nada. Burilados en el estar, indefensos y solos -la soledad, en Esther, acompaña- tres la ventana, / como un ave ensin ales. Hablamos, por tanto, de un poemario y de una etapa de asfixia, de pensamientos sinceros, de unos meses de desasosiego, pero, ante todo, de un paréntesis donde el amor, como el de Jaime Gil de Biedma, alentó jazmines y alhelíes, noches de entusiasmo y otras de desvelo. El amor palpita. El amor quema. El amor, aquí, inflama, verso a verso, en cada página.

 

De Sara Sanz
De Sara Sanz

Escribimos cuando la nueche -pocas veces metáfora de aguardo- llega, / cuando’l dolor amaga… Y todo lo que escribimos nace y crece de nuestras inseguridades y desemboca en los dominios de otras incertidumbres. Todo lo que escribimos limita, al norte, con nuestros deseos; al sur, con nuestros pesares; al este con lo que nunca seremos; al oeste con los que están y estuvieron, mas no estarán con nosotros. Lo cierto es que no discernimos si vivimos nada más que para recordar o si, obstinados, recordamos porque no vivimos del todo, porque existimos a medias. No somos capaces de descifrar cuánta extensión de nosotros quedaría flotando en el presente si nos arrancaran la memoria, qué proporción debemos a la esperanza, cuántas gracias a lo sufrido, ni cómo identificarnos si no echáramos de menos, ni a quién añoraríamos sin antes haber amado.

 

Escribimos para enfrentarnos al rápido mundo que no aceptamos ni nos admite, al mundo que da vueltas y, como el hombre -el ser humano- tropieza y se destroza, una y mil veces, sobre la misma tierra; para abrirnos en palabra, desgajarnos, y encerrarnos, en soledad, en algún libro, sobre un cómplice papel, donde, como el nordeste, l’amor se siente hasta nes orielles de la nueche. Para volver a lo imposible y aspirar su perfume y sentarnos un momento frente a la misma mar de todas las infancias y llamarnos a lo lejos y acercarnos a nosotros mismos y sonreír de nuevo al tocar en nuestra carne la pureza. Para subir al humo y asumir la ceniza, reconocer que nunca estaremos completos, que falta algo; que

 

hai dalgo que nun cuadra,

qu’influi nes emociones

cuando menos los esperes…

 

Y que nada se olvida para siempre, nada nos muere definitivamente salvo el cuerpo y la belleza, la pubertad y su brillo. Porque necesitamos otra realidad, con más fondo y menos superficie, con más apego y menos odio, con menos de más. Porque hay fechas en que miramos con más exactitud, quizás con más tristeza, las cosas, los objetos, y descubrimos en sus formas ausencias y escalofríos, distancia y desconocidos túneles como de transparencia, lluvia rala / que nos enxuga la esistencia; instantes urxentes, tan inaplazables como un besu o un abrazu. Porque quisiéramos ser y formar parte de la fosforescencia de la juventud, del fulgor de una estrella, del vacío del eco, de la piel del ayer. Ser y estar en aquel otro corazón que hace latir el nuestro, que nos precipita y nos apura muncho a vivir. / Vivir a tope. Porque nos embelesan los imanes del tú, con todo su poder de evidenciar nuestra fragilidad y desnudez. Nos ciegan los visos de lo inalcanzable, fresco y novedoso, alejado de las insuficiencias de lo cotidiano, de lo ya muy frecuente.

 

Escribimos para ensayar una ruptura, por más que sea bajo las amarras de lo de siempre. Como quien almacena inquietudes. Como quien colecciona insectos muy brillantes, para poder guardar, bajo alfileres, apetencias fugaces, lapsos muy precisos, emociones intensas, aromas, fechas, gestos y solsticios. Para sobrevolar, de cuando en cuando, por entrañables paisajes donde, a no ser desde el verso y su estatura, solo crecen heridas, solo gruñe el silencio, solo atajos cubiertos de ramaje y espinos -una vez más, la soledad muy sola-. Para ¿esclarecer? de dónde venimos, qué ceguera nos obliga a dar la espalda a quien nos espera, qué brisa azul -el azul en Esther García es sinónimo de eternidad y de erotismo y de intimidad -nos aprisiona y nos inmoviliza donde jamás, por uno mismo, nos hubiéramos detenido.

 

Escribimos para, cuando no encontramos nada firme, retornar a lo perdido, para no extraviarlo definitivamente, para acercarnos a sus espacios evanescentes y, desde allí, percibir el olor de la casa, sus ruidos, sus maderas; y escuchar el ríu que cuerre ensin priesa, como antaño; y mirar a los hermanos, na mesma pica l’árbol; y avistar a los pas, sentaos, a la vera’l camín… Y mirar, con los ojos de niña, les manes teñíes del zusme de les zreces; corroborar que lo que fue y los que fueron tan de verdad enxamás destiñeron.

 

Escribimos porque, paradójicamente, nos atraen los secretos de la sinceridad, nos capta la hondura de lo aparente, el más allá de lo imprevisible, los garfios del amor. Porque sabemos que son muchos los que piensan que un poema no vale para nada, pero un universo sin poemas, sin sentimientos que no sirven para nada, ya no sería un universo porque todo sería útil para algo, más lucrativo y nosotros aún más cicateros y mezquinos. Porque nos sentimos a salvo cuando anudamos mensajes y ahogamos nuestros desesperos, nuestras deudas y nuestros gritos. Y Esther abunda en esta idea: todo queda dicho, hasta en lo que no decimos, así que:

 

Nun me faigas preguntes indiscretes.

Nun quixera entrar en más detalles.

 

Escribimos para asegurarnos un hilo al que agarrarnos en estaciones débiles y colgarnos la fe como un escapulario; para sumar los momentos / que pasamos echando númberos / y cuentes de ¿cuántu amor? Para erguir una torre con los nombres que son imprescindibles, por más que en ella solo aniden las cigüeñas, por más que desde ellas, brillen / los nuestros díes en ruines. Para dar, de tarde en tarde, un repasu al amor, a la dulzura de meses caducados, a la avidez de los labios que hemos rozado, a los delirios / que nos amaguen a diario; la soledá mui sola... Para convocar circunstancias eternamente pendientes, nubes perpetuas. Para acceder al Dios (¿al Amor, al Azul?) que sospechamos, esdrújulo y sonoro. Para internarnos en lo infeliz y resurgir con gozo, más entusiastas y semivivos, aunque sea sin aquello que echamos de menos, y

 

cola máscara puesta,

la máscara que tapez lo que quiero…,

a la gueta la llibertá,

cola llibertá del vientu.

 

Escribimos porque nos amplifica soñar por los sueños de los sueños; porque nos obligamos a ascender a todas las latitudes; porque exigimos seguir por diferentes caminos. Porque nos reconvertimos, nos vencemos, nos sumergimos en lo opuesto, nos apartamos de nuestros pasos, examinamos las huellas y concluimos: cuando ya no somos nadie, somos lo que escribimos. Cuando apenas existimos, existimos porque escribimos. Cuando advertimos cadenas, vamos libres porque escribimos. Cuando presentimos muerte, escribimos y continuamos vivos. Y porque, como bien apunta la poeta: güei tamos necesitaos / de tenrura, de branu y de canciones. Y porque como atinadamente advierte G. López, todo es cavilación. Nada seguro:

 

Seremos quién a ser nós, ¿seremos los mesmos?

Siguiremos a la espera de que pase’l tiempu

a la espera de besos y sonrises,

a la espera,

sí,

a la espera.

Dempués de tanta sede.

 

CUANDO L’AMOR PALPITA

 

Imaxina tu: andanciu de deseos, andanciu de lluz, andanciu de lliberación. Porque, tanto entós como agora, tamos nun continuu enriedu d’entrugues. Asáltennos les duldes, la escuridá, les solombres. Sobre manera, na dómina de tiniebles na qu’Esther -xuego colos títulos de dalguna de les sos composiciones- crea estos poemes tan testimoniales, grabaos nel cuadernu d’un tiempu / enllenu de borrones, tachadures, y pallabres nada. Grabaos nel tar, indefensos y solos -la soledá, n’Esther, acompaña- tres la ventana, / como un ave ensin ales. Falamos, polo tanto, d’un poemariu y de una etapa d’afuegu, de pensamientos sinceros, d’unos meses de desasosiegu, pero, primero de too, d’un paréntesis onde l’amor, como’l de Jaime Gil de Biedma, alendó xazminos y alhelís, nueches d’entusiasmu y otres d’esconsueñu. L’amor palpita. L’amor quema. L’amor, equí, inflama, versu a versu, en cada páxina.

 

Escribimos cuando la nueche -poques vegaes metáfora d’espera

llega, / cuando’l dolor amaga… Y too lo qu’escribimos naz y medra de les nueses inseguridaes y desagua nos dominios d’otres insegurances. Tolo qu’escribimos  llenda, al norte, colos nuesos deseos; al sur, colos nuesos pesares; al este colo que nunca vamos ser; al oeste colos que tán y tuvieron, mas nun van tar con nós. Lo cierto ye que nun distinguimos si vivimos namás que pa recordar o si, testerones, recordamos porque nun vivimos del too, porque esistimos a medies. Nun somos quien a esclariar  cuánta estensión de nós quedaría flotando nel presente si nos  arrincaren la memoria, qué proporción debemos a la esperanza, cuántes gracies a lo sufrío, nin cómo identificanos si nun echáremos en falta, nin por quién sentiríemos señardá ensin antes amar.

 

Escribimos pa enfrentanos al rápidu mundu que nun aceutamos nin nos almite, al mundu que da vueltes y, como l’home -el ser humanu- zapica y estrózase, una y mil veces, sobre la mesma tierra; pa abrinos  en pallabra, esgazanos, y zarranos, en soledá, en dalgún llibru, sobre un cómpliz papel, onde, como’l nordés, l’amor siéntese hasta nes orielles de la nueche. Pa volver a lo imposible y aspirar el so arume y sentanos un momentu enfrente a la mesma mar de toles infancies y llamanos de llonxe y averanos a nós mesmos y sonrir otra vuelta al tocar na nuesa carne la pureza. Pa xubir al fumu y asumir la ceniza, reconocer que nunca vamos tar completos, que falta daqué; que

 

…hai dalgo que nun cuadra

, qu’influi nes emociones

cuando menos lo esperes…

 

Y que nada s’escaez pa siempres, nada nos muerre definitivamente salvo’l cuerpu y la guapura, la pubertá y el so brillu. Porque precisamos otra realidá, con más fondu y menos superficie, con más apegu y menos odiu, con menos de más. Porque hai feches en que miramos con más exactitú, quiciabes con más tristura, les coses, los oxetos, y afayamos nes sos formes ausencies y calafríos, distancia y desconocíos túneles como de tresparencia, agua rala / que nos enxuga la esistencia;  instantes urxentes, tan inaplazables como un besu o un abrazu. Porque quixéramos ser y formar parte de la fosforescencia de la mocedá, del rellumu d’una estrella, del vacíu del ecu, de la piel del ayeri. Ser y tar naquel otru corazón que fai llatir el nuesu, que nos acelera  y nos apura muncho a vivir. / Vivir a tope. Porque nos clisen los imanes del tu, con tol so poder d’espeyar la nuesa fraxilidá y esnudez. Ciéguennos los visos de lo inalcanzable, fresco y novedoso, alloñáu de les carencies de lo cotidiano, de lo yá bien frecuente.

 

Escribimos pa ensayar una rotura, por más que sía so les amarres de lo de siempre. Como quien almacena esmoliciones. Como quien coleiciona inseutos bien brillosos, pa poder guardar, ente anfileres, antoxos fugaces, ralures del tiempu mui precises, emociones intenses, arumes, feches, xestos y solsticios. Pa sobrevolar, de cuando en vez, por entrañables paisaxes onde, a nun ser dende’l versu y la so estatura, namás medren firíes, namás gruñe’l silenciu, namás atayos cubiertos de  xamasques y espinos -una vegada más, la soledá mui sola-. Pa ¿esclariar? d’ónde venimos, qué ceguera nos obliga a dar de llau a quien nos espera, qué brisa azul -l’azul n’Esther García ye sinónimu d’eternidá y d’erotismu y d’intimidá -príndanos ya inmovilízanos onde enxamás, por ún mesmu, nos pararíemos.

 

Escribimos pa, cuando nun atopamos nada firme, volver a lo perdío, pa nun tresmanalo pa siempres, p’averanos a los sos espacios fugaces y, dende ellí, percibir el golor de la casa, los sos ruíos, les sos maderes; y escuchar el ríu que cuerre ensin priesa, como antaño; y mirar a los hermanos, na mesma pica l’árbol; y columbrar a los pas, sentaos, a la vera’l camín… Y mirar, colos güeyos de neña, les manes tiñíes del zusme de les zreces, afitar que lo que foi y los que fueron tan de verdá enxamás destiñeron.

 

Escribimos porque, paradóxicamente, préstannos los secretos de la sinceridá, atráinos la fondura de lo aparente, el más allá de lo imprevisible, los gaxartes del amor. Porque sabemos que son munchos los que piensen qu’un poema nun val pa nada, pero un universu ensin poemes, ensin sentimientos que nun sirven pa nada, yá nun sería un universu porque too sería útil pa daqué, más lucrativu y nós entá más roñosos y miserables. Porque nos sentimos a salvo cuando anoyamos mensaxes y afogamos les nuesos desesperos, les nueses deudes y los nuesos lloros. Y Esther abonda nesta idea: tou queda dicho, hasta no que nun dicimos, asina que:

 

Nun me faigas preguntes indiscretes.

Nun quixera entrar en más detalles.

 

Escribimos p’aseguranos un filo al que garranos n’estaciones débiles y colganos la fe como un escapulariu; pa sumar los momentos / que pasamos echando númberos / y cuentes de ¿cuántu amor? Pa erguer una torre colos nomes que son imprescindibles, por más que nella solo añeren les cigüeñes, por más que dende elles, brillen / los nuesos díes en ruines. Pa dar, de ralo en ralo, un repasu al amor, a la dulzura de meses caducaos, a la avidez de los llabios que rozamos, a los delirios / que nos amaguen a diariu; la soledá mui sola… Pa convocar circunstancies eternamente pendientes, nubes eternes. P’aportar al Dios (¿al Amor, al Azul?) que maxinamos, esdrúxulu y sonoru. Pa internanos no infeliz y resurdir con gozu, más entusiastes y semivivos, anque sía ensin aquello qu’echamos de menos, y

 

cola mázcara puesta,

la mázcara que tapez lo que quiero…,

a la gueta la llibertá,

cola llibertá del vientu.

Escribimos porque nos amplifica suañar polos suaños de los suaños; porque nos obligamos a xubir a toles llatitúes; porque esiximos siguir per distintos caminos. Porque nos reconvertimos, vencémonos, somorguiámonos no opuesto, estremámonos de los nuesos pasos, esaminamos les buelgues y concluimos: cuando yá nun somos naide, somos lo qu’escribimos. Cuando apenes esistimos, esistimos porque escribimos. Cuando alvertimos cadenes, vamos llibres porque escribimos. Cuando presentimos muerte, escribimos y siguimos vivos. Y porque, como bien apunta la poeta: güei tamos faltos / de tenrura, de branu y de canciones. Y porque como atinadamente alvierte G. López, too ye cavilación. Nada seguro:

 

Seremos quién a ser nós, ¿seremos los mesmos?

Siguiremos a la espera  de que pase’l tiempu,

a la espera de besos y sonrises, a la

espera, sí,

                    a la espera.

                                       Dempués de tanta sede.